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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A UNA PEREGRINACIÓN DE EX-CAUTIVOS ESPAÑOLES
*

Palacio Pontificio de Castelgandolfo
Sábado 27 de octubre de 1956

 

Entre los numerosos y variados grupos, que llegan a esta casa del Padre común para manifestarle su afecto filial y para procurarnos el consuelo de acogerlos y de bendecirlos, el que en estos momentos está presente aquí, hijos amadísimos, bien podríamos decir que tiene algo de singular por ser tan especial la razón que a vosotros os une, razón que al mismo tiempo es el título peculiar con que ante Nos os presentáis.

Efectivamente, unos llegan asociados por el vínculo común de familia, de ciudad o de patria; otros, por los estudios a que se consagran, por la profesión que les ocupa, por su determinado estado de vida o por cualquier otro motivo semejante. Vosotros no; a vosotros en momentos bien dolorosos, de esos que la Providencia a veces quiere o permite en sus designios inescrutables para purificar a un pueblo o para hacer resplandecer mejor sus virtudes, os juntó la privación de la libertad, os congregó la lucha desatada contra vuestra fe y contra vuestras más santas convicciones, os hizo sentiros hermanos —los que el día anterior acaso ni os conocíais— ese potente fuego para fundir las almas, que se llama el dolor.

¡Horas tremendas, por la separación de los seres queridos, por las privaciones y sufrimientos que imponían, por las nieblas de incertidumbre que hacían todavía más sombrío el horizonte del porvenir! ¡Horas terribles por lo lentamente que desfilaban, por el tedio y el fastidio en que sumergían al alma, por todo ese conjunto de circunstancias tan apropiado para exaltar la imaginación, enervar la voluntad y transformar al hombre mejor dotado en una máquina abúlica, melancólica y dolorida! ¡Y luego, afuera, los padecimientos de la patria, de la sociedad, de la Iglesia!

Aquellas horas, por la infinita misericordia del Señor, están ya lejos. ¿Qué lecciones han dejado en vuestros espíritus? Ante todo, que la fe, solamente la fe, puede servir de consuelo, cuando todos los demás auxilios faltan. «En mil maneras somos atribulados —os dice el Apóstol de las Gentes (2 Cor, 4., 8)—, pero no nos abatimos». Porque quien sabe que padece por una causa grande y digna, no solamente aprende a sufrir, sino que ama estos sufrimientos mismos, apoyándose en las razones sobrenaturales que su fe le procura y sirviéndose de ellas para no perderse entre las obscuridades, que ante sus ojos acumulan la tribulación y el dolor.

Después, un acto de acción de gracias, porque nada acerca tanto al Divino Maestro como el poder participar de su cruz, sintiéndole a El más cerca y con la convicción de que precisamente entonces El de manera especial nos recuerda (cf. Ec 3, 17). Y ¿no es cierto que vosotros mismos jamás habíais sentido tan próximo a Dios, jamás habíais orado con tanto fervor, jamás habíais recurrido a El con tanta confianza? ¿No es verdad que para algunos aquel terrible paso fue como un puerto que, a través de tan tremendo desfiladero, os abrió el camino hacia horizontes más amplios y más luminosos para toda la vida?

Enseguida, un recuerdo. Un recuerdo para aquellos hermanos que perecieron en la demanda y que acaso esperan de vosotros un piadoso sufragio; un recuerdo para los que hoy, en tan diversos rincones del mundo y con perspectivas todavía más obscuras, sufren lo que vosotros sufristeis y esperan también la ayuda por lo menos de una oración vuestra; un recuerdo de los que fueron casi instrumentos de la Providencia y a los que habríais de desear corresponder con un abrazo fraternal, ese abrazo especial que el alma cristiana reserva siempre para el hermano descarriado.

Y por fin, la principal de todas las lecciones. Porque después de tan dolorosas experiencias, es cuando los espíritus están mejor preparados para comprender que en este mundo no faltarán acaso las horas suaves y claras, en que el sol resplandece y la naturaleza sonríe; pero mientras que «moramos en este cuerpo (y) estamos ausentes del Señor» (2 Cor 5, 6) siempre será cierto que «por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios » (Act 14, 22).

Bienvenidos, pues, hijos amadísimos, y mil gracias por el precioso presente que Nos ofrecéis y cuyo altísimo valor simbólico no dejamos de apreciar. Es tierra empapada en sangre derramada al servicio de los ideales más altos; es tierra que a la fuerza tiene que fructificar, Nos levantamos los ojos y los posamos en esta Madre de misericordia y patrona vuestra, en esta Virgen de la Merced, mientras que, con la oración de la Iglesia, fervorosamente le pedimos que os podáis, por sus méritos e intercesión, ver siempre libres de todo pecado y de la cautividad del demonio (Orat. in Fest. B. M. V. de Mercede, 24 sept.).

Una Bendición para todos vuestros hermanos ex-cautivos, pero más en especial para vosotros, aquí presentes, deseándoos toda suerte de bienes y de prosperidades; y, puesto que formáis una Asociación nacional, una Bendición para toda la querida España a la, que deseamos, como a todo el mundo, el triunfo de la justicia y de la verdad en la más completa paz de los espíritus.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol. XVIII, págs. 615-617.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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