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SYNODUS EPISCOPORUM
BOLETÍN

de la Comisión para la información de la
X ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
 DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
30 de settiembre-27 de octubre 2001

"El Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo"


El Boletín del Sínodo de los Obispos es solo un instrumento de trabajo para uso periodístico y las traducciones no tienen carácter oficial.


Edición española

11 - 05.10.2001

RESUMEN

OCTAVA CONGREGACIÓN GENERAL (VIERNES, 5 DE OCTUBRE DE 2001 - POR LA MAÑANA)

INTERVENCIONES EN EL AULA (CONTINUACIÓN)

A las 9:00 horas de hoy viernes 5 de octubre de 2001, en presencia del Santo Padre, con el canto de la Hora Tertia, tuvo inicio la Octava Congregación General, para continuar las intervenciones de los Padres Sinodales en el Aula sobre el tema sinodal El obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo. Presidente Delegado de turno S. Em. Card. Bernard AGRE, Arzobispo de Abidyan.

En la apertura de esta Congregación General intervino el Presidente Delegado de turno, con ocasión de la fiesta de hoy.

En esta Congregación General que se concluyó a las 12.30 horas con la oración del Angelus Domini estaban presentes 247 Padres.

INTERVENCIONES EN EL AULA (CONTINUACIÓN)

Intervinieron los siguientes Padres:

Damos a continuación los resúmenes de las intervenciones:

S. Em. R. Card. Ricardo María CARLES GORDÓ, Arzobispo de Barcelona (España)

Nº 20 "Avanza una cultura, dice el Instrumentum Laboris, inmanentista, no abierta a lo sobrenatural; también entre los cristianos hay una creciente indiferencia con respecto al futuro escatológico y

sobrenatural de la vida ".

Una cultura inmanentista margina cualquier esperanza auténtica. Y, si hay indiferencia en los cristianos con respecto a un futuro escatológico, el objeto de la fe no es esperado ni deseado, con lo cual, la carencia de esperanza hace que la fe quede muy tocada y aun muerta, por la carencia de contenidos valorados por el creyente.

Ello me hace pensar muchas veces que los fieles -llamados así porque son portadores de fe- habían de ser llamados también "esperanzados", porque han de ser también portadores de la esperanza. deseando y añorando de verdad lo que es objeto de su fe: la visión de Dios.

Por eso, me parece oportuno que el Instrumentum Laboris haya tenido la esperanza como hilo conductor de su pensamiento.

Importa, y mucho, que en la predicación y en todo contacto con el pueblo de Dios, le ayudemos a pasar de la sola espera del inmediato mañana al deseo de alcanzar el futuro escatológico; una espera que no sea solamente un mero consuelo de la pérdida de esta vida -que es la Única que no querrían perder nunca- por la muerte, aunque en realidad no es pérdida sino transformación, sino que conduzca a la espera del fin para el que hemos sido creados: la contemplación de Dios, más allá de la muerte; espera mantenida aquí como deseo o añoranza da la unión definitiva con Dios.

No podemos olvidar que la disminución de la esperanza en Alguien o en algo disminuye también el amor.

Me atrevo a decir que la esperanza es el firme apoyo de la fe en tiempos de Creciente increencia o indiferencia ante la fe. Y también móvil eficaz de la caridad.

Nº 13 "Capacidad de sonar el futuro, dejar huellas duraderas"

Ninguna persona humana, y menos un cristiano, puede resignarse a vivir pasivamente o a sufrir la historia que le envuelve, sino que debe sentirse responsable y llamado a mejorar la cultura en la que vive. Es decir, ha de trabajar por elevar el nivel de los valores, actitudes, motivaciones, líneas políticas, de la cultura de su país. A todo ella le ha de mover una fuerte esperanza.

Para ella hemos de presentar al pueblo de Dios, en lo que se refiere a su comportamiento, no solamente que pecados ha de evitar. Es decir, coma ha de defenderse del mal sino, sobre todo, cómo ha de rea1izar el bien. Pues frecuentemente los cató1icos tienen más claro lo que no deben hacer -tienen sentido del pecado, aunque no todos ni en todos los ámbitos -, pero no tienen tan claro que se espera que hagan. Y aquí entra lo que necesita de ellos la sociedad, la llamada a la santidad personal, lo que espera Dios de su vida. En este sentido, cabe tener presente que los que se recuerdan con el paso del tiempo y dejan una huella para el futuro son los santos. Son ellos los que siguen influyendo en la actuación de las personas de hoy y en la formación de sus conciencias.

Nº 34 "Sin la esperanza toda la acción pastoral del Obispo sería estéril"

Termino confesando que, cuando tan frecuentemente en la oraci6n contemplo -con mirada de fe- la realidad diocesana, nada fácil para el arraigo del Evangelio, pido al Señor que no aplique a los posibles resultados pastorales la medida de mi fe y mi respuesta a la misma. Consuela saber que el resultado depende más de Dios y de su designio salvífico que de mi, y por eso, no se puede por menos que mantener la esperanza frente a todo. Me estoy refiriendo a las palabras de Jesús tan repetidas como : "¿Crees que puedo hacerlo?", "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?" y, sobre todo, aquella frase de Jesús: "Que se haga tal como has creído".

En fin, pido al Señor, que en la evangelización y santificación del pueblo, Él vaya mucho más allá de lo que yo en el hondo del alma veo como posible, aunque no me considero pesimista. Que no me diga el Señor: "Que se haga tal como has creído", porque muchas veces no saldría favorecido su pueblo.

Por eso, agradezco al Santo Padre y a cuantos con él han colaborado, su insistencia en que los obispos seamos "servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo".

[00123-04.03] [in098] [Texto original: español]

S. Em. R. Card. Jean HONORÉ, Arzobispo emérito de Tours (Francia).

En el n. 58 del Instrumentum Laboris se dice que el horizonte de nuestros trabajos tiene que estar iluminado por el ejemplo de lo santos obispos que nos han precedido. Me limitaré a esbozar el perfil de los obispos en el ejercicio de su cargo al servicio de su iglesia particular.

¿Cómo han vivido su ministerio episcopal?

¿Cuáles son los rasgos principales de este ministerio?

Aquellos cuyo conocimiento me es más familiar, en Francia e Italia, en el transcurso de dos épocas críticas de la historia, la Contrarreforma y el siglo XIX que siguió a la Revolución francesa, nos permiten extraer cuatro dimensiones apostólicas que hacen que reconozcamos a los "buenos pastores".

