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04 - 03.10.2005
RESUMEN
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PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES 3 DE OCTUBRE DE 2005 POR LA
MAÑANA)
♦AVISOS
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PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES 3 DE OCTUBRE DE 2005 POR LA
MAÑANA)
Esta mañana, lunes 3 de octubre de 2005 a las 9:00 horas, en
presencia del Santo Padre, en el Aula del Sínodo del Vaticano, con
el canto de la Hora Tertia, abierto con el Veni, Creator Spiritus,
se ha dado inicio a los trabajos de la XI Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos, con la Primera Congregación General. El
Santo Padre Benedicto XVI tuvo a su cargo la reflexión. Presidente
Delegado de turno fue S. Em. Card. Francis ARINZE, Prefecto de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
La asamblea sinodal abierta por Benedicto XVI, que ayer presidió la
solemne Concelebración Eucarística en la Basílica Patriarcal de San
Pedro del Vaticano, acogerá hasta el 23 de octubre de 2005 una
representación de los Prelados del mundo sobre el tema La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia.
Han intervenido en esta Primera Congregación General el Presidente
Delegado, S. Em. R. Card. Francis ARINZE, Prefecto de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
para el Saludo del Presidente Delegado; S.E.R. Mons. Nikola ETEROVIĆ,
Secretario General del Sínodo de los Obispos, para la Relación del
Secretario General; S. Em. Card. Angelo SCOLA, Patriarca de Venecia
(Italia), para la Relación anterior a la Discusión del Relator
General.
Publicamos a continuación los textos completos de las intervenciones,
pronunciadas en el Aula:
●
SALUDO DEL PRESIDENTE DELEGADO, S. EM. R. CARD. FRANCIS ARINZE,
PREFECTO PARA LA CONGREGACIÓN DEL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE
LOS SACRAMENTOS.
●
RELACIÓN DEL SECRETARIO GENERAL DEL SíNODO DE LOS OBISPOS, S. E.
R. MONS. NIKOLA ETEROVIĆ
●
RELACIÓN ANTERIOR A LA DISCUSIÓN DEL RELATORE GENERALE, S. EM. R.
CARD. ANGELO SCOLA, PATRIARCA DE VENECIA (ITALIA).
La Primera Congregación General de la Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos se ha concluído a las 09.00 con la Oración del
Angelus Domini guiada por el Santo Padre.
Estaban presentes 241 Padres Sinodales.
La Segunda Congregación General tendrá lugar esta tarde, 3 de
octubre de 2005, a las 16:30 horas, con el comienzo de las
discusiones generales sobre el tema sinodal.
●
SALUDO DEL PRESIDENTE DELEGADO, S. EM. R. CARD. FRANCIS ARINZE,
PREFECTO DE LA CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE
LOS SACRAMENTOS.
Junto al Sucesor de Pedro
(Palabras de introducción a la primera Congregación de la XI
Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Ciudad del Vaticano, 3
de octubre de 2005)
Beatísimo Padre:
1. Con espíritu de fe, con agradecimiento a la Divina Providencia
por Vuestro Pontificado, en la alegría cristiana, pero también con
sentido de responsabilidad, hemos sido convocados aquí por Vuestra
Santidad, Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Esta XI Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, convocada primero por
Vuestro Predecesor, de venerada e inolvidable memoria, el Siervo de
Dios Papa Juan Pablo II, convocada de nuevo por Vuestra Santidad no
mucho tiempo después de Su elección a la Sede Petrina, nos ofrece la
ocasión de reflexionar acerca de un tema que toca el corazón y la
vida de la Iglesia: “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de
la misión de la Iglesia”.
2. No es un secreto que el misterio eucarístico es un tema muy
importante para Vuestra Santidad. De hecho, en la primera homilía
que Vuestra Santidad pronunció en la mañana siguiente a su elección
el 20 de abril de 2005 en la Capilla Sixtina, Usted Santo Padre,
entre otras cosas, dijo a los Cardenales y al mundo: “Mi Pontificado
inicia, de manera particularmente significativa, mientras la Iglesia
vive el Año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no percibir en
esta coincidencia providencial un elemento que debe caracterizar el
ministerio al que he sido llamado? La Eucaristía, corazón de la vida
cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, no
puede menos de constituir siempre el centro y la fuente del servicio
petrino que me ha sido confiado”. (Homilía del 20/04/2005, n. 4, en
L’Osservatore Romano 94 (21 de abril de 2005), p. 9).
3. Es muy importante para la iglesia que los representantes del
Colegio de los Obispos de toda la Iglesia se reúnan junto al Sucesor
de Pedro para orar y reflexionar sobre el gran Misterio de la Fe.
Venimos de Iglesias particulares o diócesis como representantes de
las Conferencias Episcopales y de las Iglesias Orientales, pero
también de la Curia Romana, de la Unión de Superiores Generales, y
algunos han sido nombrados por Vuestra Santidad.
Venimos para reflexionar sobre un tema que toca el corazón que late
en la vida de la Iglesia. En la santísima Eucaristía, de hecho, como
dice el Concilio Vaticano II,”se contiene todo el bien espiritual de
la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua”. La
Eucaristía “está en el centro de la vida eclesial” (Eccl. de Euch.,
3).
Durante dos años toda la Iglesia ha reflexionado, discutido,
meditado y orado en particular modo sobre el Misterio Eucarístico.
Conferencias Episcopales, Sínodo de las Iglesias Orientales,
diócesis, parroquias, institutos superiores de estudios católicos,
seminarios, monasterios, institutos religiosos, asociaciones o
movimientos católicos y otros grupos de la Iglesia han promovido
iniciativas en ese sentido. He aquí esta noble asamblea que ahora
intenta recoger los frutos de estas aportaciones bajo la guía del
Vicario de Cristo y Sucesor de Pedro.
4. Santo Padre, bendíganos. Guíenos. Acompáñenos.
Que la Virgen María, “mujer eucarística” (Cf. Eccl. de Euch., 53)
interceda por nosotros.
Que el Espíritu Santo nos dé la luz, la fe, la sabiduría, la caridad
pastoral, el coraje evangélico, la alegría del anuncio y la
conciencia de nuestra responsabilidad ante Dios, ante la Iglesia y
ante el mundo, de cumplir con nuestro deber en estas tres semanas
para el bien del pueblo santo de Dios.
Card. Francis Arinze
3 de octubre de 2005
[00019-04.11] [NNNNN] [Texto original: italiano]
●
RELACIÓN DEL SECRETARIO GENERAL DEL SINODO DE LOS OBISPOS, S.E.R.
MONS. NIKOLA ETEROVIĆ.
La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y
de la misión de la Iglesia
Relación del Secretario General
en la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
Padre Santo:
Eminentísimos y Excelentísimos padres:
Queridos hermanas y hermanos:
Por primera vez en calidad de Secretario General del Sínodo de los
Obispos tengo el honor de dirigir la palabra a los miembros de esta
ilustre Asamblea, saludando con mucho gusto a todos los presentes
con las palabras del apóstol San Pablo: “Gracia a vosotros y paz de
parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo” (1 Co 1, 3).
Dirijo un saludo deferente al Santo Padre Benedicto XVI que preside
la primera Asamblea del Sínodo de los Obispos de Su pontificado. Al
mismo tiempo, doy gracias a Su Santidad por haber confirmado la
convocatoria de la presente asamblea sinodal y por haber seguido de
cerca la preparación de la misma. En nombre de todos los padres
sinodales le agradezco de antemano Su presencia y cada valiosa
aportación al desarrollo de los trabajos que tienen como objetivo
promover la vida y la misión de la Iglesia universal, en el signo de
la Eucaristía.
Saludo cordialmente a los 256 miembros de la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, de los cuales 177 son elegidos,
40 de nombramiento Pontificio y 39 ex officio y 10 Superiores
Generales. Entre ellos hay 55 cardenales, 8 patriarcas, 82
arzobispos, 123 obispos y 12 religiosos. En cuanto a los encargos
asumidos, hay 36 Presidentes de Conferencia Episcopal, 234
Ordinarios, 4 Coadjutores, 14 Auxiliares y 4 Eméritos.
Los padres sinodales mencionados proceden de todos los continentes,
en particular, 50 de África, 59 de América, 44 de Asia, 95 de Europa
y 8 de Oceanía.
Les estoy agradecido porque han acogido mi invitación, dirijo mi
deferente pensamiento a los Delegados fraternos, representantes de
12 Iglesias y comunidades eclesiales.
Extiendo mis más sentidos saludos a los Oyentes, a los Expertos, a
los Asistentes, a los Traductores y al personal técnico, sin cuya
colaboración no se podrían desarrollar adecuadamente los trabajos.
Finalmente, dirijo un saludo especial y expreso mi agradecimiento a
los generosos Colaboradores de la Secretaría General del Sínodo de
los Obispos, cuya labor me ha sido de gran apoyo para mí en mi
primera experiencia sinodal.
Con el Apóstol de las Gentes a todos deseo la gracia y la paz, dones
con los que Dios Uno y Trino bendecirá nuestros trabajos colegiales
para bien de la Iglesia y de la humanidad.
La presente relación consta de VI partes:
I) Consideraciones preliminares;
II) Período entre la X y la XI Asamblea General Ordinaria;
III) Preparación de la XI Asamblea General Ordinaria;
IV) Novedades en la metodología sinodal;
V) Actividad de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos;
VI) Conclusión.
I) Consideraciones preliminares
“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de
padecer” (Lc 22, 15). Con estas palabras pronunciadas durante la
última cena, Jesucristo introdujo la narración de la institución del
sacramento de la Eucaristía. Los tres Evangelios sinópticos
coinciden en el significado de las palabras pronunciadas sobre el
pan y el vino que, por la gracia del Espíritu Santo, se convirtieron
en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús (cf. Mt 26, 26-28; Mc 14,
22-25; Lc 22, 14-20). Las palabras fueron acompañadas por gestos
concretos: “Jesús tomó pan y lo bendijo, lo partió y lo dio a sus
discípulos” (Mt 26,26). Tales palabras y gestos indican claramente
la voluntad de Jesucristo de instituir la Eucaristía en el ámbito de
la cena pascual judía, prefiguración de su muerte y resurrección,
anticipo del banquete escatólogico de las bodas del Cordero inmolado.
En la narración del Evangelista Juan (cf. Jn cap 6) se hace aún más
evidente que Jesús de Nazareth estaba preparando desde hacía tiempo
el gran sacramento. En efecto, Él se presentó a la gente, casi al
comienzo de la actividad pública, como el pan vivo, bajado del cielo
por la vida del mundo (cf. Jn 6, 51).
La Eucaristía que Jesucristo instituyó en presencia de los
apóstoles, reunidos con él alrededor de la mesa, está vinculada de
manera inseparable a la Iglesia, desde el principio hasta el fin de
los tiempos. Por expresa voluntad del Señor “Haced esto en memoria
mía” (1 Co 11, 24), el sacramento de la Eucaristía, celebrado en la
Iglesia, tenía que ser transmitido de generación en generación, como
la herencia más valiosa, como el Testamento del amor del Señor
Jesús. Se trata de sagrada Tradición, como testimonia San Pablo en
la Primera Carta a los Corintios (cf. 1 Co 11, 23- 26), que por la
divina Providencia ha llegado en su pureza original hasta nuestros
días. Debemos dar gracias continuamente a Dios Uno y Trino por tan
inestimable gracia, porque la Eucaristía, gran don y misterio,
continúa celebrándose, es adorada y vivida en la Iglesia. Ella
representa el corazón de la Iglesia, la fuente y la cumbre de su
vida y de su actividad de Evangelización y de promoción humana.
Herencia espiritual del Papa Juan Pablo II
El tema de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos centrado en la Eucaristía fue querido por el Papa Juan Pablo
II de v. m. Aquéllos que conocen bien su obra y su misión eclesial
no pueden dejar de percibir referencias significativas del Siervo de
Dios al ejemplo del único Maestro y Señor Jesucristo, Hijo de Dios e
Hijo del hombre.
De hecho, el redescubrimiento de la Eucaristía, celebrada y vivida
adecuadamente en la Iglesia, parece ser también el contenido del
Testamento espiritual del Papa Juan Pablo II. Advirtiendo que se
acercaba su hora, él, con el Espíritu del Señor, intentó concentrar
sus energías en lo esencial, es decir, en el Santísimo Sacramento.
La admirable presencia del Señor glorioso bajo las especies del pan
y el vino fue el sostén de su fe viva, la fuente de la gran
esperanza y la razón de la incisiva caridad. Se trató de una
experiencia madurada sobre todo durante 59 años de sacerdocio, de
los cuales 44 vividos como Obispo, que impulsó al difunto Pontífice
a volver a proponer el tema de la Eucaristía a la reflexión de la
Iglesia universal. Su última encíclica fue Ecclesia de Eucharistia.
Su penúltima Carta Apóstolica es Mane nobiscum Domine. La última
iniciativa pastoral a nivel de la Iglesia universal es el Año de la
Eucaristía. En esta perspectiva no sorprende que también la XI
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos tenga por tema
la eucaristía. Con su celebración se cerrará el Año de la
Eucaristía. El Papa Juan Pablo II comenzó la preparación de la XI
Asamblea General Ordinaria y su sucesor, el Santo Padre Benedicto
XVI, la concluirá. El anuncio de la presencia de Jesucristo en la
Eucaristía, Testamento de su amor divino, sigue siendo la fuente
inagotable de la vida y de la misión de la Iglesia. La experiencia
de fe eucarística del Siervo de Dios Juan Pablo II, que nos legó
como su herencia espiritual, no dejará de influir de manera positiva
también en los tareas de la asamblea sinodal que empieza sus
trabajos.
En la elección del tema de la XI Asamblea General Ordinaria se puede
percibir también una intuición profética del Papa Juan Pablo II. Él
quiso favorecer la reflexión a nivel de la Iglesia Católica respecto
de la praxis eucarística, verificando cómo se aplican en las
Iglesias particulares los grandes pronunciamientos del Magisterio
relativos al sublime Sacramento de la presencia verdadera, real y
sustancial de Jesucristo resucitado en la Eucaristía, fuente de la
unidad y de la comunión eclesial. Deseaba comprobar cómo se percibe
y se vive el sacramento de la Eucaristía y qué influencia tiene en
la vida de los fieles, de las familias, de las comunidades y de toda
la sociedad. Su intención de fondo era además la de promover la
Eucaristía, don inestimable de Dios a su Iglesia, a través de una
catequesis apropiada a todos los niveles, un renovado culto
litúrgico, un servicio de la caridad reforzado, que tiene como
fuente permanente el pan partido por nosotros los hombres y el vino
derramado por nuestra salvación.
II) Actividad entre la X y la XI Asamblea General Ordinaria
Recuerdo del Emmo. Card. Jan Pieter Schotte
Evocando en esta asamblea colegial la herencia espiritual del Papa
Juan Pablo II es necesario, con ánimo agradecido al Señor, recordar
también a uno de sus colaboradores más cercanos, el Eminentísimo Sr.
Card. Jan Pieter Schotte, C.I.C.M., que durante casi 19 años fue
Secretario General del Sínodo de los Obispos. Durante dicho período
el Emmo. Purpurado realizó valiosos servicios eclesiales. En
especial, organizó 12 Asambleas sinodales, de las cuales 4 (1987;
1990; 1994; 2001) Asambleas Generales Ordinarias, 1 (en 1985)
Asamblea General Extraordinaria y 7 Asambleas Especiales (en 1991 I
para Europa; en 1994 para África; en 1995 para el Líbano; en 1997
para América; en 1998 para Asia; en 1998 para Oceanía; en 1999 II
para Europa). El Eminentísimo Señor Card. Jan Pieter Schotte inició
además la preparación de la XI Asamblea General Ordinaria. Menos de
un mes antes de que el Señor de la vida lo llamara ante sí el 10 de
enero de 2005, el Papa Juan Pablo II me nombró el 11 de febrero de
2004 para sucederle como Secretario General del Sínodo de los
Obispos. También esta sucesión se realizó bajo el signo del misterio
de la Eucaristía, tema de la XI Asamblea General Ordinaria, pues le
sustituí mientras el camino sinodal se había ya puesto en
movimiento, ciertamente insertado en una tradición bien consolidada
y con resultados muy positivos.
De hecho, el Eminentísimo Señor Card. Jan Pieter Schotte, terminada
felizmente la X Asamblea General Ordinaria, que sobre el tema El
Obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del
mundo se celebró del 30 de septiembre al 27 de octubre de 2001,
comenzó, en estrecha unión con el Sumo Pontífice, a preparar la
próxima XI Asamblea General Ordinaria.
Antes de la conclusión de la X Asamblea General Ordinaria, el 26 de
octubre de 2001, el Emmo. Card. Secretario General presidió la
primera reunión del X Consejo Ordinario, apenas constituido,
relevando que 6 padres sinodales participaban por primera vez en ese
organismo colegial. Una vez profundizado el conocimiento mutuo, se
les indicó a los miembros las tareas del Consejo Ordinario según las
normas vigentes del Sínodo de los Obispos. Especialmente, se afirmó
que el Consejo está llamado a mantener vivo el espíritu colegial de
la asamblea sinodal y a proponer nuevamente el contenido de las
Proposiciones, resultado preeminente del Sínodo de los Obispos, en
un documento que será sometido al Santo Padre en vista de la
publicación de la Exhortación post-Sinodal.
El X Consejo Ordinario se reunió 8 veces desde febrero de 2002 hasta
noviembre de 2004. En particular, la segunda reunión tuvo lugar del
6 al 8 de febrero de 2002, la tercera, en los días 13 y 14 de junio
de 2002, la cuarta del 5 al 7 de noviembre, la quinta del 26 al 27
de marzo de 2003, la sexta del 1 al 2 de julio de 2003, la séptima
del 23 al 24 de octubre de 2003 y la octava en los días 16 y 17 de
noviembre de 2004.
Las primeras 4 reuniones se concentraron casi exclusivamente en la
reelaboración del material de la X Asamblea General Ordinaria, en
vista de la redacción de la Exhortación post-Sinodal Pastores gregis
que el Papa Juan Pablo II firmó y promulgó el 16 de octubre de 2003,
con ocasión del XXV aniversario del Pontificado. Del solemne acto
que tuvo lugar en el aula Pablo VI, en presencia de numerosos
peregrinos, participaron los tres Presidentes Delegados: los
Eminentísimos Señores Cardenales: Giovanni Battista Re, Ivan Dias y
Bernard Agré, el Relator General, Eminentísimo Sr. Card. Edward Egan
y el Relator General Adjunto, Eminentísimo Sr. Card. Jorge Mario
Bergoglio, el Secretario General, Eminentísimo Sr. Card. Jan Pieter
Schotte, el Secretario Especial, Excelentísimo Mons. Marcello
Semeraro. Junto al Papa Juan Pablo II se encontraban el Decano del
Colegio de los Cardenales, Eminentísimo Sr. Card. Joseph Ratzinger y
el Secretario de Estado, Eminentísimo Sr. Card. Angelo Sodano. El
Sumo Pontífice entregó simbólicamente el documento a los tres
Presidentes Delegados, a los dos Relatores Generales, al Secretario
Especial y a cinco obispos, uno de cada continente.
Mientras tanto, a comienzos del año 2003, el Emmo. Secretario
General envió la Relatio circa labores peractos de la X Asamblea
General Ordinaria a las Instituciones que tienen derecho a ella. En
el documento están indicados, entre otros, los siguientes datos
estadísticos: en la asamblea sinodal participaron 247 miembros, de
los cuales 175 elegidos, 35 de nombramiento Pontificio y 37 ex
officio. La X Asamblea General Ordinaria tuvo 25 Congregaciones
generales, 17 sesiones de los Círculos menores. Los padres aprobaron
67 Propositiones.
III) Preparación de la XI Asamblea General Ordinaria
Tema de la XI Asamblea General Ordinaria
El tema y la fecha de la celebración de la XI Asamblea General
Ordinaria fueron objeto de discusión en varias ocasiones.
Al término de la X Asamblea General Ordinaria los padres sinodales
expresaron su parecer acerca del argumento de la próxima asamblea
sinodal. Además, por encargo del Papa Juan Pablo II, la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos consultó al respecto también a las
Conferencias Episcopales, a los Sínodos de las Iglesias Orientales
Católicas sui iuris, a los Dicasterios de la Curia Romana, a la
Unión de los Superiores Generales. Los resultados fueron examinados
durante la tercera reunión del X Consejo Ordinario en los días 13 y
14 de junio de 2002. A la luz de los resultados obtenidos, los
miembros del Consejo han preparado los tres temas que serán
sometidos a la decisión del Sumo Pontífice. En primer lugar estaba
el tema de la Eucaristía en la vida y en la misión de la Iglesia.
Durante la sucesiva quinta reunión del X Consejo Ordinario, el 26 de
marzo de 2003, el Emmo. Card. Secretario General informó a los
miembros que el Papa Juan Pablo II había escogido el tema de la
Eucaristía para la próxima XI Asamblea General Ordinaria,
recomendando centrarse especialmente en la parroquia en relación al
ministerio y culto eucarístico. Por lo tanto, se concretó el tema
sobre La Eucaristía come fuente y cumbre de la vida y de la misión
de la Iglesia y se empezó a reflexionar acerca de las ideas
fundamentales de los Lineamenta, documento cuyo objetivo es el de
favorecer la discusión sobre el argumento de la asamblea sinodal, a
nivel de la Iglesia universal.
Elaboración de los Lineamenta
La sexta reunión del Consejo Ordinario de la Secretaría General del
Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar los días 1 y 2 de junio de
2003, fue dedicada a examinar los borradores de los Lineamenta. Como
de costumbre, el texto fue objeto de estudio en dos grupos de
trabajo, divididos por idioma, italiano e inglés. En el encuentro
conjunto se alcanzó el consenso acerca de la estructura y las
modificaciones que debían ser aportadas al proyecto. El trabajo
procedió con buenos resultados en la reunión del 23 y 24 de
noviembre de 2003, de manera que los Lineamenta, enriquecidos por
las respuestas que iban llegando, se pudieron publicar en el mes de
febrero del año 2004.
La discusión en el seno del X Consejo Ordinario fue seguida con gran
interés por el Papa Juan Pablo II quien, en la audiencia concedida
el 29 de noviembre de 2003 al Emmo. Secretario General Card. Jan
Pieter Schotte, aprobó definitivamente el tema de la XI Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos “Eucharistia: fons et
culmen vitae et missionis Ecclesiae”. La fecha prevista de la
celebración era la del 2 al 29 de octubre de 2005.
Con Despacho del 18 diciembre de 2003, el Eminentísimo Sr. Card.
