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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII 
AL IV CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ARGENTINA
*

Domingo 15 de octubre de 1944

 

Venerables Hermanos y amados hijos que, presididos por Nuestro dignísimo Cardenal Legado, recordáis y renováis con tan elevado fervor, en la espléndida Buenos Aires, los triunfos del Rey Eucarístico, de los que hace diez años la Providencia quiso que fuéramos actor y testigo.

¿Cómo podríamos en este momento haceros llegar las vibraciones de Nuestra conmovida voz, caballera en las ondas prodigiosas, sin sentir que tras ella se Nos quiere ir el alma, haciendo reverdecer de nuevo en Nuestra mente, con vigor primaveral, la alegre siempreviva del recuerdo?

Dos lustros ya, y casi experimentamos todavía la misma emoción que cuando por vez primera, con paso trémulo, pisábamos la hermosa tierra argentina; dos lustros, y diríamos que aún resuenan en Nuestros oídos vuestros vítores y vuestras ovaciones, el fervoroso rumor de vuestras plegarias y las armonías ardientes de vuestros himnos; dos lustros, y en Nuestra retina parece que no se ha borrado la imagen de aquella Cruz monumental —blanca, poderosa, armónica, como el alma nacional argentina— y ante ella la cándida masa, dilatada como un mar, de los inocentes que corrían al dulce abrazo del Maestro de Galilea; las graves y varoniles falanges masculinas, que, en compactas y a veces marciales y rítmicas formaciones, acudían a nutrirse —Autoridades y Jefes a la cabeza— con el Pan de los fuertes; los numerosos coros, llenos de gracia y devoción, de vuestras jóvenes, de vuestras mujeres, que iban a beber a la fuente del Cordero que se apacienta entre lirios. ¡Doquiera grandiosidad y entusiasmo, doquiera magnificencia y fervor ! Y en el aire, en los anuncios luminosos, en los; vehículos y en las fachadas, sobre los vestidos y dentro de los pechos la Hostia santa, recibiendo uno de los más grandes homenajes públicos y sociales que hasta entonces recordaba la historia. «Tuya es, Señor, la magnificencia, el poder, la gloria y la victoria. A Ti se debe la alabanza, porque todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra tuyas son». (1Cr 29, 11)

Inolvidable espectáculo y goce infinito del alma, que pudo ampliamente gustar durante breves días toda la suavidad de aquel gran don de Dios, que se llama la paz. «Traéis a todos los hombres —Nos había dicho ya en el puerto vuestro ilustre Intendente Municipal— un mensaje de paz». A lo que Nos, rebosando sinceridad, inmediatamente respondíamos: «Nos consideramos como mensajeros de la paz de Dios». Porque vuestro inolvidable. Congreso, arrastrando a todo un pueblo fundido en un solo afecto, ante un altar; haciendo hincar las rodillas, movidos por un idéntico espíritu, a representantes de casi todo el mundo, fue antes que nada eso: «El triunfo mundial de Jesucristo, Rey de la paz».

Pero pasaría el tiempo, la nube negra, que en lontananza sobresaltaba entonces ya los corazones, avanzaría luego como escuadrón de caballos desbocados y finalmente descargaría con furor. Y mientras que Nos, hijos carísimos de la entrañable República Argentina, os decimos una palabra de amor y de cristiana fraternidad, los cielos se ven revueltos por el zumbido siniestro de. monstruos de acero que hacen llover la muerte, sobre la tierra revienta la metralla con horrible estridor, el suelo se empapa de sangre y se cubre de humeantes cascotes. «Facta est terra eorum in desolationem»... «Ha quedado reducida la tierra de ellos a un desierto... por la terrible indignación del Señor» (Jer 25, 38)

Dejadnos, hijos amadísimos, que en esta solemnísima hora, cuando la amable disposición de la Divina Providencia no Nos permite estar presentes a la repetición y evocación de las maravillas de hace diez años más que por medio de Nuestra voz, esta voz Nuestra os hable solamente de amor, de unión y de paz. Permitidnos que apartemos los ojos de tantos horrores y, recordando aquellas horas de paraíso, que ahora ante vuestros ojos se están repitiendo, evoquemos lo que sentíamos entonces, fúlgido ejemplar de lo que, ahora también, vosotros experimentáis, al contemplar ésa Hostia Santa, sede de la Caridad. Lejos de ella el hombre mata al hombre, en ella adoramos al Príncipe de los sacerdotes que se sacrifica por el mundo. ««Vidimus principem sacerdotum ad nos venientem, vidimus et audivimus offerentem pro nobis sanguinem suum»[1]; lejos, la división y la separación violenta, en ella vence el imán de las almas, que une a todos en la fe y en la participación de sí mismo y de sus dones, «raíz y principio de la unidad católica»[2]; lejos, la discordia, alimentada por el egoísmo y por el ansia del imperio y de los goces terrenales, en ella se ofrece el alimento, que fortifica el alma y la educa en la escuela del deseo de las cosas celestiales, enseñándole el valor del sacrificio, mostrándole que en esta vida no pueden faltar las lágrimas y el dolor, pero que sobre el dolor y las lágrimas y el sacrificio está cimentado el gran misterio de la Redención; lejos, la tiranía de la muerte, en ella, la esperanza de la vida, porque ¿cómo podría pensarse que ha de corromperse y no ha de vivir una carne que se alimenta con el cuerpo y con la sangre del Señor?[3].

