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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LOS SUPERIORES Y ALUMNOS
DEL COLEGIO ESPAÑOL DE SAN JOSÉ
*

Martes 22 de marzo de 1956

 

Aamadísimos hijos, Superiores y alumnos de Nuestro Colegio Español de San José; amadísimos familiares de los colegiales recientemente ordenados; y, sobre todo, amadísimos neo-sacerdotes que, con la unción sagrada fresca aún en vuestras manos, Nos habéis procurado el consuelo de poderos felicitar en una de las ocasiones más solemnes de vuestra vida.

«Gaudete —digamos parafraseando un texto bien conocido —, gaudete quod nomina vestra scripta sunt in coelis» (Lc 10, 20); alegraos si, alegraos no sólo porque habéis alcanzado la anhelada meta, no sólo porque habéis realizado vuestro principal deseo, sino, primeramente, porque sois ya ministros del Señor —alter Christus, sacerdos in aeternum—. Elección fue, porque «non vos me elegistis» (Jn 15, 16); pero fue una elección, una predilección que os arranca de la tierra, os orienta definitivamente hacia Dios, como si cada uno de vosotros fuese un nuevo elegido, un nuevo Aarón (cf. He 5, 1-4).

Pero es ley de providencia, hijos carísimos, que no haya honor sin alguna exigencia terminante, inseparable de la función misma que el honor supone. «Clerici  —prescribe efectivamente la ley eclesiástica— debent sanctiorem prae laicis vitam interiorem et exteriorem ducere» (can. 124). Vida santa, ante Dios y ante los hombres, con una santidad que impulse incansablemente al apostolado, que no reconozca obstáculos, que nunca vacile ante el sacrificio, que empuje al bien con el ejemplo, que edifique a los buenos y selle los labios de los malos, que a su paso —nuevo sol— haga florecer las virtudes, que aplaque la justa ira del cielo, que atraiga las gracias sobre la tierra, que sea en todos los momentos gloria de Dios y honor de la Iglesia.

En este siglo, en el que tanto y tan inútilmente se habla muchas veces de males y de remedios, más de una vez hemos pensado que uno de los principales sería precisamente este: muchos sacerdotes santos. Porque la historia enseña que, doquiera un sacerdote santo y celoso ha surgido, doquiera ha vivido, en derredor suyo y como por ensalmo, todo se ha visto renovado, todo vivificado, como cuando en el desierto rompe inesperada y audaz la alegría de una fuente e inmediatamente en torno a ella triunfan sobre la aridez y la desolación la frescura y el verdor. Y hasta las caravanas vienen de lejos para regocijarse, descansar y cobrar fuerzas en el encanto del nuevo oasis.

Pero, supuesto esto, si todavía Nos preguntáis en particular que es lo que de vosotros especialmente esperamos en estos momentos, acaso lo podríamos reducir a las siguientes sugerencias, que paternalmente os brindamos como recuerdo de este familiar encuentro.

Corren los tiempos y es evidente el progreso humano en todas las ramas del saber; procurad estar siempre a la altura de vuestra misión de tal manera que todos —el sencillo lo mismo que el instruido— hallen en vosotros lo que ellos esperan, desempeñando vuestro ministerio de pastores y guías de las almas con modestia pero con seguridad, con suficiencia pero sin pretensiones, con humildad pero dignamente, con edificación y al mismo tiempo con aquella razonable autoridad que vuestro oficio exige.

Los tiempos avanzan y evoluciona rápidamente la organización interna de la mas intima contextura de la sociedad marchando hacia una más justa distribución de los bienes de producción y de consumo, hacia una mayor aproximación entre las diversas categorías sociales y una mas razonable satisfacción de las justas exigencias de la persona humana; que en un momento tan crítico de la historia del mundo no falte en vosotros la debida sensibilidad para percibir en cada caso el problema, la necesaria preparación para resolverlo y hasta aquel valor que sea indispensable para recordar a cada uno, no solamente sus derechos, sino también sus deberes.

Finalmente, la vida, complicándose cada vez más, va continuamente resultando más difícil, más compleja en todas sus manifestaciones, con no poco riesgo de desorientaciones y de confusionismos; que vuestro recto sentido sacerdotal os recuerde siempre la meta sobrenatural y única a que aspiráis, el sendero recto para llegar a ella sin perderos por otros caminos, el objeto exclusivo de toda vuestra vida de santidad y de apostolado, bien lejano de otras cuestiones y ocupaciones puramente humanas y terrenales, que podrían serviros de estorbo a vosotros mismos y a vuestra misión, con daño no sólo vuestro, sino también de las almas y de los verdaderos y altísimos intereses de la Iglesia.

Bajo la cátedra de Pedro habréis escuchado las palabras que él mismo oyó un día de labios del Maestro: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19); desde la gloria de Bernini os habrá parecido que el mismo Espíritu Santo descendía sobre vosotros y os transformaba; en el mismo lugar donde la voz suprema de los Sumos Pontífices proclama la santidad de los Siervos de Dios habéis prometido seguir los caminos de la santidad sacerdotal. Los principios no podrían ser mejores; Nuestro deseo es que el continuar y el perseverar hasta el fin no sean indignos de tales comienzos. Y al mirar al futuro desde la altura de esta edad, hasta la cual Nos ha dejado llegar la Divina Providencia, es para Nos de no poco consuelo poder hablar así a una juventud que es la esperanza de mañana y la prenda de continuidad dentro del cuerpo de la Iglesia.

Así lo pedimos a vuestra Madre amantísima la Virgen de la Clemencia; así al glorioso Patriarca S. José, especial patrono vuestro; desde ahora queremos ya bendecir vuestro futuro ministerio, con todas las almas que os serán encomendadas y todos los santos ideales que en estos momentos se agolpan en vuestra mente; vuestro colegio, y el futuro colegio que Nos queréis ofrecer como el más preciado recuerdo de estas manifestaciones; vuestros hermanos los seminaristas de toda España con todos los sacerdotes españoles y toda esa gran nación, tan cercana siempre al corazón Nuestro.

Una palabra, y muy especial, para los afortunados padres de los nuevos sacerdotes, que nunca habrán llorado más a gusto que en estos días. Si entonces, hace años, hicisteis un sacrificio, ofreciendo vuestros hijos al Señor, hoy el Señor, entre tantas y tan grandes consolaciones, o, lo ha pagado con creces. Como premio de vuestra generosidad y para complemento de vuestras legítimas alegrías, no queremos que hoy os falle una especialísima Bendición Nuestra.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol. XVIII, págs 35-37.

   

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