Angelo Sodano, Secretario de Estado, comunicó oficialmente al Emmo.
Secretario General del Sínodo de los Obispos la mencionada decisión
del Papa Juan Pablo II. Por lo tanto, el 13 de febrero de 2004
fueron publicados en L’Osservatore Romano el tema y la fecha de la
XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
Obviamente, el Sumo Pontífice siguió también de cerca la redacción
de los Lineamenta, cuyo texto se estaba escribiendo en 8 idiomas:
latín, italiano, francés, español, portugués, inglés, alemán y
polaco. El documento, publicado en el mes de febrero de 2004, en
primer lugar fue enviado a las Instituciones que tenían derecho a
recibirlo: Conferencias Episcopales, Sínodos de las Iglesias
Orientales Católicas sui iuris, Dicasterios de la Curia Romana,
Unión de los Superiores Generales. Luego se le dio una más amplia
difusión a través de los medios de comunicación social en toda la
Iglesia universal. Al final del Documento había un Cuestionario que
debía ayudar, por un lado, a reflexionar sobre la Eucaristía,
insigne Sacramento de nuestra fe, y, por otro, a redactar las
respuestas que había que hacer llegar a la Secretaría General del
Sínodo de los Obispos antes del 31 de diciembre de 2004.
Preparación del Instrumentum laboris
Los Lineamenta fueron recibidos de manera muy positiva, como resulta
también del número de respuestas y observaciones que han llegado. Al
respecto puede ser útil indicar los datos estadísticos relativos a
las respuestas a los Lineamenta de los últimos Sínodos, con especial
atención a las instituciones de naturaleza colegiada, como son las
Conferencias Episcopales y los Sínodos de los Obispos de las
Iglesias Orientales Católicas sui iuris.
Respuestas de las Conferencias Episcopales destinadas a las diversas
Asambleas Generales Ordinarias:
1974 De evangelizatione 75,38%
1977 De catechesi 67,18%
1980 De familia 50,37%
1983 De reconciliatione et paenitentia 42,75%
1987 De christifidelibus laicis 59,85%
1990 De formatione sacerdotum 63,94%
1994 De vida consecrata 66,05%
2001 De episcopo 62,50%
2005 De Eucharistia 94,69%.
Vale la pena señalar que para esta Asamblea sinodal, por lo que se
refiere a los Sínodos de las Iglesias Orientales Católicas sui
iuris, el porcentaje de las respuestas ha sido del 73 %[1].
Los Dicasterios de la Curia Romana han respondido en su totalidad.
También ha llegado preparada y bien elaborada la respuesta de la
Unión de los Superiores Generales.
La Secretaría General del Sínodo de los Obispos ha recibido además
110 observaciones individuales por parte de obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos de todo el mundo.
El alto porcentaje de las respuestas y observaciones es muy
significativo. En particular, se deben señalar las respuestas de
aproximadamente el 95 % de las Conferencias Episcopales, el más alto
para una Asamblea General Ordinaria[2]. Tales datos estadísticos
indican claramente el gran interés de las Iglesias particulares y de
otras instituciones eclesiales por el tema de la actual asamblea
sinodal. Al mismo tiempo, son indicio de sus expectativas relativas
a la influencia del Sínodo de los Obispos en la vida de la Iglesia y
de su misión en el mundo. Además, en las respuestas se percibe que
los Lineamenta han favorecido la reflexión, a menudo bien
organizada, sobre la percepción y la celebración de la Eucaristía en
las respectivas diócesis, parroquias, instituciones, organizaciones
y comunidades eclesiales. La vasta discusión, acompañada por la
oración, ha sido una ayuda notable para las Iglesias locales al fin
de verificar el grado de inteligencia del sacramento de la
Eucaristía, la frecuencia de la participación en las celebraciones
eucarísticas, sobre todo los domingos y los días de precepto, las
consecuencias de la fe eucarística en la vida personal, familiar y
social. Varias Diócesis han aprovechado de esta ocasión para tener
datos más precisos sobre la praxis de la fe de los propios fieles,
como así también para promover tanto una acción de catequesis con el
objetivo de favorecer un mayor conocimiento del misterio del
Santísimo Sacramento y como varias formas de celebración y de
adoración
En otros lugares, en cambio, se ha encargado a una Comisión de la
Conferencia Episcopal la redacción a la respuesta a los Lineamenta,
delimitando la discusión eclesial sobre el tema. Ha existido menos
reflexión cuando quienes han respondido al Cuestionario han sido los
expertos encargados por algunas Conferencias Episcopales.
En todo caso, los datos que han llegado a la Secretaría General han
sido muy útiles para tener un panorama bastante fiel acerca de cómo
se percibe y se celebra el sacramento de la Eucaristía en la Iglesia
universal con características propias según las Tradiciones
espirituales, los diversos ritos y las particulares características
geográficas y culturales.
Las respuestas provenientes de entidades de índole colegiada y de
fieles a título personal, conforman un abundante material que ha
sido debidamente estudiado. Gracias a la ayuda de algunos expertos y
bajo la responsabilidad de la Secretaría General, también dicho
material ha sido incorporado y sintetizado en el Instrumentum
laboris.
En la redacción de este documento, el X Consejo Ordinario ha tenido
un papel importante. En la reunión del 15 al 16 de noviembre de 2004
se decidió el esquema del Documento, teniendo en cuenta la
naturaleza de las respuestas y de las observaciones recibidas. El
Papa Juan Pablo II recibió en Audiencia a los miembros del X Consejo
Ordinario el 16 de noviembre, estimulando su trabajo al servicio de
la Iglesia universal, “que obtiene de la Eucaristía las energías
vitales para su presencia y su acción en la historia de los hombres”
(L’Osservatore Romano, 17 de noviembre de 2004, p. 5).
Al respecto, cabe recordar que llegaron no pocas respuestas después
de la fecha indicada del 31 de diciembre de 2004. Sin embargo,
también éstas han sido tenidas en cuenta con la debida consideración
durante el laborioso y delicado trabajo de redacción del
Instrumentum laboris. El Secretario General ha presentado el
documento el 7 de julio de 2005 en una Rueda de prensa. Como es
habitual, ha sido publicado en 8 idiomas y difundido a través de los
medios de comunicación social.
Mientras avanzaban los trabajos de preparación de la XI Asamblea
General Ordinaria, el Papa Juan Pablo II nombró el 12 de marzo de
2005 a los tres Presidentes Delegados: los Eminentísimos y
Reverendísimos Señores Cardenales: Francis Arinze, Prefecto de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara,
México, y Telesphore Placidus Toppo, Arzobispo de Ranchi, India. Al
mismo tiempo, Su Santidad nombró al Relator General, el Eminentísimo
y Reverendísimo Señor cardenal Angelo Scola, Patriarca de Venecia, y
al Secretario Especial, el Excelentísimo y Reverendísimo Monseñor
Roland Minnerath, Arzobispo de Dijon, Francia.
Participación a las Asambleas sinodales del Papa Juan Pablo II
El Señor de la vida mientras había llamado a Su fiel Servidor Juan
Pablo II, el 2 de abril de 2005. De este modo, el Sínodo de los
Obispos pierde a su presidente que había tenido grandes méritos en
el desarrollo de esta institución eclesial y colegiada. Con el
deceso de Papa Juan Pablo II ha desaparecido el único Obispo en
ejercicio que fue padre sinodal de todos los vértices sinodales
desde la fundación del Sínodo de los Obispos hasta su última
Asamblea General Ordinaria de octubre 2001. En especial, el
Arzobispo de Cracovia, Card. Carol Wojtyla fue Miembro de 5
asambleas sinodales, en 1969, 1971, 1974 y 1977. En lo que concierne
a la primera Asamblea General Ordinaria de 1967, por solidaridad con
el Arzobispo de Varsovia, Card. Stefan Wyszynski, al que el gobierno
comunista había prohibido la salida del país, el Card. Carol Wojtyla
renunció a venir a Roma. Al respecto, existe una correspondencia
bastante interesante entre la Secretaría General del Sínodo de los
Obispos y los delegados polacos ausentes, que da testimonio de su
participación espiritual en los trabajos sinodales. El año 1974 el
Card. Carol Wojtyla fue Relator General para la Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “Evangelización en
el mundo moderno”.
Durante el fecundo y largo Pontificado de casi veintisiete años, el
Papa Juan Pablo II ha convocado 15 Asambleas sinodales, de las
cuales 6 Asambleas Generales Ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990,
1994, 2001); una Asamblea General Extraordinaria (1985) y 8
Asambleas Especiales (1980 para los Países Bajos; en 1991 1ra. para
Europa; 1994 para África, 1995 para Líbano, 1997 para América, 1998
para Asia, 1998 para Oceanía, 1999 2da. para Europa). El Papa Juan
Pablo II inició además la preparación de la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, dejando las conclusiones como
herencia a su Sucesor, Su Santidad Benedicto XVI.
En la celebración de la Eucaristía los fieles, uniéndose al Señor
Jesús resucitado, superando los límites del tiempo y del espacio y,
como miembros de la comunidad de los santos, se regocijan por la
gloria de los hermanos ya acogidos a la presencia de Dios en la
eternidad beata o por la dichosa espera de quienes se están
purificando para poder, cuanto antes, contemplar cara a cara al
único Santo (cf. 1 Co 13, 12). Participando de ese gran misterio en
la celebración del pan y del vino, en nombre de todos los padres
sinodales agradezco a Dios Uno y Trino por la querida Persona de
Juan Pablo II y por su eximio servicio eclesial en favor del Pueblo
de Dios, desempeñado para mayor alabanza y gloria de Dios Padre,
Hijo y Espíritu Santo. Animados por la gracia del Espíritu Santo,
creemos que el Siervo de Dios Juan Pablo II, desde el cielo, también
intercederá por el buen resultado de esta Asamblea sinodal, para que
traiga abundantes frutos a los católicos, a los demás cristianos, a
los creyentes de religiones no cristianas, así como a todos los
hombres de buena voluntad.
Actividades sinodales del Santo Padre Benedicto XVI
La sucesión apostólica permite a la Iglesia de Cristo Jesús
proseguir su misión en la historia, transmitiendo a las nuevas
generaciones el depósito integro de la fe que plasma las costumbres
y regula la disciplina de los fieles. Gracias a los modernos medios
de comunicación social, los católicos esparcidos por el mundo
entero, como así también los numerosos fieles pertenecientes a las
Iglesias y comunidades cristianas u otras entidades religiosas, han
seguido con gran participación el excepcional período del final del
Pontificado del Papa Juan Pablo II y el inicio de su sucesor
Benedicto XVI. Se trató de una insigne gracia del Señor a su Iglesia
que ha podido experimentar, entre otras cosas, la importancia de las
estructuras colegiales en la sucesión apostólica y, en particular,
en lo relativo a la elección del Pontífice Romano, por parte del
colegio cardenalicio.
En esta sede, mientras tengo el gran honor de renovar el más devoto
saludo al Santo Padre Benedicto XVI, que por primera vez ejerce su
derecho innato de convocar y presidir una Asamblea sinodal, cumplo
con el muy grato deber de recordar algunos datos correspondientes a
su participación en precedentes reuniones sinodales. Elegido
Arzobispo de Munich y Freising el 25 de marzo de 1977, Su Eminencia
el Card. Joseph Ratzinger ha participado en 16 Asambleas sinodales,
desde 1977 hasta la presente XI Asamblea General Ordinaria.
Concretamente, como Arzobispo de Munich y Freising, el Eminentísimo
Card. Joseph Ratzinger participó en las 2 Asambleas Generales
Ordinarias de 1977 y 1980. Durante la segunda, celebrada sobre el
tema La familia cristiana, se desempeñó como Relator General.
Convocado por el Papa Juan Pablo II, el 15 de febrero 1982, para
dirigir la Congregación para la Doctrina de la Fe, sucesivamente, Su
Eminencia participó en 5 Asambleas Generales Ordinarias (de 1983,
1987, 1990, 1994 e 2001), en la Asamblea General Extraordinaria de
1985 y en 7 Asambleas Especiales, es decir en todas excepto en la
Asamblea para los Países Bajos en 1980. Se debe recordar que su Em.
Card. Joseph Ratzinger fue Presidente Delegado de la Asamblea
General Ordinaria llevada a cabo en 1983 sobra el tema La penitencia
y la reconciliación en la misión de la Iglesia.
Considerando que cada Asamblea sinodal dura aproximadamente cuatro
semanas, es fácil deducir que el Santo Padre Benedicto XVI ha
dedicado al Sínodo de los Obispos aproximadamente 14 meses, un año y
dos meses, es decir una parte significativa de los 54 años de vida
sacerdotal, de los cuales 28 como Obispo. A dicho dato relativo a la
presencia en las reuniones sinodales, se debe agregar su
participación en los trabajos de los Consejos de la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos, dado que su Em. Card. Joseph
Ratzinger participó en 4 Consejos Ordinarios (1980, 1983, 1987 y
1990) y en dos Extraordinarios de la misma Secretaría General (1983
y 1997).
IV) Novedades en la metodología sinodal
Gracias a esta gran experiencia, el Santo Padre Benedicto XVI ha
indicado con mucho gusto algunas innovaciones en la metodología
sinodal, con la finalidad de favorecer aun más la naturaleza
colegiada del Sínodo de los Obispos.
Haciendo suya la iniciativa del Papa Juan Pablo II, el Santo Padre
ha decidido llevar a cabo la celebración del XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, modificando la fecha.
Efectivamente, el 12 de mayo de 2005 se dio a conocer oficialmente
que el Sumo Pontífice había confirmado la celebración del mencionado
encuentro sinodal y el tema seleccionado, deliberando que los
trabajos se desenvolverían, no en cuatro sino en tres semanas, es
decir, desde el 2 hasta el 23 de octubre del año en curso. Con esta
decisión Su Santidad ha querido concentrar mayormente los trabajos
para favorecer aún más el aspecto colegial y sinodal. Por esta razón
las actividades se llevarán a cabo incluso el sábado por la tarde.
La reducción de la duración total de la Asamblea sinodal es el
resultado de diferentes factores. Por una parte, el deseo de los
mismos Padres sinodales de no ausentarse demasiado de sus propias
sedes, a pesar de que las normas canónicas no ponen límite alguno
con respecto a la ausencia de los Obispos de sus respectivas
Diócesis cuando se realiza un Sínodo de los Obispos. Por la otra
parte, la reducción de la duración de la celebración del Sínodo
encuentra también su razón de ser, como se observará más adelante,
en la redistribución del tiempo destinado a las diferentes
actividades sinodales (Congregaciones generales, Círculos menores,
etc.), con el objeto de hacer que el procedimiento sea más ágil y
eficiente.
La manera de operar está indicada detalladamente en el Vademecum que
cada participante ha recibido al principio del encuentro sinodal.
Éste contiene la praxis afianzada en los Sínodos posteriores que
están regulados por las normas de la Carta Apostólica Apostolica
sollicitudo y por la Ordo Synodi, promulgadas por el Papa Pablo VI
de v. m., y según las revisiones y agregados sucesivos. Además, el
Vademecum hace referencia al Código de Derecho Canónico y al Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales.
Algunas novedades del método sinodal ya son visibles en el
Calendario de trabajo que se incluye al final del Vademecum. Es así
que están previstas 23 Congregaciones generales y 7 sesiones de los
Círculos menores. Esto se debe a las modificaciones en la
metodología sinodal y a la reducción del período trabajo. Al
respecto, me permito indicar las innovaciones más significativas:
1) Cada padre sinodal podrá intervenir en el aula sinodal durante 6
y no 8 minutos, como estaba establecido en la praxis anterior. Dicha
reducción se debe a la disminución de los trabajos a tres semanas,
sin sufrir ninguna variación el número de participantes, que son
alrededor de 250. No es necesario mencionar que los padres sinodales
podrán entregar intervenciones escritas más amplias, que serán
objeto de atenta consideración por parte del Secretario Especial.
2) Además, dicha reducción se debe principalmente a la introducción
durante el debate de una hora de discusión libre, desde las 18 hasta
las 19 de cada día, al final de las Congregaciones Generales. Se
trata de una novedad significativa para los participantes y para los
Presidentes Delegados. Éstos serán los moderadores de las
discusiones en el aula. Los padres sinodales, por su parte, podrán
solicitar ulteriores informaciones a los hermanos que ya hayan
hablado en el aula, dando referencias también sobre la situación de
su propia Iglesia Particular. Se espera que el libre intercambio de
opiniones y de experiencias permita la profundización de las
cuestiones de mayor actualidad, sobre todo de índole pastoral,
relativas a la celebración del sacramento de la Eucaristía, fuente
de vida y vínculo de la comunión eclesial.
No está de más indicar que la libre discusión deberá limitarse al
tema del Sínodo: La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la
misión de la Iglesia. Como se evidencia en la Instrumentum laboris,
se trata de un argumento muy rico de aspectos, tanto doctrinales
como pastorales, que merecen ser profundizados, teniendo presente la
praxis en las respectivas Iglesias particulares. Por lo tanto, no
sería pertinente afrontar otros temas que, a pesar de su actualidad,
no están relacionados con el tema de la Asamblea sinodal. Al
respecto, los Presidentes Delegados tendrán la tarea de mantener la
discusión dentro de los límites establecidos.
3) Con la finalidad de que la discusión sea más ordenada, se
solicita cordialmente a los Padres sinodales respetar en sus
ponencias la estructura del Instrumentum laboris. Como es sabido,
dicho documento se compone de cuatro partes. Por esto, se espera que
la discusión comience con los temas de la primera parte, para que
prosiga con los de la segunda y tercera y, de esta manera poder
llegar a la última, la cuarta parte. Dicho orden de las
intervenciones requiere una cierta disciplina. Cada padre sinodal
debería, desde los primeros días del Sínodo, indicar la parte en la
que quisiera intervenir, señalando en lo posible, el párrafo
concerniente. Es probable que tal método sea más fácil para los
Obispos escogidos por las Conferencias Episcopales con más de 100
miembros, que tienen el derecho de representación de 4 padres
sinodales. Cada uno de ellos podría escoger intervenir en una parte
diferente. Obviamente, no se niegan las intervenciones sobre otros
temas de interés. También se solicita a los miembros de las
Conferencias Episcopales con menos representantes, a los Sínodos de
Obispos de las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, a los
Dicasterios de la Curia Romana y de la Unión de los Superiores
Generales, ajustarse a dicho orden lógico. Inscribiéndose lo antes
posible, éstos indicarán el número o, eventualmente, la parte del
documento del Instrumentum laboris sobre el cual quieren intervenir.
La Secretaría General lo tendrá en cuenta y cuando no hayan más
solicitudes de intervención relativas a la primera parte, comenzarán
a hablar los padres inscriptos para la segunda y así sucesivamente.
En todo caso, no serán rechazadas las posibles intervenciones
sueltas. Es importante, sin embargo, destacar que este método,
previsto en la Ordo Synodi, pone remedio a las observaciones
críticas de no pocos padres porque, de otra manera, las ponencias
durante la primera fase de los trabajos sinodales corren el riesgo
de volverse dispersivas y, por lo tanto, difíciles de seguir.
Además, el orden en la exposición debería favorecer la discusión y
la profundización de los temas de mayor interés, especialmente
durante la hora del debate libre.
No está de más recordar que, si un Padre no desea pronunciar
públicamente su intervención, puede entregar el texto escrito a la
Secretaría General, que se encargará de estudiarla y de tomarla en
consideración de manera similar a los demás textos leídos en el
aula. En la medida en que fueran disminuyendo las intervenciones,
seguramente se podría utilizar el tiempo ganado para favorecer
posteriormente la discusión libre.
4) Considerando el tiempo reducido de la Asamblea sinodal y de las
amplias discusiones en el aula, fue necesario abreviar el número de
sesiones de los 13 Círculos menores, organizados de acuerdo a las
seis lenguas del Sínodo: latín, francés, inglés, italiano, español y
alemán. Por tanto, se solicita encarecidamente a los miembros de los
Círculos menores que se concentren principalmente en la elaboración
de las propuestas. Toda propuesta, concisa y breve, deberá tratar un
solo argumento. Sería conveniente evitar las exposiciones detalladas
relativas a la doctrina tradicional de la Iglesia. Los padres
sinodales deberán, más bien, formular consejos que tiendan a
favorecer la renovación de la praxis pastoral de la Iglesia y a
promover la aplicación doctrinal y espiritual del sacramento de la
Eucaristía en la celebración litúrgica y en la vida personal,
familiar y social de los fieles.
5) Para favorecer una mayor participación, el Santo Padre Benedicto
XVI ha aprobado la propuesta de que se aplique a la composición de
la Comisión para el Mensaje lo que está previsto en la Ordo Synodi
para las Comisiones de estudio (cf. Art. 8 y 2). Por lo tanto,
también la Comisión para el Mensaje está compuesta por 12 miembros,
de los cuales 4 con nombramiento pontificio, incluídos el Presidente
y el Vice-presidente, mientras los otros 8 miembros serán elegidos
por los Padres sinodales, tomando en consideración las cualidades
requeridas para dicha tarea como por ejemplo, dotes profesionales y
técnicas sobre la materia, y el conocimiento de idiomas. Para
asegurar una adecuada representación, se propone escoger cinco
candidatos, uno por cada continente, un representante de las
Iglesias Orientales Católicas sui iuris, uno de la Curia Romana y
uno de la Unión de Superiores Generales.
Al respecto, es oportuno tener en cuenta las recomendaciones de los
Padres sinodales llamados a desempeñar una función sinodal para que
no asuman otros encargos dentro del Sínodo. Esta norma tiene la
finalidad de favorecer una distribución equitativa de las
responsabilidades entre los miembros de la Asamblea Sinodal.
6) En la XI Asamblea General Ordinaria es bastante alto el número de
los Oyentes y Expertos. La razón principal reside en las
modificaciones realizadas en la metodología sinodal y en la
reducción de la duración de la reunión misma que requieren
necesariamente un gran empeño. En la Asamblea sinodal participan 32
expertos que escucharán las intervenciones de los padres y asistirán
principalmente al Secretario Especial en el desenvolvimiento de sus
tareas.
Los 27 Oyentes, sacerdotes, personas consagradas, laicos, hombres y
mujeres, procedentes de diferentes lugares del mundo, enriquecerán
la discusión sinodal con sus testimonios sobre la importancia del
sacramento de la Eucaristía en su vida personal y comunitaria, así
como en las múltiples actividades sociales según la propia
espiritualidad eucarística.
