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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL III CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ECUADOR
*

Domingo 28 de septiembre de 1958

 

Por tercera vez, en menos de una centuria —amadísimos hijos, congresistas de Guayaquil— la nobilísima nación ecuatoriana se funde toda ella en una sola vibración de fe y de devoción, para rendir pública y solemnemente al Dios escondido bajo las especies sacramentales el tributo de honor y de veneración a que tiene derecho; y por segunda vez también, Nos mismo Nos hacemos presente en medio de vosotros, gracias a las ondas impalpables, para daros Nuestra Bendición con el afecto de un Padre que se halla a gusto entre sus hijos, y, recogiendo vuestros sentimientos, clamar : « Gloria, laus et honor tibi sit, Rex Christe Redemptor » (Dom. in Palmis, in process.). A Ti, oh Cristo Rey Redentor ¡la alabanza, la gloria y el honor por los siglos de los siglos !

Volando con las alas de la imaginación, Nos parece abarcar desde lo alto, con una sola mirada, esa privilegiada nación, bien asentada una parte en su meseta, coronada por las cimas soberbias de los Andes, entre cuyas nieves perpetuas humean las bocas del excelso Tungurahua y del majestuoso Sangai, y descuellan los picos del imponente Chimborazo o del histórico Pichincha, mientras que por un lado declina en quebradas hacia las cuencas amazónicas, ricas de verde y de frescura, y por el otro desciende hacia las riberas del Grande Océano, tan imponentes y soleadas como plenas de amplitud y de belleza.

Pero Nuestros ojos se detienen sobre todo allí, donde el mar entra en la tierra para formar uno de los mejores puertos del Pacífico, en la hidalga Guayaquil, la de las tradiciones caballerescas, la bien establecida entre la colina de Santa Ana y el caudaloso Guayas, la cuna de las patrias libertades, que hoy de nuevo parece haber llamado a Asamblea a todos los ecuatorianos, pero esta vez para invitarles a caer de rodillas ante el soberano Señor Sacramentado y prometerle firmemente que esta. jornada memorable va a ser, para toda la nación, el principio de una época nueva, que hay de tener como característica la integridad de la vida cristiana, en el más amplio de los sentidos.

Vida cristiana, como vosotros habéis considerado estos días, es inocencia y candor en la niñez, pureza y moralidad en la juventud, integridad y fidelidad en el matrimonio, unidad y mutua asistencia en la familia, fraternidad y respeto entre los hombres, justicia, caridad y paz en las relaciones sociales. Vida cristiana, como Nos mismo hacíamos notar en determinada ocasión, es oración y frecuencia de sacramentos, santificación de las fiestas y moralidad conyugal, cuidado por estudiar y conocer la propia fe y observancia de los principios morales, que deben regir la vida económica, y social[1].

Pero ¿dónde podrá hallarse la fuerza suficiente para realizar un ideal tan sublime? Y os responde el Águila de Hipona con su habitual elocuencia, señalándoos ese Misterio escondido, que ahí tenéis presente : « Manducent ergo qui manducant, et bibant qui bibunt; esuriant et sitiant; vitam manducent, vitam bibant. Illud manducare refici est... » Coman y beban los que ya comen y beben, sin apagar el hambre y la sed. Coman y beban la vida, porque comer de este alimento es robustecerse[2]. Y si acaso os sobrecoge el temor de perder tal vida ante los asaltos del enemigo, oíd al Ángel de las Escuelas, que os asegura que este Sacramento no solo « roborat spiritualem vitam hominis », fortalece la vida espiritual, sino que también «in quantum est quoddam signum passionis Christi, per quam victi sunt daemones, repellit omnem daemonum impugnationem », precisamente porque es símbolo de la pasión del Señor, de la cual los demonios salieron vencidos, rechaza todos sus asaltos[3].

Pero si en estos momentos, de tan suave intimidad, Nos preguntaseis en qué deseamos que se conozca especialmente la efectividad de vuestra vida cristiana, os responderíamos :

¡Hijos amadísimos! velad en primer lugar por la conservación de aquellas virtudes, que han hecho siempre del hogar ecuatoriano y cristiano un santuario inviolable, donde sus miembros se santifican en el cumplimiento de los deberes propios de cada uno, sin olvidar que habéis unido vuestras vidas para siempre, porque el hombre no podrá separar lo que Dios unió (Mc 10, 9).

Formad a vuestros pequeñuelos —don precioso del cielo en las familias—, en un ambiente de piedad sincera y vivida, instruyéndoles sobre todo con el ejemplo y alegrándoos si un día el Señor de la viña os pide alguno para su servicio; concediéndoos así la distinción singular de contribuir al remedio de una necesidad tan grave y tan urgente come es la escasez de Ministros del Señor, y precisamente en tiempos tan críticos.