- La cercanía del pueblo de Dios a ellos confiado;

- El cuidado privilegiado puesto en los sacerdotes;

- La recepción de nuevas formas de institutos de sacerdotes y de vida consagrada;

- La predilección por los pobres.

El obispo de hoy se inscribe en esta tradición. Él es el eslabón de la cadena. Si los tiempos han cambiado ¿los grandes esfuerzos apostólicos en la vida y la acción pastoral no son siempre actuales? Los obispos del pasado han sido los obreros de la esperanza para los hombres de su tiempo. Emprendamos también los caminos que han recorrido para abrir nuestro mundo a la esperanza que está en Cristo.

[00125-04.03] [in100] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. Olivier DE BERRANGER, Obispo de Saint-Denis.

"En la Iglesia nadie es extranjero" (§ 84). Esta afirmación del Instrumentum laboris ¿cómo no hacerla mía, en la diócesis de Saint-Denis, que cuenta con más de 170 etnias? La Iglesia católica aparece aquí come un "pequeño rebaño". Pero es ese lugar único en el que cualquiera, venga de donde venga, tiene que sentirse acogido, "como un hermano, una hermana, una madre". Entre nosotros hay judíos, musulmanes y personas pertenecientes a corrientes religiosas de difícil definición. Los bautizados, mezclados con esta población desarraigada, se van dando cuenta, poco a poco, de que están llamados a amar, "en actos y en verdad", a un prójimo que no han elegido. Nosotros acabamos de terminar un sínodo diocesano. Caracterizado por una recuperación del fervor y de la alegría, este acontecimiento nos ha recordado el dinamismo del Jubileo. En las parroquias, en los servicios diocesanos y en los movimientos de los laicos, se quiso dar espacio a los cristianos procedentes de otros lugares. Gracias a este sínodo, he comprendido lo mucho que las distintas "sugerencias" alentadas por el decreto Christus Dominus y bien definido desde el punto de vista canónico por el Código de 1983, ayudan a vivir el misterio episcopal en un espíritu de confianza hacia los sacerdotes, los diáconos y los consagrados. El magisterio del obispo no está diluido, sino que despierta "el sentido de la fe" (LG, 12) del que se alimenta.

Gracias a la Carta apostólica Novo millennio ineunte, nos atrevemos a enfrentarnos con temas que, hasta la fecha, no habíamos tenido el valor de tocar, como el de los ministerios, "instituidos o simplemente reconocidos". La prioridad concedida a las vocaciones al ministerio sacerdotal está dando sus primeros frutos. El Sínodo de los obispos encontrará su razón de ser cuando se atreva a afrontar los retos actuales y lo que el Instrumentum laboris define como "signos de vitalidad y de esperanza de nuestro tiempo" (25).

[00126-04.02] [in101] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. Joseph Serge MIOT, Coadjutor y Administrador Apostólico "sede plena" de Puerto Príncipe (Haiti)

¡Qué desafío para nosotros, obispos del Tercer Milenio, ser testigos de la esperanza de este mundo nuestro mundo desconcertadoPara definir mejor nuestra identidad de obispos, fuimos constituidos apóstoles (Cf. Mc 3, 10-15), consagrados y enviados como Jesús (Cf. Jn 10,30), marcados como ecónomos y administradores de la gracia (Cf. 1Co 16, 21-23).

Testigos de la esperanza, los obispos predican cuando es oportuno y también cuando no lo es (2Tm 4,2). Haití, nuestro amado país, está muy desequilibrado. El Papa Juan Pablo tendría razón todavía hoy: "algo tiene que cambiar" para poder establecer nuevamente el equilibrio social.

El pueblo de Haití vive una historia compleja y movida. Se trata de una historia de lucha por la liberación de los oprimidos. Es, quizás, la herencia de una clase de personas masacradas, de otras arrancadas de sus países y arrojadas en la esclavitud con todos sus horrores. A la numerosa fuga de la esclavitud siguió la Independencia del 1804, conquistada heroicamente con los pocos medios a disposición contra los Españoles, Ingleses y Franceses, claramente debilitados por distintas causas.

Esta fuga de la esclavitud no terminó como indican las numerosas crisis políticas y se hizo todavía más presente con la globalización y la mundialización.

Los obispos de Haití están llamados a elegir la santidad, a predicar el Evangelio de la esperanza en un mundo de contradicciones.

Es muy evidente que nosotros, obispos de Haití, estamos llamados a un particular discernimiento en un contexto peculiar de la actual vida socio-política. Pero todo esto en la intimidad con el Cristo que nos llama amigos (Cf. Jn 15,15).

Nuestra misión, por lo tanto, en el camino del hombre de Haití, es la de ser luz en el camino, construir el Cuerpo de Cristo, promover a los hombres allí donde las esperanzas desilusionadas renacen.

Por ello "Ecclesia in America" y "Novo Millennio Ineunte" nos llaman a la caridad. Seamos solidarios en la ayuda recíproca, sin ninguna discriminación, bajo la protección del Padre celeste. El Evangelio no será una carta muerta. Permanece Palabra de vida, "Evangelium vitae".

Queridos obispos, superemos la muralla del miedo. Seamos testigos de Cristo Resucitado. Boguemos mar adentro "duc in altum". El sol del Domingo de Pascua resplandece sobre nosotros.

[00127-04.04] [in102] [Texto original: francés]

S. Em. R. Card. Cormac MURPHY-O'CONNOR, Arzobispo de Westminster y Presidente de la Conferencia Episcopal (Inglaterra)

El trabajo del obispo como Maestro-Preceptor de la Fe, especialmente en la catequesis, a menudo es drásticamente dificultado por: 1) una amplia suposición en la cultura contemporánea que la fe cristiana no es una doctrina, no es una verdad, es meramente un ethos y 2) la existencia dentro de la catequesis de un "modelo" ampliamente aceptado que hace poca justicia al lugar que tiene la doctrina en la educación católica.

Haciéndolo remontar fundamentalmente a Rosseau, el modelo educacional de Dewey penetró con mucha fuerza en la catequesis católica.

De todas formas, se están viendo resultados prometedores en los nuevos e importantes desarrollos iniciados de forma significativa por los obispos, convencidos de que su liderazgo en esta área pertenece a su responsabilidad como Maestros-Líderes del elemento doctrinal de fe-educación.