7) El Sumo Pontífice Benedicto XVI ha querido aumentar el número de
Delegados fraternos, representantes de otras Iglesias cristianas y
comunidades eclesiásticas. Son 12 y provienen de las Iglesias
Ortodoxas, de las Antiguas Iglesias de Oriente y de las comunidades
derivadas de la Reforma que poseen una visión similar a la católica
sobre el misterio de la Eucaristía. En tal gesto no es difícil
percibir una ulterior señal del Sumo Pontífice hacia el diálogo
ecuménico con las Iglesias y comunidades eclesiales que creen en el
Señor Jesús presente en la Eucaristía y se esfuerzan por vivir
consecuentemente.
8) Como se puede comprobar, existen también algunas innovaciones de
orden técnico que deberían favorecer los trabajos y, por tanto, el
clima de jubilosa y responsable colegialidad episcopal y eclesial.
Me refiero a las mejoras en la iluminación, al perfeccionamiento de
los servicios tele-video, a la votación electrónica para asuntos de
menor importancia, etc. Por dicha obra es un deber agradecer a su
Eminencia el Sr. Cardenal Casimir Szoka, Presidente del
Governatorato de la Ciudad del Vaticano, así como al personal que,
en relativamente poco tiempo, ha logrado introducir innovaciones
técnicas significativas que, espero, serán beneficiosas para todos
los participantes.
9) La Divina Providencia ha dispuesto que la celebración de la XI
Asamblea General Ordinaria coincida con el 40̊ Aniversario de la
Institución del Sínodo de los Obispos. Una sesión de trabajos estará
dedicada a la conmemoración de tan grande evento. Han sido previstas
dos conferencias principales: una de índole teológica y otra de
índole jurídica sobre la naturaleza del Sínodo de los Obispos.
Posteriormente se realizarán 7 breves comunicaciones sobre los
resultados positivos de las Asambleas Especiales del Sínodo de los
Obispos. Además de las relacionadas con los Sínodos continentales,
habrá un informe sobre los Sínodos de los Países Bajos y Líbano. A
continuación, si el tiempo lo permite, por medio de un libre
intercambio de opiniones se podrán profundizar algunos temas que
tratan de mejorar la metodología sinodal para el bien de la Iglesia
y de la sociedad en la que viven y actúan los cristianos.
V) Actividades de la Secretaría General
La preparación de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos ha ocupado la mayor parte de la actividad de la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos en los últimos tiempos. Sin
embargo, ésta ha continuado desarrollando sus actividades. Entre
éstas, me permito indicarles brevemente las siguientes.
La Secretaria General ha comenzado la tarea de actualización de la
Ordo Synodi, de acuerdo a la normas canónicas, sobre todo en
relación al Código del Derecho Canónico y de los Cánones de las
Iglesias Orientales, emanados después de la promulgación de la Ordo.
Después de la presente Asamblea General Ordinaria dicha iniciativa
continuará, enriquecida por la experiencia de la presente reunión
sinodal, con sus ya anunciadas innovaciones metodológicas.
Reuniónes de los Consejos de la Secretaría General
Desde la última Asamblea General Ordinaria de octubre de 2001, la
Secretaría General del Sínodo de los Obispos ha efectuado varias
reuniones con los miembros de los Consejos de la misma. Se trata de
una experiencia muy provechosa para aproximadamente 100 Obispos,
provenientes de todo el mundo. Ofrecen al Santo Padre, a través de
la Secretaría General, informaciones relativas a las diversas
situaciones eclesiales y sociales en sus respectivos países, y
además consejos dirigidos a consolidar la presencia de la Iglesia a
fin de sostener la evangelización, promover la paz, la
reconciliación y la justicia en cada uno de los países o regiones.
Dichos encuentros son muy útiles porque no solamente proporcionan
noticias calificadas acerca de la aplicación de las Exhortaciones
post-Sinodales, sino también un diálogo colegial, permitiendo
compartir las esperanzas y preocupaciones de los hermanos en el
ejercicio de su ministerio episcopal. Los encuentros de los
respectivos Consejos con el Santo Padre, cuando esto sea posible,
representan momentos de intensa comunión y de profunda colegialidad
episcopal. Las orientaciones del Sumo Pontífice pronunciadas en
tales oportunidades han sido ocasión de ayuda no solamente para los
miembros de los Consejos, sino para todos los Obispos de las
respectivas Iglesias particulares, componentes vivos de la única
Iglesia Católica, de la cual el Obispo de Roma es signo y garantía
de unidad y comunión.
Como ya se ha dicho, el X Consejo Ordinario de la Secretaría General
se ha reunido 8 veces. Además, se realizaron las siguientes
reuniones de los 6 Consejos Especiales de la Secretaria General.
El Consejo Especial para Europa se reunió 3 veces en las siguientes
fechas: del 21 al 23 de noviembre de 2003, el 6 de mayo de 2005 y el
14 de mayo de 2005.
El Consejo Especial para América tuvo 4 reuniones en los días 20 y
21 de junio de 2001, 2 y 3 octubre de 2002, 14 de octubre de 2003 y
5 de noviembre de 2004.
El Consejo Especial para Oceanía tuvo 3 sesiones: el 23 noviembre de
2001, del 28 al 31 mayo de 2002 y los días 18 y 19 de febrero de
2004.
El Consejo Especial para Líbano se reunió 2 veces en los días 22 y
23 de mayo de 2002, y el 16 y 17 de marzo de 2004.
El Consejo Especial para Asia se reunió 4 veces: el 20 y 21 de
noviembre de 2001, del 19 al 21 de noviembre de 2002, el 18 y 19 de
noviembre de 2003, y el 18 y 19 de noviembre de 2004.
El Consejo Especial para África ha tenido una actividad más intensa,
debido también a la preparación de la II Asamblea Especial para
África del Sínodo de los Obispos. Efectivamente, los miembros del
mencionado Consejo se reunieron 6 veces: el 7 y 8 de junio de 2001,
el 11 y 12 de junio de 2002, el 18 y 19 de junio de 2003, el 15 y 16
de junio de 2004, el 24 y 25 de febrero de 2005, y el 21 y 22 de
junio de 2005.
Como es sabido, el 13 de noviembre de 2004, el Papa Juan Pablo II
manifestó su intención de convocar la II Asamblea Especial para
África del Sínodo de los Obispos. El Santo Padre Benedicto XVI ha
hecho propia dicha voluntad. En el pronunciamiento del 22 de junio
de 2005, confirmando la decisión de su Predecesor, ha precisado:
“deseo anunciar mi intención de convocar la Segunda Asamblea
Especial para África del Sínodo de los Obispos”. Al mismo tiempo, Su
Santidad ha especificado la finalidad de dicha reunión colegial
“Nutro una gran confianza en que dicho Sínodo determine un ulterior
impulso en el continente africano para la evangelización, la
consolidación y el crecimiento de la Iglesia, así como para la
promoción de la reconciliación y la paz”.
Actualmente el Consejo Especial para África de la Secretaría
General, con la ayuda de algunos expertos, está preparando los
Lineamenta de dicho encuentro sinodal que oportunamente, después de
la aprobación del Santo Padre, serán dados a conocer. Todos los
fieles, sobre todo los participantes a la XI Asamblea General
Ordinaria están invitados a rezar para que la II Asamblea General
para África del Sínodo de los Obispos refuerce la presencia de la
Iglesia en toda África, dé un nuevo dinamismo a la evangelización y
a la promoción humana para que los hijos de la Iglesia se
transformen en los promotores más sólidos en favor de la
reconciliación, la paz y la justicia en el gran continente africano.
VI) Conclusión
“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22, 15).
La palabra del Señor resuena en la Iglesia desde hace dos mil años y
reúne alrededor de la mesa eucarística a los cristianos, hombres y
mujeres, miembros del Pueblo de Dios que, nutriéndose del pan caído
del cielo, reciben la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10).
En la Eucaristía, por lo tanto, se manifiesta un camino en dos
direcciones. En Jesucristo, muerto y resucitado, Dios mismo va al
encuentro del hombre redimido, lo purifica de sus pecados, lo nutre
con el pan de Dios (...) que baja del cielo y da la vida al mundo
(cf. Jn 6, 33). Lo acompaña durante el peregrinaje terrestre hacia
la patria celestial. A dicho camino descendiente del Señor Jesús
corresponde el camino ascendente del hombre que en lo más íntimo
anhela encontrar a Dios, en cuanto creado a imagen suya (cf. Gén 1,
27). No obstante varios titubeos y posibles desviaciones, en
relación al don de la libertad, en el encuentro con Dios, el hombre
se encuentra a sí mismo, el sentido de su existencia y la meta de su
destino eterno que consiste en la visión beatífica. En la Eucaristía
se realiza, de esta manera, el encuentro entre Dios y el hombre. Ésa
es la forma por excelencia que adquiere la presencia de Dios en el
sacramento de la humanidad glorificada de Jesucristo, quien se
ofrece como alimento y bebida en cada celebración eucarística.
Mientras tanto, al acercarse a la Eucaristía, el hombre obtiene del
Señor Jesús la gracia que transforma su vida. En tal sublime
sacramento encuentra la verdad sobre Dios y sobre la propia
existencia y sobre el mundo creado, la fuerza para permanecer fiel a
la vocación cristiana en medio a las tentaciones del mundo, el ardor
de la caridad para ser testigo del amor de Dios, sobre todo, en
relación a los pobres y pequeños (cf. Mt 25, 31-44). Nutriéndose en
la mesa del Señor, el fiel está llamado a poner en práctica en la
vida de cada día las enseñanzas del Maestro que “no ha venido a ser
servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (cf.
Mt 20, 28).
El icono elocuente de esta actitud es el lavado de los pies (cf. Jn
13 1-15). Dicha actitud de servicio eucarístico se puede percibir de
manera particular en la vida de los santos que alcanzaron
excelentemente la perfección de la vocación cristiana, gracias al
sublime sacramento de la Eucaristía que estaba en el centro de su
vida. Ellos nos ofrecen un ejemplo siempre actual de la
espiritualidad eucarística como el camino privilegiado hacia la
perfección cristiana. Interceden, además, continuamente por
nosotros, a fin de que, en comunión con el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo, nos transformemos cada vez más en aquello que por gracia
ya somos; hijos de Dios, miembros de la Iglesia, es decir, del
Cuerpo místico de Jesucristo (cf. Col 1, 18).
Entre los santos un lugar especial lo ocupa la Beata Virgen María,
“Mujer Eucarística” (cf. EE 53). Ella precede la gran hilera de los
beatos y santos reconocidos por la Iglesia, algunos de ellos son
recordados en el N. 76 de la Instrumentum laboris. A ellos se debe
agregar una muchedumbre inmensa (...) de toda nación, razas, pueblos
y lenguas (cf. Ap, 7, 9) cuya santidad sólo es evidente a los ojos
de Dios. Entre ellos, llevados sobre las alas de la fe, osamos
esperar que se encuentren también el Papa Juan Pablo II y tantos
otros Obispos, quienes durante la vida terrestre han desarrollado
servicios admirables a la Iglesia promoviendo, de manera especial,
la colegialidad episcopal. Entre ellos, su Em. Card. Pieter Schotte
puede ser indicado como ejemplo de servidor fiel a la Iglesia y al
Santo Padre, cuya persona encomendamos a la misericordia de Dios
bueno y clemente.
En este año de la Eucaristía, toda la Iglesia acompaña con la
oración la celebración del Sínodo de los Obispos. Como por San Pedro
Apóstol, al comienzo de la Iglesia (cf. Hch 12, 5), así también
ahora elevamos continuamente una oración personal a Dios por el
Santo Padre Benedicto XVI que está comenzando su Pontificado, en
este alba del Tercer Milenio del cristianismo. Los fieles,
agradecidos a Dios Omnipotente por su elección en la sede de Roma,
invocan para Él la abundancia de los dones del Espíritu Santo, para
que, reconociendo los signos de los tiempos, pueda guiar la barca de
Pedro (cf. Jn 21, 11) hacia un puerto tranquilo sin temer eventuales
borrascas ni tempestades, sino encomendándose al Señor Jesucristo,
el único capaz de calmarlas (cf. Mt 8, 23-27).
Dicha oración coral incluye, además, a los sucesores de los
apóstoles, los Obispos, llamados a participar en el cuidado de la
Iglesia Universal del Obispo de Roma y Jefe del colegio episcopal.
La oración, por tanto, acompaña los trabajos de la XI Asamblea
General Ordinaria de los Obispos para que bajo la guía del Espíritu
del Señor resucitado, la presente asamblea sinodal pueda ser una
gran ayuda para el ministerio del Sumo Pontífice y de los Obispos,
en la colegialidad y en la comunión jerárquica. El servicio eclesial
del Sínodo de los Obispos resulta valioso en tanto que busca
profundizar las aplicaciones pastorales de la fe en el sacramento de
la Eucaristía, que desde hace dos mil años representa la fuente de
la vida de la Iglesia y la razón de su misión en el mundo. Junto a
la intercesión de la Iglesia del cielo, el Pueblo de Dios suplica el
Señor para que se aporte un nuevo impulso a la celebración del
sublime misterio del pan de vida (cf. Jn 6, 35) y del copa de la
nueva Alianza (cf. Lc 22, 20), para que se promueva un renovado amor
por la adoración del Santísimo Sacramento y se reavive la
creatividad de la caridad fraterna considerando las grandes
expectativas del hombre contemporáneo y las crecientes necesidades
de nuestro mundo.
Gracias por haberme escuchado pacientemente. Les deseo que tengan un
buen trabajo en el nombre del Señor.
Notas
[1] A la Secretaría General del Sínodo de los Obispos no llegaron
respuestas procedentes del Sínodo de la Iglesia Siro-Malabarese, del
Patriarcado de Antioquía de los Maronitas y del Consejo de la
Iglesia Etíope.
[2] La Secretaría General del Sínodo de los Obispos no recibió
respuestas de las Conferencias Episcopales de: Gabón, Irán, Laos y
Camboya, Namibia, Pacífico, Turquía.
[00008-04.11] [NNNNN] [Texto original: latino]
●
RELACIÓN ANTERIOR A LA DISCUSIÓN DEL RELATOR GENERAL, S. EM. R.
CARD. ANGELO SCOLA, PATRIARCA DE VENECIA (ITALIA)
INTRODUCCIÓN
Eucaristía: la libertad de Dios va al encuentro de la libertad del
hombre.
I. Asombro eucarístico
II. La Eucaristía implica evangelización
III. La Eucaristía y la ratio sacramentalis de la Revelación
CAPÍTULO PRIMERO
El novum del culto cristiano
I. La “logikē latreia” (Rm 12, 1)
II. El valor del rito eucarístico
III. La celebración eucarística hace la Iglesia
1. Una primera confirmación: el Obispo, liturgo por excelencia
2. Una segunda confirmación: la naturaleza del templo cristiano
3. Una tercera confirmación: ¿“Intercomunión”?
CAPÍTULO SEGUNDO
La acción eucarística
I. Elementos distintivos de la celebración eucarística
1. Inseparable unidad de liturgia de la palabra y liturgia
eucarística
a. El don eucarístico: ni derecho ni posesión
a1. Asambleas dominicales en espera de sacerdote
a2. Viri probati?
2. Adoración
3. Actitud de confesión y penitencia
a. Los divorciados y casados nuevamente y la comunión eucarística
4. Ite missa est
II. Ars celebrandi y actuosa participatio
CAPÍTULO TERCERO
Dimensión antropológica, cosmológica y social de la Eucaristía
I. Dos premisas
1. Eucaristía y evangelización
2. Eucaristía, interculturalidad e inculturación
II. Dimensión antropológica de la Eucaristía
III. Dimensión cosmológica de la Eucaristía
IV. Dimensión social de la Eucaristía
CONCLUSIÓN
La existencia eucarística en los sufrimientos contemporáneos
I. Exposición sintética
II. Un auspicio final
INTRODUCCIÓN
Eucaristía: la libertad de Dios va al encuentro de la libertad del
hombre
I. Asombro eucarístico
Cuando celebramos la Eucaristía, “los fieles pueden revivir de
alguna manera la experiencia de los dos discípulos de Emaús: ellos
abrieron los ojos y la reconocieron”
(Lc 24, 31) [1]. Por esto Juan Pablo II afirma que la acción
eucarística suscita asombro [2]. El asombro es la respuesta
inmediata del hombre a la realidad que lo interpela. Manifiesta el
reconocimiento que la realidad le es amiga, es un positivo que
encuentra sus mismas expectativas constitutivas. San Pablo,
escribiendo a los Romanos, explica la razón: la realidad custodia el
designio bueno del Creador. A tal punto que el Apóstol ha podido
decir sobre los hombres que “se ofuscan en sus razonamientos y su
insensato corazón se entenebreció” que son “inexcusables” porque
“habiendo conocido a Dios” desde el momento en que “desde la
creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus
obras: su poder eterno y su divinidad”, “no le glorificaron como a
Dios ni le dieron gracias” (cfr. Rm 1, 19-21)
Incertidumbre y temor, en cambio, pueden presentarse en un segundo
tiempo en la experiencia del hombre, cuando, a causa de la finitud y
del mal, en él se abre paso el miedo a que la positividad de la
realidad no permanezca.
Así, por una parte, la acción eucarística, como además todo el
cristianismo en cuanto fuente de asombro [3], se inscriben en la
experiencia humana como tal. Sin embargo, por otra parte, Ella se
manifiesta como un acontecimiento inesperado y totalmente gratuito.
En la Eucaristía se revela que el de Dios es un designio de amor. En
Ella el Deus Trinitas, que en Sí mismo es amor (cfr. 1Jn 4, 7-8),
asume la condición humana en el Cuerpo donado y en la Sangre
derramada por Cristo Jesús, hasta hacerse comida y bebida que
alimentan la vida del hombre (cfr. Lc 22, 14-20; 1Cor 11, 23-26).
Como los dos de Emaús, regenerados por el asombro eucarístico,
retomaron el propio camino (cfr. Lc 24, 32-33) así también, el
pueblo de Dios, abandonándose a la fuerza del sacramento, es
impulsado a compartir la historia de los hombres.
Juan Pablo II con gran visión de futuro, que Benedicto XVI hizo
inmediatamente suya, quiso prolongar los benéficos frutos del Gran
Jubileo en el especial Año de la Eucaristía [4], estableciendo que
esta XI Asamblea General del Sínodo de los Obispos fuese dedicada a
La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la
Iglesia. La solemne celebración eucarística con la cual ayer hemos
comenzado en la Basílica de san Pedro, nos ha abierto objetivamente
a esa actitud de asombro que, si oportunamente secundada durante
nuestros trabajos, contribuirá a redescubrir la centralidad y la
belleza de la Eucaristía a la Iglesia difundida en todo el mundo.
¿Por qué la Eucaristía es el fascinante corazón de la vida del
pueblo de Dios destinado a la salvación de la entera humanidad?
Porque ella revela y hace presente en el hoy de la historia a
Jesucristo como sentido cumplido de la existencia humana en todas
sus dimensiones personales y comunitarias [5]. Y lo documenta a
nivel antropológico, cosmológico y social.
“El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado”[6]: en la Eucaristía, esta central afirmación conciliar,
revela todo su realismo. En el pan y en el vino, frutos de la tierra
y del trabajo, se recapitula el ofrecimiento total que el hombre,
uno en alma y cuerpo[7], hace de sí mismo, de sus afectos y de su
obrar; se expresa su relación de permanente interacción con el
cosmos y, al mismo tiempo, se documenta su originaria solidaridad
con todos los hermanos hombres, a partir de la familia y de la
comunidades más próximas para alcanzar hasta los extremos confines
de la tierra.
En el don eucarístico se le consiente al creyente el acceso a la
Verdad viviente y personal que hace “realmente libres”. (cfr. Jn 8,
36). En la Eucaristía la invitación de Jesús “si quieres ser
perfecto” (Mt 19, 21) asume toda su densidad. El hombre es provocado
para salir de sí mismo e ir hacia los otros y hacia toda la
realidad, para que sea satisfecho el deseo inextirpable de felicidad
que lleva en su propio corazón [8]. En la Eucaristía Jesús se
convierte concretamente en Camino hacia aquella Verdad que da la
Vida (cfr. Jn 14, 6) [9].
En Ella, la Iglesia, realidad a la vez personal y social llega a ser
concretamente un pueblo de pueblos, esa admirable entidad étnica sui
generis de la que hablaba Paulo VI[10].
Fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia “es todo el
Triduum Paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y «
concentrado » para siempre en el don eucarístico” – en cuanto actúa
- “una misteriosa « contemporaneidad » entre aquel Triduum y el
transcurrir de todos los siglos”[11].
Por esto desde hace dos mil años el pueblo santo de Dios, a
cualquier generación, clase social, raza o cultura pertenezca, se
reúne cada domingo en la eclessia eucarística, confesando
públicamente su propia fe. La Eucaristía, de hecho, en sí misma y en
su conexión con el septenario sacramental, revela todo el alcance
del misterio de la fe [12]. Esto explica concretamente la razón por
la cual aún en tiempos y en lugares de mayor sufrimiento, la Iglesia
sostenida por el Espíritu, nunca ha flaqueado. A impedirlo ha
contribuido precisamente la praxis bimilenaria[13] de poner en el
centro la acción eucarística dominical.
Son estos, en extrema síntesis, los motivos que pueden suscitar el
asombro eucarístico en hombres y mujeres de todo tiempo y de todo
lugar. La presente Relatio ante disceptationem se propone
ilustrarlos un poco. En el cuadro preparatorio trazado por los
Lineamenta antes y por el Instrumentum laboris después, sin tener la
pretensión de que sea completo, pero sin evitar los principales
problemas, ella tiene solamente la finalidad de abrir el diálogo
entre los Padres Sinodales.
Para mayor comodidad, anticipo las articulaciones. Después de haber
hecho referencia al asombro eucarístico, la Introducción
(Eucaristía: la libertad de Dios va al encuentro de la libertad del
hombre) evidencia el nexo de la Eucaristía con la evangelización y
con la ratio sacramentalis propia de la Revelación. En el Primer
Capítulo (El novum del culto cristiano) trataré de poner de relieve
la novedad del culto cristiano. El Segundo Capítulo (La acción
eucarística) tratará la acción eucarística en sus elementos
distintivos y en el necesario nexo entre ars celebrandi y actuosa
participatio. Un Tercer capítulo (Dimensión antropológica,
cosmológica y social de la Eucaristía) quiere mostrar de qué manera
la Eucaristía posee intrínsecamente una dimensión antropológica, una
dimensión cosmológica y una dimensión social. La Conclusión (La
existencia eucarística en los sufrimientos contemporáneos) ofrecerá
una exposición sintética de la materia desarrollada para terminar
con un breve auspicio para nuestros trabajos.
