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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LA PRIMERA CONFERENCIA MUNDIAL CATÓLICA DE LA SALUD
*

Domingo 27 de julio de 1958

 

Os dirigimos Nuestro más cordial saludo, queridos hijos e hijas reunidos en Bruselas para celebrar la "Primera Conferencia Mundial Católica de la Salud". La misa solemne, a la que acabáis de asistir en la Basílica del Sagrado Corazón, ha recogido vuestros propósitos y vuestras plegarias en una sola súplica, invocando del cielo la gracia que transforma y vivifica, a fin de que los trabajos en los que vais a participar manifiesten con claridad a vuestros ojos y a los de todos la audacia y la grandeza del ideal que os guía.

En verdad, esta "Primera Conferencia Mundial Católica de la Salud" se presenta como un acontecimiento muy expresivo del papel que os corresponde en la sociedad de hoy. Ya su marco maravilloso, ese despliegue de recursos materiales y culturales de las Naciones en una emulación en que cada uno se esfuerza por realzar lo mejor y más original que tiene, sugiere y simboliza en cierto modo las líneas dominantes de vuestras reflexiones. En el curso de estos últimos años, la profesión médica y todas las que con ella asumen la protección de la salud han obtenido ventajas de los rápidos progresos de la ciencia y de sus aplicaciones y han participado en la evolución de las instituciones sociales. La fundación y el desarrollo de vuestras diversas Federaciones responden a la necesidad de unir los esfuerzos de los católicos en un campo tan importante. No es de extrañar si en el tema general de la Conferencia, «Cristianismo y salud», se inserta el estudio de la colaboración, dentro del equipo sanitario y dentro de la comunidad, de los responsables de la salud. Nos deseamos el mejor éxito al VIII Congreso de Médicos Católicos, al V Congreso de la Federación Internacional de Farmacéuticos Católicos, al VI Congreso del Comité Internacional Católico de Enfermeras y Asistentas Médico-Sociales, al I Congreso de la Federación Internacional de las Instituciones Hospitalarias, así como al IV Congreso Internacional de los Capellanes de Hospitales.

Aunque vuestros trabajos no abarquen sino una parte de la materia tan vasta que os proponéis examinar, el solo hecho de haber intentado esa confrontación señalará una etapa importante en la acción sanitaria de los católicos. Ahora, en efecto, os dais cuenta de las dimensiones reales de vuestra comunidad y de la amplitud de sus responsabilidades tanto en el plano humano como en el religioso.

Antes se podía emprender el estudio de la moral médica, dedicando solamente una rápida ojeada a todo aquello que sobrepasa las relaciones individuales del enfermo con el médico o con el enfermero. El desarrollo considerable de los servicios hospitalarios, la especialización creciente de las técnicas de las curas, la existencia de poderosas instituciones de asistencia social, el llamamiento de los países infradesarrollados, son otros tantos factores que han ampliado considerablemente las viejas perspectivas y requieren una modernización y una profundización del sentido de las "relaciones humanas" entre el enfermo y su familia de una parte, y los responsables de la salud y los organismos sociales de otra.

Nos quisiéramos, a modo de introducción a vuestros trabajos, evocar brevemente los obstáculos a la colaboración; después, las condiciones de una colaboración eficaz, y por último, los objetivos que ésta debe proponer, en particular entre los católicos.

Los defectos que impiden una colaboración armoniosa en el equipo sanitario pueden provenir ya de sus propios miembros, ya del enfermo y de la familia, ya de las instituciones de que dependen unos y otros. No tenemos la intención de analizar en detalle las situaciones concretas en que se manifiestan estos inconvenientes; vuestros congresos fueron precedidos por encuestas destinadas precisamente a ponerlas de manifiesto. Pero ciñéndonos a las causas que dificultan la colaboración entre el personal sanitario mismo, quisiéramos señalar dos principales: una de orden intelectual, otra de orden moral. Muy frecuentemente, una cierta estrechez de juicio que, voluntariamente o no, rehúsa ensanchar sus horizontes, tener en cuenta todos los elementos de una situación, impide al interesado percibir las insuficiencias de su acción personal y la necesidad de aceptar la intervención de otro. Es difícil, en general, aceptar el punto de vista de los demás, mirar los acontecimientos como ellos lo ven, comprender como ellos los inconvenientes de tal procedimiento, de tal actitud, el peso de ciertas prestaciones; tampoco es fácil admitir que uno más joven, a pesar de su menor experiencia, pueda tener ideas más fecundas. Además, los hábitos de trabajo y la rutina hacen penosa toda tentativa de cambio, toda revisión de métodos. Vosotros señaláis, por ejemplo, que una enfermera se sentirá tentada de mostrar reparos, cuando ve aplicar en un hospital un tratamiento diferente al que ella ha visto practicar a lo largo de sus estudios por un famoso especialista. Al lado de los obstáculos intelectuales, los obstáculos morales tienen también un amplio puesto. El espíritu de entrega y de sacrificio en el equipo sanitario constituye uno de sus más bellos títulos para el reconocimiento y la admiración de todos. Pero nadie osaría pretender que en el detalle de las idas y venidas de cada día no intervienen nunca móviles que revelan las comunes debilidades de la humanidad: susceptibilidad, impaciencia, deseo de prevalecer, intolerancia de la disciplina; en una palabra: la afirmación exagerada del individuo y de sus comodidades, en detrimento de las exigencias que plantea la cohesión de grupo y los intereses de la comunidad.

