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29 - 22.10.2005
RESUMEN
♦ MENSAJE DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS
OBISPOS
♦ MENSAJE DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS
OBISPOS
En la Vigésima Congregación General de ayer, viernes 21 de octubre
de 2005, los Padres sinodales han aprobado el Mensaje del Sínodo de
los Obispos al Pueblo de Dios, como conclusión de la Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
Publicamos a continuación el texto integro de la versión en español:
La Eucarístia: Pan vivo para la paz del mundo
Queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes y diáconos,
amados hermanos y hermanas,
1. “¡La paz esté con vosotros!”. En nombre del Señor que irrumpe en
el Cenáculo de Jerusalén al atardecer de la Pascua, repetimos: “La
paz esté con vosotros!” (Jn 20, 21). ¡Que el misterio de su muerte y
resurrección os consuele y dé sentido a toda vuestra vida! ¡Que Él
os guarde en la alegría de la esperanza! Porque Cristo vive en su
Iglesia; según su promesa está con nosotros todos los días hasta el
fin del mundo (cf. Mt 28, 20). En el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía, Él mismo se nos entrega y con Él nos dona la alegría de
amar como Él ama, pidiéndonos que compartamos su Amor victorioso con
nuestros hermanos y hermanas del mundo entero. Este es el mensaje de
gozo que os anunciamos, queridos hermanos y hermanas, al final del
Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía.
Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha
reunido nuevamente, como en el Cenáculo, con María, Madre del Señor
y Madre nuestra, para hacer memoria del don supremo de la Santísima
Eucaristía.
2. Convocados a Roma por Su Santidad el Papa Juan Pablo II, de
venerable memoria, y confirmados por Su Santidad Benedicto XVI,
hemos llegado desde de los cinco continentes para rezar y
reflexionar juntos sobre la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y
de la misión de la Iglesia. La finalidad del Sínodo ha sido ofrecer
al Santo Padre algunas propuestas útiles para actualizar la pastoral
eucarística de la Iglesia. Hemos podido experimentar lo que la
sagrada Eucaristía significa desde los orígenes: una sola fe y una
sola Iglesia, alimentada por un mismo Pan de vida y en comunión
visible con el sucesor de Pedro.
3. El diálogo fraterno entre obispos e invitados-oyentes, así como
el diálogo con los representantes ecuménicos, ha renovado nuestra
convicción de que la Sagrada Eucaristía no sólo anima y transforma
la vida de nuestras Iglesias particulares de Oriente y Occidente,
sino también las múltiples actividades humanas en los muy diversos
medios en los que vivimos. Experimentamos una profunda alegría al
constatar la unidad de nuestra fe eucarística dentro de la gran
variedad de ritos, culturas y situaciones pastorales. La presencia
de tantos hermanos obispos nos ha permitido experimentar de forma
todavía más directa la riqueza de nuestras diferentes tradiciones
litúrgicas. Una riqueza que hace resplandecer la profundidad del
único misterio eucarístico.
Os invitamos a rezar con más fervor, hermanos y hermanas cristianos
de todas las confesiones, para que llegue el día de la
reconciliación y de la plena unidad visible de la Iglesia, en la
celebración de la Santa Eucaristía, en conformidad con la oración
del Señor la víspera de su muerte: “Que todos sean uno. Como tú,
Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).
4. Profundamente agradecidos a Dios por el pontificado del Santo
Padre Juan Pablo II y por su última encíclica Ecclesia de
Eucharistia, seguida de la carta apostólica Mane nobiscum Domine,
que abría el Año eucarístico, pedimos a Dios que multiplique los
frutos de su testimonio y de su enseñanza. Nuestra gratitud va
también a todo el pueblo de Dios cuya proximidad y solidaridad hemos
percibido durante estas tres semanas de oración y de reflexión. Las
Iglesias particulares en China, y sus obispos que no han podido
unirse a nuestros trabajos, han ocupado un lugar especial en
nuestros pensamientos y oraciones.
A todos vosotros, obispos, sacerdotes y diáconos, misioneros del
mundo entero, hombres y mujeres consagrados, fieles laicos y también
a vosotros hombres y mujeres de buena voluntad, responsables de los
medios de comunicación: ¡En nombre de Cristo Resucitado: paz y
alegría en el Espíritu Santo!