II. La Eucaristía implica evangelización
Los datos recogidos de el Instrumentum laboris, preparado en vista
de esta Asamblea Sinodal, muestran que la práctica eucarística es
muy variada en las grandes áreas del globo. Esto ciertamente tiene
que ver con sus significativas diferencias culturales, que se
manifiestan de manera evidente en la calidad de la participación a
la Eucaristía que, a su vez, está relacionada a la autenticidad del
ars celebrandi.
Un relevamiento general, sin embargo, es necesario. El apagarse del
asombro eucarístico depende, en último análisis, de la finitud y del
pecado del sujeto. Frecuentemente esto encuentra un terreno de
cultura en el hecho que la comunidad cristiana que celebra la
Eucaristía está lejos de la realidad. Vive abstractamente. Ya no le
habla al hombre concreto, a sus afectos, a su trabajo, a su
descanso, a sus exigencias de unidad, de verdad, de bondad, de
belleza. Y así la acción eucarística, separada de la existencia
cotidiana, ya no acompaña al creyente en el proceso de maduración
del propio yo y en su relación con el cosmos y con la sociedad.
La Asamblea Sinodal deberá indagar atentamente este estado de cosas
y sugerir los remedios posibles. No podrá limitarse a ratificar la
centralidad de la Eucaristía y del dies Domini. Objetivamente la
misma está fuera de discusión, pero la dificultad está en cómo
reavivar el asombro, generado por la Eucaristía, en los numerosos
bautizados no practicantes (en algunos países europeos pueden
superar el 80%). “Antes que los hombres puedan acercarse a la
liturgia - no debemos olvidarlo -, es necesario que sean llamados a
la fe y a la conversión”[14]. Son, por lo tanto, indispensables el
anuncio y el testimonio personal y comunitario de Jesucristo a todos
los hombres con el fin de suscitar comunidades cristianas vitales y
abiertas. Además la vida de tales comunidades requiere una
sistemática formación al “pensamiento de Cristo” (1Cor 2, 16)
(catequesis -de manera especial la que se refiere a la iniciación
cristiana de los niños y de los adultos-, cultura). Pasa a través de
la educación a lo gratuito (caridad, compromiso en el compartir
social). Requiere una comunicación universal de la vida nueva en
Cristo (misión). En una palabra, los factores constitutivos de la
evangelización y de la nueva evangelización son implicaciones
esenciales de la acción eucarística.
III. La Eucaristía y la ratio sacramentalis de la Revelación
El Concilio Vaticano II, sobre todo en la Constitución Dogmática Dei
Verbum, ha puesto en evidencia el carácter de acontecimiento propio
de la Revelación. De esta manera ha ofrecido una sólida base
doctrinal al realismo eucarístico que sólo garantiza la
contemporaneidad entre el Triduum salvífico de la Pascua y el hombre
de cada tiempo. La Constitución profundiza la enseñanza del Vaticano
I en clave cristocéntrica. La Revelación se cumple y completa en la
Persona y en la historia de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero
Dios, crucificado, muerto y resucitado por nosotros los hombres y
por nuestra salvación[15]. En Su obra de redención Él revela el
rostro misericordioso del Padre que, mediante la potencia del
Espíritu del Resucitado, nos hace hijos en el Hijo (cfr. Ef 1, 5).
“Nomen Trinitatis publicando”[16] Jesucristo, a través del don total
de Su vida inocente, resuelve el enigma del hombre y, de tal manera,
valoriza su libertad permitiéndole decidir sobre sí mismo.
Jesucristo, de hecho, le pide a la libertad de cada hombre que
acoja, mediante la obediencia de la fe, éste Su don en cada acto de
la propia existencia (cfr. Ap 3, 20). Tal acogida implica a su vez,
por parte del hombre, el don total de sí (cfr. Mt 19, 21). A esto se
sigue la exclusión de toda concepción mágica del sacramento en
general y de la Eucaristía en particular.
El evento único e irrepetible del Tridiuum Paschale ha sido Cristo
mismo anticipado en la Cena con los Suyos, que Él ha querido
fuertemente (cfr. Lc 22, 15). Sentándose a la mesa con los apóstoles
en el cenáculo, Jesús ha instituido la Eucaristía. A través del don
del Espíritu Santo que hace posible actuar eficazmente el
mandamiento “haced esto en recuerdo mío” (Lc 22, 19; 1Cor 11, 25).
Él abre al creyente de todos tiempos la posibilidad de participar de
la salvación.
En la acción eucarística, por lo tanto, la libertad de Dios
encuentra afectivamente la libertad del hombre. A partir de este
encuentro de libertad el cristiano, signado por el reconocimiento
del don de Dios y de la comunión con Él y con los hermanos, se ve
impulsado a dar a toda su vida una forma eucarística[17]. Y esto
porque en la Eucaristía se manifiesta en modo eminente lo que Fides
et ratio llama la “ratio sacramentalis de la revelación”[18]. Ella
permite al fiel descubrir que, a través de todas las circunstancias
y todas las relaciones de las que está objetivamente constituida la
existencia humana, el evento de Jesucristo llama su libertad a una
progresiva implicación en la vida de la Trinidad. Es Jesucristo
mismo que lo acompaña en esta experiencia: “Y he aquí que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
(Mt 28, 20). Por esto Él asegura a la comunidad cristiana Su amorosa
presencia: “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos”. (Mt 18, 20).
Así ha vivido desde el comienzo la comunidad primitiva: “Acudían
asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la
fracción del pan y a las oraciones.” (Hch 2, 42). Y sobre la vida de
este pueblo de Dios que atraviesa la historia, arroja una luz
fulgurante la perspectiva escatológica en la cual Jesús ha colocado,
desde su institución, la acción eucarística: “Y os digo que desde
ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que
lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre”. (Mt 26, 29;
Mc 14, 25; Lc 22, 18).
La ratio sacramentalis implicada en el misterio de la encarnación,
muerte y resurrección de Jesucristo, muestra que la vida de todo
hombre es objetivamente vocación. Cada estado de vida[19]
-matrimonio, sacerdocio, virginidad consagrada- recibe del misterio
eucarístico la raíz última de la propia forma. Por lo tanto, en la
convocatoria eucarística, cada creyente encuentra el origen y el
sentido de la propia vocación que imprime a su existencia una forma
eucarística.
CAPÍTULO PRIMERO
El novum del culto cristiano
El dato imponente de la praxis bimilenaria de la celebración
eucarística dominical, decisivo para la génesis y el crecimiento de
las comunidades cristianas de todo tiempo y lugar, no es casual.
Este primado de la Eucaristía como acción se explica exhaustivamente
a partir de la ratio sacramentalis de la revelación de la cual brota
la forma eucarística de la existencia cristiana. Por esto es
necesario poner con decisión en el centro de nuestros trabajos sobre
la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la
Iglesia, la profundización de la acción eucarística misma. Esta
elección permite superar toda falsa oposición entre teología y
liturgia.
I. La “logikē latreia (Rm 12, 1)
Aunque se reconozca junto con los estudiosos una cierta diferenciada
continuidad antropológica con los ritos propios de las variadas
formas religiosas, de manera particular con los ritos sacrificiales
del Antiguo Cercano Oriente, con la cenas helenistas y en especial
con las comidas del judaísmo de la época helenista, hoy es
reconocido por todos que la Eucaristía de Jesús en la Ultima Cena ha
dado vida a un novum.
La institución de la Eucaristía se inserta en una cena ritual, cuyo
contexto pascual es un dato indudable (cfr. Mt 26, 19-20; Mc 16-18;
Lc 22, 13-14; Jn 13, 1-2)[20], como la singular acción mediante la
cual Jesús asocia a los Suyos a Su hora y su misión anticipando el
sacrificio de su Pascua, camino definitivo para la Instauración del
Reino. Comiendo Su Cuerpo y bebiendo Su sangre, los discípulos son
incorporados a Cristo: de tal modo se aplica esa comunión que
constituye la Iglesia.
En la Última Cena de Jesucristo, “dirigiéndose a los discípulos
también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los
Profetas”[21], se ofrece a Sí mismo como única víctima proporcionada
al Padre (cfr. Mt 26, 26-28; Mc 14, 22-24; Lc 22, 19-20; 1Cor 11,
23ss). En este acto Él implica también a los Suyos, no para el
recuerdo formal y triste de Su persona y de Su acción, sino para la
permanente y activa participación a su ofrecimiento por parte de sus
discípulos hasta el final de los tiempos: “haced esto en recuerdo
mío” (Lc 22, 19).
Emerge así el vínculo indisoluble que liga la Eucaristía a la
Iglesia y la Iglesia a la Eucaristía. No por casualidad ecclesia es
el término técnico que, desde del comienzo, indica la acción de la
unión eucarística de los cristianos (cfr. 1Cor 11, 18; 14,
4-5.19.28). “La Iglesia vive de la Eucaristía desde sus orígenes. En
ella encuentra la razón de su existencia, la fuente inagotable de su
santidad, la fuerza de la unidad y el vínculo de la comunión, el
impulso de su vitalidad evangélica, el principio de su acción de
evangelización, el manantial de la caridad y la pujanza de la
promoción humana, la anticipación de su gloria en el banquete eterno
de las Bodas del Cordero”. (cfr. Ap 19, 7-9)[22].
A partir de todo lo dicho, la acción eucarística emerge con toda su
fuerza de fuente y cumbre de la existencia eclesial del cristiano,
porque manifiesta, al mismo tiempo, tanto la génesis como el
cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiken latreian: “Os
exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis
vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal
será vuestro culto espiritual”. (logiken latreian) (Rm 12, 1). En
esta visión paulina del nuevo culto como ofrecimiento total de la
propia persona –“Él haga de nosotros un sacrificio perenne agradable
a Ti”[23]-, se supera definitivamente toda separación entre lo
sagrado y profano. El culto cristiano no es un paréntesis en el
interior de una existencia vivida en un horizonte profano. Tampoco
es un puro acto sacrificial y reparatorio de las ofensas o del
alejamiento de la mirada de Dios. El nuevo culto cristiano se
convierte en expresión de toda la existencia renovada: “Por tanto,
ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para
gloria de Dios”. (1Cor 10, 31). Todo acto de libertad del cristiano
está llamado a ser acto de culto. De aquí toma su forma la
naturaleza intrínsecamente eucarística de la espiritualidad
cristiana.
Puesto que asume lo humano en toda su densidad histórica, la
Eucaristía, vértice del septenario sacramental[24], hace posible,
día a día, la progresiva transfiguración del hombre predestinado y
llamado por gracia a ser a imagen del Hijo mismo (cfr. Ef 1, 4-5).
Pensemos en la extraordinaria eficacia del Bautismo: descubrimos que
los hijos, incorporados a Cristo en la Iglesia, son nuestros porque
son hijos del Padre nuestro que está en los cielos. La Confirmación
revela a quienes se confirman, llamados al testimonio, que los
efectos y el trabajo reciben su verdad del don del Espíritu de
Jesucristo muerto y resucitado. A través del sacramento la
experiencia determinante de la vida afectiva, el Matrimonio, es
confiada por la Iglesia al Señor. Sólo Él está en condiciones de
realizar el para siempre” del amor que cada esposa y cada esposo,
cuando ama verdaderamente, tiene en el corazón. ¿Y no es tal vez la
más humana y delicada atención a la libertad –muchas veces herida
por el pecado- la que la Iglesia nos ofrece invitándonos a la
reconciliación con Dios y con los hermanos en el sacramento de la
Penitencia? Cuando, más tarde el hombre es herido en la propia carne
por la inevitable prueba de la enfermedad, la Unción de los enfermos
expresa la cercanía especial de Jesús que tanto ha padecido y ha
muerto y resucitado por nosotros. Una cercanía del todo especial,
siempre que esté acompañada por la regular posibilidad ofrecida a
los enfermos para recibir la Comunión y, cuando es necesario, el
Santo Viático. Esto es para que nosotros podamos sanar rápidamente
y, en todo caso, no perdamos la esperanza de resucitar con Él y así
reencontrarlo y reencontrarnos en nuestro verdadero cuerpo. Otros,
no por sus méritos sino por iniciativa del Espíritu de Jesús, son
llamados al servicio del pueblo de Dios como ministros ordenados
(sacramento del Orden).
De esta manera la vida litúrgica de nuestras comunidades no hace
otra cosa que testimoniar cómo en el concreto desenvolverse de la
humana existencia –nacimiento, relaciones, amor, dolor, muerte, vida
después de la muerte – Jesús se hace presente a todos los hombres
cada día, en cada situación[25]. En el cuadro trazado surgió aquí
nuevamente la fuerza de la ratio sacramentalis propria del genio
católico.
II. El valor del rito eucarístico
En esta visión inaugurada por la Eucaristía cristiana no sólo el
culto sino también el rito asumen una fisonomía radicalmente nueva
.La de la acción de Cristo mismo que, con el don del Espíritu Santo,
admite a los Suyos ante la presencia del Padre para “cumplir el
servicio sacerdotal”[26].
Por su naturaleza de manantial de la logiken latreian la acción
ritual eucarística es también objetivamente la más esencial y
decisiva de todas las acciones humanas. De hecho, en el rito
eucarístico, y en un determinado momento, hace irrupción el
significado cumplido de la historia, y por tanto su verdad. De este
modo el rito eucarístico lleva a cabo una pausa en el sucederse de
las vicisitudes cotidianas del hombre, pero es precisamente en el
espacio abierto por dicha pausa cuando el hombre aprende a decidirse
por la verdad que le es donada objetivamente en el mismo rito. Esta
elección se da en la fe: se puede relacionarse con la verdad donada
sólo en la total entrega de sí. Por lo tanto la acción eucarística
es fuente y cumbre de la existencia eclesial cristiana en virtud de
la fuerza de la celebración misma del rito que, en toda su
sustancial plenitud, expresa adecuadamente la fe vivida del pueblo
cristiano.
Incluida temporal y espacialmente en la trama de la existencia
cotidiana, pero al mismo tiempo proveniente “de lo alto” en cuanto
sacramento, es decir signo e instrumento eficaz de la gracia divina,
la acción ritual eucarística se convierte en paradigma de toda la
existencia del hombre[27]. El rito eucarístico no es accidental con
respecto a la existencia personal y social, ni extrínseco al
inevitable ser del hombre para el mundo, sino centro de la vida real
de la nueva criatura (cfr. 2Cor 5, 17; Gal 6, 15). Su existencia es
totalmente humana y por lo tanto histórica, pero al mismo tiempo,
gracias a la memoria eucarística del Cuerpo donado y de la Sangre
derramada del Crucificado Resucitado, ella vive ya en la perspectiva
eterna de la resurrección (cfr. 1Cor 15, 19-22)[28]. En la acción
eucarística la liturgia terrenal está íntimamente unida a la
celestial[29]. El intercambio de comunión entre vivos y muertos, del
que la Misa de sufragio para los difuntos es una importante
expresión, constituye un testimonio permanente de la fe de la
Iglesia en el nexo inseparable entre la vida terrena y la vida
eterna[30].
Esta visión unitaria de la acción eucarística como corazón de toda
la existencia cristiana está siempre presente en la conciencia
eclesial. Desde la identificación con la acción llevada a cabo por
Jesús tal como se conserva en el canon bíblico, hasta la traditio
que en su incesante ritmo de transmisión y de recepción la asegura a
lo largo del tiempo y del espacio; desde las formas litúrgicas de
los primeros siglos en toda su variedad que aún se reflejan en los
ritos litúrgicos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la
predominancia del rito romano; desde las precisas indicaciones del
Concilio de Trento y del Misal de Pío V hasta la reforma del
Vaticano II: cada etapa de la vida de la Iglesia confirma que la
acción eucarística, fuente y cumbre de la existencia eclesial
cristiana, coincide con el rito sacramental que genera y lleva a
cabo el culto nuevo y definitivo (logiken latreian).
La consideración del rito en toda su plenitud permite evitar toda
fragmentación y yuxtaposición entre la acción eucarística y las
exigencias de la nueva evangelización, que van desde el anuncio
testimonial en cada ambiente de la humana existencia hasta las
necesarias implicaciones antropológicas, cosmológicas y sociales que
la Eucaristía pone en marcha. Además, permite a la comunidad
cristiana seguir, simultáneamente, con fidelidad las rúbricas
litúrgicas y con gran ductilidad las instancias de la inculturación.
III. La celebración eucarística hace la Iglesia
El asombro eucarístico de los dos discípulos de Emaús se refleja en
la maravilla de la acción litúrgica de la celebración eucarística.
Ésta es el acto del culto llamado a manifestar de modo eminente el
único evento pascual.
En la Ultima Cena Jesús manifiesta claramente con Sus gestos y con
Sus palabras el vínculo intrínseco entre el reino del Padre y Su
destino personal (cfr. Mt 26, 29; Mc 14, 25, Lc 22, 15-16; Jn 12,
23-24). En la identificación transformadora del pan y del vino con
el Cuerpo y la Sangre de Cristo (presencia real[31]), la Última Cena
anticipa sacramentalmente el sacrificio de la nueva Pascua como la
forma mediante la cual el Padre lleva a cabo, en el Hijo y con la
obra del Espíritu Santo, Su designio redentor de salvación: “Tomó
luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Éste es mi
cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De
igual modo, después de cenar,tomó la copa, diciendo: Esta copa es la
nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”. (Lc 22,
19-20). A nadie se le escapa la dificultad que el lenguaje
sacrificial, empleado por la Escritura y por la tradición de la
Iglesia[32], encuentra en la cultura actual[33]. Sin embargo, si se
quiere respetar toda la densidad del don incondicional que
Jesucristo hace de Sí mismo, hoy urge redescubrir la Eucaristía como
sacrificio. Jesucristo llama a los Suyos a esa forma integral de
culto (logiken latreian) que es el ofrecimiento de toda su propia
vida, en la cual el cristiano es modelado de manera progresiva y
precisamente mediante la plena, consciente y activa participación en
la celebración eucarística[34].
La invitación a comer Su Cuerpo y a beber Su Sangre (comunión)
constituye el camino seguro hacia la salvación (cfr. Jn 6,
47-58)[35]. Por tanto, el memorial, en continuidad con la pascua
hebrea (cfr. Dt 16, 1ss), posee la concreción física de la asunción
de la especie eucarística, al reparo de toda reducción
intelectualista de la fe. El fruto de esta acción es la comunión
sacramental con Cristo (cfr. 1Cor 10, 16), hecha posible por el amor
con el cual el Espíritu glorifica la carne del Resucitado. El mismo
Espíritu que movió a Cristo al don total de Sí mismo mueve a los
Suyos a acogerlo en la obediencia de la fe, los mueve a permanecer
en Él y a recibir así la vida como Él la recibe del Padre (cfr. Jn
14, 26; 16, 13).
Este sacramento es dado por la comunión de los hombres en Cristo.
Para Pablo la koinonia es el fruto de la Eucaristía mediante la cual
los cristianos, incorporados a Cristo, se convierten en un solo
cuerpo y participan de un solo Espíritu (cfr. 1Cor 10, 16-17) [36].
Ellos constituyen el nuevo pueblo de Dios que, guiado por los
sucesores de los apóstoles cum et sub el sucesor de Pedro, recorre
la historia con la esperanza cierta de que Jesús Resucitado
constituye el anticipo de su personal resurrección (cfr. 1Cor 15,
17-20).
Fuera de esta comunión eucarística y sacramental la Iglesia no está
plenamente constituida[37]: La Eucaristía hace la Iglesia. El nuevo
pueblo de Dios (cuerpo eclesial) se configura a partir del Cuerpo
eucarístico de Cristo que hace sacramentalmente presente el Cuerpo
de Jesús nacido de la Santísima Virgen María[38]. El cuerpo eclesial
llega de esta manera modelado como cuerpo de Cristo presente en el
tiempo y en la historia, en virtud del vínculo que lo liga
inseparablemente con el Cuerpo eucarístico de Cristo[39]. Y
precisamente en la celebración ritual de la Eucaristía, es donde la
Iglesia materializa la forma misma de su identidad de pueblo reunido
por el amor de Dios.
1. Una primera confirmación: el Obispo, liturgo por excelencia
Aún aparece más claro si se vuelve la vista hacia la venerable
tradición que siempre ha reconocido en el Obispo al liturgo por
excelencia y al administrador de los sacramentos[40]. El Obispo no
preside la Eucaristía, en virtud de una razón meramente jurídica,
porque sea el “jefe” de la iglesia local, sino por la fidelidad al
mandamiento mismo del Señor que ha confiado el memorial de su Pascua
a Pedro y a los apóstoles. Los ha constituido fieles dispensadores
de Sus misterios y, en virtud de esto, primeros responsables del
anuncio evangélico en el mundo entero. Por esta razón “el Obispo
diocesano es el guía, el promotor y el custodio de toda la vida
litúrgica. En las celebraciones que se llevan a cabo bajo su
presidencia, sobre todo en la eucarística, celebrada con la
participación del presbítero, de los diáconos y del pueblo, se
manifiesta el misterio de la Iglesia” [41]. Esto es particularmente
evidente en la ordenada celebración eucarística “que manifiesta en
modo apropiado la unidad del sacerdocio”[42] La comunión con el
Obispo es la condición para que sea legítima la concelebración
eucarística a favor del pueblo de Dios.
Se hace nuevamente evidente la fecundidad de la ratio sacramentalis
de la revelación: el sujeto eclesial (personal y comunitario) no
participa completamente en la redención si no recibe la modalidad
sacramental que constituye el modo que Jesús ha elegido para
permanecer dentro de las vicisitudes humanas.
2. Una segunda constatación: la naturaleza del templo cristiano
Una segunda constatación de cómo la celebración eucarística hace la
Iglesia, es la radical diversidad entre el templo cristiano y el
pagano y el mismo templo judío. Mientras el templo pagano y el judío
estaban caracterizados por la presencia de la divinidad y a causa de
tal presencia eran considerados sagrados y sacralizantes, el “lugar”
de culto cristiano consiste en un cierto sentido en la misma acción
de la celebración del misterio. El vocablo ecclesia indica la acción
del reunirse los cristianos. Sólo como consecuencia pasó a indicar
el lugar mismo en el cual, en dicha reunión, se materializa la
presencia divina.
Además, mientras en el templo pagano y, en cierto sentido, también
en el judío, el encuentro de los fieles es de alguna manera casual,
en el lugar de culto cristiano dicho encuentro es constitutivo del
templo mismo. Los fieles individuales son las piedras vivas del
templo (cfr. 1Pt 2, 5).El Espíritu es el cemento que los unifica
(cfr. Ef 2, 22).
