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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL II CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE COSTA RICA
*

Jueves 28 de abril de 1955

 

Venerables Hermanos y amados hijos que, en estos momentos, clausuráis vuestro segundo Congreso Eucarístico Nacional 

Ha permitido la divina Providencia que, a pesar de no ser ya escasos los lustros que desde esta Silla de Pedro hemos visto desfilar, y a pesar igualmente de haber sido tan numerosas las veces que hemos podido enviar Nuestra palabra a ese mundo americano de lengua española, tan rico en promesas para la Iglesia, hasta hoy no se haya ofrecido una ocasión propicia para dirigirnos a vuestra patria amadísima.

Y eso, que se trataba de la Costa Rica feliz, cuyo sólo nombre evoca ya prosperidades y maravillas legendarias; de un país, mirador sonriente abierto a dos mares, perla engastada en esa espina dorsal de las Américas que son los Andes, tierra de posición privilegiada en un au­téntico nudo vital entre dos mundos, entre dos océanos, entre las dos partes de un continente inmenso; paisajes soñadores de cimas que se esfuman en las nubes, de volcanes rugidores y humeantes, de amenas y verdes planicies que descienden, onduladas y serenas„ hasta las bien oreadas playas. La histórica Costa Rica de la cuarta y última navegación colombina; la del gran Vázquez Coronado y tantos otros heroicos descubridores. Se trataba, sobre todo, de la catolicísima Nación que recuerda siempre a. su primer Obispo Llorente Lafuente, verdadera gloria nacional; que no olvida nunca lo que debe al que fue fundador de su futura Universidad, el Prelado Nicolás García; y en cuyos oídos no se han extinguido aún los elocuentes acentos de aquel gran tribuno que fue el ilustre sacerdote D. Florencio del Castillo.

Lo quiso así Quien todo lo rige, para que los tiempos madurasen al calor de la oración y de los piadosos deseos; fue la Santísima Virgen de los Ángeles, vuestra dulce patrona, quien lo hizo, para que ante sus altares os preparaseis mejor a lo largo de todo el Año Mariano; ha sido, podéis pensar, una fineza más de aquel Corazón divino, fuente de todo consuelo y refugio seguro para todos los atribulados, de manera que hoy, como quien pone fin a un período histórico, olvidando cuestiones y dejando a un lado querellas, cerrando definitivamente las heridas y sin mirar las recientes cicatrices, pacificados los espíritus y depuesta toda hostilidad, podáis reuniros tranquilos ante las Sagradas aras, adorando esa Hostia divina y aclamándola como «signum unitatis» y «vinculum charitatis» (San Agustín, In Io. 26,13: Migne PL, t. 35 col. 1613).1

¡Símbolo de la unidad! Luego, basta ya de divisiones, principio de destrucción y de ruina, basta de odios y de enemistades que secan los corazones y arman las manos airadas de los hermanos. ¡Vínculo de caridad! lazo de amor que una a todos, fuente de gracia donde podáis beber unidos las linfas vitales que refresquen en vuestros pechos todo recelo y toda rivalidad y enciendan en cambio las llamas del fraternal amor.

Pero en realidad el tema de vuestro Congreso va más allá, porque se propone «la santificación de la familia cristiana por medio de la Eucaristía». Y difícilmente hubiera podido escogerse una solución mejor para todos los problemas que afligen al mundo, puesto que, por encima de los remedios puramente exteriores, se impone la exigencia de una reforma interior de los espíritus, la vuelta a la observancia integral de la ley cristiana ; y Nos sabemos perfectamente que esa reforma ha de actuarse sobre todo en el santuario familiar.

¡Defended, amados hijos de Costa Rica, defended vuestros hogares, para que sigan siendo jardín donde broten y florezcan las más hermosas virtudes cristianas ; pero para obtenerlo estad bien ciertos de que difícilmente hallaréis medio más adecuado que la piedad eucarística y, más en especial, la comunión frecuente, que da luz a las almas y fuerza a las voluntades, que forma las conciencias en la sinceridad y en la verdad, que sirve de freno en las posibles desviaciones y une entre sí a los miembros de la familia en el hogar, a las familias en la nación, y a las naciones en el universo mundo, con un abrazo más poderoso que todas las codicias, más estrecho que todas las ambiciones y más duradero que todas las ansias de poder y de grandeza!

Os habéis reunido en esa magnífica ciudad de San José, que, en medio del risueño valle del Abra, heredera de las glorias de la vieja Cartago, por la suavidad de su clima y la esplendidez de su cielo, es considerada como una de las más hermosas de América. No olvidéis en estos días una visita más a la amable «Villita», al primitivo y humilde local dedicado al glorioso Patriarca, para encomendar allí vuestras familias al que fue cabeza y jefe de la más santa que la tierra ha visto.

Quiso ya, celebrarse vuestro Congreso en 1950, recordando el centenario de la erección canónica de la diócesis de Costa Rica ; como la Asamblea que le antecedió, primera en la serie, había conmemorado el Jubileo del Edicto de Milán, que dio la paz a la Iglesia. Pedid, pues, ahora para esta misma Santa Madre Iglesia la incolumidad, el respeto y la paz ; amad siempre a esta buena Madre, que tanta parte tuvo en la formación de vuestra nacionalidad.

Esa Cruz imponente, que se levanta tras el altar, acaso os recuerde el calvario de vuestra amada patria en estos últimos tiempos. Una oración ante ella por el triunfo definitivo de la caridad, de la fraternidad y de la concordia cristiana.

Están ahí con vosotros, amadísimos hijos costarriqueños, los representantes de todas las Antillas y de toda América. Que esta cordialidad sea un símbolo de la que imploréis para todo vuestro continente y para todo el mundo.

Un alma grande, la de vuestro inolvidable Arzobispo Sanabria y Martínez, deseó ardientemente ver este día, que previó y preparó. Desde el cielo se gozará ahora contemplándolo y recibiendo vuestro piadoso recuerdo.

Que sobre todo ello —ansias de paz, pasadas heridas y anhelos de renovación— descienda, como rocío bienhechor, la Bendición de lo alto, de la que quiere ser prenda la Bendición Nuestra: Bendición para Nuestro dignísimo Legado, para el celosísimo Pastor de esa Arquidiócesis, para todos Nuestros Hermanos en el Episcopado, con sus cleros y fieles, para las autoridades presentes, para cuantos han cooperado en la preparación del Congreso, para los que de cualquier manera oyen Nuestra voz y para toda la amadísima Nación costarriqueña, a la que el Padre común desea todos los bienes y, muy en especial, la tranquilidad y la paz.


* ASS 47 (1955) 407-409.

   

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