En escucha del sufrimiento del mundo
5. La Asamblea Sinodal ha sido un tiempo intenso de intercambios y
testimonios sobre la vida de la Iglesia en los diversos continentes.
Hemos tomado conciencia de las situaciones dramáticas y de los
sufrimientos causados por las guerras, el hambre, las diferentes
formas de terrorismo y de injusticia, que afectan a la vida
cotidiana de centenares de millones de seres humanos. Las
explosiones de violencia en Medio Oriente y en África nos han
sensibilizado ante el olvido que sufre el continente africano en la
opinión pública mundial. Los desastres naturales, que parecen
hacerse más frecuentes, obligan a considerar la naturaleza con más
respeto y a reforzar los lazos de solidaridad con las poblaciones
afectadas.
No hemos permanecido en silencio ante los graves problemas causados
por la secularización, presente sobre todo en Occidente, que
conducen a la indiferencia religiosa y a varias manifestaciones de
relativismo. Hemos recordado y denunciado las situaciones de
injusticia y de pobreza extrema que proliferan por todas partes pero
especialmente en América Latina, en África y en Asia. Todos estos
sufrimientos claman a Dios e interpelan la conciencia de la
humanidad. Ante ellos nos preguntamos: ¿en qué se transforma la
aldea global de nuestra tierra, con un ambiente amenazado que corre
el riesgo de ir a la ruina? ¿Qué hacer para que, en esta era de
globalización, la solidaridad triunfe sobre el sufrimiento y la
miseria? Nuestro pensamiento se dirige también a los que gobiernan
las Naciones, para que, con diligencia, aseguren a todos el bien
común y promuevan la dignidad de cada persona, desde su concepción
hasta su muerte natural. Les pedimos que promuevan leyes respetuosas
del derecho natural respecto al matrimonio y a la familia. Por
nuestra parte continuaremos a a participar activamente en el
esfuerzo común para crear las condiciones duraderas de un progreso
real para toda la familia humana, en el que a nadie falte el pan de
cada día.
6. Hemos llevado estos sufrimientos y problemas a la celebración y a
la adoración eucarísticas. En nuestros debates, escuchándonos con
hondura los unos a los otros, nos ha emocionado y conmovido el
testimonio de mártires en varios puntos de la tierra que, como en
toda la historia de la Iglesia, no faltan en nuestros días. Los
Padres sinodales han recordado que, gracias a la Santísima
Eucaristía, los mártires han encontrado el vigor necesario para
vencer el odio con el amor y la violencia con el perdón.
“Haced esto en conmemoración mía”
7. La víspera de su pasión, “Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo
partió y lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad, comed, esto es mi
Cuerpo’. Después, tomando una copa, dio gracias y se la pasó
diciendo: ‘Bebed todos de ella; porque esta es mi sangre, sangre de
la alianza, que va a ser derramada por la multitud en remisión de
los pecados’” (Mt 26, 25-28); “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,
19; 1 Cor 11, 24-25). Desde el inicio la Iglesia hace memoria de la
muerte y resurrección de Jesús con sus mismas palabras y sus mismos
gestos en la Última Cena, pidiendo al Espíritu Santo que transforme
el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor. Con la
Tradición constante de la Iglesia creemos firmemente y enseñamos que
las palabras de Jesús que el sacerdote pronuncia en la Misa, por el
poder del Espíritu, realizan lo que significan. Realizan la
presencia real de Cristo resucitado (CCC 1366). La Iglesia vive de
este don supremo que la reúne, la purifica y la transforma en un
solo Cuerpo de Cristo animado por un solo Espíritu (cf. Ef 5, 29).
La Eucaristía es el don del Amor del Padre que ha enviado a su Hijo
único para que el mundo se salve por medio de Él (cf. Jn 3, 17);
amor de Cristo que nos ha amado hasta el extremo (cf. Jn 13, 1);
amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
(cf. Rm 5, 5), que clama en nosotros “¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6; Rm 8,
15). Así pues, al celebrar el Santo Sacrificio de la Misa,
anunciamos con gozo la salvación del mundo proclamando la muerte
victoriosa del Señor hasta que venga; y al comulgar de su Cuerpo,
recibimos las “arras” de nuestra resurrección.
