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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR RAÚL YRARRÁZAVAL,
NUEVO EMBAJADOR DE CHILE ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 29 de diciembre de 1951

 

Señor Embajador:

Cual símbolo de una esperanza, tan lisonjera como rica en promesas, recibimos hoy a un Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Chile, cuyo ilustre apellido es el mismo de aquel que, bajo el pontificado de Nuestro Predecesor de santa memoria Pío IX, tuvo el honor de ser el primer representante diplomático de su país ante esta Sede de Pedro; a una personalidad que, en los mismos términos con que ha acompañado la presentación de sus Cartas Credenciales, ha dejado va entrever los nobles sentimientos con que da principio a su alta misión.

Son afectos brotados espontáneamente del conocimiento de aquellos íntimos vínculos que unen al fiel pueblo chileno con esta Santa Sede; vínculos que es imposible separar de su historia, desde los días en que aquel remoto «confín del mundo» se abría a los ojos atónitos de los atrevidos descubridores, hasta. los tiempos más recientes, cuando, por ejemplo, el nombre de Chile recorría en triunfo la vieja Europa en el verbo facundo de un gran chileno y un gran prelado: Don Ramón Ángel Jara, obispo de La Serena.

Pero estos lazos, Señor Embajador, sabe perfectamente Vuestra Excelencia que no significan sólo una tradición nobilísima; toda la parte sana de su pueblo los concibe justamente como una función actual, viva y vivificante, de la que fluyen insustituibles impulsos morales hacia una gradual, y al mismo tiempo vigorosa, solución de los problemas que agobian hoy a la humanidad bajo todos los cielos.

Como descendiente de alguien que, con los audaces conquistadores, holló entre los primeros la tierra chilena y fue consiguientemente testigo, no sólo de la epopeya que mereció ser cantada en estrofas inmortales, sino también de la pacífica conquista realizada por los soldados de la Cruz, Vuestra Excelencia sabe comprender perfectamente la parte predominante que jugaron las ansias misioneras de la Madre Patria en la formación espiritual de aquellos numerosos países de América que, como el noble pueblo chileno, se precian de haber recibido de ella la verdadera Religión y la lengua y cultura hispánicas.

Como aprovechado alumno de la Universidad Católica de su espléndida capital, ha podido penetrarse íntimamente de las ideas y de los sublimes fines que entrañan la concepción cristiana del Estado y de la ordenación social.

Como experto organizador, finalmente, en las filas de «Pax Romana» y de la Acción Católica, ha podido profundizar en la doctrina y en las metas espirituales que la Iglesia se propone, sacando del Santo Evangelio el vigor necesario para combatir en favor de una paz, que haga justicia a todos los pueblos y les allane los caminos del auténtico progreso.

Ahora aquí, en la Eterna Ciudad, sucediendo a su insigne predecesor, se abre a Vuestra Excelencia un nuevo campo de trabajo donde podrá, conseguir méritos imperecederos para el verdadero bien del pueblo chileno —tan próximo siempre a. Nuestro corazón y tan continuamente presente en Nuestras preocupaciones pastorales—, contribuyendo a que las enseñanzas que emanan de esta Cátedra apostólica, se difundan más y más y en círculos cada vez más amplios del pueblo chileno, y promoviendo su fiel y vigorosa, actuación.

Ninguna nación —sean los que sean su desarrollo histórico, su posición geopolítica, su estructura social o las riquezas de su suelo— tiene nada que temer para su autoridad y para su prosperidad sana y fecunda, de la aplicación, incluso integral, de los principios de vida cristiana en los individuos y en la sociedad.

Cuanto de mayor libertad goce la Iglesia para llevar el Evangelio de Cristo a la educación de la juventud en todos sus grados, al perfeccionamiento de la vida de familia y a la formación del ambiente social y de caridad, tanto más hacedera le resultará la adaptación de sus cuidados pastorales a las necesidades urgentes —y hasta ahora por desgracia no satisfechas— de amplios sectores sociales del pueblo, haciendo crecer igualmente cada vez más en todos el sentido de la solidaridad; el Estado ganará en prestigio moral y en la voluntad de resistir a las fuerzas disolventes que quieren poner en peligro sus cimientos más sólidos y fundamentales.

Ninguna cosa Nos podría servir de mayor satisfacción que el poder comprobar que en la tierra chilena se deja campo libre a esta función maternal de la Iglesia, superando todas las divisiones de los partidos. Porque cuando la Iglesia consigue ejercitar su benéfico influjo, automáticamente se difunde un clima donde el amor de patria y el ansia de progreso y de justicia social estrechan —con verdadero espíritu religioso— una fecunda alianza, cuya dinámica evolución abrirá al porvenir de la nación una fuente inagotable de bendiciones.

De las opiniones diversas y de las tendencias políticas antagónicas entre católicos —aunque querramos considerarlas como un simple hecho humano explicable y acaso hasta inevitable— no podría no seguirse una dolorosa desgracia: la de que los hijos de una misma fe lleguen a olvidar, sin que les sirva de despertador la inminente amenaza de los enemigos de Jesucristo, el ineludible deber que tienen de permanecer unidos, aun a costa del sacrificio de algún punto de vista personal, para defender su creencia común y para proteger a su común Madre, la Iglesia, contra los asaltos de la negación religiosa.

Nuestro pensamiento vuela todavía. un momento a su hermoso país, que en su misma dilatada extensión parece llevar la promesa de todo bien natural; y en su privilegiada posición se diría haber sido reservado como rincón donde pudieran refugiarse para siempre la belleza, la gentileza, y hasta la suavidad del aire que lo orea. ¡Qué el Señor le conceda también los dones espirituales que Nos, en estos solemnes momentos, le deseamos!

Con profundo reconocimiento por sus manifestaciones en favor de la labor, que continuamente Nos ocupa, en pro de una progresiva distensión y pacificación entre las clases sociales y las naciones, enviamos Nuestro cordial saludo al Excelentísimo Señor Presidente de la República y a los miembros de su Gobierno, mientras que, invocando las gracias del Omnipotente y la protección de la Virgen del Carmen, «Reina de Chile», sobre este amadísimo pueblo, damos de todo corazón a Nuestros hijos, a Nos unidos por la fe y el amor, la Bendición Apostólica.


* AAS 44 (1952) 184-186.

 Discorsi e radiomessaggi XIII, p.437-439.

 

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