[00028-04.03] [IN010] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Pierre MORISSETTE, Obispo de Baie-Comeau (Canada)

Una consulta presinodal hecha entre los fieles del Canadá ha puesto en evidencia algunos rasgos de la figura del obispo que hacen de él un testigo de esperanza en nuestro mundo. Ante todo tiene que ser un hombre de fe, fe en la presencia de Dios en el mundo, fe en el Dios que ha vencido a la muerte. Se espera además del obispo que sea un hombre de amplias miras, que sepa leer los "signos de los tiempos", discerniendo los signos de la vida en la sociedad actual y anunciando el Evangelio en toda su fuerza, con lenguajes nuevos, de manera que pueda ser comprendido por nuestros contemporáneos. Además, el obispo tiene que ser un hombre de comunión que sepa valorar los talentos de todos los miembros del pueblo de Dios, favoreciendo las diversidades legítimas y conservando en paz y armonía las distintas tendencias que se manifiestan en el pueblo de Dios. De esta forma, los conflictos, en vez de dividir a la comunidad, podrán convertirse en ocasiones de crecimiento. Promotor de la dignidad humana, el obispo tiene que permitir a los hombres y mujeres que se mantengan firmes, uniendo las acciones a las palabras, llevando el Evangelio al corazón mismo de las cuestiones sociales más importantes y de las distintas fracturas que afectan a la humanidad. En fin, como hombre de compasión, el obispo es testimonio de la esperanza pues refleja la bondad de Cristo con todos los que sufren.

La misma consulta ha revelado también que el obispo está considerado como un administrador o como alguien que representa ideas que vienen de lejos. Esto nos lleva a interrogarnos, tanto a nivel local como universal, sobre nuestras estructuras, nuestro modo de trabajar y nuestros modos de ser, heredados del pasado, que deberían ser renovados para poder anunciar mejor el Evangelio hoy. En breve habría que "revisar" la figura del obispo, de forma que aparezca más claramente en él la imagen del Buen Pastor y del servidor que lava los pies a sus discípulos.

[00129-04.03] [in104] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. Claude DAGENS, Obispo de Angulema (Francia)

Me parece necesario subrayar el carácter apostólico del ministerio episcopal, más de cuanto lo hace el Instrumentum laboris.

Este carácter apostólico no es evidente en sociedades que consideran la misión de la Iglesia y la de los obispos según criterios políticos y sociales. Mientras hasta ayer los obispos eran identificados con monarcas o príncipes, hoy son identificados, con frecuencia, con administradores o árbitros.

Si bien la historia de la Iglesia en el seno de las naciones puede explicar porqué se recurrió a estos modelos políticos, es nuestro deber manifestar nuestra identidad apostólica.

En el plano teológico, es necesario apelar a la sacralidad y la colegialidad del episcopado, pero sin separarlas de la cristología. Es el Cristo quien, mediante su Espíritu Santo, nos constituye como sus testigos y sus representantes, sobre las huellas de los apóstoles.

En el plano espiritual, cada uno de nosotros puede decir cómo se une a la Cruz de Cristo, a través de Su Cuerpo que es la Iglesia. Nos sucede también que sufrimos por la Iglesia, cuando ella está paralizada por sus mismas tensiones o cuando el impulso de la fe y de la caridad están obstaculizados por estructuras demasiado pesadas, demasiado rígidas o demasiado burocráticas.

En el plano pastoral, trabajamos para que nuestras Iglesias particulares sean fieles a su identidad apostólica, aprendiendo a vivir del Cristo para anunciarlo al mundo. Para tal fin nosotros, en Francia, velamos para que la colaboración entre sacerdotes y laicos obedezca a una lógica sacramental que permita desplegar los dones recibidos por Dios, y no a una lógica funcional donde se tendería solamente a repartirse unos poderes.

Esta puesta en práctica del carácter apostólico de nuestro ministerio tiene también una valencia política. Ella nos hace libres, frente a cualquier poder político, de hablar sobre cuestiones que condicionan el futuro humano de nuestras sociedades. ¿En nombre de qué afirmar la dignidad de cada hijo de Dios? ¿En nombre de qué rechazar la violencia y desear la reconciliación?

Somos, entonces, maestros y servidores de la fe recibida de Dios, pero también maestros y servidores de la caridad de Cristo al servicio de todos y, en primer lugar, de los humillados y de los olvidados de nuestras sociedades. Deseo que este sínodo nos dé el coraje para servir a esta alianza entre la fe y la caridad.

[00130-04.03] [in105] [Texto original: francés]02

S.E.R. Mons. David PICÃO, Obispo emérito de Santos (Brasil).

Nuestro "Instrumentum Laboris" dedica al tema de los Obispos Eméritos el punto número 76.

Eximidos del encargo de administrar una Diócesis, continúan siendo miembros del Colegio Episcopal (cf. can 336).

No obstante se reconozca la conveniencia del Emeritado para el bien de las Iglesias Particulares, al mismo tiempo tenemos que hacer algunas observaciones:

1) Sabemos que muchos eméritos, a los setenta y cinco años tienen suficiente salud y la mente lúcida. Teniendo en cuenta el aumento de la calidad de la vida, el fijar la edad para la "renuncia" (Can 401, § 1) debería ser prorrogado, por ahora, a los setenta y ocho años (1).

(1) Estudios realizados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), informando que en el año 2050 habrá 2.200.000 "centenarios". (Apud. Consejo Pontificio para los laicos - La Dignitá dell’Anziano e la sua missione nella Chiesa e nel Mondo del 1.10.1998 - Introduzione)

2) Los Obispos Eméritos continúan siendo miembros del Colegio Episcopal, ¿por qué no admitirlos entonces como miembros de las Conferencias Episcopales?

3) Si los Eméritos tienen voz y voto deliberativo en el Concilio Ecuménico y en los Concilios Particulares, ¿por qué no se les confiere el voto en las Conferencias Episcopales?

4) Si el Obispo Emérito continúa estando vinculado a la misma diócesis, debería merecer que su nombre fuese declarado en el Canon de la Santa Misa inmediatamente a continuación del nombre del Obispo Diocesano, hecho que manifestaría adecuadamente su piadoso vínculo con la Diócesis.

También los mismos Obispos Eméritos deberían tener la facultad ordinaria para asistir a los matrimonios, en los límites de la Diócesis.

Con respecto a la residencia, el Derecho concede a los Eméritos conservar su residencia en la Diócesis que han gobernado. Salvaguardados algunas proveimientos de la Santa Sede o criterios personales, pienso que el Obispo Emérito, normalmente, debe permanecer en la Diócesis, testimoniando la vida de unidad con el nuevo Obispo diocesano, en la disponibilidad de colaborar con él en todo cuanto éste solicita. La experiencia, sin embargo, demuestra que el Emérito debe obrar con Sabiduría y Discernimiento para no entrar en los problemas del gobierno diocesano. Habría que poner de relieve que el Emérito debe tener la prudencia de no hacer comentarios desfavorables acerca de la persona y las actitudes del Obispo diocesano. La misión primordial del Obispo Emérito es la de rezar por el nuevo pastor de la Diócesis y por su comunidad diocesana.