Hemos llegado así a la consideración de las condiciones positivas de una eficaz colaboración. Puesto que ciertos defectos de apreciación, quizá inadvertidos, provienen de la ignorancia, al menos práctica, de los principios esenciales de la colaboración, importa ponerlos de relieve y hacer de ellos un estudio más profundo. Es el objeto de vuestros diversos Congresos. La complejidad creciente de la organización sanitaria, precio de un progreso incesante, entraña la necesidad pura de cada uno de sus miembros de decidir mejor su posición dentro del grupo del que forma parte. Así, Nos encontramos entre los trabajos preliminares de la comisión técnica del Congreso de Enfermeras y Asistentas Médico-Sociales una colaboración detallada de la noción de «equipo sanitario», según cuatro planos: el de los cuidados a los enfermos en el establecimiento hospitalario o a domicilio, el de los servicios médico-sociales locales o centrales, el de la nación y administración de la salud pública y, por último, el sector especializado en la lucha contra ciertas plagas propias de un país o de una región. Para cada uno de estos casos es preciso determinar cuáles son las formas de equipos sanitarios existentes de hecho, su objetivo, sus medios de acción, su autoridad, su composición. Este cuadro, así delimitado, permite precisar mejor el puesto que en él tendrá la enfermera y las condiciones que habrá de reunir para llenar debidamente su papel. Los médicos, por su parte, se aplicarán a los problemas de colaboración planteados en la práctica diaria y en las instituciones de asistencia, donde entran en contacto no sólo con los enfermos y con las enfermeras, sino también con los capellanes, los servicios administrativos, el personal subalterno, las familias de los enfermos, los organismos de seguridad social y los poderes públicos. Tendréis la preocupación constante de resolver cada una de estas cuestiones, sin olvidar jamás la perspectiva de conjunto, a la que se supeditan las soluciones particulares, es decir, el fin terapéutico tanto individual como social, inseparable a su vez de los imperativos morales y religiosos, cuyo intérprete es la Iglesia.

El trabajo de reflexión y de examen de los problemas dará pocos frutos si no conduce, sobre el plan práctico, a una mejor organización del equipo sanitario, creando entre sus miembros una verdadera unidad, así en los principios que han de seguirse como en los medios concretos de aplicarlos. Para ello no basta encontrarse a la cabecera del enfermo; es necesario también saber encontrarse entre sí, preparar intercambios de ideas frecuentes y cordiales, mancomunar sus dificultades técnicas o psicológicas. Es preciso también que una jerarquía de funciones determine la autoridad y la responsabilidad de cada uno. Parece indispensable una disciplina de grupo —cualquiera que sea la manera en que se la entienda—, pero no será aceptada y no dar á frutos sino en la medida en que se sostenga dentro de un fervor común, y guíe las energías de cada uno hacia la realización de un ideal que en vano intentaría conseguirse con esfuerzos aislados.