8. Cuarenta años después del Concilio Vaticano II, hemos querido
verificar en qué medida los misterios de la fe se expresan y
celebran adecuadamente en nuestras asambleas litúrgicas. El Sínodo
reafirma que el Concilio Vaticano II ha puesto las bases necesarias
para una reforma litúrgica auténtica. Es importante cultivar sus
frutos positivos y corregir los abusos que se hayan introducido en
la práctica litúrgica. Estamos convencidos de que el respeto del
carácter sagrado de la liturgia pasa por una fidelidad auténtica a
las normas litúrgicas de la autoridad legítima. Que nadie se
considere dueño de la liturgia de la Iglesia. La fe viva, que
reconoce la presencia del Señor, constituye la primera condición
para una celebración bella que culmine con el Amén para gloria de
Dios.
Luces en la vida eucarística de la Iglesia
9. Los trabajos del Sínodo se han desarrollado en una atmósfera de
alegría y de fraternidad, alimentada por la discusión abierta de los
problemas y el testimonio espontáneo de los frutos del año
eucarístico. La escucha y las intervenciones de nuestro Santo Padre
Benedicto XVI han sido para todos nosotros un ejemplo y una ayuda
preciosa. Muchos testimonios nos han hablado de hechos positivos y
consoladores. Por ejemplo la toma de conciencia de la importancia de
la Misa dominical; el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la
vida consagrada en varias partes del mundo; la experiencia fuerte de
las Jornadas Mundiales de la Juventud que han culminado en Colonia,
Alemania; el desarrollo de numerosas iniciativas para la adoración
del Santísimo Sacramento prácticamente en todo el mundo; la
renovación de la catequesis del Bautismo y de la Eucaristía a la luz
del Catecismo de la Iglesia Católica; el crecimiento de movimientos
y comunidades que forman misioneros para la nueva evangelización; el
aumento de grupos de monaguillos que dan la esperanza de nuevas
vocaciones; y muchas otras experiencias que suscitan nuestra acción
de gracias.
En fin, los Padres sinodales desean que el Año eucarístico sea un
inicio y un punto de apoyo para una nueva evangelización, a partir
de la Eucaristía, de la humanidad en vías de globalización.
10. Deseamos que el “estupor eucarístico” (EE 6) lleve a los fieles
a una vida de fe cada vez más fuerte. Con este fin, las tradiciones
orientales, ortodoxas y católicas, celebran la Divina Liturgia,
cultivan la oración de Jesús, el ayuno eucarístico, mientras que la
tradición latina propone una “espiritualidad eucarística” que
culmina en la celebración e incluye también la adoración del
Santísimo Sacramento fuera de la Misa, las bendiciones eucarísticas,
las procesiones con el Santísimo Sacramento, y otras sanas
manifestaciones de la piedad popular. Esta espiritualidad será sin
duda de lo más fecundo para sostener la vida cotidiana y reforzar
nuestro testimonio.
11. Damos gracias a Dios porque en varios países donde los
sacerdotes estaban ausentes o confinados a la clandestinidad, la
Iglesia puede ahora celebrar libremente los Santos Misterios. La
libertad de evangelizar y los testimonios de renovado fervor
despiertan poco a poco la fe en zonas profundamente
descristianizadas. Saludamos con afecto y alentamos a los que aún
sufren persecución. Pedimos también que donde los cristianos son
minoría puedan celebrar el Día del Señor con toda libertad.
Retos para una renovación eucarística
12. La vida de nuestras Iglesias está marcada también por sombras y
problemas que no hemos eludido. Pensamos ante todo en la pérdida del
sentido del pecado y en la crisis persistente de la práctica del
sacramento de la penitencia. Es importante que se redescubra su
sentido profundo: es una conversión y un remedio precioso dado por
Cristo resucitado para la remisión de los pecados (cf. Jn 20, 23) y
el crecimiento en el amor a Dios y a nuestros hermanos.
Es interesante subrayar que un número creciente de jóvenes, habiendo
recibido una catequesis adecuada, practican la confesión personal de
los pecados y muestran una sensibilidad a la reconciliación
requerida para recibir dignamente la santa comunión.