7. En cuanto a la prioridad honorífica en el territorio de la Diócesis (hablo con simplicidad), el Obispo Emérito debería ser el primero después del Obispo diocesano.

[00131-04.02] [IN106] [Texto original: italiano]

S.E.R. Mons. Joseph POWATHIL, Arzobispo de Changanacherry de los Siro-Malabares (India).

I. Eucaristía y defensa de la fe

Las Iglesias Orientales miran al obispo como a una persona Eucarística. Como maestro tiene que asegurar que el conocimiento y la proclamación de la fe por parte de la comunidad concuerde con su celebración Eucarística. El obispo predica la Palabra para reunir al pueblo cristiano alrededor de la Eucaristía, donde se celebra y proclama la Fe de nuestros padres. Con varios pretextos, la Iglesia ha sido siempre tentada de diluir la Tradición Apostólica para acomodarse a la conveniencia del pueblo. Mientras los maestros y predicadores de los medios de comunicación modernos confunden a los fieles comunes, el obispo tiene el deber de alzar su voz para la Iglesia de Cristo. Tiene también la obligación de verificar y coordinar el ejercicio de los carismas a la luz de la Tradición Apostólica. Ello hace que se renuncie a la propia vida para defender la fe auténtica.

II. El Ministerio colegial

El obispo debe enseñar y actuar en comunión con el colegio episcopal, bajo el liderazgo del Obispo de Roma. En el Este se llama "Sinodalidad", un moverse juntos de toda la Iglesia, con los obispos muy unidos según el modelo del Dios Trino. En el proceso sinodal, los obispos tenían la costumbre de verificar su fe los unos con los otros. El ministerio Petrino en la Iglesia consiste en ayudar a las Iglesias individuales a ser fieles a sus propias tradiciones. El oficio Petrino tendrá que impulsar iniciativas locales válidas y fortalecer las estructuras locales necesarias. No debe haber oposición entre las dos.

III. El deber ecuménico

El Obispo tiene la obligación de promover el ecumenismo a través de la oración, la colaboración, la fidelidad a la tradición y el diálogo teológico. Las Iglesias Católicas Orientales tienen una función especial en la promoción del ecumenismo, que realizan siendo fieles a sus propias tradiciones de liturgia, teología y espiritualidad. Deberían tener el coraje de reconocer toda su herencia oriental y vivir según la misma. La Iglesia Occidental debe reconocer plenamente esta función de las Iglesias Orientales y su derecho a cuidar pastoralmente de sus migrantes.

[00132-04.02] [IN107] [Texto original: inglés]

S. Em. R. Card. Mario Francesco POMPEDDA, Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica.

La elección de orientar la Asamblea sinodal, ya a partir de la titulación del argumento, pero más aún en la trama de la propuesta sobre la esperanza, sobre Cristo la esperanza del mundo, no puede sino hallarnos de acuerdo. La esperanza no sólo abre operativamente a la acción, sino más aún, proyecta a la Iglesia fuera de sí misma. En esta apertura descubre la esperanza escatológica de la cual es portadora, justamente porque los hombres necesitan, tienen sed de esta esperanza, después y entre tantas propuestas de ideologías utópicas o reducciones materialistas. No se puede no notar, además, cómo en los ya cuarenta años de experiencia del Sínodo de los Obispos, no todas sus potencialidades, también institucionales, se han hasta ahora desplegado, mientras la estructura del Sínodo, que se mostraba perfectible, no ha sufrido cambios.

La autoridad y la responsabilidad del Obispo con respecto a la Iglesia particular se despliegan sobre todos los fieles, no estando excluidos quienes adhieren a los nuevos movimientos eclesiales, que son un don del Espíritu para la Iglesia. Todo esto está lejos de significar una extinción de la vida que ellos manifiestan. El juicio sobre su carácter genuino y su ejercicio ordenado pertenece a aquéllos que presiden en la Iglesia, a los cuales les corresponde, especialmente, no extinguir el Espíritu, sino examinar todo y retener todo lo que es bueno. El ministerio de comunión, que es proprio del obispo, no puede llevar a una contraposición, ni tolerarla, entre movimientos y la Iglesia particular con sus articulaciones. Los principios de esta relación, que ve el obispo como el primer responsable, han sido evidenciados por el Sumo Pontífice, también en ocasiones recientes. Se debería, más bien, llamar la atención sobre la oportunidad de la identificación, a veces hasta estructurada y publicitada, de algunos obispos con uno u otro de los nuevos movimientos. No se quiere negar que un obispo puede provenir de una experiencia de participación interna en un movimiento. Se trata, más bien, del impacto negativo que, objetivamente, lleva en sí mismo para el ministerio de los obispos, para la Iglesia particular y, pensándolo bien, para el mismo movimiento, la confusión o el equívoco entre el ministerio de unidad del obispo y su experiencia personal carismática.

[00170-04.03] [IN068] [Texto original: italiano]

S.E.R. Mons. Henry Sebastian D'SOUZA, Arzobispo de Calcuta (India)

En la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, encontramos citadas las palabras que Jesús dirijo al Apóstol Simón: "Duc in altum", "Boga mar adentro". Y el efecto también está puesto de relieve: "Pescaron gran cantidad de peces" (Lc, 5,6). Teniendo en consideración esta enseñanza, quisiera hacer las siguientes reflexiones sobre la inculturación y la renovación litúrgica.

El Papa Juan Pablo II, en una carta dirigida al Cardenal Secretario de Estado (20 de mayo de 1982), escribió: "Una fe que no ha sido inculturada es una fe que no es acogida plenamente, que no ha sido meditada completamente, que no ha sido vivida fielmente". El mensajero predica el Evangelio desde el interior de su proprio contexto cultural, y como el Evangelio siempre se ha encarnado en la cultura, no podemos decir que entra a una cultura nueva de una forma totalmente pura. Por otro lado, las personas que lo acogen, lo aceptan en el contexto de su propia cultura, de su proprio idioma, de sus tradiciones sociales y su bagaje religioso.

