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03 - 02.10.2005
RESUMEN
♦ SOLEMNE INAUGURACIÓN DE LA XI ASAMBLEA GENERAL DEL SÍNODO DE
LOS OBISPOS
● HOMILÍA DEL SANTO PADRE
A las 9:30 de esta mañana, 2 de octubre de 2005, XXVII domingo del
tiempo “per annum”, en la Basílica Patriarcal Vaticana, ante la
tumba del apóstol san Pedro, el Santo Padre Benedicto XVI ha
presidido la Solemne Concelebración de la Eucaristía con los Padres
Sinodales, con ocasión de la Apertura de la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en el Aula del
Sínodo del Vaticano hasta el 23 de octubre de 2005, sobre el tema La
Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia.
Concelebraban con el Papa los Padres Sinodales y los colaboradores
(55 cardenales, 7 patriarcas, 59 arzobispos, 123 obispos, 40
presbíteros, 4 oyentes y 37 colaboradores).
Durante el Sacro Rito, después de la proclamación del Evangelio, el
Santo Padre ha pronunciado la siguiente homilía (EMBARGO HASTA EL
MOMENTO EN EL QUE ES PRONUNCIADA)
● HOMILÍA DEL SANTO PADRE
La lectura del profeta Isaías y el Evangelio de este día nos ponen
ante los ojos una de las grandes imágenes de la Sagrada Escritura:
la imagen de la vid. El pan representa en la Sagrada Escritura todo
aquello de lo cual el hombre tiene necesidad para su vita cotidiana.
El agua da a la tierra la fertilidad: es el don fundamental que hace
posible la vida. El vino, en cambio, representa la exquisitez de la
creación, nos da la alegría con la que vamos más allá de los límites
de lo cotidiano: el vino “alegra el corazón”. Así el vino, y con
éste, la vid se convierten también en la imagen del don del amor,
con el cual podemos tener alguna experiencia del sabor de lo Divino.
Y, de esta manera, la lectura del profeta que acabamos de escuchar,
comienza como un cántico de amor: Dios se ha creado una viña - una
imagen, ésta, de su historia de amor con la humanidad, de su amor
por Israel, que Él ha elegido. Así pues, el primer pensamiento de
las lecturas de hoy es éste: al hombre, creado a su imagen, Dios le
ha infundido la capacidad de amar y, por lo tanto, la capacidad de
amarle también a Él, su Creador. Con el cántico de amor del profeta
Isaías Dios quiere hablar al corazón de su pueblo – así como a cada
uno de nosotros. “Te he creado a mi imagen y semejanza”, nos dice.
“Yo mismo soy el amor, y tu eres mi imagen en la medida en que en ti
brilla el esplendor del amor, en la medida en que me respondes con
amor”. Dios nos espera. Él quiere ser amado por nosotros: una
llamada semejante, ¿no debería quizás tocar nuestro corazón?
Precisamente en este momento que celebramos la Eucaristía, en el que
inauguramos el Sínodo sobre la Eucaristía, Él nos sale al encuentro,
sale a mi encuentro. ¿Encontrará una respuesta? ¿O es que con
nosotros ocurre como con la viña, de la que nos habla Dios a través
de Isaías: “Él esperó que produjera uva , pero ésta era uva
selvática”? ¿No suele ser nuestra vida cristiana mas vinagre que
vino? ¿Autoconmiseración, conflicto, indiferencia?
Con esto hemos llegado automáticamente al segundo pensamiento
fundamental de las lecturas de hoy. Éstas hablan, sobre todo, de la
bondad de la creación de Dios y de la grandeza de la elección con la
cual Él se acerca a nosotros y nos ama. Pero después hablan también
de la historia que vino a continuación – del fracaso del hombre.
Dios había plantado viñas muy seleccionadas y, sin embargo, había
madurado uva selvática. ¿En que consiste esta uva selvática? La uva
buena que Dios se esperaba – dice el profeta – habría consistido en
la justicia y en la rectitud. La uva selvática es más bien la
violencia, el derramamiento de sangre y la opresión, que hacen gemir
a la gente bajo el yugo de la injusticia. En el Evangelio la imagen
cambia: la vid produce uva buena, pero los viñadores se la quedan
para ellos. No están dispuestos a entregarla al propietario. Apalean
y matan a sus mensajeros y matan a su Hijo. Su motivo es simple:
ellos quieren ser sus propietarios; y se apropian de lo que no les
pertenece. En el Antiguo Testamento, en primer plano aparece la
denuncia de la violación de la justicia social, del desprecio del
hombre por parte del hombre. Al fondo aparece, sin embargo, cómo,
con el desprecio de la Torah, del derecho donado por Dios, es Dios
mismo quien es despreciado; se quiere solamente gozar del propio
poder. Este aspecto queda plenamente subrayado en la parábola de
Jesús: los viñadores no quieren tener un dueño – y estos viñadores
constituyen un espejo para nosotros. Nosotros humanos, a los cuales
la creación, por así decirlo, nos ha sido dada para ser administrada
, la usurpamos. Queremos ser los únicos propietarios en primera
persona . Queremos poseer el mundo y nuestra propia vida de manera
ilimitada. Dios es un obstáculo. O se hace de Él una simple frase
devota, o Lo negamos del todo, proscrito de la vida pública, hasta
el punto de perder todo significado. La tolerancia que, por así
decirlo, admite a Dios como opinión privada pero lo niega
públicamente, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es
tolerancia sino hipocresía . Sin embargo, allí donde el hombre se
alza en único señor del mundo y dueño de sí mismo, no podrá existir
la justicia. Allí puede dominar sólo el arbitrio del poder y de los
intereses. Por supuesto, se pueder echar al Hijo de la viña y
matarlo, para saborear egoístamente los frutos de la tierra. Pero
entonces la viña se transformará en un terreno devastado por los
jabalíes, come nos dice el Salmo responsorial (cfr Sal 79,14).