Recordadlo todo otra vez, con los ojos fijos en esta Hostia y no los quitéis jamás de ella. ¡Ojalá que no los hubiera nunca apartado la triste humanidad! ¡Ojalá hubiera sabido encontrar siempre en «la Eucaristía, sacramento y auxilio, el principio y el sostén de la vida cristiana en el individuo, en la familia y en la sociedad»! ¡Ojalá hubiera acudido cada vez con más fe a este celestial banquete de amor! Pues, como canta uno de los bardos de vuestra estirpe, «Si es dádiva de amor y pan de amores / Hombre, tibia es tu fe, cuando comida / No brotaren sus llamas de tu pecho» [4].

Miradla bien ahora, pero haced que vuestra mirada sea prenda de vuestros propósitos y vehículo de vuestras promesas. Ofrecedle vuestros deseos y vuestras esperanzas, exponedle vuestras necesidades y vuestras angustias, prometedle fidelidad a sus enseñanzas y a sus preceptos, aseguradle que en vuestros hogares reinará sólo Él con la santidad del matrimonio, el respeto al vínculo conyugal y la educación cristiana de los hijos, que en vuestra sociedad no se rendirá nunca culto al ansia desenfrenada del placer, a la locura del lujo y de la moda indecorosa y a la codicia insaciable de riquezas. Pero, si queréis obtener todos estos bienes, sobre todo daos cita con Él para recibirle frecuentemente. «Por cierto que pienso —dice la Mística Santa Abulense, y la citamos hoy con devoción singular por ser el día de su fiesta— que si nos llegásemos al Santísimo Sacramento con gran fe y amor, que de una vez bastase para dejarnos ricas ... ¡Oh miserable mundo, que ansí tienes atapados los ojos de los que viven en ti, que no vean los tesoros con que podrían granjear riquezas perpetuas!»[5]

Prenda de tales riquezas celestiales quiere ser la Bendición, que en este momento con toda la efusión de Nuestro ánimo paternal os otorgamos. Si la caridad de Dios, que la suave infusión del Espíritu Santo ha derramado en Nuestro corazón de Padre (cf, Rom 5, 5),  le hace vibrar hasta en sus últimas fibras cuando tenemos que invocar la Bendición del cielo sobre alguno de Nuestros hijos, ¿cuál será en este momento Nuestro sentimiento, al bendecir a la espléndida República Argentina, que tan generosamente ha querido contribuir en estos últimos días para proveer de los medios necesarios a Nuestras benéficas iniciativas; a la legítima heredera del rancio y catolicísimo espíritu hispánico, una de las más inolvidables etapas que la Providencia quiso poner en Nuestro camino, para enseñarnos a conocer y a amar a la humanidad, antes de confiarla a Nuestros cuidados de Pastor universal ?

Nuestra visita a las tierras argentinas quisimos clausurarla haciéndonos peregrinos de Nuestra Señora de Luján. Quiera ser Ella en este mes del Santísimo Rosario, la que os impetre del cielo las mejores bendiciones de su precioso Hijo: bendiciones para los presentes y los ausentes, para las Autoridades y el pueblo, para los individuos y la sociedad ; bendiciones, que sean aliento e impulso en los que peregrinamos todavía sobre este mundo y consuelo y sufragio en favor de los que, testigos hace diez años del grandioso triunfo del Señor Eucarístico, esperan acaso hoy el momento feliz en que, quitado ya el velo de las especies, han de verle cara a cara cuando Él se les mostrará como realmente es (cf. 1Jn 3,2).


* AAS 36 (1944) 297-300

[1] S. Ambros., Enarrat. in Ps. 38, n. 25: Migne PL t. 44, c. 1102.

[2] Const. Apost. de SS. Euchar. promiscuo ritu sumenda - Acta A. S., 1912, p. 615.

[3] Cfr. S. Ireneo, Contra haereses, lib. IV, cap. 18, n. 5: - Migne PG., t. 7, cc. 1027-1028.

[4] Luis de Ribera, Recopilación de poesías clásicas al Smo. Sacramento. Recuerdo del XXXII Cong. Euc. Int. de Buenos Aires, 1934, p. 20.

[5] Obras de Sta. Teresa de Jesús, Burgos 1917, tomo IV, Conceptos del amor de Dios, pp. 244-245.

 

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