Y, por fin, dilatad vuestros corazones con amplia generosidad, para que en ellos quepan todos vuestros hermanos sin permitir que el odio os divida con exacerbados partidismos, sin admitir esa frialdad que hace ignorar las necesidades de los que sufren, y sin consentir equivocadas altanerías, que podrían alejar excesivamente las diversas categorías con no poco peligro de la misma estabilidad social. Porque, como Nos mismo os decíamos en otra ocasión, « la experiencia enseña que la verdadera vida cristiana es el elemento principal para que los hombres actúen como exige su condición, consigan una auténtica cultura y procuren, tanto a la familia como a la sociedad, un sólido fundamento »[4].

La República del Ecuador se gloría de ostentar la primacía en los anales eucarísticos de América, por haber sido sede del primer Congreso celebrado en el Mundo Nuevo y por haber llevado el nombre de « Tierras del Santísimo Sacramento », cuya Cofradía era la primera cosa religiosa que se establecía, al fundarse sus ciudades. Y tú, ¡oh Guayaquil!, tan noble como hermosa, ¿no es cierto que tienes en más el privilegio del Jubileo permanente obtenido ya en 1776, que no el haber sido cuna del gran García Moreno, o poseer el ilustre nombre que te ha dado la laboriosidad y el ingenio de tus preclaros hijos?

Esta es, hijos queridísimos, la base principal de Nuestra esperanza, cuando fijamos el pensamiento en vuestro futuro, y esta es la certeza que sentirnos al dirigiros estas palabras; porque en una nación donde el Santísimo Sacramento del Altar es siempre bendecido y alabado, en un pueblo que se nutre de la Eucaristía, la vida cristiana nunca podrá morir.

Sé Tú garantía de la realización de estos Nuestros paternales anhelos, ¡oh Virgen « Dolorosa del Colegio »!, a cuyas lágrimas, tan dulces como maternales, queremos en estos históricos momentos confiar todas las necesidades y todas las ansias de este amadísimo Ecuador, en el que Nos, Vicario de Vuestro Hijo en la tierra, tenemos puestas tantas esperanzas, porque sabemos bien los dones y las gracias que en su alma ha colocado la Providencia; séanlo también contigo todos aquellos héroes de la santidad, que han florecido en este jardín privilegiado, y especialmente aquella Azucena de Quito, que Nos mismo quisimos poner sobre los altares para que con su perfume alegrase toda la Iglesia.

Y Tú, oh Señor, en cuya presencia hemos osado hablar sólo porque sabemos que, aunque indignamente, Te representamos ; Tú, lejos del cual « ni el individuo, ni la familia, ni la sociedad, ni la nación pueden ser felices » (Oración para el Congreso) ; « Tú, el ungido por Rey de los siglos / desde el mar a la azul cordillera / en ciudades y en campos impera / Cristo Rey, con Tu cetro de luz» (Himno del Congreso).

Ambato os habrá mandado sus mejores flores; desde la parroquia de Durán la procesión eucarística habrá atravesado el río, uniendo en un abrazo de amor las dos orillas; toda una nación, por mil razones ilustre, ha inclinado la frente, doblada hasta el suelo la rodilla. ¿Qué esperáis ahora, hijos amadísimos, congresistas de Guayaquil? La Bendición del Vicario de Cristo en la tierra; y Nos, usando de estos medios escondidos por la Divina Providencia en su creación para bien del hombre, que Nos permiten hacerlo como si estuviéramos presente, os la queremos dar, con toda la solemnidad, con toda la amplitud y con todo el amor de que somos capaces.

Bendición para Nuestro amadísimo y eminente Legado, que con tanta dignidad ha sabido representarnos; Bendición para todos Nuestros hermanos en el Episcopado, con todos sus sacerdotes y religiosos, especialmente aquellos que con su palabra tanto han contribuido a la preparación de los espíritus; Bendición para las Autoridades civiles y para cuantos han colaborado a la preparación y organización de tan magna Asamblea; Bendición para los fieles presentes de cualquier estirpe o nacionalidad, para todo el amadísimo Ecuador, para toda la América Latina, para todo el continente y para quienquiera que en estos instantes oiga Nuestra voz; Bendición para el mundo entero, al que ardientemente deseamos la paz y la tranquilidad, como fruto de una vida eucarística, inspirada en los principios inmutables e imprescindibles del Santo Evangelio.


* AAS 50 (1958) 745-748.

[1] Cf. AAS 44 (1952) 224. Discorsi e radiomessaggi, vol. XIV, pág. 8-9.

[2] S. Aug. Serm. 131, cap. I, n. 1 - Migue PL, t. 38, col. 729.

[3] S. Th. 3 p., q. 79, a. 6 in c.).

[4] Cf. Epist. ad Archiep. Quitensem, 1 Sept. 1945 - AAS, 37 (1945) 231.

 

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