He ahí por qué Nos queremos evocar también los objetivos esenciales que se proponen alcanzar los responsables de la salud mediante su colaboración. El fin que unifica su actividad es evidentemente la preservación o el restablecimiento de la salud de los individuos y de los grupos sociales. Sin embargo, no es raro que otros fines secundarios, más próximos, más atrayentes, más útiles inmediatamente, soliciten tal vez su interés y hagan desdibujarse durante algún tiempo la preponderancia del fin principal. No ignoráis la posibilidad de ver al enfermo tratado no como una persona, sino como un caso que se estudia o sobre el que se experimenta. Sucede que se emprenden peligrosas investigaciones para perfeccionar el diagnóstico, cuando aquélla s no tendrán utilidad real para la aplicación del tratamiento, o cuando el enfermo sufre las consecuencias molestas de medidas administrativas dirigidas a asegurar, ante todo, la comodidad de los servicios. En estos casos, el elemento humano, personal, es relegado a segundo plano a pesar de su importancia determinante.

Estos escollos os son suficientemente conocidos, y Nos los hemos recordado otras veces. No insistimos, pues; pero quisiéramos subrayar aún la característica más alta, más noble de vuestra acción terapéutica, la que expresa vuestra Conferencia actual con su título de católica. No veáis en ello una simple denominación extrínseca, sin influencia sobre el objeto propio de vuestros trabajos, como si el catolicismo no tuviese que proponer a sus adheridos más que un código perfeccionado de deontología, una lista minuciosa de acciones prohibidas o permitidas. Se trata, en realidad, de algo muy distinto. Los cristianos, en efecto, son portadores de un mensaje y de una vida, que confieren a cada uno de sus actos un sentido particular. Su carácter bautismal les hace discípulos de Cristo e hijos de la Iglesia, en cuya obra se han comprometido. Por ello, vuestro trabajo diario, el más rutinario en apariencia, toma su sentido de la perspectiva abierta por el Señor en los días de su existencia terrenal: «Llegada la tarde —cuenta San Marcos—, después de la caída del sol, se le presentaban todos los enfermos y los posesos, y la ciudad entera estaba congregada a la puerta. Y curó a muchos enfermos afligidos de diversos males y expulsó a muchos demonios» (Mc 1, 32).

A imitación de Cristo, que alivió tantas miserias físicas y morales para invitar a los hombres a que en El vieran «la resurrección y la vida» (Jn 11, 25), que a través de vuestros actos se adivine la inspiración de que proceden, vuestra adhesión a la Iglesia visible y al Espíritu Santo, que los anima «como una fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (cf. Jn 4, 14).

Vuestra actividad, penetrada de espíritu evangélico, alcanzará también una más amplia extensión y se hará realmente universal. Es necesario subrayarlo, puesto que vuestro Congreso se sitúa en el marco de una Exposición que quiere expresar las más nobles aspiraciones del mundo actual y que invita a estimuladoras aproximaciones. Nadie puede poseer el espíritu de Cristo sin compartir las preocupaciones de todos sus hermanos, dondequiera que habiten, de cualquier raza que sean, ni sin desear ardientemente prodigarles al máximo los beneficios todavía reservados a ciertos países privilegiados. Al lado de necesidades económicas agudas, los países infradesarrollados presentan muy a menudo crueles deficiencias desde el punto de vista sanitario. Vosotros sabéis con qué celo se emplean los católicos en cuidar a los enfermos en los hospitales, clínicas, dispensarios, maternidades, doquiera están presentes y principalmente en los territorios menos dotados; pero como aún queda mucho por hacer antes de que sean completamente dominados los problemas de la salud pública, vuestras organizaciones internacionales encuentran aquí un campo extensamente abierto a sus esfuerzos; ellas han de suscitar, entre otras, la colaboración de los miembros del personal médico, de los particulares, de los organismos privados, del Estado, para detener cuanto antes las enfermedades epidémicas y endémicas, que cada año se ceban sobre tantas víctimas impotentes.

Nos os deseamos, queridos hijos e hijas, que se suscite en vosotros, durante estas jornadas de estudio, de reflexión, de amigables intercambios, el sentimiento de no formar en el seno de la Iglesia católica sino una misma familia unida por el interés común hacia los problemas sanitarios y principalmente por la conciencia de estar llamados a cumplir una misión importante al servicio de la Iglesia: la de llevar a cabo, por completo, la edificación del Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 12), protegiendo la salud de sus miembros para que ellos puedan acometer plenamente las tareas que el Señor les confíe y descubrir por medio de vosotros uno de los aspectos más consoladores de la Redención.

Como testimonio de Nuestra estima y de Nuestro afecto, y como prenda de los favores divinos que Nos invocamos sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros enfermos, a los que prodigáis vuestros cuidados y vuestra entrega, os otorgamos de todo corazón Nuestra Bendición Apostólica.


* AAS 50 (1958) 586-591.

 

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