Las traducciones de un lengua muerta (el latín), que forman parte de una cultura extranjera muerta (la romana), aunque consideradas vehículo de ortodoxia, no responden de modo satisfactorio a la índole y a la forma de vida indios, ni a sus lenguajes tribales. Los indios y las poblaciones tribales se expresan con lenguajes muy pintorescos, simbólicos, poéticos y emotivos. Por consiguiente, necesitamos una versión libre, en vernáculo, de los libros originales de rito latino, tanto del Misal como del Ritual. Sin duda, hace falta tener cuidado para que se preserve la pureza de la doctrina y se mantenga la dimensión de lo sagrado. Es por eso que el Sacrosanctum Concilium ha permitido, en la revisión de los libros litúrgicos, variaciones legítimas y adaptaciones para distintos grupos, regiones y poblaciones, especialmente en tierras de misión. Ad gentes preconizó que "las nuevas iglesias particulares, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión eclesiástica, permaneciendo integro el primado de la Cátedra de Pedro que preside a toda la asamblea de la caridad" (nº 22). El Rito Romano es directo, conciso y compacto, o sea, que tiene características opuestas a las de las culturas y los idiomas de India. El Sacrosanctum Concilium sólo auspició el mantenimiento de una unidad sustancial del rito romano. Hay que abrir camino a las diferencias culturales de pueblos y razas distintos, y también a la creatividad en el seno de las nuevas Iglesias. Al responder a la llamada de "bogar mar adentro", los obispos, servidores del Evangelio, queremos ser signos de esperanza para nuestra gente.

[00124-04.02] [ino99] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Víctor Alejandro CORRAL MANTILLA, Obispo de Riobamba (Ecuador)

El obispo, los pobres y las culturas autóctonas

1) Quienes tienen puestas sus esperanzas en la Iglesia y por tanto en los obispos, son los pobres; y no se crean que estas esperanzas son meramente materiales.

Los pobres agradecen a la Iglesia: porque con el Evangelio se les ayudó a descubrir su dignidad de personas, de hijos de Dios.

Porque se les acompaña en su búsqueda de vida, dignidad y justicia, y porque se respeta y valora sus capacidades personales y comunitarias.

Los pobres aumentan cada día más y sin embargo en la economía globalizada de nuestro tiempo, no cuentan, son excluidos. Nosotros, los obispos, una vez más debemos proclamar que los pobres (y los pueblos y culturas por pequeñas e insignificantes que sean) son personas humanas y como tales constituyen el núcleo central de la Buena Nueva de Jesús y de la Doctrina Social de la Iglesia.

2) En cuanto a cultura e inculturación el numeral 110 que trata este tema tiene que ser reformulado.

Hay que señalar la tarea evangelizadora del Obispo frente a la cultura moderna y pos-moderna, sin olvidar las culturas autóctonas y los nuevos movimientos culturales: de los pobres, de las mujeres, de la juventud, etc...

"La pobreza evangélica no sólo predicada sino vivida y testimoniada por los obispos es uno de lo requisitos indispensables para que el anuncio del Evangelio sea escuchado y acogido por el hombre de hoy"

[00133-04.04] [in108] [Texto original: español]

S.E.R. Mons. Berhaneyesus Demerew SOURAPHIEL, C.M., Arzobispo Metropolitano de Addis Abeba (Etiopía).

Uno de los momentos difíciles para un obispo es cuando su función de líder es puesta a la prueba en tiempos de conflicto. A menudo, los conflictos tienen lugar repentinamente y los obispos se encuentran cogidos en medio. Muchas personas y los medios de comunicación social van al Obispo para obtener rápidas respuestas, ayuda, comprensión, consolación, etc. ¿Qué puede hacer el obispo?

Los Obispos de Etiopía y Eritrea han tenido que enfrentarse, recientemente, a una situación similar. Entre los dos países surgió un conflicto de frontera que llevó a una guerra. Fue una guerra entre dos pueblos que compartían la misma historia, religión y cultura. Cuando hay una guerra entre hermanos y hermanas, las consecuencias son terribles. En breve, miles de personas murieron y la guerra terminó. Ahora, las Naciones Unidas se ocupan de mantener la paz.

Las guerras no sólo destruyen y matan, sino que también dividen y separan. A pesar de todo, con la gracia de Dios, antes, durante y después de la guerra, los Obispos de Etiopía y Eritrea permanecieron unidos en la misma Conferencia Episcopal. No fue fácil permanecer unidos, sobre todo cuando todo el resto se estaba separando. El hecho de que la Conferencia permaneciera unida se convirtió en un signo de esperanza para los pueblos de Etiopía y Eritrea. En los momentos más tensos del conflicto y de la guerra, se convirtió en la voz de la razón, en un llamamiento para la paz y la compasión.

Pienso que, con la Gracia de Dios, la Conferencia se ha comportado de modo justo durante el conflicto. No tomó partido. Actualmente, su credibilidad es muy alta y está siendo invitada a ser instrumento de rehabilitación, reconciliación y construcción de la paz.

[00134-04.02] [IN109] [Texto original: inglés]

S.E.R. Mons. Gaudencio B. ROSALES, Arzobispo de Lipa (Filipinas)

Para Jesús, la evangelización significaba sobre todo la proclamación del Reino de Dios (cf. Mc 1,15). Y en el corazón del Evangelio estaba el Reino presentado como "primera cosa indispensable" (cf. Lc 12, 31). El Reino de Dios, con el amor como el valor más central y más grande, es absoluto. Toda cosa es relativa a él (EN, 8).

Pero el amor como el valor más alto del Reino fue presentado como el gran don de salvación de Dios al hombre (cf. Jn 3, 16). Y este amor de Dios fue ofrecido como liberación - salvando a los humanos de la ignorancia, la enfermedad, el hambre, la injusticia, el egoísmo, el odio y la violencia. Por encima de todo, Jesús perdonó los pecados, porque estaban a la raíz de todas las miserias y esclavitudes humanas. La salvación, vista antes por algunos como algo que exclusivamente libera del pecado, tuvo una imagen integral en la redención obtenida por Jesús, porque Él liberó a los humanos de todo tipo de opresión o control por parte del mal.

Incluso si los principios generales de la doctrina social de la Iglesia pueden ser una guía para la resolución de los problemas, debe mencionarse que la Iglesia y sus Obispos pueden representar el espíritu o la espiritualidad del pastor que inspira la solución inicial a los problemas humanos.

La espiritualidad del obispo es la communio que le permite conocer y amar al Dios Trino - como Padre, Hijo y Espíritu santo - fuente de unidad y communio. Ser llamado a esta Communio Eterna significa aprender a conocer la oración, reflexión, silencio, soledad y contemplación.

Pero el amor de Dios fue ofrecido al hombre cuando "la Palabra se hizo carne" (Jn 1,14). En Cristo, el amor divino fue expresado de forma humana y el hombre aprendió otra dimensión de la communio entre los humanos. El Obispo, entonces, entra en contacto con esa espiritualidad que le inspira a ser más sensible al sufrimiento, más compasivo, a donarse, a ser más indulgente, a infundir coraje, a tener más esperanza y valor.