De esta manera llegamos al tercer elemento de las lecturas de hoy.
El Señor, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, anuncia a
la viña infiel el juicio. El juicio que Isaías predijo se ha
materializado en las grandes guerras y exilios llevados a cabo por
los Asirios y los Babilonios. El juicio anunciado por el Señor Jesús,
se refiere sobre todo a la destrucción de Jerusalén en el año 70.
Pero la amenaza del juicio también nos afecta a nosotros, a la
Iglesia en Europa, a Europa y Occidente en general. Con este
Evangelio el Señor grita también en nuestros oídos las palabras que
en el Apocalipsis dirigió a la Iglesia de Éfeso: “Iré donde ti y
cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes” (2,5).
También a nosotros nos pueden quitar la luz, y hacemos bien si
dejamos que resuene esta admonición con toda su fuerza en nuestra
alma, gritando al mismo tiempo al Señor: “¡Ayúdanos a convertirnos!
¡Dona a todos nosotros la gracia de una verdadera renovación! ¡No
permitas que la luz que vive en nosotros se apague! ¡Refuerza
nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, para que podamos
producir buenos frutos!”.
Llegados a este punto, sin embargo, surge en nosotros la pregunta:
“¿Pero no hay ninguna promesa, ninguna palabra de consuelo en la
lectura de la página evangélica de hoy? ¿Es la amenaza la última
palabra?” ¡No! La promesa existe y es ésta la última, la esencial
palabra. La oímos en el versículo del Aleluya, tomado del Evangelio
de san Juan: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que
permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto” (Jn 15,5). Con estas
palabra del Señor, san Juan nos explica el último , el verdadero
final de la historia de la viña de Dios. Dios no fracasa. Al final
Él vence, vence el amor. Una velada alusión a ello se encuentra ya
en la parábola de la viña propuesta por el Evangelio de hoy y en sus
palabras conclusivas. También allí la muerte del Hijo no es el final
de la historia, aunque no sea contada directamente. Pero Jesús
explica esta muerte mediante una nueva imagen tomada del Salmo: “La
piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha
convertido …” (Mt 21, 42; Sl 117, 22). De la muerte del Hijo brota
la vida, se forma un nuevo edificio, una nueva viña. Él, que en Caná
cambió el agua en vino, ha transformado su sangre en el vino del
verdadero amor y, así, transforma el vino en su sangre. En el
cenáculo ha anticipado su muerte y la transforma en el don de sí
mismo, en un acto de amor radical. Su sangre es don, es amor, y por
esto es el verdadero vino que el Creador esperaba. De esta manera
Cristo mismo se convierte en la vid y esta vid produce siempre buen
fruto: para nosotros la presencia de su amor es indestructible.
Así, estas parábolas desembocan al final en el misterio de la
Eucaristía, en la que el Señor nos dona el pan de la vida y el vino
de su amor y nos invita a la fiesta del amor eterno. Nosotros
celebramos la Eucaristía sabiendo que su precio fue la muerte del
Hijo – el sacrificio de su vida, que en ella está presente. Cada vez
que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, nosotros anunciamos
la muerte del Señor hasta que Él vuelva, dice san Pablo (cfr Co
11,26). Pero también sabemos que de esta muerte brota la vida,
porque Jesús la ha transformado en un gesto de entrega, en un acto
de amor, dándole de esta forma su sentido más profundo: el amor ha
vencido a la muerte. En la santa Eucaristía Él, desde la cruz, nos
atrae a todos hacia Sí (Jn 12,32) y hace que nos convirtamos en los
sarmientos de la vid que es Él mismo. Si permanecemos unidos a Él,
entonces también nosotros produciremos frutos, y entonces ya no
saldrá de nosotros el vinagre de la autosuficiencia, del descontento
de Dios y de su creación, sino el vino bueno de la alegría en Dios y
del amor al prójimo. Roguemos al Señor para que nos done su gracia,
para que durante las tres semanas del Sínodo que estamos iniciando,
no sólo digamos cosas bellas sobre la Eucaristía, sino que sobre
todo vivamos de su fuerza. Invoquemos este don por medio de María,
queridos Padres sinodales, a quienes saludo con tanto afecto, junto
a las distintas Comunidades de las que provienen y que están aquí
representadas, para que dóciles a la acción del Espíritu Santo
podamos ayudar al mundo a que se conviertan, en Cristo y con Cristo,
en la vid fecunda de Dios. Amén.
[00004-04.09] [NNNNN] [Texto original: italiano]
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