13. Por otro lado, la falta de sacerdotes para celebrar la
Eucaristía del domingo nos preocupa enormemente y nos invita a rezar
y a promover más activamente las vocaciones sacerdotales. Algunos
sacerdotes se ven obligados a multiplicar las celebraciones y los
desplazamientos de un lugar a otro para responder lo mejor posible a
las necesidades de los fieles, al precio de grandes fatigas. Merecen
nuestra estima y solidaridad. Nuestro agradecimiento se dirige
también a los numerosos misioneros cuyo entusiasmo en el anuncio del
Evangelio permite seguir siendo fieles al mandato del Señor de ir al
mundo entero y bautizar en su Nombre (cf. Mt 28, 19).
14. Por otro lado, estamos preocupados porque la falta del sacerdote
impide la celebración de la Misa, el Día del Señor. En los distintos
continentes que padecen esa falta de sacerdotes existen diferentes
formas de celebraciones dominicales. Por otra parte, la práctica de
la “comunión espiritual”, muy apreciada por la tradición católica,
ciertamente se podría y debería promover y explicar mejor, tanto
para ayudar a los fieles a mejorar la comunión sacramental, como
para dar un verdadero consuelo a los que, por diversas razones, no
pueden recibir la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Creemos
que esta práctica ayudaría a las personas solas, en particular a
discapacitados, ancianos, prisioneros y refugiados.
15. Conocemos la tristeza de los que no pueden recibir la comunión
sacramental por causa de una situación familiar no conforme con el
mandamiento del Señor (cf. Mt 19, 3-9). Algunas personas divorciadas
y vueltas a casar aceptan con dolor no poder comulgar
sacramentalmente y lo ofrecen a Dios. Otras no entienden esta
restricción y viven una gran frustración interior. Aunque no estemos
de acuerdo con su elección (cf. Catecismo de la Iglesia Católica
2384), reafirmamos que no son excluidos de la vida de la Iglesia.
Les pedimos que participen en la Misa dominical y escuchen
frecuentemente la Palabra de Dios para que alimente su vida de fe,
de caridad y de conversión. Deseamos decirles que estamos cercanos a
ellos con la oración y la solicitud pastoral. Juntos pedimos al
Señor obedecer fielmente a su voluntad.
16. Hemos constatado también en ciertos ambientes una disminución
del sentido de lo sagrado que afecta no sólo a la participación
activa y fructuosa de los fieles en la Misa, sino también a la
manera de celebrar y a la cualidad del testimonio de vida que los
cristianos están llamados a dar. Tratemos de reavivar, a través de
la Sagrada Eucaristía, el sentido y el gozo de pertenecer a la
comunidad católica, ya que en ciertos países se multiplican los
abandonos. La descristianización reclama una mejor formación a la
vida cristiana en las familias, para que la práctica de los
sacramentos se renueve y manifieste realmente el contenido de la fe.
Invitamos pues a los padres, pastores y catequistas a movilizarse en
un gran trabajo de evangelización y de educación a la fe al inicio
de este nuevo milenio.
17. Ante el Señor de la historia y ante el futuro del mundo, los
pobres de siempre y los nuevos, las víctimas de injusticias, cada
vez más numerosas, y todos los olvidados de la tierra nos
interpelan, nos recuerdan a Cristo en agonía hasta el final de los
tiempos. Estos sufrimientos no pueden ser extraños a la celebración
del misterio eucarístico, que compromete a todos nosotros a obrar
por la justicia y la transformación del mundo de manera activa y
consciente, a partir de la enseñanza social de la Iglesia que
promueve la centralidad y dignidad de la persona.
“No podemos engañarnos: es por el amor mutuo y, en particular, por
la solicitud que manifestaremos a los que están en necesidad por lo
que seremos reconocido como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn
13, 35; Mt 25, 31-46). Este es el criterio que probará la
autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (Mane nobiscum
Domine 28).