Esto explica el cuidado con el que la Iglesia no cesa de ofrecer
indicaciones referidas a la arquitectura y al arte sacro[43]. Los
templos, de hecho, deben ser modelados en base a la asamblea
litúrgica en actu celebrationis, como “epifanía” de la communio
hierarchica que es la Iglesia.
3. Una tercera confirmación: ¿“Intercomunión”?
Un problema pastoral muy delicado, ligado al ámbito ecuménico,
permite una ulterior verificación del hecho de que, en el interior
del inseparable nexo entre Eucaristía e Iglesia, la causalidad de la
Eucaristía sobre la Iglesia (la Eucaristía hace la Iglesia) es
esencial y prioritaria con respecto a la de la Iglesia sobre la
Eucaristía (la Iglesia hace la Eucaristía)[44].
Este dato conduce a subrayar el peso decisivo de la Eucaristía en la
praxis ecuménica.
Se conocen ya numerosos estudios sobre la materia[45]. Ellos son, al
mismo tiempo, consecuencia y causa del intenso trabajo ecuménico del
XX siglo. Antes que nada se debe destacar la sustancial comunión de
fe entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas sobre el tema
Eucaristía y sacerdocio[46], comunión que, a través de una mayor y
recíproca profundización de la Celebración Eucarística y de la
Divina Liturgia, está destinada a crecer[47]. Se debe además recibir
positivamente el nuevo clima a propósito de la Eucaristía en las
comunidades eclesiales nacidas a partir de la Reforma. Según
diversos grados y con alguna excepción, también tales comunidades
subrayan cada vez más el carácter decisivo de la Eucaristía como
elemento clave en el diálogo y en la praxis ecuménica.
En base a esto y a otros datos se puede entender que, aún después de
los pronunciamientos del Magisterio sobre este tema[48], no cesa de
presentarse la siguiente cuestión: ¿la “intercomunión” de los fieles
pertenecientes a diversas Iglesias y comunidades eclesiales puede
constituir un instrumento adecuado para favorecer el camino hacia la
unidad de los cristianos?
La respuesta depende de una atenta consideración de la naturaleza de
la acción eucarística en toda su plenitud de mysterium fidei[49]. La
celebración eucarística, de hecho es por su naturaleza profesión de
fe integral de la Iglesia.
Al incluir el sacrificio del Gólgota en la Última Cena, el Señor
lleva a cabo la comunión de Su Persona con Sus discípulos y la hace
posible a todos los fieles de todos los tiempos y lugares. La
participación a tal comunión supera la capacidad del amor humano y
de sus, sin duda, nobles intenciones. Mediante la escucha de la
Palabra que se realiza plenamente en el acto de acoger el
ofrecimiento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, la acción
eucarística expresa la plenitud de la fe y la unidad visible de los
fieles a cuyo servicio Jesús envía a los apóstoles come sacerdotes y
pastores.
Sólo cuando aplica la plena profesión de fe apostólica en este
misterio, la Eucaristía hace la Iglesia. Si es la Eucaristía la que
asegura la verdadera unidad de la Iglesia, una celebración o una
participación en la Eucaristía que no implique el respeto de todos
los factores que llevan a su plenitud, terminaría, más allá de toda
buena intención, dividiendo, posteriormente y desde el primer
momento, a la comunidad eclesial. La intercomunión, por lo tanto, no
parece un medio adecuado para alcanzar la unidad de los
cristianos[50].
Esta afirmación sobre la intercomunión no excluye que, en
circunstancias totalmente especiales y respetando las condiciones
objetivas[51], se puedan admitir en la comunión eucarística, en
cuanto panis viatorum, individualmente a personas pertenecientes a
Iglesias o comunidades eclesiales que no están en plena comunión con
la Iglesia católica. En este caso el necesario rigor eclesial exige
que se hable de hospitalidad eucarística. Estamos en presencia de la
solicitud pastoral (histórico-salvífica) de la Iglesia que sale al
encuentro de una especial circunstancia de necesidad de un fiel
bautizado [52]. En estos casos la Iglesia católica admite en la
comunión eucarística a un fiel no católico si éste lo pide
espontáneamente, si manifiesta su adhesión a la fe católica en lo
relativo al sacramento eucarístico y está espiritualmente bien
dispuesto.
Las problemáticas que subyacen a la inadecuada categoría de
“intercomunión” y la praxis de la hospitalidad eucarística urgen una
ulterior reflexión, a partir del intrínseco nexo entre Eucaristía e
Iglesia, sobre la relación entre comunión eucarística y comunión
eclesial. En este sentido podrá resultar útil que la Asamblea
Sinodal vuelva sobre este argumento.
Al responder a la impostergable urgencia del camino ecuménico no se
debe, sin embargo, descuidar el camino principal. El no poder
acceder a la concelebración eucarística y a la comunión eucarística
por parte de los cristianos de diversas Iglesias y comunidades
eclesiales y el carácter de excepción de la hospitalidad
eucarística, no pueden ser sólo causa de dolor; más bien deben
representar un estímulo permanente para la continua y común
profundización del mysterium fidei que exige de todos los cristianos
la unidad en la integral profesión de la fe.
CAPÍTULO SEGUNDO
La acción eucarística
Después de haber expuesto estos elementos de carácter metodológico
para explicar el novum del culto y del rito cristiano, en este
momento sería oportuno examinar de cerca la acción eucarística en sí
misma. Antes que nada serán examinados los principales elementos
distintivos de la celebración eucarística. En una segunda parte se
propondrán reflexiones sobre el ars celebrandi y la actuosa
participatio.
I. Elementos distintivos de la celebración eucarística
Una mirada sintética a los elementos distintivos de la celebración
de la Eucaristía revela la fuerza de la armoniosa y articulada
unidad del rito eucarístico. Aquí no se pretende hacer un análisis
exhaustivo de los distintos momentos de la celebración eucarística,
sino que nos limitaremos a identificar el núcleo esencial: la
inseparable unidad de liturgia de la palabra y liturgia eucarística.
A partir de cuanto se ha expuesto hasta ahora la consideraremos en
su naturaleza esencial de don. Y, por consiguiente, se deberá poner
de relieve cómo, frente a la presencia eucarísticamente concedida
por Jesús, los fieles están llamados a la adoración , y cómo, frente
a un misterio tan grande, deben confesar los propios pecados
invocando el perdón. Ni se dejará de hacer referencia a la tarea
(ite missa est) que por su naturaleza genera un don semejante.
1. Inseparable unidad de liturgia de la palabra y liturgia
eucarística
En la evolución histórica que va desde la Última Cena de Jesús a la
Eucaristía de la cual hoy la Iglesia vive, el núcleo constitutivo y
permanente de la acción ritual está formado por la estrecha unidad
entre liturgia de la palabra y liturgia eucarística[53].
En esta unidad “eulogia” y “eucaristía” proponen a la fe de los
seguidores de Cristo el misterio pascual a través de la escucha y la
explicación de las Escrituras (homilía )[54], inseparable de la
actualización del sacrificio (oración eucarística) que culmina en la
comunión con el pan y el vino transformados en el Cuerpo y en la
Sangre de Cristo [55]. Esto se ve en la estructura comparada de las
narraciones de su institución, se puede captar en el acto de Emaús,
se confirma en la descripción que de la vida común de los primeros
cristianos nos ofrece los Hechos 2, 42. Así como, sin solución de
continuidad, toda la historia da testimonio de la celebración
eucarística hasta la hoy trazada en el actual Misal.
De esta inseparable unidad surgen algunos elementos constitutivos de
la única Eucaristía de Jesucristo que representa la fe de los
cristianos.
Ante todo, el protagonista de la acción litúrgica es Jesucristo. Él,
concentrando Su Persona y Su historia en el evento de la Pascua, se
revela al mismo tiempo como sacerdote, víctima y altar.
En cuanto sacerdote, Jesucristo, por el poder del Espíritu, se
convierte en el pontífice entre Dios Padre y el pueblo (cfr. Eb 5,
5-10)[56]. Como testimonian los relatos de la Cena, Él mismo
interpreta Su misión sacerdotal objetivamente en la eulogia
escriturística y en la ofrenda del sacrificio. Pero Jesús es, al
mismo tiempo, víctima propiciatoria (cfr. 1Gv 2, 2; 4, 10) y, de
este modo, Su sacerdocio implica la entrega total de Sí mismo que se
manifiesta en la ofrenda del pan y del vino transformados en Su
Cuerpo entregado y en Su Sangre derramada (sacrificio[57]), del que
el pueblo físicamente toma parte (comunión) [58]. Este sacerdote,
que es también víctima, ofrece Su sacrificio en la cruz [59].
Clavado en la cruz baja del cielo a la tierra, reconciliando
(redención) al hombre con Dios (cfr. Ef 2, 14-16; Col 1, 19-20). La
cruz levantada en el Gólgota representará a todo el cosmos, y
Cristo, sacerdote y víctima, llegará a ser una sola cosa con la cruz
a la que está clavado. Se hace así también altar cósmico.
La conciencia de este hecho debería impedir el progresivo
debilitamiento del sentido del misterio al que hoy están expuestas
no pocas comunidades cristianas, sobre todo en la celebración
eucarística. Para no caer en una visión “sacral” ciertamente no
cristiana, se corre el riesgo, por así decirlo, de hacer de la
liturgia una mera expresión de la dimensión “horizontal” de la
comunidad, olvidando la “vertical”.
Jesucristo, único e irrepetible protagonista del rito eucarístico,
convoca en el Espíritu a la asamblea de los cristianos, llamada a
tomar parte de la fe (Credo), de manera articulada y ordenada, en
los santos misterios celebrados en su favor (Misas pro populo). En
el silencio, en el diálogo, en el canto, en los gestos se desarrolla
la acción eucarística a través de la cual se comunica la salvación a
la asamblea de los fieles [60]. Teniendo en cuenta todo lo dicho
hasta ahora, resulta evidente la absoluta necesidad de una
profundización de la formación litúrgica dirigida a todo el pueblo
de Dios -nuestra catequesis debería recuperar la fundamental
dimensión mistagógica de los primeros siglos- y, en especial, a
todos aquellos que están llamados a desarrollar ministerios u
oficios durante la celebración (presbíteros, diáconos, lectores,
acólitos, ministrantes, schola cantorum).
Durante el desarrollo de los oficios de la celebración, en el
interior del templo cristiano orientado hacia el altar, en
coordinación con el ambón y la sede, el sacerdote cumple su singular
ministerio con la especial asistencia del diácono. En el momento
decisivo de la celebración él actúa in persona Christi capitis[61]
asegurando, en virtud del sacramento del orden, no por casualidad
incluido por Cristo mismo dentro de la institución eucarística de la
Ultima Cena, lo que la común Tradición de oriente y occidente llama
la economía sacramental[62]. Ella es obra del Espíritu Santo
invocado durante la Eucaristía a través de la epiclesi para que
lleve a cabo la conversión sustancial del pan y del vino en el.
Cuerpo y la Sangre de Cristo[63] y para que genere la res
eucarística que es la unidad de la Iglesia[64].
Así se explica cómo la indivisible unidad entre liturgia de la
palabra y liturgia eucarística desemboca en la comunión
sacramental[65], a la cual los fieles son admitidos, con
signiticativo realismo a través del acto físico de la procesión.
Mediante la asimilación de las sagradas especies, como ha profesado
siempre la Iglesia, los fieles son asimilados a Cristo, a Él
incorporados, para su salvación[66] y para la salvación del
mundo[67]. Tiempo y espacio, insuprimibles coordenadas de la vida
del hombre, son asumidos y transformados por la acción eucarística
con vistas a esta salvación. Si la configuración del tiempo
manifiesta esta transfomación del espacio, la belleza y la
articulación del Año Litúrgico a partir del Triduo pascual pasando
por el dies Domini y los tiempos litúrgicos, expresan
eucarísticamente la redención del tiempo: ya no es una sucesión de
instantes destinados a desvanecerse sino que se convierte en
sacramento de lo eterno.
a.El don eucarístico: ni derecho ni posesión
El carácter de don propio de la acción eucarística, que implica la
comunicación de la libertad del Deus Trinitas, en Jesucristo, le
pide a la libertad de los hombres que su gratuidad no sea nunca
desconocida. Aunque provoque un gran sufrimiento, su falta no
confiere al fiel y al pueblo de Dios derecho alguno a la Eucaristía.
Por la misma razón, el don de la Eucaristía no puede ser nunca
idolátricamente “poseído” por parte del hombre, no tolera una
actitud casi gnóstica de pretendido dominio. Ni la adoración
eucarística puede resolverse en una mirada que pretenda
“com-prender” la latens deitas, aunque Jesucristo, en acto de
extrema humillación, se une a la permanencia de la especie.
a1. Asambleas dominicales en espera de sacerdote.
El problema de la escasez de presbíteros se debe afrontar con coraje
en el panorama de la Eucaristía como don. Esta situación ha dado
lugar a un incremento considerable de las “asambleas dominicales en
espera de sacerdote” (liturgias de la Palabra con o sin distribución
de la Comunión, celebraciones de la Liturgia de las Horas o de
devociones populares)[68].
En este sentido, es importante, ante todo, ratificar la pertenencia
de cada comunidad, sobre todo, parroquias, a una diócesis[69]. Nunca
se privó de la Eucaristía a la Iglesia particular. Por esta razón es
una buena práctica pastoral alentar al máximo la participación a la
Eucaristía en una de las comunidades de la diócesis, aún cuando esto
requiera un cierto sacrificio.
En segundo lugar es útil subrayar claramente a los fieles el
carácter propedéutico a la Eucaristía de cada celebración dominical
en espera de sacerdote. Allí donde una cierta movilidad no fuese
accesible, la conveniencia de estas asambleas se verá, precisamente,
a partir de su capacidad para acentuar en el pueblo el ardiente
deseo de la Eucaristía.
Los sacrificios, y hasta el heroísmo, cumplidos por no pocos
cristianos perseguidos por vivir la Eucaristía muestran que su
ausencia nunca puede ser colmada por otras, aunque significativas,
formas de culto. Deseamos por ello rendir homenaje a la
extraordinaria experiencia eucarística del difunto Cardenal Van
Thuan durante su encarcelamiento.
a2. Viri probati?
Para atender a la escasez de sacerdotes, algunos, guiados por el
principio salus animarum suprema lex, proponen ordenar fieles
casados, de comprobada fe y virtud, los llamados viri probati. La
solicitud, con frecuencia, está acompañada por el reconocimiento
positivo de la bondad de la secular disciplina del celibato
sacerdotal. Ellos, sin embargo, afirman que esta ley no debería
impedir de dotar a la Iglesia de un número adecuado de ministros
ordenados, cuando la penuria de canditatos al sacerdocio celibatario
asumiese proporciones extremamente graves.
Es superfluo insistir aquí sobre los motivos teológicos profundos
que han conducido a la Iglesia latina a unir la atribución del
sacerdocio ministerial al carisma del celibato. Se impone, más bien,
la pregunta: ¿esta elección y esta práctica son pastoralmente
válidas aún en casos extremos como los que aquí han sido
mencionados?
Parece razonable responder en sentido positivo. Al estar íntimamente
ligado a la Eucaristía, el sacerdocio ordenado participa de su
naturaleza de don y no puede ser considerado un derecho. Si es un
don, el sacerdocio ordenado necesita ser incesantemente solicitado
(cf. Mt. 9, 37-38). ¡Y se hace muy difícil establecer el número
ideal de sacerdotes en la Iglesia, desde el momento que ella no es
una “empresa” a la que se debe dotar de una determinada cuota de
“personal directivo”
En el plano práctico, la impostergable urgencia de la salus animarum
nos lleva a insistir con fuerza, sobre todo aquí, en la
responsabilidad que cada Iglesia particular tiene frente a la
Iglesia universal y, por lo tanto, frente a todas las otras Iglesias
particulares. Serán, por lo tanto, de gran utilidad las propuestas
que se harán en esta Asamblea Sinodal para individualizar los
criterios para una más adecuada distribución del clero en el mundo.
En este sentido, el camino a recorrer, se muestra aún largo.
Conviene, tal vez también, recordar que, a lo largo de la historia,
la Providencia ha sostenido el valor profético y educativo del
celibato, incluso al solicitar una disponibilidad especial para el
ministerio sacerdotal en el ámbito de la vida consagrada, en el
respeto de su carisma y de su historia. Se puede aquí citar la
praxis de la ordenación de los monjes en las Iglesias orientales o
en la tradición benedictina [70].
2. Adoración
El carácter de don proprio de la Eucaristía permite superar,
precisamente a partir de una atenta consideración del rito de la
Misa en su naturaleza de acción litúrgica, una contraposición
impropia, que se creó, a veces, a partir de la época moderna, entre
la Eucaristía como alimento que debe ser comido (convite) y como
presencia divina para ser adorada.
Si es verdad que en el primer milenio la adoración eucarística no se
manifestaba en las formas que nosotros conocemos actualmente, se
puede afirmar sin embargo que, desde el origen, estuvo muy presente
en la conciencia del pueblo de Dio. El segundo milenio explicitó
ulteriormente su valor, no sin obtener beneficio de la controversia
sobre la presencia real en el medioevo y sobre la presencia de
Cristo en las especies eucarísticas con la Reforma.
Durante la Última Cena, la conciencia entre los comensales de la
concreta presencia de Cristo, que se identifica con el pan y el vino
consagrados (cf. Mc 14, 22-24; Mt 26-26-28; 1Cor. 11, 24-25; Lc 22,
19-20) pidiendo adoración, es imponente. Es innegable, por lo tanto,
que la práctica de la adoración eucarística, tal como se lleva a la
práctica hoy en la Iglesia latina, ha puesto aún más en evidencia un
dato que pertenece a la esencia de la fe en el misterio eucarístico
[71].
Poner como una alternativa el comer y el adorar significa no tener
en cuenta la integralidad y la unidad articulada del misterio
eucarístico [72]. La Cena eucarística no es únicamente una comida en
común, sino que es el don que Cristo hace de Sí mismo. Participar de
este don comiendo Su Cuerpo implica ya estar postrado con fe en
adoración [73]. Por tanto, la adoración del Santísimo Sacramento es
un todo con la celebración de la cual proviene y a la cual remite
[74]. “En la Eucaristía, la adoración se debe convertir en unión”
[75]. Esta plena conciencia del valor de la adoración se manifiesta
en la importancia artístico arquitectónica que se le concede a la
custodia del Santísimo Sacramento en nuestras iglesias [76].
Sin embargo, es necesario insistir en el hecho de que, como la
manducación, también la adoración eucarística es una acción eclesial
[77]. No puede ser concebida como una práctica de piedad individual.
Adorar a Cristo durante la consagración y la comunión y adorar su
presencia en el tabernáculo, significa reconocerse y comportarse
como miembro de Su Cuerpo eclesial. Así pues, el eucarístico no es
un encuentro que se agota en el acto de la manducación, sino que es
un encuentro permanente, como es permanente, en virtud de la
presencia eucarística, la continua venida del Señor a Su Iglesia
[78].
A la luz de la naturaleza eclesial de la adoración, se comprende
mejor por qué la piedad cristiana ha unido a la adoración
eucarística, también la “reparación” por los pecados del mundo:
frente al Señor, todos nosotros, miembros de Su Cuerpo, somos
responsables los unos de los otros [79].
3. Actitud de confesión y penitencia
Recibir, en la celebración eucarística, el don del Cuerpo y de la
Sangre del Señor Jesús, es la expresión culminante de la secuela de
quien se reconoce como discípulo y se deja introducir en la comunión
con Él.
La diferencia radical entre Aquel que se dona y aquel que recibe el
don, bien evidenciada por la desproporción entre la inconmensurable
riqueza del evento pascual y la extrema pobreza de las especies del
pan y del vino, abre al fiel a la conciencia del mysterium tremendum
de la Eucaristía. No nos podemos acercar a Ella sin percibir toda la
propia indignidad y sin prepararnos invocando el perdón de los
pecados[80].
De este modo tenemos, no sólo el significado del acto penitencial de
los ritos de introducción, hecho solemne en algunos casos por la
aspersión con el agua bendita que evoca el bautismo, sino, sobre
todo, la intrínseca relación entre la Eucaristía y el sacramento de
la reconciliación[81].
Cuando los fieles, incorporados a Cristo por el bautismo, comenten
un pecado mortal, se separan de la comunión con Él y con Su Iglesia,
cuya expresión plena es la comunión sacramental[82]. Sin embargo, el
Padre misericordioso no los abandona, sino que, a través de la
medicina querida por Jesús mismo[83], los inivta a la libre,
personal, humilde confesión de las culpas para volver a acogerlos
con un abrazo más intenso -a través de la contricción, la confesión
de los pecados, la absolución por parte del ministro, que también en
este caso, actúa in persona Christi capitis, y la penitencia[84]- en
la comunión con Aquel que se ofrece a todos los hermanos. Por esta
razón, una adecuada catequesis eucarística nunca puede ser separada
de la propuesta de un camino penitencial (cf. 1 Cor 11, 27-29)[85].
En la confesión hunde también sus propias raíces la venerable
práctica del ayuno eucarístico, al que sería útil dedicarle alguna
reflexión en esta Asamblea.
a. Los divorciados que se vuelven a casar y la comunión eucarística
En esta óptica, merece una particular atención la singular modalidad
con la cual los divorciados que se vuelven a casar están llamados a
vivir la comunión eclesial.
A nadie se le escapa la difundida tendencia a la comunión
eucarística de los divorciados que se vuelven a casar, más allá de
lo indicado por las enseñanzas de la Iglesia.
Es necesario constatar que en la base de esta tendencia non existe
solamente superficialidad. Más allá de las considerables
diversidades de situaciones en los distintos continentes, se debe
reconocer que -sobre todo en países de prolongada tradición
cristiana- no pocos bautizados se unieron en matrimonio sacramental
por adhesión mecánica a la tradición. Algunos de ellos se divorcian
y se vuelven a casar. Al practicar la vida cristiana, algunos de
ellos manifiestan un grave malestar y hasta un evidente dolor frente
al hecho de que la unión seguida al matrimonio les impide la plena
participación en la reconciliación sacramental y la comunión
eucarística. Valiosas indicaciones doctrinales y pastorales fueron
ofrecidas por Familiaris consortio y por otros documentos[86]. Es
necesario que toda la comunidad cristiana acompañe a los divorciados
que se vuelven a casar en la toma de conciencia de que no están
excluídos de la comunión eclesial. Su participación en la
celebración eucarística permite, en todo caso, esa comunión
espiritual que, si es vivida bien, es un reflejo del sacrificio
mismo de Jesucristo.