[00135-04.02] [IN110] [Texto original: inglés]

S. Em. R. Card. Bernardin GANTIN, Decano del Colegio Cardenalicio (Ciudad del Vaticano)

Todas las jóvenes Iglesias de África, que han celebrado recientemente su primer Centenario de Evangelización, han expresado dos grandes sentimientos: la gratitud hacia Dios y hacia la Iglesia y la esperanza para el futuro. Haciendo propias estas dos maneras de honrar la Historia de la Evangelización del continente con su bella epopeya misionera, deseo unirme al tema de reflexión de nuestro Sínodo.

Agradecer, de hecho, es hacer memoria. Pero es también prometerse a uno mismo de valorizar el don recibido. Agradecer es también homenajear y abrir la puerta a la esperanza. Allí donde la gracia de Dios ha secundado el esfuerzo del hombre, a veces hasta el heroísmo, hay motivo para maravillarnos.

Aquí debemos recordar el incansable estímulo y acompañamiento profético de los grandes Papas del siglo pasado y, más cercanos a nosotros, Pablo VI y Juan Pablo II. Ya en 1994, el Sínodo continental para África había puesto el acento en la Esperanza, una esperanza pascual, basada en la Resurrección de Jesucristo. La Iglesia, en todas sus componentes, debía mirar hacia el futuro y comprometerse. El papel del Obispo es algo aparte. "El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado a llevar la Buena Nueva a los pobres".

Los pobres son una legión en África, es decir, hombres y mujeres a quienes les falta el alimento, la salud, la instrucción, el trabajo, la seguridad y hasta la patria. En África somos merecedores, a causa de nuestras interminables guerra, del triste primado de los refugiados y de cuantos no tienen ni tierra ni libertad. Los pobres son también los jóvenes. Estamos impresionados por su impetuosa vitalidad. Ellos constituyen la mayoría absoluta. Pero pobres son también, y siempre, las mujeres. Su condición es difícil y precaria, pero su capacidad de amar y de servir es apreciada cada vez más. Evangelizarlas según el compromiso de la Iglesia significa abrir una gran fuente de esperanza.

El Beato Papa Juan XXIII quería una Iglesia pobre y servidora. ¿Quién puede, más que el Obispo, ofrecer la imagen y el testimonio al mundo?

En África, hemos optado por una Iglesia-familia: ¿no se trata, tal vez, del lugar de la solidaridad, de la comunión y la participación? Si podemos donar algo de nuestra pobreza para la participación misionera, como fue deseado por nuestros hermanos latinoamericanos, ¿no sería ésta una garantía de nuestra esperanza y de nuestra supervivencia?

Tenemos total confianza en Dios, ya que creemos en la fecundidad de la Cruz, que hasta estos últimos tiempos ha caracterizado trágicamente nuestra historia: pienso, entre otros, en el asesinato de Mons. Plumey de Camerún, de Mons. Claverie y de siete monjes trapenses en Argel ... Pienso en Mons. Christophe Munzihirwa en el Congo y en Mons. Kataliko, su sucesor, muerto aquí en Roma, extenuado por la fatiga, durante un gran encuentro de Obispos africanos.

A Timoteo, joven obispo al servicio de las primeras comunidades cristianas, San Pablo se dirigía, una vez más, el domingo pasado, día de apertura de nuestro Sínodo por parte del Papa, con la Misa y su homilía.

Acoger este mensaje en un alma llena de esperanza equivale a comprometernos a ser como los buenos pastores de ayer y de hoy: obispos y sacerdotes "pobres, servidores, profetas, intrépidos y santos". Ad spem per Crucem. Es a través de la fidelidad al misterio de Cristo muerto y resucitado que llegaremos a la Esperanza.

[00163-04.02] [IN112] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. Anastase MUTABAZI, Obispo de Kabgayi (Ruanda)

Mi intervención está hecha a nombre de la Conferencia Episcopal de Ruanda, pero los desafíos que evocamos y los esfuerzos que debemos realizar revelan condiciones de vida que compartimos con nuestros vecinos de la Región de los Grandes Lagos y, quizás, más allá.

Algunos desafíos

En Ruanda, el obispo está llamado a testimoniar la Esperanza, en nombre del Evangelio, en un país afligido, en una región donde reinan la guerra y la violencia en las formas más variadas, cuyo paroxismo ha sido el genocidio y los masacres de 1994.

Asistimos a la fragmentación sin precedentes de nuestra sociedad, que se manifiesta a través de las guerras étnicas, de los movimientos incesantes de personas refugiadas, del gran número de huérfanos y viudas, de una población carcelaria cuyo aumento desafía las posibilidades de una gestión sana. Todo esto se añade a los estragos causado por el SIDA, a una pobreza en aumento que hipoteca gravemente la educación y el bienestar de la población.

Esfuerzos para aceptar estos desafíos

Los encuentros organizados entre las Conferencias de Burundi, Congo y Ruanda han permitido una concertación entre las Iglesias de los tres países sobre la situación de nuestros pueblos. Se han enviado mensajes para exhortar a buscar la paz, entre otros el de noviembre de 1999: "Vosotros sois todos hermanos (Mt 23, 8): ¡detened las guerras!".

A nivel de la Conferencia de Ruanda, la pastoral de las celebraciones jubilares ha sido una ocasión propicia para un examen de conciencia a todos los niveles de la organización eclesial, para empezar con un soplo nuevo y reedificar una sociedad reconciliada.

Estos esfuerzos de renovación han sido canalizados a través de la organización de un sínodo extraordinario sobre la cuestión étnica en todas las diócesis de Ruanda. Los debates que han tenido lugar durante los encuentros sinodales han abierto el camino hacia una mayor conciencia sobre un pasado que es necesario asumir para purificar los gérmenes de la exclusión y el odio, afrontando de forma más resoluta los desafíos actuales.

Un programa pastoral de reconciliación se organiza a todos los niveles de la vida de la Iglesia.

La Iglesia se compromete, del mismo modo, a llevar a cabo un programa nacional de protección de la vida y la sanidad, sobre todo en la lucha contra el SIDA, y en la pastoral para los prisioneros, las viudas, los huérfanos y otras personas vulnerables por los efectos de la guerra y el genocidio.

Interpelación de la Iglesia universal

Frente a tantos desafíos, el Obispo necesita vivir una comunión efectiva con los otros Obispos y con la Iglesia universal. ¡Qué el Colegio Episcopal manifieste sobre todo su solidaridad en favor de aquellos que realizan su misión en estos países con situaciones conflictivas!