Seréis mis testigos
18. “Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). San Juan revela el sentido de la
Institución de la Santísima Eucaristía por medio de la narración del
lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20). Jesús se abaja a lavar los
pies de sus discípulos como signo de su Amor supremo. Este gesto
profético anticipa su abajamiento del día siguiente en la muerte de
la cruz, que redime el pecado del mundo y lava nuestras almas de
toda mancha. La Sagrada Eucaristía es el don del Amor, un encuentro
con Dios que nos ama y una fuente que mana vida eterna. Obispos,
sacerdotes y diáconos somos los primeros testigos y servidores de
este Amor
19. Queridos sacerdotes, hemos pensado mucho en vosotros en estos
días. Conocemos vuestra generosidad y vuestros retos. En comunión
con nosotros vuestros obispos lleváis el peso del servicio pastoral
cotidiano al lado del pueblo de Dios. Anunciáis la Palabra de Dios
procurando introducir a los fieles en el misterio eucarístico. ¡Qué
espléndida gracia la de vuestro ministerio! Rezamos con vosotros y
por vosotros para que juntos seamos fieles al amor del Señor; os
pedimos ser, con nosotros y siguiendo el ejemplo del Santo Padre
Benedicto XVI, “humildes obreros de la viña del Señor”, con una vida
sacerdotal coherente. Que la paz de Cristo que dais a los pecadores
arrepentidos y a las asambleas eucarísticas, resplandezca sobre
vosotros y sobre las comunidades que viven de vuestro testimonio.
Con gratitud recordamos el empeño de los diáconos permanentes, de
los catequistas, de los agentes de pastoral y de numerosos laicos
que activamente trabajan en favor de la comunidad. ¡Pueda vuestro
servicio ser siempre fecundo y generoso, apoyados por una plena
comunión de intenciones y de acción con los Pastores de la
comunidad!
20. Amados hermanos y hermanas, cualquiera que sea el estado de vida
en el que somos llamados a vivir nuestra vocación bautismal,
revistámonos de los sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil 2, 2) y
compitamos en humildad los unos con los otros a ejemplo de
Jesucristo. Nuestra caridad mutua no es solamente una imitación del
Señor, es una prueba viva de su presencia activa en medio de
nosotros. Saludamos y damos las gracias a todas las personas
consagradas, porción escogida de la viña del Señor, que testimonian
gratuitamente la Buena Nueva del Esposo que viene (cf. Ap 22,
17-20). Vuestro testimonio eucarístico de seguimiento de Cristo es
un grito de amor en la noche del mundo, un eco del Stabat Mater y
del Magnificat. Que la Mujer eucarística por excelencia, coronada de
estrellas e inmensamente fecunda, la Virgen de la Asunción y de la
Inmaculada Concepción, os mantenga en el servicio de Dios y de los
pobres, en la alegría de Pascua, para la esperanza del mundo.
21. Queridos jóvenes, el Santo Padre Benedicto XVI os ha dicho e
insistido que no perdéis nada dándoos a Cristo. Repetimos sus
palabras fuertes y serenas de la Misa de comienzo de su ministerio
que os orientan hacia la verdadera felicidad, respetando por
completo vuestra libertad: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita
nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí,
abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la
verdadera vida”. Confiamos en vuestras capacidades y en vuestro
deseo de desarrollar los valores positivos del mundo y de cambiar lo
que es injusto y violento. Contad con nuestro apoyo y nuestra
oración para que juntos nos enfrentemos con el reto de construir el
futuro con Cristo. Sois los “centinelas de la aurora” y los
“exploradores del futuro”. No dejéis de beber en la fuente de la
fuerza divina de la Sagrada Eucaristía para realizar las
transformaciones necesarias.
A los jóvenes seminaristas que se preparan para el ministerio
sacerdotal y que comparten con su generación las mismas esperanzas
para el futuro, les deseamos que su vida de formación esté
impregnada de una auténtica espiritualidad eucarística.
22. Queridos esposos cristianos y familias, vuestra vocación a la
santidad, como iglesia doméstica, se alimenta en la Mesa de la
Eucaristía. En el sacramento del matrimonio vuestra fe transforma la
unión conyugal en un templo del Espíritu Santo, en fuente fecunda de
nueva vida que engendra los hijos, fruto de vuestro amor. Hemos
hablado a menudo de vosotros en el Sínodo, porque somos conscientes
de las fragilidades y de las incertidumbres del mundo presente. No
os desaniméis en el esfuerzo por educar vuestros hijos en la fe.
