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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LOS PEREGRINOS QUE ASISTIERON AL RITO DE BEATIFICACIÓN DE TERESA DE JESÚS JORNET E IBARS
*

Lunes 28 de abril de 1958

 

Aquella Sabiduría altísima, que «se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad» (Sap 8,1) al permitir muchas veces el mal o la enfermedad, nunca deja de procurar simultáneamente el remedio y la medicina, de tal manera que jamás quede desmentida su paternal bondad, tanto en la vida de los hombres como en la marcha de los pueblos.

Por eso, si en la España de la segunda mitad del pasado siglo permitió aquellas convulsiones sociales y políticas que tan hondas repercusiones tuvieron en el campo eclesiástico y religioso, suscitó también generosamente tantas almas escogidas, a fin de que, como la levadura evangélica (cf. Mt 13,33), preparasen la masa para una favorable fermentación. De ellas, algunas son ya objeto de veneración en los altares o podrán serlo a no tardar; otras, como vuestra amadísima Madre y Fundadora, Teresa de Jesús Jornet e Ibars, llegan ahora a tan alto honor y Nos proclamamos la íntima satisfacción de habérselo podido otorgar, mientras que proponemos su ejemplo a todos, y en especial a vosotros, sus hijas y sus devotos.

Alma grande, y al mismo tiempo humanamente afable y sencilla, como su homónima, la insigne reformadora abulense; humilde hasta ignorarse a sí misma, pero capaz de imponer su personalidad y llevar a cabo una obra ingente; enferma de cuerpo, pero robusta de espíritu con fortaleza admirable; «monja andariega» ella también, pero siempre estrechamente unida a su Señor; de gran dominio de sí misma, pero adornada con aquella espontaneidad y aquel gracejo tan amable; amiga de toda virtud, pero principalmente de la reina de ellas, la caridad, ejercitada en aquellos viejecitos y viejecitas, que exigen la paciencia y benignidad, de que habla el Apóstol (cf. 1Co 13, 4).

En tan espléndido conjunto querríamos escoger tan solo tres suaves matices, para entretenernos paternalmente con vosotros, después de daros la más cordial bienvenida.

I. Y, antes que nada, en estos tiempos de esplendores marianos y en este año centenario de las apariciones de Lourdes, Nos complace considerar la gran parte que la Virgen Santísima quiso tomar en la vida y en la obra de esta Teresa de Jesús.

Nacida al sonar el «Ángelus» en aquella feliz jornada de los comienzos de 1843, y habiéndose distinguido siempre durante su edificante juventud por un afecto tierno y filial hacia la Reina de los cielos, muchas horas solemnes de su existencia coinciden providencialmente con una fiesta mariana : la llegada al inolvidable «Pueyo» de Barbastro en la víspera del Pilar de 1872; la apertura de la Casa Madre a la sombra misma del Santuario, desde el que la «mare de Deu» polariza los corazones de toda la huerta valenciana; la fundación en Zaragoza el mismo día consagrado al culto de la Reina de la Hispanidad. «A gloria de María y honor de S. José» quiso enderezar ella toda su obra; y al volar al cielo, en aquella fecha de 1897, deseó dejar todas las casas de su Instituto bajo la protección amorosa de Nuestra Señora de los Desamparados, que en sus Capillas ocupa un puesto principal.

II. Pero es claro que, como ya hemos dicho, en la nueva Beata una de las notas más características es la caridad, la irresistible inclinación a procurar la asistencia a los desvalidos y, en especial, de los pobres ancianos desamparados, que las tragedias de aquellos años lanzaban al arroyo, sin sostén ni protección.