Por otra parte, la relativa enseñanza del Magisterio no está sólo
orientada a evitar el desbordamiento de una mentalidad contraria a
la indisolubilidad del matrimonio y al escándalo del pueblo de Dios,
sino que también nos sitúa frente al reconocimiento del nexo
objetivo que une el sacramento de la Eucaristía a toda la vida del
cristiano y, en particular, al sacramento del matrimonio[87].
De hecho, la unidad de la Iglesia, que siempre es don de Su Esposo,
emana continuamente de la Eucaristía (cf. 1 Cor 10, 17). En el
matrimonio cristiano, por lo tanto, en virtud del don sacramental
del Espíritu, el vínculo conyugal, en su naturaleza pública, fiel,
indisoluble y fecunda, está intrínsecamente ligado a la unidad
eucarística entre Cristo esposo y la Iglesia esposa (cf. Ef 5,
31-32)[88]. De tal modo, el recíproco consentimiento que marido y
mujer se intercambian en Cristo y que los constituye en comunidad de
vida y de amor conyugal tiene, por llamarlo así, una forma
eucarística.
En la presente Asamblea se deberán, sin embargo, profundizar
ulteriormente y, prestando gran atención a los complejos y bien
diferenciados casos, las modalidades objetivas para verificar la
hipótesis de nulidad del matrimonio canónico. Verificación que, para
respetar la naturaleza pública, eclesial y social del consentimiento
matrimonial no podrá no tener a su vez, un carácter público,
eclesial y social[89]. El reconocimiento de la nulidad del
matrimonio, por lo tanto, debe implicar una instancia objetiva que
no puede reducirse a la conciencia singular de los cónyuges, ni
siquiera si es sostenida por la opinión de una iluminada guía
espiritual.
Precisamente por esto, sin embargo, es indispensable seguir
reflexionando sobre la naturaleza y la acción de los tribunales
eclesiásticos para que sean cada vez más una expresión de la normal
vida pastoral de la Iglesia local[90]. Además de la continua
vigilancia con respecto a los tiempos y los costes, se podrá pensar
en figuras y procedimientos jurídicos simplificados y que respondan
más eficazmente al cuidado pastoral. No faltan experiencias
significativas al respecto en varias diócesis. Los Padres sinodales,
en esta misma Asamblea, tendrán ocasión de dar a conocer otras
experiencias.
En cualquier caso, sigue siendo decisiva la acción pastoral
ordinaria de preparación lejana, próxima e inmediata de los novios
al matrimonio cristiano, así como también el acompañamiento
cotidiano en la vida de las familias dentro de la gran morada
eclesial. En fin, es de particular importancia el cuidado y la
valorización de las numerosas iniciativas orientadas a acompañar a
los divorciados que se vuelven a casar y a ayudarles a vivir con
serenidad en el seno de la comunidad cristiana el sacrificio
objetivamente exigido por su condición.
4. Ite missa est
La Eucaristía es alimento viatorum para los fieles que caminan en la
historia hacia la vida eterna. Se trata de una verdad que, en
particular, la tradición litúrgica de las Iglesias Ortodoxas no ha
dejado de proponer[91]. La acción de alabanza y de gracia que se
lleva a la práctica en la celebración eucarística, memorial
sacramental de la Pascua de Cristo, llena al fiel de una singular
gratitud. Ella no se manifiesta solamente en el “agradecimiento”
devoto después de la comunión, que la praxis eclesial recomienda a
través del silencio y que puede ser acompañado por el canto
meditativo, sino que se expresa plenamente en el mandato de extender
esta comunión a todos los hermanos hombres. Este resultado misionero
de la participación eucarística no tiene el carácter de un “deber”,
sino el del testimonio gratuito de la transformación progresiva de
toda la propia existencia hecha posible por el don sacramental,
acogido por la humana libertad, en favor de todos[92].
El testimonio coincidirá entonces con esa logikē latreía mediante la
cual la comunión con Cristo abarca todas las circunstancias y todas
las relaciones que se instauran en los ámbitos de la existencia
humana. En la vida pasada y presente de la Iglesia, figura
emblemática de tal testimonio es el mártir. Como Cristo, él, por
pura gracia, hace de la entrega eucarística de la propia vida una
ofrenda agradable al Padre.
De este modo y con naturalidad, la Eucaristía recorre y transforma
la historia personal, comunitaria y social. En esto consiste
principalmente la misión evangelizadora de la Iglesia[93].
II. Ars celebrandi e actuosa participatio
De esta visión centrada en la Eucaristía como acción eclesial que se
expresa en la unidad del rito eucarístico -cuyo corazón es la
liturgia de la palabra intrínsecamente ordenada a la
eucarística[94], don acogido en espíritu de adoración, que exige una
actitud de confesión y urge a la misión-, surge un dato sobre el que
habría que insistir.
Afirmar que la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida y de la
misión de la Iglesia significa, ante todo, reconocer la necesaria
obediencia de la Iglesia misma en relación al sacramento
eucarístico. Aquí se manifiesta el primado de la traditio sobre la
receptio: en la Última Cena la iniciativa es de Jesús que se entrega
a los Suyos; en el paso de la Cena a la liturgia eclesial, Pablo nos
afirma que nos está transmitiendo aquello que ha recibido (cf. 1 Cor
11,23); en el diferenciarse de los ritos y en el subseguirse de las
reformas litúrgicas, el criterio guía es siempre el del primado de
la traditio[95]. En cada celebración eucarística, por lo tanto, la
comunidad vive la experiencia que fue a su vez de los apóstoles en
el cenáculo: los fieles son llamados a recibir a Aquél que se dona.
Este elemento constitutivo de la acción eucarística conduce a una
consecuencia pastoral decisiva: la necesidad de superar todo
dualismo entre la ars celebrandi y la actuosa participatio. La
participación consciente, activa y fructuosa del pueblo de Dios[96]
-sobre todo con ocasión del precepto dominical- coincide, de hecho,
con la adecuada celebración de los santos misterios. Una vez más el
carácter de don propio de la Eucaristía está en primer plano. Si se
cuida y cuando se cuida el arte de la celebración, la participación
puede volverse verdaderamente plena, consciente y actuosa[97]. Se
trata de obedecer al rito eucarístico en su extraordinaria
integridad, reconociendo la fuerza canónica y constitutiva desde el
momento en que, no por casualidad, desde hace dos mil años asegura
la existencia de la Santa Iglesia de Dios.
Este criterio debe orientar, en el respeto de las diversas
sensibilidades culturales, las modalidades con las cuales solicitar
la participación de todos los fieles al rito mismo. Para no
reducirse a mera repetición de fórmulas y gestos, ésta requiere la
ofrenda consciente de sí mismo por parte de cada fiel que lleva a
cabo de este modo el sacerdocio bautismal del pueblo de Dios. En
este contexto se comprende también la valiosa utilidad de las normas
litúrgicas que la Santa Sede, las Conferencias Episcopales y los
Ordinarios ponen a disposición de las Iglesias.
En el cuadro trazado deben ser entendidos y vividos también todos
los ministerios y los oficios relacionados al rito litúrgico. Su
función no es la de gratificar a quien los desarrolla como sugiere
una idea impropia de participación activa de los fieles, a decir
verdad, muy superficial . Su acción esencial tiene como finalidad
asegurar a toda la asamblea la belleza y la dignidad objetiva de la
celebración[98].
Sin entrar en los problemas específicos importantes, en esta
ponencia será útil poner en evidencia que también el arte puesto al
servicio de la acción eucarística -sobre todo en lo que concierne a
los ornamentos sagrados[99] - así como también los cantos y la
música- reciben a su vez plena luz del ars celebrandi. Llevan a la
actuosa participatio si respetan esta objetiva ars celebrandi[100].
CAPÍTULO TERCERO
Dimensión antropológica, cosmológica y social de la Eucaristía
I. Dos premisas
La consideración del rito eucarístico como acción sacramental que
por sí sola es capaz de justificar la Eucaristía como fuente y
cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, no sería completa si
no se mostrase su fuerza de transformación de la vida personal y
comunitaria de los fieles y, a través de ella, su fecundidad en
relación a toda la familia de los hombres y de los pueblos. En otras
palabras, la Eucaristía, confiriendo a la existencia cristiana forma
eucaristica, influye no solamente a las personas y a las comunidades
eclesiales, sino que a través de ellas, también las sociedades, las
culturas, así como también determina la interacción del hombre con
el cosmos.
1. Eucaristía y evangelización
La unicidad del evento pascual, que da origen a la intrínseca unidad
de Eucaristía e Iglesia documentada en el unitario acto de culto que
es el rito eucarístico, genera también la profunda unidad entre la
vida y la misión del cristiano y la de la Iglesia toda. El
testimonio común del gratuito y satisfactorio encuentro con Cristo
desemboca en el anuncio y en la invitación a todos los hermanos
hombres, sin excluir a nadie, a tomar parte en la vida de la
comunidad cristiana. Con el fin de alcanzar en la comunidad la
educación a la gratuidad, al pensamiento de Cristo y a la
universalidad, los cristianos son animados a empeñarse con todos los
hombres a nivel cultural, ecológico y social.
Concebida de este modo, la vida cotidiana del sujeto cristiano
(espiritualidad eucarística), siempre personal y comunitaria, está
llevando a cabo la evangelización y la nueva evangelización en la
cual está siempre implicada la promoción humana.
2. Eucaristía, interculturalidad e interculturación
La evangelización, en base a la naturaleza del hombre y en virtud
del dinamismo de la Encarnación, está siempre históricamente situada
y está llamada a interactuar con las más diversas culturas. Así se
entiende el cuidado que, después del Concilio Vaticano II, pusieron
diversas Iglesias en el proceso de inculturación de los ritos
litúrgicos. Esta urgencia fue ratificada muchas veces por el
Magisterio en los últimos decenios[101]. Vale la pena recordar que
la condición decisiva para el necesario desarrollo de este
importante proceso que, por su naturaleza, precisa ser sometido a
una verificación continua, es el reconocimiento previo de la
originaria interculturalidad del evento celebrado. La celebración
eucarística vuelve a presentar el evento pascual que establece, por
sí mismo, las condiciones de su comunicabilidad a todas las culturas
humanas. Ésta se hace posible gracias a la universal singularidad de
la Persona y de la historia de Jesucristo que, precisamente a través
de la Encarnación, asume la entera condición humana. Para expresar
la dimensión intercultural de la Eucaristía es valioso -sobre todo
en ocasión de grandes celebraciones internacionales o en las
Iglesias donde sea relevante el aflujo de visitantes extranjeros- el
empleo de la lengua latina.
En el respeto de esta perspectiva, el uso de las lenguas vernáculas
y el ponderado recurso a formas expresivas peculiares del rito, en
los templos, en los ornamentos y en los cantos para celebrar la
acción eucarística, que debe permanecer en cada caso siempre y en
cualquier latitud, la única Eucaristía instituida por Cristo[102],
pueden volverse expresión fecunda y paradigmática de la necesidad de
la inculturación para la evangelización[103].
Si la condición para la inculturación es el reconocimiento de la
inteculturalidad del misterio celebrado, entonces por su naturaleza,
cada inculturación implica una continua evangelización de la cultura
misma. Ésta no estará privada de una inevitable instancia “crítica”
en relación a la cultura en la cual una determinada comunidad
cristiana se encuentra viviendo y celebrando.
En el nexo equilibrado entre evangelización e inculturación
asegurado por la naturaleza intercultural de la Eucaristía,
encuentra espacio también el diálogo interreligioso[104]. Se trata
de un momento intrínseco a la fe de la comunidad cristiana, decisivo
en un contexto misionero y, sobre todo, en el poblado continente
asiático. En este ámbito conviene volver la vista con atención hacia
las Iglesias de Oriente para sacar provecho de su experiencia
II. Dimensión antropológica de la Eucaristía
Si la Eucaristía es el don del encuentro sacramental entre el hombre
y el Dios de Jesucristo que hace “verdaderamente libres” (Jn 8, 36),
entonces tal evento posee por su naturaleza una fundamental
dimensión antropológica.
La transformación de la existencia por obra de la acción eucarística
se documenta, ante todo, en la tensión de los cristianos en el
seguimiento de Cristo. Muchas veces San Pablo afirma que la
existencia de la nueva criatura se desarrolla toda en Cristo (cf. Rm
6, 11; Gal 2, 20)[105]. En la comunión con el Cuerpo y la Sangre de
Cristo el Deus Trinitas sale al encuentro del hombre. Su irrupción
en lo cotidiano ofrece al hombre la posibilidad de no recluirse en
sí mismo en su propia finitud y en su propio pecado.
Este don personal se expande con naturalidad en la comunión entre
los cristianos: la unidad de la Iglesia es, como ya hemos recordado,
la res del sacramento. Como documentan las narraciones
neotestamentarias acerca de la comunidad primitiva, la génesis
sacramental asegura la objetividad de la comunión que tiende a
impregnar todos los aspectos espirituales y materiales de la
existencia de los cristianos (cf. Hch 2, 42-44; 4, 32-33)[106].
Doctrina, moral, ascesis y espiritualidad no son expresiones de una
religiosidad genérica, sino en virtud de su raíz eucarística, se
convierten en articulaciones unitarias del cumplimiento del designio
de Dios sobre cada persona y sobre toda la historia: “hacer de
Cristo el corazón del mundo”[107]. De este modo toda la vida es
concebida como vocación y esto permite esa imitatio Christi
testimoniada a lo largo de los siglos por los santos en los diversos
estados de vida. La existencia cristiana transcurre tras las huellas
del Maestro orientada a la eternidad y asimismo responsable y
constructivamente atenta a cada evento de la historia[108].
Anuncio y testimonio, catequesis, educación cristiana personal y
comunitaria, participación con el hombre y sus expresiones hechas de
afectos, de trabajo y de reposo, hasta afrontar candentes cuestiones
antropológicas que hoy sacuden el humanum (amor, matrimonio,
familia, vida, enfermedad y muerte), son, para el cristiano,
aspectos objetivamente implicados en la celebración eucarística
dominical.
III. Dimensión cosmológica de la Eucaristía
En la acción eucarística, que en última instancia se apoya en la
unidad en Cristo Jesús como sacerdote, víctima y altar, la nueva
criatura es llamada a renovar continuamente su relación con la
materia y con el cosmos[109]. San Pablo pone en evidencia la
relación entre el fecundo sufrimiento de la nueva criatura y el de
la nueva creación (cf. Rm 8, 19-23; 2 Cor 5, 17). Sufrimiento
antropológico y sufrimiento cosmológico están unidos en la siempre
inminente perspectiva escatológica. Es importante evidenciar la
dimensión cosmológica de la Eucaristía, como lo documenta desde la
antigüedad la orientación misma del templo cristiano.
La forma eucarística de la existencia permite evitar desde la raíz,
por lo menos en principio, dos graves riesgos que comprometerían
seriamente la relación hombre-cosmos.
Por un lado el de un antropocentrismo exagerado que hace del hombre
el dueño absoluto de lo creado. En la presentación de los dones (los
frutos de la tierra y del trabajo humano: el pan y el vino a los
cuales se une el agua) se expresa explícitamente que los
protagonistas de la relación hombre-creación no son simplemente dos,
la comunidad de los hombres y el cosmos, sino tres. Confirmando
cuanto está contenido en el segundo relato de la creación (cf. Gn 2,
4b-25) hay un Tercero que pone en relación al hombre y lo creado:
Dios, que, desde el inicio, coloca al hombre en el “jardín” para que
lo cultive y lo custodie. Hombre y cosmos están unidos en la única
historia salutis guiada por Dios. En la redención, Cristo abre la
perspectiva de la glorificación final al hombre y al cosmos,
redimensionando definitivamente toda pretensión antropocéntrica.
Por otro lado, la equilibrada relación entre Dios, el hombre y el
cosmos -explicitado por la Eucaristía- excluye todo biocentrismo o
ecocentrismo que conduzcan a eliminar la diferencia ontológica y
axiológica entre el hombre y los otros seres vivientes[110].
La dimensión cosmológica de la Eucaristía encuentra un emblema por
demás significativo en la vida de San Francisco de Asís. El famoso
Cántico de las Criaturas se muestra cómo una documentación poderosa,
poéticamente eficaz, de la posición del hombre que vive una
existencia determinada eucarísticamente y que por esto, sabe
reconocer en cada criatura su nexo con Dios “Laudato sii mi’ Signore
cum tutte le tue creature” (“Alabado seas mi Señor con todas tus
criaturas”). La conciencia de San Francisco expresa la gratitud a
Dios por y con todas las cosas. Gratitud que él aprende a sentir
precisamente en el misterio eucarístico, del cual, en su tiempo, no
por casualidad fue admirable cantor y defensor, siguiendo los
decretos del Concilio Laterano IV[111].
La dimensión comunitaria de la acción eucarística permite además a
los cristianos no olvidar que lo creado-cosmos es un bien común y
universal y que el compromiso con respecto a él se extiende no
solamente a las exigencias del presente, sino también a las del
futuro. Por lo tanto, la responsabilidad hacia lo creado adquiere la
fisionomía de un cuidado hacia ésta, nuestra morada, que en un
cierto sentido, prolonga el cuerpo, y debe encontrar traducciones
adecuadas a nivel educativo, social y jurídico que respeten
simultáneamente.el valor de morada y de recurso[112].
También el templo cristiano y en él la capilla o ámbito reservado a
la custodia y a la adoración con el tabernáculo, expresando el
cuidado de la morada del Cuerpo eucarístico y eclesial de
Jesucristo, pueden convertirse en valiosos recursos educativos de la
asamblea eclesial y una correcta relación entre el hombre y lo
creado.
IV. Dimensión social de la Eucaristía
El don total de Sí, asegurado eucarísticamente por Cristo al hombre
de todos los tiempos, es para la salvación de todos. En este
sentido, la Eucaristía es para el mundo. Los Evangelios sinópticos
recuerdan en la parábola decisiva del buen grano y de la cizaña que
el empeño del seguidor de Cristo tiene como campo el mundo (cf. Mt
13, 38). Salta así a la vista cómo la Eucaristía posee una
intrínseca dimensión social inseparable de las dimensiones
cosmológica y antropológica.
La historia de la Iglesia, rica de obras de caridad y fermento
creativo de instituciones de relevancia civil y política, lo
documenta con abundancia de elementos. Tampoco faltará, en los
trabajos de estos días, ocasión para tener ulterior confirmación de
las Iglesias particulares aquí representadas.
La caridad es esencialmente eucarística[113] como así también la
Eucaristía es caridad[114]. La limosna que los fieles efectúan con
ocasión de la celebración dominical indica con claridad la
importancia de este nexo. Entre los numerosos testimonios de
santidad ligadas a la caridad queremos recordar el de la Beata
Teresa de Calcuta. Su carisma, profundamente marcado por la relación
con el sacramento eucarístico, supo reconocer el amor de Cristo como
fuente inextinguible de participación de los sufrimientos de los
moribundos más míseros y abandonados.
En las circunstancias actuales, marcadas por la violenta transición
de la modernidad a una nueva configuración cultural y geopolítica
(¿post-modernidad?), las urgencias sociales, que el cristiano que
vive la propia existencia en forma eucarística debe enfrentar, se
muestran particularmente agudas y diferenciadas. La globalización,
la sociedad de las redes, los nuevos horizontes abiertos por las
bio-tecnologías y el proceso de inevitable mezcla entre pueblos y
culturas, lamentablemente acompañado por guerras, terrorismo y
violencias inhumanas, hacen que sean improrrogable la urgencia por
alcanzar la justicia social y la paz.
La situación de pobreza y, con frecuencia, de endémica miseria, a la
cual está condenada una amplia porción de la población del globo,
sobre todo en África, constituye una herida que juzga
inexorablemente la autenticidad con la cual los cristianos de todas
las latitudes viven la Eucaristía. Reunirse cada domingo, en
cualquier lugar de la tierra, para participar del mismo Cuerpo y de
la misma Sangre de Cristo, impone el deber de una lucha tenaz contra
todas las formas de marginación y de injusticia económica, social y
política a la que están sometidos nuestros hermanos y hermanas,
sobre todo los niños y las mujeres. Las formas que adquiere esta
lucha exigen criterios adecuados derivados de la proporcionada
relación entre caridad y justicia que, desde los tiempos
apostólicos, la Eucaristía ha reclamado como necesarias para la vida
asociada (cf. 1 Cor 11, 17-22; St 2, 1-6). La comunidad cristiana,
consciente de su singular naturaleza, debe continuar, con apropiados
análisis y operando las debidas distinciones, buscando los medios
adecuados para hacer frente a un mal que hoy ha asumido dimensiones
planetarias y más que nunca grita venganza ante Dios (cf. Gn. 4,
10).
Resulta evidente que el hacer frente a un asunto tan relevante como
el de la justicia social, no puede ser escindido del incansable
deber de perseguir la paz. Por lo demás, la relación paz-Eucaristía,
bien expresada en el rito latino del abrazo fraterno que precede la
comunión, se funda en la inquebrantable convicción que “Cristo es
nuestra paz” ( Ef. 2, 14). La raíz eucarística de la acción del
cristiano por la paz lo pondrá a salvo de dos graves insidias al
respecto. La del pacifismo utópico, por una parte, y la de una
suerte de Realpolitik que considera inevitable la guerra, por la
otra. La paz, en cambio, es una tarea difícil y gravosa que tenemos
siempre por delante y que debe ser perseguida pacientemente cada día
en la propia persona y en todas las relaciones, comenzando por las
relaciones familiares, para pasar por las comunidades intermedias,
hasta alcanzar a las internacionales.
Estas decisivas implicaciones sociales de la acción eucarística
requieren el aporte de los cristianos para la edificación de una
sociedad civil, en las diversas áreas culturales de la humanidad.
Basándose en principios de solidariedad y de subsidiaridad, que
constituyen la enseñanza social de la Iglesia, los cristianos
promueven una sociedad civil que se sustenta sobre la dignidad y
sobre los derechos de la persona, ante todo sobre el derecho a la
libertad religiosa, y sobre los de todos los cuerpos intermedios, en
forma especial, la familia.
En la misma dirección los cristianos contribuyen, junto con todos
los hombres de buena voluntad y en el respeto de la naturaleza,
actualmente, por lo demás, plural de las sociedades, a la promoción
de instituciones estatales e internacionales que favorezcan un buen
gobierno. Además de promover y regular una vida buena a nivel de
cada nación, cada una de ellas debe participar de la ya
improrrogable necesidad de construir un nuevo orden mundial basado
en reglas compartidas y vinculantes que garanticen a todos los
pueblos la posibilidad de un desarrollo equilibrado e integral de
los recursos naturales y humanos.