Esta solidaridad puede expresarse de múltiples formas:

El solo hecho de dar crédito a la opinión del Obispo comprometido diariamente en las cuestiones de su pueblo, en vez de juzgar más fiables otras fuentes de información sobre las cuestiones que se plantean en su terreno de apostolado, es ya un gran apoyo.

Nosotros llamamos también la atención sobre el estado de salud de los Obispos en general, y sobre el acompañamiento de los Obispos eméritos en particular.

El alimento espiritual de los Obispos debe ocupar, también, un lugar importante en su vida y acción, para que puedan ser testimonios de la Esperanza en medio de su pueblo.

¡Qué haya más sensibilidad y solidaridad hacia las Iglesias en dificultad a causa de sus medios materiales limitados!

Conclusión

El anuncio del Evangelio nos empuja a ser mensajeros de la Esperanza en un mundo lleno de conflictos a veces inextricables. Pero la confianza en el Espíritu del Señor resucitado no nos decepcionará jamás, pues él ha prometido estar a nuestro lado hasta el fin del mundo.

[00138-04.02] [IN113] [Texto original: francés]

S.E.R. Mons. Jorge FERREIRA DA COSTA ORTIGA, Arzobispo de Braga.(Portugal)

Mi intervención se refiere al número 58 del Instrumentum Laboris, en el cual se recomienda la comunión espiritual con los Santos pastores como motivo de esperanza y fuente de compromiso apostólico. He experimentado este efecto en la figura de uno de mis predecesores en la sede episcopal de Braga (Portugal), fray Bartolomeo dos Mártires, cuya beatificación está prevista para el próximo 4 de noviembre. Este Siervo de Dios ha escrito un libro, titulado Stimulus Pastorum, en el cual sintetiza el ideal de pastor que él ha vivido y propuesto a sus sacerdotes.

He aquí algunos de sus motivos de reflexión: el obispo debe constantemente comparar su vida con el ideal por él asumido, porque atrae más la vida que los discursos; solamente la fraternidad vivida con sus presbíteros podrá impedir al obispo vivir "solo" en medio de las multitudes y los problemas; una vida pastoral que quiera responder a las verdaderas inquietudes de hoy, deberá conciliar la contemplación con la encarnación en el mundo; esta última supone la humildad que lleva al pastor a acoger la verdad alcanzada, ya sea desde el interior de la Iglesia que desde su exterior - una acogida con rasgos maternales para manifestar "el rostro maternal de Dios". En su propia residencia, Fray Bartolomeo dos Mártires quiere una digna sobriedad; y, como uniforme pide al pastor que se vista con la alegría: una alegría a prueba de cualquier fracaso y que es fruto de una cuidadosa elección y preparación de los sacerdotes. Cada obispo debe permanecer fiel al carisma personal recibido, sin olvidar, sin embargo, que es el animador de la comunión de los carismas y de los ministerios de los otros fieles en Cristo.

Para concluir, agradezco a Dios por el ejemplo dejado por Fray Bartolomeo dos Mártires y espero que tantos otros obispos que "han brillado" a lo largo de la historia de la Iglesia como modelo pastoral y doctrinal sean declarados dignos de imitación a través de un proceso más fácil e innovador. En el caso de Fray Bartolomeo dos Mártires, fueron necesarios cuatro siglos para ser declarado Beato. El pueblo había efectuado la canonización inmediatamente después de su muerte, confiriéndole el título de "Arzobispo Santo". Pienso que una vida evangélica al servicio de la esperanza, reconocida y confirmada por la adhesión popular en el seno de la comunidad local, debe ser colocada lo antes posible en el candelero de la Iglesia de Dios. Y llegará a través de las manos del Obispo local, cuyo compromiso y disponibilidad son decisivos para el logro de dicho proceso.

[00140-04.02] [IN115] [Texto original: italiano]

S.B. Ignace Pierre VIII ABDEL-AHAD, Patriarca de Antioquía de los Sirios (Líbano).

La Iglesia de Antioquía ha escuchado siempre a su primer Patriarca, nuestro muy venerado predecesor San Ignacio, quien nos enseña: "Allí donde se encuentra el obispo, allí está la Iglesia presidida por la Iglesia de Roma en la caridad". Nuestra comunidad eclesial considera el obispo como un auténtico Pastor y lo acoge durante su entrada solemne aclamando: "Ven en paz, oh verdadero pastor". Ella le atribuye los siguientes carismas: "Fundamento de la Iglesia como Pedro, imagen de Pablo, fervor de Elías y pureza de Juan ..." Para la comunidad el Obispo es el Cristo. El mismo respeto que se le debe a Cristo, se le debe al obispo. El obispo es el padre que esparce el incienso nueve veces tal como se esparce el incienso en el Icono de Cristo. Es el hombre-Dios que se toca con veneración y a quien se le besa la mano para recibir el perdón y la bendición.

Por su parte, este Pastor, consciente de sus debilidades, se dirige a su pueblo y confiesa en voz alta que él es sólo un servidor débil y pecador, y le pide a la comunidad que rece por él. Es en este espíritu que toda la comunidad vive su fe. El obispo es el buen Pastor que conoce a sus ovejas y las llama a todas por su nombre y las ovejas lo reconocen. Lo reconocen como hombre de Dios y como una frágil persona humana que lleva en sí mismo el Cristo Luz y se dona totalmente a la comunidad. Ésta es su Esposa por la cual consume todas sus energías y defiende contra viento y marea. Es el primero en padecer el martirio cuando las persecuciones se abaten sobre la Iglesia. El obispo Maloyan, que será beatificado el próximo domingo, será seguido, Dios mediante, por otro obispo de la Iglesia de Antioquía, Mar Falvien Malki que, como él, en 1915 padeció el martirio y no ha abandonado a su rebaño dirigido hacia el matadero.

La Iglesia de Antioquía, gracias a sus obispos y patriarcas, estaba llena de celo misionero. Estos obispos misioneros han tomado el camino del Oriente, así como Pedro ha tomado el camino del Occidente. Ellos han llevado la Buena Nueva hasta China, pasando por Persia y las Indias, sin dinero y sin ser sostenidos por la Misión y por otras obras misioneras. Eran pobres pero estaban llenos de amor y de fe en el Cristo resucitado.