Sois el semillero de las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada. No olvidéis que Cristo habita en vuestra unión y la
bendice con todas las gracias que necesitáis para vivir santamente
vuestra vocación. Os animamos a conservar la costumbre de participar
en familia en la Eucaristía dominical. Alegráis así el corazón de
Jesús que dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10, 14).
23. Deseamos dirigir una palabra especial a todos los que sufren,
especialmente a los enfermos y discapacitados que están unidos al
sacrificio de Cristo por su sufrimiento (cf. Rm 12, 2). Por el dolor
que sentís en vuestro cuerpo y en vuestro corazón participáis de
manera singular en el sacrificio de la Eucaristía, como testigos
privilegiados del amor que de ella deriva. Estamos seguros de que en
el momento en el que experimentamos la debilidad y nuestros propios
límites, la fuerza de la Eucaristía puede ser una gran ayuda. Unidos
al misterio pascual de Cristo, encontramos la respuesta a las
cuestiones candentes del sufrimiento y de la muerte, sobre todo
cuando la enfermedad toca a niños inocentes. Nos sentimos cercanos a
todos vosotros pero especialmente a los moribundos que reciben el
Cuerpo de Cristo como viático para su último paso al Reino.
Que todos sean uno
24. El Santo Padre Benedicto XVI ha reiterado el compromiso solemne
de la Iglesia con la causa ecuménica. Todos somos responsables de
esta unidad (cf. Jn 17, 21), pues somos miembros de la familia de
Dios por nuestro bautismo, hemos recibido la misma gracia y dignidad
fundamental y compartimos el inestimable don sacramental de la vida
divina. Todos sentimos el dolor de la separación que impide la
celebración común de la Santa Eucarístia. Queremos intensificar en
las comunidades la oración por la unidad, el intercambio de dones
entre las Iglesias y las comunidades eclesiales, así como los
contactos respetuosos y fraternos entre todos, para conocernos mejor
y amarnos, respetando y apreciando nuestras diferencias y nuestros
valores comúnes. Normas precisas de la Iglesia determinan cómo hay
que conducirse respecto a la comunión eucarística de los hermanos y
hermanas que no están todavía en plena comunión con nosotros. Una
sana disciplina impide la confusión y los gestos precipitados que
pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión.
25. Como cristianos nos reconocemos muy cercanos a todos los otros
descendientes de Abraham: a los judíos, herederos de la primera
Alianza, y a los musulmanes. Al celebrar la sagrada Eucaristía, nos
consideramos también, como dice San Agustín, “sacramento de la
humanidad” (De civ. Dei, 16), voz de todas las oraciones y súplicas
que suben de la tierra hacia Dios.
Conclusión: una paz llena de esperanza
Amados hermanos y hermanas,
26. Damos gracias a Dios por esta XI Asamblea Sinodal, que nos ha
hecho volver a la fuente del misterio de la Iglesia, cuarenta años
después del Concilio Vaticano II. Terminamos así felizmente el Año
de la Eucaristía, confirmados en la unidad y renovados en el
entusiasmo apostólico y misionero.
A comienzos del siglo cuarto, el culto cristiano aún estaba
prohibido por las autoridades imperiales. Los cristianos del norte
de África, vinculados con fuerza a la celebración del Día del Señor,
desafiaron la prohibición. Murieron mártires declarando que no
podían vivir sin la celebración dominical de la Eucaristía. Los 49
mártires de Abitinia, unidos a tantos santos y beatos que han hecho
de la Eucaristía el centro de sus vidas, interceden por nosotros al
inicio del nuevo milenio. Nos enseñan la fidelidad al encuentro de
la Nueva Alianza con Cristo resucitado.
Al final de este Sínodo, experimentamos la paz llena de esperanza
que los discípulos de Emaús, con el corazón encendido, recibieron
del Señor resucitado. Se levantaron y volvieron apresuradamente a
Jerusalén para compartir su alegría con sus hermanos y hermanas en
la fe. Os deseamos que vayáis alegremente a su encuentro en la Santa
Eucaristía y que experimentéis la verdad de su palabra: “Y yo estoy
con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
¡Queridos hermanos y hermanas, la Paz esté con vosotros!
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