CONCLUSIÓN
La existencia eucarística en el sufrimiento contemporáneo
1.Síntesis
En el encuentro de libertad que la acción litúrgica propicia, desde
hace dos mil años en el rito eucarístico para el hombre se renueva,
con particular intensidad, la experiencia del asombro. Precisamente
en la ejecución del rito, por la humillación del Hijo muerto en la
cruz y resucitado y a través del don del Espíritu, el Padre se
muestra, se dona y se dice al hombre. En la eulogia y en la
eucaristía, en la escucha de la palabra y en la consumación del
sacrificio, el fiel adorador del Dios verdadero, después del
confiteor, es admitido para comulgar con el Cuerpo que redime en
virtud del irrepetible advenimiento de la Pascua de Jesús, y es
enviado a testimoniar la redención al mundo entero.
La Eucaristía se convierte, simultáneamente, en fuente y cumbre de
la vida y de la misión de la Iglesia en la acción misma en la cual
es celebrada. Evento pascual, Eucaristía e Iglesia realizan, de tal
modo, la forma concreta mediante la cual, a lo largo de la historia,
la Trinidad sale al encuentro de los hombres para salvarlos.
Las maravillas de la gracia divina están encerradas en las sagradas
especies del pan y del vino convertidos en el Cuerpo y en la Sangre
de Cristo. En ellas, el Hijo de Dios, humanado, muerto y resucitó
permanece voluntariamente entregado en espera del libre compromiso
del hombre. La Iglesia celebra estos misterios, se alimenta de esta
comida celestial y la adora reconociendo en Jesús sacramentado el
Camino a la Verdad y a la Vida.
El hombre que por gracia acoge este don, realiza cada vez una
experiencia singular. La misericordia amorosa de la Trinidad irrumpe
en el transcurrir mecánico de los instantes de su tiempo, opera una
discontinuidad benéfica que lo incita a una decisión. Dándose
cuenta, entonces, de la abismal diferencia entre la infinita
libertad de Dios que se dona eucarísticamente y la poquedad de la
libertad humana, el fiel se abandona a Cristo, transforma su
existencia en ofrenda viviente.
Ésta asume una verdadera y propia forma eucarística a nivel personal
y a nivel social. La fisionomía del cristiano y de la comunidad de
los fieles vive de esta forma eucarística que progresivamente
transfigura los ritmos de la existencia personal, mientras
contribuye a la edificación de una vida buena también a nivel
social. El nacer, el crecer, el educar, el amar, el sufrir y el
morir están marcados por la potencia eucarística que se articula en
el septenario sacramental y, gracias a la Eucaristía, la vida de los
cristianos y de las comunidades extrae benéfico influjo a partir del
acogimiento de los dones del Espíritu, del incremento de las
virtudes, de descubrir que los mandamientos de Dios, auténticamente
obedecidos, son el cumplimiento del amor. Se renueva con profundidad
la relación del hombre redimido con el cosmos, mientras con energía
que surge constantemente, los cristianos se ven impulsados a un
radical compromiso por la justicia social y por la edificación de la
paz.
Sobre todo en este tiempo de singular sufrimiento que padecen todas
las áreas culturales del mundo, el cristiano que vive la propia
existencia comunitaria en forma eucarística, se convierte en
incansable anunciador y testigo de Jesucristo y de Su Evangelio en
todos los ambientes de la existencia humana: desde el barrio hasta
la escuela, el trabajo, el mundo de la cultura, de la economía, de
la política, de las comunicaciones sociales, etc.
Las comunidades cristianas, fundadas eucarísticamente, se convierten
en lugares en los cuales cada hombre puede hacer la experiencia que
la secuela de Cristo abre a la vida eterna, ofreciendo, desde el
interior mismo de la historia, el ciento por uno (cf. Mt 19, 29).
Mujeres y hombres de cada extracción, etnia y cultura pueden, en
cada momento de su vida, encontrar a otros hombres y mujeres, los
cristianos, que en virtud de la existencia eucarística, se proponen
a sí mismos como compañeros discretos de un camino de libertad.
II. Un auspicio final
Esta forma eucarística de la personalidad y de la comunidad
cristiana no es una utopía. Vive ya plenamente en María, mujer
eucarística. Por su fiat María es el emblema del don eucarístico de
sí misma y de la Iglesia inmaculada. Los Padres y el Magisterio de
la Iglesia siempre han subrayado la relación indivisible entre María
y la Iglesia[115]. Juan Pablo II, definiéndola mujer
eucarística[116] ha llamado por su nombre a la forma de esta
relación. Ésta florece, de hecho, sobre la participación totalmente
singular de la Madre al ofrecimiento cumplido de Sí misma hecho al
Hijo.
Pedimos a la Virgen Inmaculada y a todos los Santos que los trabajos
de esta Asamblea Sinodal puedan desarrollarse en el horizonte
benéfico de esta forma eucarística.
Notas
[1] JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 6.
[2] Cf. ibid., 5-6.
[3] Cf. JUAN PABLO II, Redemptor hominis 10.
[4] JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 6: “Con la presente Carta
encíclica, deseo suscitar este « asombro» eucarístico, en
continuidad con la herencia jubilar”.
[5] Cf. Missale Romanum, Oratio Post Communionem, I Dominica
Adventus.
[6] Gaudium et spes 22.
[7] Cf. Gaudium et spes 14.
[8] Tomás nos recuerda que con el bautismo el hombre es generado
nuevamente en Cristo (regeneratur in Christo), mientras con la
Eucaristía el hombre lleva a la perfección su unión con Cristo
(perficitur in unione ad Christum). Por ello mientras el bautismo es
denominado “el sacramento de la fe” (sacramentum fidei), el cual es
el fundamento de la vida espiritual; la Eucaristía es llamada “el
sacramento de la caridad” (sacramentum caritatis) la cual es el
“ligamen perfecto” (vinculum perfectionis) según S. Paolo (Col 3,
14), (cf.) TOMAS, Summa Theologiae III, q. 73, a. 3.
[9] Cf. AGUSTIN, Comentario al Evangelio de San Juan 69, 2.
[10] “Donde está el Pueblo de Dios” sobre el cual tanto se ha
hablado, y todavía se dice, ¿dónde está? ¿Esta entidad étnica sui
generis que se distingue y se califica por su carácter religioso o
mesiánico (sacerdotal y profético, si les parece), que todo converge
hacia Cristo, como a su centro focal, y que todo de Cristo deriva?
¿Cómo está compaginado? ¿Cómo está caracterizado? ¿Cómo está
organizado? ¿Cómo ejercita su misión ideal y tonificante en la
sociedad, en la cual está inmerso? Sabemos bien que el pueblo de
Dios entonces, históricamente, tiene un nombre para todos más
familiar; es la Iglesia”cf. PABLO VI, Audiencia general, 23 julio
1975.
[11] JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 5.
[12] “En la Eucaristía se compendia todo el misterio de nuestra
salvación (totum mysterium nostrae salutis comprehenditur), Cf.
TOMAS, Summa Theologiae III, q. 83, a. 4. “La Eucaristía es la más
grande de todas las maravillas obradas por el Cristo, el admirable
documento de su inmenso amor a los hombres”, Cf. TOMAS, Opusc. 57,
en: Festa del Corpus Domini.
[13] “Reunidos en el día del Señor, el domingo, partid el pan y ded
gracias, después de haber confesado vuestros pecados, para que
vuestro sacrificio sea puro”, Cf. Didachè 14, 1. Además cf. JUSTINO,
I Apología 67.
[14] Sacrosanctum Concilium 9.
[15] Dei Verbum 4:“Después que Dios habló muchas veces y de muchas
maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por
su Hijo" (Hebr 1, 1-2) . Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo
eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre
ellos y les manifestara los secretos de Dios (Cf. Jn 1, 1-18) ;
Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los
hombres", "habla palabras de Dios" (Jn 3, 34) y lleva a cabo la obra
de la salvación que el Padre (cf. Jn 5, 36; 17, 4) le confió. Por
tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre- (cf. Jn 14,9), con
su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras,
señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección
gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu
de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio
divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas
del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
[16] Cf. TOMÁS, In I Sent., Prol.: “Ego sapientia effudi flumina Sir
24, 40 - Venit Filius et illa flumina olim occulta effudit nomen
Trinitatis publicando”.
[17] JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo 2005
n. 1.
[18] JUAN PABLO II, Fides et ratio 13: “Podemos fijarnos, en cierto
modo, en el horizonte sacramental de la Revelación y, en particular,
en el signo eucarístico donde la unidad inseparable entre la
realidad y su significado permite captar la profundidad del
misterio. Cristo en la Eucaristía está verdaderamente presente y
vivo, y actúa con su Espíritu, pero como acertadamente decía Santo
Tomás, « lo que no comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva,
fuera de todo el orden de la naturaleza. Lo que aparece es un signo:
esconde en el misterio realidades sublimes ». A este respecto
escribe el filósofo Pascal: « Como Jesucristo permaneció desconocido
entre los hombres, del mismo modo su verdad permanece, entre las
opiniones comunes, sin diferencia exterior. Así queda la Eucaristía
entre el pan común ».
[19] Cf. Instrumentum laboris n. 25.
[20] “Junto con los discípulos Él celebró la cena pascual de Israel,
el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a
Israel desde la esclavitud a la libertad”, BENEDICTO XVI, Homilía de
la Santa Misa para la celebración de la XX Jornada Mundial de la
Juventud en la explanada de Marienfeld (21de agosto de 2005).
[21] Ibidem.
[22] Instrumentum laboris, Prefacio.
[23] Oración eucarística III.
[24] Cf. TOMAS, Summa Theologiae III, q. 63, a. 6; q. 65, a. 3; q.
75, a. 1 ed a. 3. También cf. JUAN PABLO II, Redemptor hominis 20.
[25] “En efecto, conducir una vida basada en los sacramentos,
animada por el sacerdocio común, significa ante todo por parte del
cristiano, desear que Dios actúe en él para hacerle llegar en el
Espíritu «a la plena madurez de Cristo» (Ef 4, 13). Dios, por su
parte, no lo toca solamente a través de los acontecimientos y con su
gracia interna, sino que actúa en él, con mayor certeza y fuerza, a
través de los sacramentos. Ellos dan a su vida un estilo
sacramental.
Ahora bien, entre todos los sacramentos, es el de la Santísima
Eucaristía el que conduce a plenitud su iniciación de cristiano y
confiere al ejercicio del sacerdocio común esta forma sacramental y
eclesial que lo pone en conexión - como hemos insinuado
anteriormente - con el ejercicio del sacerdocio ministerial. De este
modo el culto eucarístico es centro y fin de toda la vida
sacramental. cf. AG, 9 et 13; PO, 5)+, JUAN PABLO II, Dominicae
Cenae 7.
[26] Oración eucarística II.
[27] “Tú donas a la Iglesia de Cristo el celebrar los misterios
inefables en los cuales nuestra exigüidad de creaturas mortales se
sublima en una relación eterna, y nuestra existencia en el tiempo
comienza a florecer en la vida sin fin”, Cf. Prefacio de la XIX
Semana Per Annum del Misal Ambrosiano.
[28] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 1402-1405.
[29] Cf. Oración Eucarística I: “Te suplicamos, Dios omnipotente:
haz que esta ofrenda, por las manos de tu santo ángel, sea llevada
sobre el altar del cielo delante de tu divina majestad, para que
sobre todos nosotros que participamos de este altar, comulgando con
el santo misterio del cuerpo y de la sangre de tu Hijo, descienda la
plenitud de toda gracia y bendición del cielo”. Además cf.
Sacrosanctum Concilium 8.
[30] Cf. Institutio Generalis Missalis Romani (20 de abril de 2000)
379-385.
[31] Cf. PABLO VI, Mysterium fidei 35-46; Catecismo de la Iglesia
Católica 1373-1381; JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 15.
[32] Los textos de Marcos y de Mateo (Mc 14, 22-24; Mt 26, 26-28)
hacen referencia a la alianza sinaítica (cf. Ex 24, 8), mientras que
los de Lucas y Pablo (Lc 22, 19-20; 1Cor 11, 23ss) a la promesa de
una alianza nueva (cf. Jr 31, 31-34). Por lo que se refiere al
magisterio cf.: CONCILIO DE TRENTO, Sessio XXII. Doctrina de Ss.
Missae sacrificio, DS 1738-1759; PIO XII, Mediator Dei, Parte II;
PABLO VI, Mysterium fidei, 27-32; JUAN PABLO II, Ecclesia de
Eucharistia 12-13.
[33] Cf. JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 13.
[34] Cf. Sacrosanctum Concilium 14.
[35] “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su
sangre, no tenéis vida en vosotros”(Jn 6, 53). Parece ordenar un
crimen o una acción absolutamente repugnante. En realidad es en vez
una expresión figurada con la cual se manda participar de la pasión
del Señor”,Cf. AGUSTÍN, La doctrina cristiana, III, 16, 24.
[36] “Viene entonces el Espíritu Santo, el fuego después el agua y
así vosotros os convertís en pan, es decir cuerpo de Cristo”, Cf.
AGUSTÍN, Discursos, 227, 1. “Este sacrificio de los cristianos, el
ser muchos y un solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este
misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y
en el cual se muestra caramente que en la cosa que se ofrece ella
misma es ofrecida”,Cf. AGUSTÍN, La ciudad de Dios, X, 6.
[37] La Eucaristía se convierte en imagen de la unidad dela Iglesia
como el pan que de muchos granos que se muelen juntos, forman una
cosa sola, cf. Didachè, 9, 4; cf. AGUSTÍN, Comentario al Evangelio
de San Juan, 26, 17.
[38] “Lo que nosotros conocemos es el cuerpo nacido de la Virgen”,
cf. TOMÁS, Summa Theologiae III, q. 75, a. 4. El Aquinante cita
explicitamente el De Sacramentis de san Ambrosio. Cf. también
PASCASIO RADBERTO, De corpore et sanguine Domini, VII: “Quibus modis
dicitur corpus Christi”: CChCM, 16, 37-40.
[39] “La virtud propia de este pan es la unidad en el sentido que,
transformados en cuerpo de Cristo, convertidos en sus miembros,
somos lo que recibimos. Entonces ello será verdaderamente nuestro
pan cotidiano”, cf. AGUSTÍN, Discursos, 57, 7, 7.
[40] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS
SACRAMENTOS, Redemptionis sacramentum (25 marzo 2004) 19-25.
[41] Institutio Generalis Missalis Romani (20 aprile 2000) 22.
[42] Sacrosanctum Concilium 57.
[43] Cf. Sacrosanctum Concilium 122-129; SAGRADA CONGREGACIÓN DE LOS
RITOS, Inter Oecumenici 90-99; SACRA CONGREGATIO RITUUM,
Eucharisticum Mysterium 24, 52-57; CONGREGACIÓN PARA EL CULTO
DIVINO, Liturgiae instaurationes 70; Catecismo de la Iglesia
Católica 1179-1186; JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 49.
[44] Cf. JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 21-23.
[45] Además de la importante invitación de Unitatis redintegratio 22
nos limitamos a recordar los principales documentos de los diversos
diálogos interconfesionales sobre la Eucaristía. Cf. COMISION MIXTA
INTERNACIONAL PARA EL DIÁLOGO TEOLÓGICO ENTRE LA IGLESIA CATÓLICO
ROMANA Y LA IGLESIA CATÓLICO ORTODOXA, el misterio de la iglesia y
de la Eucaristía a la luz del misterio de la Santa Trinidad (Munich
30 junio - 6 julio 1982), in Enchiridion Oecumenicum 1/2183-2197;
ANGLICAN BROMAN CATHOLIC INTERNATIONAL COMMISSION, Doctrina sobre la
Eucaristía: Declaración de Windsor 1971, in Enchridion Oecumenicum
1/16-28; ANGLICAN CONSULTATIVE COUNCIL PONTIFICAL COUNCIL FOR
PROMOTING CHRISTIAN UNITY, La Iglesia como comunión (Declaración
conjunta 1990), in Enchiridion Oecumenicum 3/ 38-106; Clarifications
of Certain Aspects of the Agreed Statements on Eucharist and
Ministry of the First Anglican-Roman Catholic International
Commission, together with a Letter from Cardinal Edward Idris
Cassidy, President of the Pontifical Council for Promoting Christian
Unity (1993), in Enchiridion Oecumenicum 3/107-124; Clarifications
of Certain Aspects of the Agreed Statements on Eucharist and
Ministry of the First Anglican-Roman Catholic International
Commission, together with a Letter from Cardinal Edward Idris
Cassidy, President of the Pontifical Council for Promoting Christian
Unity (Declaración de los copresidentes, 1994), Enchiridion
Oecumenicum 3/305-314; Clarifications of Certain Aspects of the
Agreed Statements on Eucharist and Ministry of the First
Anglican-Roman Catholic International Commission, together with a
Letter from Cardinal Edward Idris Cassidy, President of the
Pontifical Council for Promoting Christian Unity (Lettera del card.
Cassidy ai copresidenti del ARCIC II, 1994), in Enchiridion
Oecumenicum 3/ 315-317; GEMEINSAME
RÖMISCH-KATHOLISCHE/EVANGELISCH-LUTHERISCHE KOMMISSION, Das
Herrenmahl (1978), en Enchiridion Oecumenicum 1/1207-1307; COMISION
MIXTA DE ESTUDIO CATÓLICO ROMANA - REFORMADA, Relación oficial del
diálogo (1979-1977) sobre La presencia de Cristo en la Iglesia y en
el mundo, Roma, marzo 1977, in Enchiridion Oecumenicum 1/2383-2408;
COMISION FE Y CONSTITUCION DEL CONSEJO ECUMÉNICO DE LAS IGLESIAS,
One baptism, one Eucharist and a Mutually Recognized Ministry. Three
agreed statements, Accra 23 Julio - 5 agosto 1974, in Enchiridion
Oecumenicum 1/2860-3031; ID., Baptism, Eucharist and Ministry
(Documento de Lima), in Enchiridion Oecumenicum 1/3032-3181;
SECRETARIADO PARA LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS, “Baptism, Eucharist
and Ministry”, Faith and Order Paper n. 111 (BEM). A catholic
response (21 luglio 1987), in Enchiridion Vaticanum 10/1914-2078.
[46] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Communionis notio
(28 mayo 1992) 17.
[47] “Aunque aún no estamos de acuerdo en la cuestión de la
interpretación y el alcance del ministerio petrino, estamos juntos
en la sucesión apostólica, estamos profundamente unidos unos a otros
por el ministerio episcopal y por el sacramento del sacerdocio, y
confesamos juntos la fe de los Apóstoles como se nos ha transmitido
en la Escritura y como ha sido interpretada en los grandes
concilios. En este momento de la historia, lleno de escepticismo y
de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo
nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y,
sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al
mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que
nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad,
la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el
mundo”, BENEDICTO XVI, Homilía en la Solemnidad de los Santos
Apóstoles Pedro y Pablo (29 junio 2005).
[48] Enseña el Concilio Vaticano II: “Esta comunicación depende,
sobre todo, de dos principios: de la significación de la unidad de
la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia.
La significación de la unidad prohíbe de ordinario la comunicación.
La consecución de la gracia algunas veces la recomienda.”, Unitatis
redintegratio 8. También cf.: Orientalium Ecclesiarum 26-29;
SECRETARIATUS AD CHRISTIANORUM UNITATEM FOVENDAM, Directorium ad ea
quae a Concilio Vaticano II de re oecumenica promulgata sunt
exsequenda, Pars prima Ad totam Ecclesiam (14 maggio 1967); Pars
altera Spiritus Domini (16 aprile 1970); Instructio In quibus rerum
circumstantiis de peculiaribus casibus admittendi alios christianos
ad communionem eucharisticam in Ecclesia cattolica (1 junio 1972);
PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PROMOCION DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS,
Directorio para la aplicación de los principios y de las normas
sobre el Ecumenismo III (25 marzo 1993); JUAN PABLO II, Ecclesia de
Eucharistia 43-46.
[49] Catecismo de la Iglesia Católica 1327: “En resumen, la
Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: “Nuestra manera
de pensar armoniza con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez,
cconfirma nuestra manera de pensar (San Ireneo de Lyon, Adversus
haereses, 4, 18, 5)+.
[50] Cf. JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 44.
[51] Cf. Codex Iuris Canonici 844; Codex Canonum Ecclesiarum
Orientalium 671; PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PROMOCION DE LA UNIDAD
DE LOS CRISTIANOS, Directorio para la aplicación de los principios y
de las normas sobre el Ecumenismo nn.. 123-125, 130-132. “En este
caso, de hecho, el objetivo es proveer a una grave necesidad
espiritual para la eterna salvación de los fieles individuales, no
de realizar una intercomunión, imposible hasta que no sean
totalmente anudados los ligámenes visibles de la comunión eclesial”,
JUAN PABLO I, Ecclesia de Eucharistia 45.
[52] Cf. JUAN PABLO II, Ut Unum sint 46.
[53] Sacrosanctum Concilium 56: “Las dos partes que constituyen en
cierto modo la Misa, es decir la liturgia de la palabra y la
liturgia eucarística, están conjugadas entre ellas tan estrechamente
que forman un solo acto de culto”.
[54] La delicadeza y la extraordinaria importancia de la cuestión
deberían dar lugar, en la presente Asamblea Sinodal, a una amplia
confrontación encaminada a recoger y valorizar los más diversos
testimonios sobre la preparación, los contenidos y las modalidades
de comunicación propios de la homilía
[55] Es importante señalar con respecto a la relación entre
Escritura y Eucaristía el hecho que la celebración sacramental
constituye el contexto paradigmático de la lectura de la Sagrada
Escritura y de su interpretación.
[56] “Habens ergo novus sacerdos, non iam vetus Melchisedech, neque
natus caro de carne, non de sudore suo, neque de terra, cui misere
et multiplicate servit; sed novus Iesus natus de Spiritu spiritus,
de donis ac datis divinis, de coelo coelestem hostiam carnis et
sanguinis offert, dicens, non ut prius timide, neque hostiam
servitutis, sed cum exsultatione et laetitia”, ISACCO DELLA STELLA,
Epistola De officio missae: PL 194, 1894 B-C.
[57] Cf. PABLO VI, Mysterium fidei 26-34; Catecismo de la Iglesia
Católica 1362-1372; JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia 12-13.
[58] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 1384-1390; JUAN PABLO II,
Ecclesia de Eucharistia 16-17.
[59] “La víctima para matar ya no es elegida entre la grey de
animales; a los sagrados altares ya no se conducen las ovejas ni las
cabras: el sacrificio de nuestros días es el cuerpo y la sangre del
Sacerdote mismo. Y ciertamente ya del tiempo de los salmos había
sido profetizado por el: “Tú eres sacerdote en eterno según el orden
de Melchisedech” (Sal 109, 4)”, Cf. AGUSTÍN, Discursos 228/B, 1.
