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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A DOS GRUPOS DE PEREGRINOS ESPAÑOLES
*

Viernes 4 de mayo de 1956

 

Bienvenida la «Peregrinación nacional española a Tierra Santa» a esta casa del Vicario de Cristo, precisamente a la vuelta de un viaje que Nos la hace todavía más digna de ser recibida, en cuanto que Nos la presenta como penetrada y perfumada con el aroma de aquellos Santos Lugares, que el mismo Cristo y Señor Nuestro consagró con su vida mortal y con su preciosa Pasión y Muerte. Y es tal la íntima dependencia, es tal la unión espiritual entre los sitios que acabáis de visitar y aquellos donde os encontráis ahora, que vuestra filial decisión de alterar la ruta del retorno y pasar por Roma, Nos parece algo natural, y, como si dijésemos, una legitima consecuencia y un modo de completar vuestro itinerario, de forma que ahora ya podáis afirmar que no os falta nada por ver.

Enhorabuena, hijos amadísimos, y que nunca se borre de vuestras almas la impresión recibida. Haber podido orar allí donde el Verbo por nosotros se hizo carne; haber podido, sobre todo, recordar su Pasión y Muerte en el mismo lugar donde se alzó su Cruz son gracias especialísimas. Y si se pudiera hablar así, habría que vivir una vida de santidad y de inefable amor a nuestro divino Redentor para corresponder de algún modo a las gracias, que vosotros estos días habéis recibido. Quiera el Señor hacer que este camino resulte cada vez más fácil y más abierto, para que los cristianos puedan seguir corriendo sin impedimento a aquellos Santos Lugares, con el mismo espíritu de sincera devoción y amor a Nuestro Señor Jesucristo con que lo acabáis de hacer vosotros.

Pero en vuestra compañía vemos también a un buen grupo peregrinos zamoranos, unidos a vosotros por una especial fraternidad, ya que ellos reconocen como su Padre y pastor, al que en este viaje ha sido para vosotros pastor y Padre.

La vieja Zamora, colocada como una atalaya a las orillas del Duero, y formando parte de aquella cadena de puntos de apoyo que fue durante mucho tiempo frontera de una patria y de una fe, con sus robustos y pesados murallones, con sus callejas tortuosas, con su maravillosa Catedral románica, despierta en las almas el recuerdo de un tiempo, cuyas glorias cantaron el Romancero o las rudas estrofas de los cantares de gesta; pero a Nos Nos recuerda mucho más aquel recio espíritu, acaso un poco seco, pero siempre generoso y consecuente, una de cuyas características más preciadas es la adhesión incondicional a una fe cristiana profundamente vivida. Viejas tierras de León y de Castilla rubias en verano, pardas en otoño y prodigiosamente verdes primavera; viejos campos, donde siempre ha florecido la piedad sincera, el cristianismo convertido en jugo y vida, la seriedad de las costumbres y un cierto horror por las medias tintas, que más de una vez os ha salvado en algún momento difícil. Que nunca seáis indignos de vuestros abuelos, los que supieron infundir su aliento heroico en una historia, donde esta fe fue uno de los elementos principales. De vuestro cielo aprended la limpieza del alma, de vuestra tierra la generosidad austera y de vuestros ríos profundos y caudalosos la profundidad y la riqueza de una fe, que aquí, en esta Roma de todos, tiene su centro y su fundamento.

A vosotros, los peregrinos de Tierra Santa, una Bendición que sea como el complemento de tantas gracias recibidas este viaje inolvidable; a vosotros, hijos amadísimos zamoranos la misma Bendición con todos Nuestros mejores afectos y deseos; a todos la Bendición Nuestra para sus familiares y amigos, para sus proyectos y ansias, para sus respectivas ciudades y para toda esa amadísima España, nunca ausente en las oraciones del Padre común.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol. XVIII, págs. 155-156.

   

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