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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PÍO XII
AL IV CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL PERUANO
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Domingo 15 de mayo de 194
9

 

Por cuarta vez en el breve espacio de pocos años —Venerables Hermanos y amados hijos— la nobilísima nación peruana se presenta en estos momentos reunida ante el Trono del Rey Eucarístico, para repetir su profesión de fe, su testimonio de adoración y sus propósitos de renovación cristiana; y por tercera, desde que la Providencia Divina, sin mirar Nuestra indignidad, Nos colocó en esta Cátedra de Pedro, tenemos el consuelo de poder dirigir Nuestra voz a un Congreso Eucarístico peruano, para ofrecer al Rey Divino vuestra adoración y vuestra fe, para exhortaros a cumplir vuestras promesas y para bendeciros paternalmente.

Del primero de estos magníficos triunfos fue testigo la aristocrática Lima, «la ciudad de los Reyes». Para el segundo resultó elegida la «Roma del Perú», la ilustre Arequipa. El tercero tuvo digno marco en Trujillo, «la vetusta, la hidalga, la cuna de la libertad». Y esta cuarta vez os habéis congregado en el Cuzco imperial, la ciudad que fue sede del primer Congreso católico peruano; la cual ya a mediados del siglo dieciséis —heredera fiel del católico espíritu de la Madre España— celebraba las fiestas del Corpus con una grandeza y una suntuosidad que emulaba a las de otra imperial ciudad, la histórica Toledo; la que por boca de sus mejores hijos —un Inca Garcilaso, un  al Congreso Eucarístico nacional peruano»— supo cantar o narrar como pocas las glorias eucarísticas en páginas inmortales. ¡Cuántas glorias y cuánta historia sugiere el solo nombre del Cuzco!

Días felices aquellos, cuando todo el pueblo profesaba, sentía y vivía una misma fe, participaba de los mismos Sacramentos y en esto encontraba su más firme vínculo de cohesión interior. ¡Pedidle ahora al Dios escondido bajo las blancas especies, que retornen pronto aquellos tiempos para esta humanidad atormentada y dolorida, que al perder la unidad de su fe, se precipitó en ese proceso de disgregación, cuyo período álgido estamos presenciando como testigos los más angustiados! ¡Proponed a la sociedad como base de esa renovación cristiana, que prometéis, la vuelta a la Eucaristía, al Sacramento del amor, sin el cual no hay, no puede haber perfecta unidad! Porque, aunque es cierto que por la vocación a una fe común, a un mismo bautismo y a un idéntico Espíritu, todos los seres humanos están llamados a formar un Cuerpo, esa unidad no será consagrada, ni alcanzará su última perfección si no es en la participación de un mismo pan celestial. «Todos los que participamos de un solo pan, —ha dicho el Apóstol de las Gentes—, bien que muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo» (1Cor 10, 17).

Disgregación del hombre, corrompido por su alejamiento de Dios; disgregación del hogar, disuelto por la rebelión de los hijos y por la falta de amor entre los esposos; disgregación de la sociedad, gangrenada por el antagonismo entre las clases; disgregación de las naciones, enemigas entre sí por la inmoderada codicia de la riqueza y del poder. En una palabra, disgregación por falta de caridad!

Pues bien, siete fuentes abiertas, —los siete Sacramentos—, corren en el jardín de la Iglesia para conferir y aumentar la gracia divina, y por consiguiente la caridad; pero una sola, la Eucaristía, lo hace directa y únicamente. El Doctor Angélico nos dice : «Res autem huius sacramenti est charitas, non solum quantum ad habitum, sed etiam quantum ad actum». El efecto de este sacramento es la caridad, no solamente habitual, sino también actual (Summa Theol., 3 p., q. 79, art. 4 in c).

¡Corred, pues, amados hijos, a este manantial inagotable donde Cristo en persona viene a nosotros para sanar nuestras almas de todas esas inclinaciones, contrarias a la caridad; para tomar posesión de ellas; para comunicárselas, identificarlas consigo y hacerles repetir con verdad aquellas palabras suyas: «Yo, por amor de ellos, me santifico a mí mismo, con el fin de que ellos sean santificados en la verdad» (Jn 17, 19).

Aquellos Incas, poderosos e inteligentes, de cuya espléndida cultura nos hablan hoy todavía las piedras milenarias e imponentes de vuestro Cuzco, lo mismo que los tejidos primorosos y las vistosas cerámicas, obra de sus manos, tuvieron también su culto, en el que no falta quien haya querido vislumbrar algún resto remoto de la primitiva revelación y hasta alguna práctica humanitaria, que preludiase de alguna manera la refulgente caridad cristiana. ¿Quién sabe si por eso mismo no les daría Dios Nuestro Señor aquella gran prosperidad material y aquel esplendor? ¿Quién sabe si no hubo mucho de providencial en la grandeza de vuestro Cuzco que, al pasar generosa y fervorosamente del paganismo al Cristianismo, no sólo pudo aportar a la nueva y verdadera religión el modo y la solemnidad exterior de sus ceremonias antiguas, sino también un orden civil, unas vías de comunicación y todo un sistema social, que facilitase la cristianización de aquella parte de ese Nuevo Mundo, haciendo que sedes insignes, como Lima, Quito, Charcas y Santiago, no fuesen más tarde sino ramas florecidas del robusto tronco cuzqueño?

Quisiera Dios que como consecuencia de vuestra solemnísima Asamblea, desde esa famosa ciudad, relicario de siglos y encrucijada de civilizaciones, se difundiese por todo vuestro país este incendio divino de la caridad, para purificarlo primero, sublimarlo después y unirlo finalmente en torno a esa Hostia, a ese Altar, como vosotros, amados hijos, lo estáis ahora.

Nos, con un anhelo ardiente de haceros el mayor bien posible, se lo pedimos así al Autor y Dador de todo bien, por medio de vuestros grandes Santos, Toribio de Mogrovejo, Francisco Solano y Rosa de Lima; pero sobre todo lo impetramos por la intercesión poderosísima de la Madre de Dios de Suntur Huasi, vuestra Reina dulcísima, figura providencial en vuestra historia. Ellos os obtengan la paz exterior e interior, fundada en un justo equilibrio social; la santificación de vuestros hogares, amenazados por los ataques contra la indisolubilidad del vínculo matrimonial; la perseverancia en la fe, socavada por los propagadores del error; y aquel número de sacerdotes cultos y santos, ¡sobre todo santos!, que perentoriamente exigen tanto la difusión del Evangelio, como la conservación de la fe católica en vuestro suelo.

Que la Bendición de Dios omnipotente, de la que quiere ser prenda ésta que, paternalmente, os damos en su nombre, descienda, rica de gracias y de dones celestiales, sobre vosotros, sobre Nuestro dignísimo Legado, sobre el Episcopado, clero y pueblo presentes, con sus ilustres autoridades, y sobre todo el amadísimo Perú.


* AAS 41 (1949) 294-296.

 

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