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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA PARROQUIA
DE SAN MEDÍN DE BARCELONA
*

Sala de los Suizos, Castelgandolfo
Domingo 18 de agosto de 1957

 

Aunque, como con vuestros mismos ojos habréis podido ver, —hijos amadísimos, feligreses de la parroquia de San Medín, de Barcelona,— las multitudes que desde todos los rincones del mundo llegan a esta Casa del Padre común son cada vez más numerosas y entre ellas, como es natural, no faltan las más variadas categorías sociales; sin embargo, creemos poder afirmar que un grupo como el vuestro no Nos ha tocado muchas veces recibirlo, por tratarse de una nutrida representación de una parroquia humilde y sencilla, y de hijos Nuestros, que, para poder convertir en realidad su vivo deseo, han tenido que realizar un serio sacrificio, y tal vez un extraordinario esfuerzo.

Por eso os hemos querido acoger a parte, para daros una especial bienvenida, al mismo tiempo que os expresamos Nuestra gratitud paternal y os manifestamos la complacencia con que vemos realizado en el caso vuestro lo que otras veces hemos hecho presente sobre lo mucho que esperamos de una vida parroquial bien dirigida y bien organizada, donde esa «célula-base» de la vida eclesiástica pueda demostrar toda su fecundidad y toda su eficacia para el bien de las almas (cfr. Carta a la Semana Social de Canadá, 18 de julio de 1953).

Porque una parroquia no es solamente un templo, un sacerdote, un territorio y una determinada porción de la grey del Señor, expresado todo ello en cifras más o menos elocuentes; una parroquia es una célula de un cuerpo, que en este caso es el Cuerpo Místico de Cristo; es un ser vivo con su aliento propio, con sus órganos y sus actividades, con su crecimiento natural y hasta con sus problemas, sus necesidades, sus gozos y sus dolores peculiares.

¡Que no sea, pues, menester pediros que la améis, porque sería tanto como deciros que os améis a vosotros mismos! Que nunca os deis por contentos mientras no logréis hacer de ella un verdadero modelo, sin ningún elemento enfermizo o muerto, donde se viva esa auténtica vida cristiana, que ha de manifestarse continuamente en el amor a la oración y en la estima del sacrificio, en la pureza de la juventud y en la honestidad de costumbres de los mayores, en la regular asistencia a los oficios divinos y en la frecuencia de sacramentos, en la caridad generosa para con los necesitados y en el exacto cumplimiento de todos los deberes ciudadanos, y en todo un modo de ser que bien podría llamarse un cristianismo vivido, en el templo lo mismo que en el hogar, en las diversiones lo mismo que en el trabajo, en la vida familiar lo mismo que en la vida social, y en lo profundo de las conciencias lo mismo que en todas y cada una de vuestras manifestaciones exteriores, para gloria de Dios y honor de la Santa Madre Iglesia.

Mucho habéis hecho en tan pocos años. Y vuestra presencia aquí queremos interpretarla como una promesa formal de que no cejaréis en la demanda hasta realizar aquel ideal que os hemos propuesto.

Gracias mil por el don que Nos habéis ofrecido, aunque, a pesar de ser tan valioso, lo que más estimamos es la voluntad con que lo habéis hecho. Os lo queremos corresponder con una Bendición especialísima para vuestra parroquia toda, desde su celoso Párroco con sus Coadjutores, hasta el último de los feligreses, juntamente con todas las intenciones, cosas y personas que queréis ver bendecidos. Que la gracia de lo alto descienda sobre vosotros y os acompañe siempre, sobre todo en vuestros trabajos y en vuestros sufrimientos, que desearíamos sentir como si fueran Nuestros, para que, habiendo sido en la tierra miembros vivos de este Cuerpo, que es la Iglesia, lo podáis ser luego igualmente en aquella Jerusalén celestial, que de todo corazón os deseamos.


* Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIX, págs. 345-346.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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