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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL PRIMER CONGRESO MARIANO NACIONAL DE CHILE
*

Domingo 31 de diciembre de 1950

 

Por un designio singular de la Divina Providencia os halláis reunidos en esa ciudad de Concepción, clausurando el primer Congreso mariano nacional de la República de Chile, precisamente ahora cuando casi resuenan todavía en el aire los ecos jubilosos de las campanas del mundo entero, que saludaban a la Virgen María en el misterio de su Asunción, y cuando acabamos de cerrar este memorable Año Santo que, aunque no fuera más que por el acontecimiento aludido, podría considerarse también como un grande Año mariano.

Para algún espíritu superficial podría parecer una mera y fortuita coincidencia; pero vosotros pensáis qua no es así. Antes bien, en vuestro legítimo entusiasmo de estos momentos, consideráis que todo ello no es más que un premio a la piedad y a la sincera devoción de una estirpe, cuyas memorias no se podrían repasar sin hallar estampado, a la cabeza de todas sus páginas, el nombre dulcísimo de María; la corona natural en la historia de una nación que, para celebrar el cuarto centenario de una de sus ciudades más linajudas y representativas, no encuentra cosa, mejor que convocar en torno a sí a todos sus hijos para entonar con ellos las alabanzas de la Madre del Cielo; y la oportuna consecuencia lógica de una devoción tan antigua como tierna.

Porque Chile —gracias a la profunda piedad mariana de la vieja y fecunda madre de pueblos, de la católica España—, Chile puede decirse que nació a la luz de la fe con el amable nombre de María en los balbucientes labios. ¿Qué ciudad o qué aldea, qué remota montaña o qué valle escondido existirá en su dilatado territorio que no esté santificado con la magnífica catedral, el severo templo o la humilde ermita, dedicada a una advocación cualquiera de la Madre de Dios? ¿Qué corazón, auténticamente chileno, no siente acelerar sus latidos cuando oye nombrar, por ejemplo, a Nuestra Señora de Andacollo y, muy especialmente, a la Madre Santísima del Carmelo, cuyo escapulario fue un día gloria sobre los pechos robustos de vuestros próceres y sigue siendo todavía hoy casi una patente de reconocimiento nacional?

Más he ahí, casi en el mismo centro del país, a la «Metrópoli del Sur», la «Perla del Bío Bío», la «Pura y Limpia Concepción del Nuevo Extremo»; la que en su nombre, en su escudo y en su historia es toda ella una evocación mariana; la que sube al Cerro para arrodillarse ante su Inmaculada, o baja a su Catedral para postrarse ante su Virgen titular, o se reposa entre las penumbras místicas de San Agustín haciendo compañía a su Virgen del Carmen, o va a dar las gracias a Nuestra Señora de las Nieves recordando la salvación de Imperia, o vuelve y vuelve sin cansarse a su queridísima Virgen del Boldo, a Nuestra Señora del Milagro, para renovarle su voto con el corazón siempre henchido de gratitud, Porque ha sido Ella la que tantas veces, en tantos siglos la ha protegido, cuando se desencadenaban los temblores de la tierra, los furores del mar o la sabia iracunda de sus potentes y aguerridos enemigos.

Era, pues, justo que este Congreso se celebrara y que se celebrara en Concepción. Y Nos sabemos con cuánta diligencia vuestros pastores lo han prepararlo y cuánto en este tiempo se ha orado —según el espíritu del Año Santo que acabamos de clausurar— por la santificación de las almas, por la paz, por la Iglesia y por la justicia social.

Nuestro espíritu os ha seguido en la preparación y en todas las grandiosas solemnidades de estos días, no menos que en vuestra sesiones de estudio, donde habéis estudiado principalmente tres temas. El primero, la divina maternidad, como principio, clave y centro de todos los privilegios de María, pues, como bien notaba nuestro gran Predecesor «del dogma de la divina maternidad, como de fuente de oculto manantial, brotó la singular gracia de María y su dignidad, la mayor después de Dios»[1]. El segundo, aquella cooperación de la Madre de Dios en la dispensación de las gracias que hacia cantar al ingenuo bardo castellano: «Si gozamos, prosperamos; si de virtudes usamos / si salud gracia e virtud en vejez e juventud / gran honor, fama e valor; riqueza, que es bien menor / si tenemos, no dudemos que de esa Virgen lo avemos» [2]. Y por fin, el tercero, corona, cima y remate de todas esas grandezas, que es su gloriosísima Asunción, puesto que —repitiendo Nuestras mismas palabras— «la augusta Madre de Dios, unida arcanamente a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, Inmaculada en su concepción, Virgen sin mancilla en su divina maternidad, compañera generosa del Divino Redentor... al final como corona suprema de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y... elevada en alma y cuerpo a la gloria celestial»[3].

:Acudamos todos una vez más, Venerables Hermanos e hijos amadísimos, llenos de confianza a este trono de gracia, seguros de encontrar siempre y enseguida el auxilio que necesitamos.

No se trata ahora de aquellos enemigos fuertes y audaces, pero nobles y caballerosos, que cantan las férreas estrofas de Alonso de Ercilla en su «Araucana»; hoy son otros adversarios, o si queréis otras ideologías las que se introducen en el campo del padre de familia, sobre todo para sembrar la cizaña y hacer que el pensamiento católico no pueda tener en la vida social todo el peso que le corresponde, porque quienes debían defenderlo se presentan divididos, porque sus propugnadores se olvidan que para salvar los valores más altos —hoy tan en peligro— hay que sacrificar muchas veces las opiniones partidistas y hasta los intereses particulares. Ante el altar de la Madre de Dios, católicos chilenos, sentíos siempre hermanos, prometiéndole trabajar unidos por los intereses de su Divino Hijo, de la Iglesia por El fundada y de la santa religión.

Con este deseo en los labios, y mucho más en el corazón. os bendecimos a todos: a Nuestro eminente Legado, que tan dignamente Nos ha representado en tan feliz ocasión; al Episcopado chileno en pleno, a quien corresponde el mérito de esta idea tan oportuna como fecunda; a la representación oficial del Gobierno, cuya contribución al mayor esplendor del Congreso tan grande ha sido; a la ciudad de Concepción, que una vez más ponemos bajo el manto protector de María, que ha sido siempre su refugio seguro; a todo el amadísimo pueblo chileno y a todos los fíeles presentes o que de cualquier manera oigan Nuestras palabras, que quieren ser palabras de amor. de consuelo y de bendición.


* AAS 43 (1951) 122-124

[1] Pío XI, Encíclica Lux veritas: AAS 23 (1931), p. 513

[2] Las Cien Triadas - Cancionero castellano del siglo XV ., t. I, n. 303).

[3] Constit. Apost. Munificentissimus Deus: AAS 42 (1950)pp. 753-771)

 

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