“Fue primero consumado por sus manos en la mística cena, cuando
justamente tomó y partió el pan, y después desde la cruz, cuando fue
fijado en ella. En aquel momento, recibida la dignidad del
sacerdocio o, mejor, porque desde siempre ya lo poseía, realizándola
también con su obra, consumó el sacrificio que debía ser ofrecido
por nosotros”, Cf. ESICHIO DE GERUSALEM, Comentario al Levítico, 1,
4.
[60] “En este sacrificio, oh Padre, nosotros tus ministros y tu
pueblo santo celebramos el memorial de la beata pasión, de la
resurrección de los muertos y de la gloriosa ascensión al cielo de
Cristo tu Hijo y nuestro Señor; y ofrecemos a tu majestad divina,
entre los dones que nos has dado, la víctima pura, santa e
inmaculada, pan santo de la vida eterna y cáliz de eterna
salvación”, Cf. Oración eucarística I.
[61] Cf. PIER DAMIANI, Liber qui appellatur, Dominus vobiscum, X: PL
144, 238 D - 239 A.
[62] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1076.
[63] Cf. CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis mistagógica, 5, 7.
[64] “[...]ut omnes in Christo unum simus [Ga 3, 38]. [...] Unitas
Ecclesiae ex personis innumerabilibus, diversi sexus, diversae
conditionis, diversi ordinis, diversaeque professionis, multis modis
solet significari. Hoc autem loco ab Apostolo significatur per
unitatem panis et unitatem corporis ”, BALDOVINO DI FORD, El
sacramento del altar, II, 4: SC 94, 362; también cf. JUAN
CRISOSTOMO, Homilía sobre Pentecostés, 1, 4.
[65] Cf. Sacra Congregatio Rituum, Eucharisticum mysterium (25 de
mayo de 1967); Sacra Congregatio de Disciplina Sacramentorum,
Immensae caritatis (29 de enero de 1973); Sacra Congregatio Pro
Cultu Divino, Eucharistiae sacramentum (21 de junio de 1973) 13-78;
Sacra Congregatio Pro Sacramentis Ed Cultu Divino, Inaestimabile
donum (3 de abril de 1980) 1-19; Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis sacramentum (25 de
marzo de 2004) 80-107.
[66] “Novum plane quod carnis Dominicae substantia, in aliena specie
sumpta, sanctificationis virtutem animae confert”, Gilberto De
Hoyland, In cantica. SermoVIII, 8: PL 184, 46 D.
[67] ”Grande de verdad e inefable es el sacramento, en el cual
comemos verdaderamente tu carne y bebemos verdaderamente tu sangre:
misterio que infunde temor y temblor, cuya altura rechaza la mirada
humana que pretende escrutarlo [...]. Que el sacrificio de nuestra
redención, para el ejercicio de mi ministerio, se dilate por tu
compasión y tu don hasta llevar la salvación a todos los fieles,
vivos y difuntos., Cf. Giovanni Di Fecamp, Confessione teologica,
III parte, 28.
[68] Cf. Congregatio pro Clericis et Aliae, Instr. Ecclesiae de
Mysterio (15 de agosto de 1997); Congregatio Pro Cultu Divino Et
Disciplina Sacramentorum, Directorium de celebrationibus
dominicalibus absente presbytero (2 de junio de 1988).
[69] La diócesis, tal como enseña el Concilio Vaticano II, es una
“porción del Pueblo de Dios Obispo para que la apaciente con la
cooperación del presbiterio, de forma que unida a su pastor y
reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la
Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que
verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa,
Católica y Apostólica.”. Christus Dominus 11.
[70] Cf. Regla de San Benito 62,1.
[71] La tradición teológica y magisterial ha recurrido a la
categoría de transubstanciación también para expresar más
adecuadamente este aspecto esencial de la fe eucarística. Cf.
Concilio de Trento, Sessio XIII. Decretum de Ss. Eucharistia, DS
1642 y 1652; Pablo VI, Mysterium fidei 40 y 47, Juan Pablo II,
Ecclesia de Eucharistia 15.
[72] Cf. XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. La
Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia.
Lineamenta 60
[73] Por lo cual Agustín puede decir: “nadie come esa carne sin
haberla antes adorado”, agregando que si se come esa carne sin
adorarla se comete pecado. Cf. Agustín, Exposiciones sobre los
Salmos 98,9
[74] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia 25 "El culto que se da a
la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida
de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración
del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas
especies que se conservan después de la Misa -presencia que dura
mientras subsistan las especies del pan y del vino- deriva de la
celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y
espiritual. ... Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro
tiempo sobre todo por el « arte de la oración» (NMI 32) ¿cómo no
sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación
espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo
presente en el Santísimo Sacramento?”.
[75] Benedicto XVI. Homilía de la Santa Misa para la celebración de
la XX Jornada Mundial de la Juventud en la explanada de Marienfeld
(21 de agosto de 2005)
[76] Codex Iuris Canonici 938
[77] Cf. Sacra Congregatio Rituum, Eucharisticum mysterium (25 d
mayo de 1967) 49-67; Sacra Congregatione Pro Cultu Divino,
Eucharistiae sacramentum (21 de junio de 1973) 1-12, 79-112; Sacra
Congregatio Pro Sacramentis et Cultu Divino, Inaestimabile donum (3
de abril de 1980) 20-27; Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis sacramentum (25 de marzo
de 2004) 129-145.
[78] La presencia eucarística de Cristo, su sacramental « estoy con
vosotros », permite a la Iglesia descubrir cada vez más
profundamente su propio misterio, como atestigua toda la
eclesiología del Concilio Vaticano II, para el cual « la Iglesia es
en Cristo un sacramento, o sea signo o instrumento de la unión
íntima con Dios y de unidad de todo el género humano ». Como
sacramento, la Iglesia se desarrolla desde el misterio pascual de la
« partida » de Cristo, viviendo de su « venida » siempre nueva por
obra del Espíritu Santo, dentro de la misma misión del
Paráclito-Espíritu de la verdad.
. Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, 63.
[79] Juan Pablo II. Mane Nobiscum Domine, 18: “Postrémonos largo
rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe
y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que
nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo.”.
[80]“Quien se acerca a la Eucaristía en estado de pecado es peor que
el demonio”. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo,
82, 6. “En todas partes, por tanto, se respeta el desenvolvimiento
ordenado del misterio: antes se procede a remediar de las heridas
mediante la remisión de los pecados, sucesivamente el alimento de la
mesa celestial se da en abundancia”.Cf. Ambrosio, Exposición del
Evangelio según San Lucas, 6, 71.
[81] Concilio de Trento, Sessio XIII. Decretum de Ss. Eucharistia,
DS 1661.
[82] Cf. Juan Pablo II. Reconciliatio et Paenitentia 17 y 27.
Catecismo de la Iglesia Católica 1385
[83] "No todas las medicinas sirven para todas las enfermedades. Así
también el bautismo y la penitencia son como medicinas depurativas
(medicinae purgativae) que se suministran para quitar la fiebre del
pecado. La Eucaristía es, en cambio, un reconstituyente (medicinae
confortativa) que no debe ser concedida, si no a cuantos ya están
libres del pecado”.Cf. Tomás. Summa Theologiae III. q. 80 a. 4, ad
2um.
[84] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 1449-1460.
[85] Juan Pablo II. Redemptor hominis 20: “Sin este constante y
siempre renovado esfuerzo pora la conversión, la participación en la
Eucaristía estaría privada de su plena eficacia redentora,
disminuiría o, de todos modos, estaría debilitada en ella la
disponibilidad especial para ofrecer a Dios el sacrificio
espiritual, en el que se expresa de manera esencial y universal
nuestra participación en el sacerdocio de Cristo”.
[86] Cf. Juan Pablo II. Familiaris consortio 84. Congregación para
la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de fieles
divorciados y casados nuevamente. 14 de septiembre de 1994.
[87] Cf. Juan Pablo II, Familiaris consortio 57.
[88] Juan Pablo II, Mulieris dignitatem 26: “Nos encontramos en el
centro mismo del Misterio pascual, que revela hasta el fondo el amor
esponsal de Dios. Cristo es el Esposo, porque “se ha entregado a sí
mismo”: su cuerpo ha sido “dado”, su sangre ha sido “derramada” (cf.
Lc 22, 19-20)- De este modo “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). El
“don sincero”, contenido en el sacrificio de la Cruz, hace resaltar
de manera definitiva el sentido esponsal del amor de Dios. Cristo es
el Esposo de la Iglesia, como Redentor del mundo. La Eucaristía es
el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de
la Esposa. La Eucaristía hace presente y realiza de nuevo, de modo
sacramental, el acto redentor de Cristo, que “crea” la Iglesia, su
cuerpo... Ante todo en la Eucaristía se expresa de modo sacramental
el acto redentor de Cristo Esposo en relación con la Iglesia Esposa.
Esto se hace transparente y unívoco cuando el servicio sacramental
de la Eucaristía -en la que el sacerdote actúa “en persona Christi”-
es realizado por el hombre”. Además cf. Concilio de Trento, Sessio
XXII. Decretum de Missa, DS 1740; Catecismo de la Iglesia Católica
1617.
[89] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta a los Obispos
de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística
por parte de fieles divorciados y casados nuevamente (14 de
septiembre de 1994) 7-8.
[90] Cf. Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos
Legislativos, Dignitas connubii, 25 de enero de 2005.
[91] Después de la comunión, en el rito bizantino, el sacerdote
implora “Oh nuestra santísima Pascua, Cristo, Sabiduría, Verbo y
Potencia de Dios, haz que podamos participar en ti de una manera aún
más perfecta, en la luz inagotable de tu Reino venidero”. Cf. Las
Liturgias de San Juan Crisóstomo.
[92] “Si te sientas a comer con poderoso, mira bien al que está
frente a ti; pon un cuchillo a tu garganta si eres hombre de
apetito; no desees sus manjares, porque es alimento engañoso” (Pr
23, 1-2). Vosotros conocéis cuál es la mesa del Poderoso; sobre ella
está el cuerpo y la sangre de Cristo, quien se acerca a dicha mesa,
apréstese a corresponder. Y qué significa: apréstese a corresponder?
Significa que como Cristo ha dado su vida por nosotros, así también
nosotros para edificar al pueblo y confirmar la fe, debemos dar
nuestras vidas por nuestros hermanos”. Cf. Agustín, Comentario al
Evangelio de San Juan, 47, 2.
[93] Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine 24-25. “entrar en comunión
con Cristo en el memorial de la Pascua significa experimentar al
mismo tiempo el deber de ser misioneros del acontecimiento
actualizado en el rito. La despedida al finalizar la Misa es como
una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la
propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la
sociedad. En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de
Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la
sociedad y en la cultura.”.
[94] “Se debe, por lo tanto, tener siempre presente que la palabra
de Dios, de la Iglesia leída y anunciada en la liturgia, lleva, de
alguna manera, como a su mismo fin, al sacrificio de la alianza y al
banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía. Por lo tanto, la
celebración de la Misa, en la que se escucha la palabra y se ofrece
y se recibe la Eucaristía, constituye un único acto del culto
divino, con el cual se ofrece a Dios el sacrificio de alabanza y se
comunica al hombre la plenitud de la redención”, Cf. Ordo Lectionum
Missae 10.
[95]”Algunos, sin embargo, por ignorancia o también por sencillez de
ánimo, no repiten en la consagración del cáliz y en la distribución
de la Eucaristía lo que Jesucristo, nuestro Señor y Dios, ha hecho y
ha prescripto, por lo tanto he considerado necesario y conforme a la
piedad cristiana escribirte una carta con este propósito, aunque si
alguno comete todavía este error para que pueda descubrir la verdad
en toda su luz y pueda retornar a los orígenes de la enseñanza
divina”.Cf. Cipriano, Carta “De sacramento calicis Dominici”, 63, 1.
Cf. También Basilio, “Sobre el Espíritu Santo”, 27-66.
[96] Cf. Sacrosanctum Concilium 11.
[97] Cf. Sacrosanctum Concilium 14.
[98] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Redemptionis sacramentum (25 de marzo de 2004) 43-47.
[99] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Redemptionis sacramentum (25 de marzo de 2004) 117-128.
[100] Es oportuno recordar que el ars celebrandi necesita lugares
paradigmáticos de referencia que puedan ayudar a todo el pueblo
cristiano. A este respecto es oportuno mencionar la importancia de
las celebraciones de los Obispos en las Iglesias Catedrales (cf.
Institutio Generalis Missalis Romani (20 de abril de 200) 22, como
así también la singular función que pueden desarrollar los
institutos de vida consagrada, en particular las comunidades
monásticas (cf. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte 32-34;
Congregación Institutos de Vida Consagrada, Instrucción Volver a
partir de Cristo 8, 25-26, 31)
[101] Cf. Ad gentes 22; Congregación del Culto Divino, Varietates
legitimae (25 de enero de 1994); Juan Pablo II, Redemptoris missio
25, 52-54, 76, 85; ID., Ecclesia de Eucharistia 51.
[102] En esta dirección va la recomendación de Sacrosanctum
Concilium 38: “salvada la unidad sustancial del rito romano, se
admitirán variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos
grupos, regiones, pueblos, especialmente en las misiones, y se
tendrá esto en cuenta oportunamente al establecer la estructura de
los ritos y las rúbricas.
[103] Véase a este propósito el Missel romain pour les diocèses du
Zaïre y la aprobación del Ordo Missae para la India. Tentativas en
este sentido fueron hechas también en América Latina.
[104] Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio 52-55.
[105] “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo
en él. (Jn 5, 56). Comer este alimento y beber esta bebida,
significa demorar en Cristo y tenerlo siempre en nosotros”. Cf.
Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 26, 18.
[106] Como dice la carta a Diogneto: “Los cristianos ni por razón,
ni por voz, ni por costumbres se deben distinguir de otros hombres.
De hecho, no habitan en ciudades propias, ni usan una jerga que se
diferencie, ni conducen un tipo de vida especial. Su doctrina no se
sitúa en el descubrimiento del pensamiento de hombres multiformes,
ni adhieren a una corriente filosófica humana, como hacen los otros.
Viviendo en ciudades griegas y bárbaras, como le ocurrió a cada uno,
y adecuándose a las costumbres del lugar en el vestido, en el
alimento y en el resto, testimonian un método de vida social
admirable e, indudablemente, paradojal. Viven en su patria, pero
como forasteros; participan en todo como ciudadanos y de todo están
desapegados como extranjeros. Cada patria extranjera es su patria, y
cada patria es extranjera”, Cf. Carta a Diogneto V, 1-5.
[107] Liturgia de las Horas, Lunes de la Segunda Semana, Vísperas,
Antífona 3.
[108] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 20: “Consecuencia
significativa de la tensión escatológica propia de la Eucaristía es
que da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de
viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias
tareas. En efecto, aunque la visión cristiana fija su mirada en un
“cielo nuevo” y una “tierra nueva” (Ap 21, 1), eso no debilita, sino
que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a
la tierra presente ... Anunciar la muerte del Señor “hasta que
venga” (Cor 11, 26), comporta para los que participan en la
Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella
llegue a ser en un cierto modo, “eucarística”. Precisamente este
fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de
transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la
tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida
cristiana: “Ven, Señor Jesús!” (Ap, 22, 20).
[109] Juan Damasceno, seguido por la tradición ortodoxa, no duda en
afirmar: “Y yo honro y trato con veneración la materia; a través de
ella fue actuada mi salvación”. Cf. Juan Damasceno, Orationes de
imaginibus I, 16.
[110] Cf. Juan Pablo II, Discurso a los participantes a una
convención sobre ambiente y salud, 24 de marzo de 1997, n. 5.
[111] Oh hijos de los hombres,¿ hasta cuándo tendrán un corazón duro
(Sal 4, 3)? ¿Por qué no conocen la verdad y no creen en el Hijo de
Dios (Jn 9, 35)? Y se humilló a sí mismo (Fil 2, 8), como cuando de
las sedes reales (Sap. 18, 15) descendió al seno de la Virgen; cada
día viene a nosotros bajo humildes apariencias; cada día desciende
desde el seno del Padre (Jn 1, 18; 6, 38) sobre el altar en las
manos del sacerdote. Y, como a los santos apóstoles se muestra en
verdadera carne, así ahora a nosotros se nos muestra en el pan
sagrado. Y como ellos, con sus ojos corpóreos, veían solamente su
carne pero lo creían Dios ya que lo contemplaban con los ojos del
espíritu, así también nosotros, viendo con los ojos del cuerpo el
pan y el vino, debemos ver y creer firmemente que son su santísimo
cuerpo y sangre vivos y verdaderos. De manera que el Señor está
siempre con sus fieles, así como él dice: “Y he aquí que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).Cf.
Primera Admonición, Fuentes Franciscanas, EMP, Ediciones Mensajero
Padua, 1980, p. 138, nn. 143-145.
[112] Cf. Juan Pablo II. Discurso a los participantes al congreso
sobre ambiente y salud. 24 de marzo de 1997.
[113] Juan Pablo II. Dominicae Cenae 5: “el culto eucarístico
constituye el alma de toda la vida cristiana. En efecto, si la vida
cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal
mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al prójimo, este amor
encuentra su fuente precisamente en el Santísimo Sacramento, llamado
generalmente Sacramento del amor.La Eucaristía significa esta
caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo
la realiza.”.
[114] “Es bien sabido, venerables hermanos, que la Eucaristía está
conservada en los templos y en los oratorios como centro espiritual
de la comunidad religiosa y parroquial, es más, de la Iglesia
universal y de toda la humanidad, porque bajo el velo de las
sagradas especies contiene a Cristo jefe invisible de la Iglesia,
redentor del mundo, centro de todos los corazones, “del cual
proceden todas las cosas y nosotros por él” (1 Cor 8, 6). En
consecuencia, el culto eucarístico mueve fuertemente el ánimo a
cultivar el amor “social”, con el cual se antepone al bien privado
el bien común; hacemos nuestra la causa de la comunidad, de la
parroquia, de la Iglesia universal; y extendemos la caridad a todo
el mundo, para que en todas partes sepan que hay miembros de
Cristo”: Cf. Pablo VI, Mysterium fidei, 68-69.
[115] Cf. Lumen gentium 52-69.
[116] Cf. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia 53-58.
[00009-04.09] [NNNNN] [Texto original: latino]
♦ AVISOS
● CONFERENCIA DE PRENSA
● BRIEFING PARA LOS GRUPOS LINGÜÍSTICOS
● POOL PARA EL AULA DEL SÍNODO
● BOLETÍN
●
HORARIO DE APERTURA DE LA OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE
● CONFERENCIA DE PRENSA
La primera Conferencia de Prensa sobre los trabajos sinodales (con
traducción simultánea en italiano, inglés, francés, castellano y
alemán) tendrá lugar hoy a las 12.45 en el Aula Juan Pablo II de la
oficina de Prensa de la Santa Sede,
Se ruega a los operadores audiovisuales (operadores de cámara y
técnicos) y a los fotógrafos que se dirijan al Pontificio Consejo
para las Comunicaciones Sociales para el permiso de ingreso.
Se ruega a los operadores audiovisuales admitidos que estén
presentes en el Aula Juan Pablo II 30 minutos antes de que empiece
la Conferencia de Prensa; a los fotógrafos admitidos, 15 minutos
antes. Se invita a los señores periodistas a que tomen asiento en el
Aula 5 minutos antes del inicio de la Conferencia de Prensa.
Intervendrán los siguientes Padres Sinodales:
- S. Em. R. Card. Angelo Scola, Relator General
- S.E. Mons, Luis Antonio G. Tagle, Obispo de Imus (Filipinas).
- S.E. Mons. Juan Matogo Oyana. C.M.F., Obispo de Bata (Guinea
Ecuatorial)
- S.E. Mons. Pierre-Antoine Paolo, O.M.I., Arzobispo coadjuntor de
Port-et-Paix (Haiti)
● BRIEFING PARA LOS GRUPOS LINGÜÍSTICOS
El primer briefing para los grupos lingüísticos tendrá lugar mañana,
martes 4 de octubre de 2005, a las 13.10 horas, para concluir la
Tercera Congregación General de la mañana (en los lugares indicados
para los briefings y con los Responsables de Prensa indicados en el
Boletín nº 2).
Se recuerda que los operadores audiovisuales (operadores de cámara y
técnicos) deben dirigirse al Pontificio Consejo para las
Comunicaciones Sociales para el permiso de ingreso (muy
restringido).
● POOL PARA EL AULA DEL SÍNODO
El próximo pool del Aula del Sínodo estará compuesto para la oración
de apertura de la Tercera Congregación General del martes 4 de
octubre de 2005, por la mañana.
En la Oficina de Información y Acreditación de la Oficina de Prensa
de la Santa Sede (entrando a la derecha) están a disposición de los
redactores las listas de inscripción al pool.
Se recuerda que los operadores audiovisuales (operadores de cámara y
técnicos) y los fotógrafos deben dirigirse al Pontificio Consejo
para las Comunicaciones Sociales para la participación en el pool
para el Aula del Sínodo.
Se recuerda a los participantes en el pool que estén a las 8.30
horas en el Sector Prensa.instalado en el exterior, frente a la
entrada del Aula Pablo VI, desde donde serán llamados para acceder
al Aula del Sínodo, acompañados por un oficial de la Oficina de
Prensa de la Santa Sede y, respectivamente, del Pontificio Consejo
para las Comunicaciones Sociales.
● BOLETÍN
El próximo Boletín nº 5 sobre los trabajos de la Segunda
Congregación General de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos, estará a disposición de los periodistas acreditados
el martes 4 de octubre de 2005, tras la apertura de la Oficina de
Prensa de la Santa Sede.
●
HORARIO DE APERTURA DE LA OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE
Sábado 1 de octubre: 09.00 - 14.00
Domingo 2 de octubre: 09.00 - 13.00
Desde el lunes 3 de octubre al sábado 8 de octubre: 09.00 - 16.00
Domingo 9 de octubre: 09.00 - 13.00
Desde el lunes 10 de octubre al viernes 14 de octubre: 09.00 - 16.00
Sábado 15 de octrubre: 09.00 - 18.30
Domingo 16 de octubre: 09.00 - 13.00
Desde el lunes 17 de octubre al sábado 22 de octubre: 09.00 - 16.00
Domingo 23 de octubre : 09.00 - 13.00
Desde el lunes 24 al viernes 28 de octubre: 09.00 - 15.00
Sábado 29 de octubre: 09.00 - 14.00
Domingo 30 de octubre: 11.00 - 13.00
Lunes 21 de octubre: 09.00 - 15.00
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