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04 - 06.10.2008
RESUMEN
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PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES 6 DE OCTUBRE DE 2008, POR LA MAÑANA)
- AVISOS
PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (LUNES 6 DE OCTUBRE DE
2008, POR LA MAÑANA)
Esta mañana, 6 de octubre de 2008 a las 9.00 horas, en presencia del Santo Padre, en el Aula del
Sínodo del Vaticano, con el canto de la Hora Tertia, abierto con el himno Veni, Creator Spiritus,
se ha dado inicio a los trabajos de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
con la Primera Congregación General. El Santo Padre Benedicto XVI ha efectuado la reflexión.
Presidente Delegado de turno S. Em. R. Card. William Joseph LEVADA, Prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe.
La asamblea sinodal abierta ayer por Benedicto XVI, que presidió la solemne Concelebración
Eucarística en la Basílica de San Pablo Extramuros, acogerá hasta el 26 de octubre de 2008 una
representación de los Prelados del mundo sobre el tema La Palabra de Dios en la vida y en la
misión de la Iglesia
Han intervenido en esta Primera Congregación General, después de la Hora Tertia, el Presidente
delegado, S. Em. R. Card. William Joseph LEVADA, Prefecto de la Congregación para la
Doctrina de la Fe (ESTADO DE LA CIUDAD DEL VATICANO) para el Saludo del Presidente
delegado; S. E. R. Mons. Nikola ETEROVI, Secretario General del Sínodo de los Obispos
(ESTADO DE LA CIUDAD DEL VATICANO) para la Relación del Secretario Generale;.
Después del intervalo, ha intervenido S. Em. R. Card. Marc OUELLET, Arzobispo de Québec
(CANADÁ) para la Relación anterior a la Discusión del Relator General.
Publicamos a continuación los textos completos de las intervenciones, pronunciadas en el Aula:
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SALUDO DEL PRESIDENTE DELEGADO, S. EM. R. CARD. WILLIAM JOSEPH
LEVADA, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
(CIUDAD DEL VATICANO)
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RELACIÓN DEL SECRETARIO GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, S. E.
R. MONS. NIKOLA ETEROVI (CIUDAD DEL VATICANO)
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RELACIÓN ANTERIOR A LA DISCUSIÓN DEL RELATOR GENERAL, S. EM. R.
CARD. MARC OUELLET, ARZOBISPO DE QUÉBEC (CANADÁ)
La Primera Congregación General de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos terminó a las 12.30 horas, con el rezo del Angelus Domini bajo la guía del Santo Padre.
Estuvieron presentes 244 Padres Sinodales.
En la conclusión de la Primera Congregación General, el Secretario General se dirigió al Santo
Padre con las siguientes palabras: "Beatísimo Padre, llevada a su término esta primera sesión,
recogiendo las palabras de todos los presentes, deseo dirigiros grandísima gratitud por Vuestra
presencia y, particularmente, por la reflexión que con palabras transparentes, profundas y de clara
espiritualidad, habéis querido mostrarnos, edificándonos en el espíritu".
La Segunda Congregación General, durante la cual serán presentadas las Relaciones de los cinco
Continentes, tendrá lugar esta tarde, 6 de octubre de 2008, a las 16.30 horas.
SALUDO DEL PRESIDENTE DELEGADO, S. EM. R. CARD. WILLIAM JOSEPH
LEVADA, PREFECTO DE LA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
(CIUDAD DEL VATICANO)
Beatísimo Padre:
Con espíritu de fe y sentimientos de júbilo cristiano nos encontramos aquí reunidos para celebrar
juntos esta XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, convocada por Vuestra
Santidad. Tendremos la oportunidad de confrontarnos entre nosotros pero sobre todo de unirnos
en colegial comunión para prepararnos a escuchar la Palabra de vida que Dios ha confiado a los
cuidados amorosos y fidedignos de su Iglesia para que la anuncie con valor y convicción, a los
que están cerca y a los que están lejos.
Deseamos expresarle nuestro agradecimiento por haber elegido un tema tan importante y
delicado. Hemos sido llamados a reflexionar sobre "La Palabra de Dios en la vida y en la misión
de la Iglesia". A nadie se le escapa la importancia de semejante argumento y su posición central
en la vida de la Iglesia y en la propia identidad cristiana. En efecto, la vida y la misión de la
Iglesia se funda en la Palabra de Dios, que la alimenta y la expresa, ya que es el alma de la
teología y, al mismo tiempo, la inspiradora de toda la existencia cristiana. Esta Palabra de Dios,
al estar destinada a todos los creyentes requiere, por consiguiente, una especial veneración y
obediencia, para que sea recibida como una urgente llamada a la plena comunión entre los fieles
en Cristo.
Como nos recuerda la constitución dogmática Dei Verbum, existe una inseparable unidad entre
la Sagrada Escritura y la Tradición, ya que ambas proceden de una misma fuente: "La Sagrada
Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo
ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la
Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del
Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles
la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz
del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de
donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de
todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu
de piedad" (Dei Verbum, 9).
Sólo la Tradición viva eclesial permite que la Sagrada Escritura sea comprendida como auténtica
Palabra de Dios que sirve de guía, norma y regla para la vida de la Iglesia y el crecimiento
espiritual de los creyentes. Ello supone el rechazo hacia cualquier interpretación subjetiva o
puramente experiencial o fruto de un análisis unilateral, incapaz de acoger en sí el sentido global
que a lo largo de los siglos ha guiado la Tradición de todo el pueblo de Dios.