La niña, que todavía en la nativa Aytona era capaz de dejar su casa sin pan con tal de que nadie sufriera hambre; la jovencita que en Fraga y en Argensola, en Lérida y en Briviesca nunca sintió haber hallado su camino definitivo, se orienta, resueltamente cuando algunas almas buenas, que el Señor le mandó, le muestran el ideal de la asistencia a los ancianitos desamparados. ¡Qué actividad, qué vigor, qué esfuerzo sobrehumano, a lo largo y a lo ancho de toda la geografía hispánica, desde su nativa Cataluña hasta la abierta y risueña Andalucía, desde la acogedora Valencia hasta las rías verdes y brumosas de la amable Galicia, sin que ningún obstáculo la pudiera. detener, sin que sus mismas dolencias consiguieran frenarla, porque la caridad de Cristo la espoleaba (cf. 2Co 5, 14), y en todas partes la esperaban sus viejecitos, acaso solitos y muertos de frío, hambreando un rincón, un plato y un cariño! Y, ¡qué fino tacto, qué maternal delicadeza en las instrucciones que os ha dejado a vosotras, sus hijas, sobre el modo de asistirles; qué detalles tenía ella cuando estaba junto a sus ancianitos, qué ternuras capaces de evocar las famosas Florecillas, que han tomado nombre del Pobrecillo de Asís! Porque, si del Carmelo aprendió la devoción a la Virgen Santísima, de las hijas de San Francisco podemos pensar que recibió el amor a la pobreza y a los pobres, a los que dedicó su vida.

Por fin, es justa causa de admiración en los que contemplan la figura de la nueva Beata aquel aire sencillo y seguro, con que se movió entre vicisitudes tan agitadas y tan diversas; aquella suavidad y naturalidad, con que se abandonó a los designios ocultos de la Providencia; o, mejor dicho, aquel modo perfecto y ejemplar, con que supo prescindir de sí y de su voluntad, para identificarla completamente con la santísima voluntad de Dios.

Dejó su familia, cuando creyó que era el momento; estudió, cuando le pareció que debía hacerlo; se internó por senderos muy diversos al juzgar que su Señor así lo quería, abandonándolos luego con la misma paz imperturbable; los sucesos más graves y hasta más dolorosos y sangrientos se diría que pasaban a su alrededor sin rozarla; más aún, de las mismas dificultades hizo muchas veces escalón para ascender con mayor seguridad a lo que Dios le pedía. Si le faltaban los medios naturales, sonreía diciendo : «cuanto más pobres, más bienhechores »; si tenía que viajar constantemente, se imponía corno norma «ojos al suelo y corazón al cielo»; si peligraba embarullarse en la infinidad de cosas que la imponían sus fundaciones, simplificaba sus cuitas resumiendo: «Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza y el mundo bajo los pies»; y si alguien le insinuaba que algunas de aquellas eran simplemente minucias de las que no valdría la pena ocuparse, rebatía: «No hay nada pequeño, cuando se hace a gloria de Dios».

Y en esto, precisamente en esto, la que del Carmelo recogió la devoción a María Santísima, y de las hijas de San Francisco aprendió el amor a los pobres; en su ansia de identificar constantemente todo su «sentir y querer» con la divina voluntad, muestra bien lo mucho que asimiló del espíritu del Autor del Libro de los Ejercicios.

Esta es vuestra insigne Madre, hijas amadísimas, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, y éstas podrían ser las lecciones que os da en tan solemne ocasión como la presente. Llevádselas a todas las casas del Instituto de acá y allá de los mares; con la mejor de Nuestras Bendiciones.

Un mensaje especial para vuestros queridísimos ancianitos y ancianitas, un grupo de los cuales vemos aquí presente, el Vicario de Cristo —también El va adelante en la carrera de los años— os confía hoy como cosa Suya muy amada, para que les asistáis y les cuidéis pura y simplemente como vuestra buena Madre quería. Llevadles Nuestra palabra, Nuestro recuerdo, Nuestro consuelo y Nuestra especialísima Bendición, para que ellos, en los largos ocios de su ancianidad tranquila, pidan por Nos y Nuestras intenciones.

Una Bendición, por fin, para vuestras respectivas patrias, vuestras familias, vuestros deseos y para todo vuestro floreciente, y para Nos amadísimo, Instituto.


* AAS 50 (1958) 322-325

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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