Actualmente, la Iglesia de Antioquía, desde la conquista del Islam, se ha replegado sobre sí misma. El obispo trata de salvar lo poco que queda aún en esta parte de Medio Oriente. En el seno de la Iglesia, él se ha convertido no sólo en el buen pastor, sino también en el protector de la Comunidad frente a la autoridad civil. Le corresponde a él defender sus derechos civiles y, en ciertos países, es visto casi como un Líder político que, a pesar de los sufrimientos que esto le causa, denuncia todo aquello que sofoca la democracia, la libertad y la independencia de su país.

Lo que nosotros esperamos, finalmente, es que el obispo, en respuesta a la promesas de Jesús tenga el valor de conducir a su pequeño rebaño con fuerza y perseverancia, viviendo con él, rezando con él y muriendo con él. Ciertamente, el obispo debe ser un buen administrador, un buen predicador pero, ante todo, debe ser un buen cristiano que comparte la vida en común con una pequeña comunidad parroquial, recorriendo con ella un camino de conversión tal como lo hacen algunos pastores en ciertas comunidades neo-catecumenales.

[00141-04.02] [IN116] [Texto original: francés]

P. Merino Aquilino BOCOS, C.M.F., Superior General de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, B.V.M.

La Unión de Superiores Generales (USG) dedicó su reciente Asamblea al estudio del Instrumentum laboris, bajo el lema: "Compartimos responsabilidades recorriendo juntos caminos de esperanza". Pudimos apreciar que en el IL se destaca la riqueza carismática, teológica y providencial del ministerio episcopal desde la óptica de la esperanza. El horizonte de la esperanza es el mejor marco para regenerar y hacer fructificar las relaciones entre las formas de vida cristiana y el ministerio episcopal en la Iglesia. Cuando la virtud de la esperanza, que es don de Dios, se apodera de nuestros Pastores, toda la Iglesia abre con más facilidad sus puertas a la presencia de la Trinidad y, desde ella, renueva su comunión interna y promueve su misión evangelizadora. Como miembros de Institutos de vida consagrada nos preguntamos: ¿Qué hemos de acoger y qué podemos compartir para contribuir a la comunión en la esperanza? ¿Qué podemos hacer para que nuestros Pastores puedan liderar la Esperanza de la Iglesia corno testigos, profetas y servidores de ella en el mundo de hoy? La mejor respuesta es nuestra misma vida esperanzada, que al ser compartida, es fuente de comunión y estimulo para nuestro conjunto caminar. Para que la esperanza compartida sea fuente de comunión requiere ser celebrada y alentada. Hay que hacer memoria celebrativa de quienes han inspirado nuestro camino y de cuantos nos han sostenido desde el testimonio de una esperanza viva. Los consagrados estamos intentando prolongar la vigorosa esperanza de los Fundadores. Entre nosotros hay personas que miran serenamente el futuro; que irradian gozo por saberse llamadas por Dios; que no tienen dificultad en arriesgar su vida incluso hasta el martirio. Pero a la vez, a los consagrados nos acecha la perdida de la arista profética, por lo que nuestra esperanza necesita ser alentada Para nosotros son una gracia inestimable aquellos Obispos que aman nuestra forma de vida, confían en ella, la acogen hospitalariamente en su iglesia particular, la agradecen a Dios y la animan en sus dificultades. Hoy no basta decir palabras de esperanza. Es preciso recorrer juntos caminos de esperanza. Con nuestros Pastores ya hemos transitado senderos de dialogo y participación. Pero si queremos hacer algo más para el anunciar el Evangelio de la esperanza, hemos de trabajar por una Iglesia reconciliada, entusiasta y misionera Cuando todos vivimos ilusionados y esperanzados, el Espíritu aletea, el Reino se manifiesta, la Resurrección de Jesús comienza a ser Buena Nueva para todos. Es preciso dilatar los espacios de la comunión, construir puentes, habitar entre los que son diferentes. Entre los caminos que podemos recorrer juntos, señalo: l) La contemplación y la compasión. La vida consagrada dispone de carismas muy adecuados para incrementar la contemplación y el discernimiento, para detectar el paso de Dios por la historia y señalar los valores del Reino futuro. Los consagrados nos sentimos llamados a ser mensajeros de esperanza reforzando nuestra opción por los pobres y los excluidos, especialmente hoy, cuando se fomenta la ganancia de unos pocos postrando en la miseria a multitud de seres humanos. No podemos dejar defraudada la esperanza de los pobres y desdichados (cfSa19,18).2) Compartir la espiritualidad y la misión con los laicos. El IL da pie para replantear las relaciones entre Obispos, presbíteros, consagrados y laicos. Nosotros experimentamos la necesidad de ir más allá de las Mutuae relationes entre Obispos y Religiosos, para compartir con los laicos la espiritualidad y la misión. Es la mejor manera de superar protagonismos y comparativos inutiles.3) La cooperación en la preparación de evangelizadores para los nuevos "nuevos areópagos": la educación, la cultura y los medios de comunicación. Son caminos privilegiados para consolidar la esperanza. Tal vez haya que comenzar por recuperar la confianza en la inteligencia para responder adecuadamente a los nuevos problemas de la vida y fomentar más el estudio y la investigación.

[00142-04.04] [in117] [Texto original: español]

AVISOS

BRIEFING PARA LOS GRUPPOS LINGÜÍSTICOS

El quinto briefing para los grupos lingüísticos tendrá lugar mañana sábado 6 de octubre de 2001 a las 13:10 horas (en los lugares de los briefing y con los Responsables de Prensa indicados en el Boletín N. 2).

Se recuerda que los operadores audiovisuales (cámaras y técnicos) tienen que dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales para el permiso de acceso (muy restringido).

POOL PARA EL AULA DEL SÍNODO

El quinto "pool" para el Aula del Sínodo será formado para la oración de apertura de la Décima Congregación General del sábado 6 de octubre de 2001 por la mañana.

En la Oficina de Información y Acreditación de la Oficina de Prensa de la Santa Sede (entrando a la derecha) están a disposición de los redactores las listas de inscripción al pool.

Se recuerda que los operadores audiovisuales (cámaras y técnicos) y fotógrafos tienen que dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales para la participación al pool para el Aula del Sínodo.

Se recuerda a los participantes al pool que estén a las 8:30 horas en el Sector de Prensa montado en el exterior, frente a la entrada del Aula Pablo VI, desde donde serán llamados para acceder al Aula del Sínodo, siempre acompañados por un oficial de la Oficina de Prensa de la Santa Sede y del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales.

BOLETÍN

El próximo Boletín N. 12, relativo a los trabajos de la Novena Congregación General de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos de esta tarde, estará a disposición de los periodistas acreditados mañana sábado 6 de octubre de 2001, tras la apertura de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

[b11-04.06]

 

 
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