En este horizonte nace la necesidad y la responsabilidad del Magisterio, llamado a ser el
auténtico intérprete de la Palabra de Dios al servicio de todo el pueblo cristiano y para la
salvación de todo el mundo. Y también nosotros, cada uno de los obispos, conocemos bien lo
grandes que son nuestras responsabilidades como legítimos sucesores de los Apóstoles y lo que
se espera de nosotros la sociedad actual, a la que debemos transmitir las verdades que a su vez
nosotros hemos recibido. El Concilio Vaticano II nos enseña que "incumbe a los prelados [...]
instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados para que usen rectamente los libros
sagrados" (Dei Verbum, 25). Así pues, esta tarea les corresponde a los obispos en primera
persona, ya sea como receptores de la Palabra, ya sea como servidores de la misma, según el
munus docendi que han recibido. En este sentido, también el organismo sinodal constituye una
institución cualificada para promover la verdad y la unidad del diálogo pastoral dentro del
Cuerpo místico de Cristo.
Santidad, en su discurso a los Miembros del Consejo Ordinario de la Secretaría general del
Sínodo de los Obispos, ha manifestado su deseo de que "ello ayude a redescubrir la importancia
de la palabra de Dios en la vida de todo cristiano, de toda comunidad eclesial e incluso civil"
(Discurso a los Miembros del Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los
Obispos, L'Osservatore Romano, 25 de enero de 2007).
Nosotros queremos acoger con humildad y responsabilidad esta llamada, pues sabemos que el
último fin de la revelación divina es la comunión de vida con el Señor. La Epístola a los Hebreos
nos recuerda que la Palabra de Dios es viva y eficaz (cfr. 4, 12) e ilumina nuestro camino de
peregrinación terrenal hacia la total plenitud del Reino de Dios. Sólo quien tiene familiaridad con
la Palabra de Dios podrá ser su fidedigno anunciador y sólo quien la vive con un compromiso
concreto de crecimiento puede comprender lo que escribe san Pablo a los cristianos de Corinto:
"¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Cor 9, 16). Este grito de san Pablo resuena también
hoy en la Iglesia con urgencia y se vuelve para todos los cristianos una llamada al servicio del
Evangelio para el mundo entero.
Al iniciar los trabajos de esta Asamblea sinodal, bajo la guía del Espíritu Santo, queremos dirigir
nuestra mirada a Cristo, luz del mundo y nuestro único Maestro. Que la Virgen María, madre de
la Palabra encarnada, interceda por nosotros. Bendíganos, Santo Padre, para que la belleza, la
pureza y la verdad de la Palabra de Dios pueda llegar a todos los hombres y mujeres de nuestro
tiempo mediante nuestra caridad pastoral, nuestro coraje evangélico y nuestra jubilosa
responsabilidad del anuncio cristiano.
[00007-04.05] [NNNNN] [Texto original: italiano]
RELACIÓN DEL SECRETARIO GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, S. E. R.
MONS. NIKOLA ETEROVI (CIUDAD DEL VATICANO)
Introducción
Santo Padre, Eminentísimos y Excelentísimos Padres sinodales,
Hermanos y hermanas,
Agradezco a la Divina Providencia el privilegio que me ha sido concedido de dirigirme a
vosotros en calidad de Secretario General al inicio de otra Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos. Os saludo a todos con las palabras que San Pablo Apóstol dirigió hace
aproximadamente 1950 años -alrededor del 58- a los cristianos de esta ciudad: pa/sin toi/j ou=sin
evn ~Rw,mh| avgaphtoi/j Qeou/( klhtoi/j a`gi,oijà ca,rij u`mi/n kai. eivrh,nh avpo. Qeou/ patro.j h`mw/n kai.
Kuri,ou VIhsou/ CristoØ ["A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación,
a vosotros gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo"] (Rm 1, 7). El
saludo del Apóstol de las Gentes, además de ser significativo, parece apropiado por varios motivos.
Llegados desde todas partes del mundo, vosotros, padres sinodales, habéis alcanzado Roma,
centro visible de la Iglesia Católica, sede del Obispo de Roma que preside en la caridad la santa
Iglesia de Dios. En nombre de todos dirijo un saludo muy especial a Su Santidad Benedicto XVI,
el 264 º sucesor de San Pedro Apóstol en la sede de Roma. Estamos agradecidos por la
convocación a ésta su ciudad, que también lo es de cada uno de nosotros, en cuanto todos los
católicos, es más, todos los cristianos tienen una relación única e irrepetible con Roma que
custodia celosamente el recuerdo de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Ellos consagraron con
la propia sangre la llegada de la Buena Noticia a Roma, centro del imperio romano, que llegó a
ser el centro de la Iglesia Católica.
La persona de San Pablo y su mensaje acompañarán de manera especial los trabajos sinodales
que tienen lugar en el curso del Año Paulino que, por inspiración del Espíritu Santo, el Santo
Padre Benedicto XVI abrió el 29 de junio pasado, con ocasión de los dos mil años de su nacimiento.
La palabra del Apóstol de Tarso recuerda, además, que Dios nos ama a todos [avgaphto Qeou/]
y que por medio del bautismo recibimos la vocación a la santidad. [klht a`gi,oi] Es el
fundamento del sacerdocio común en el que se basan los ministerios y carismas de la Iglesia.
También nuestra actividad en las próximas semanas, en la escucha, en la meditación, en la
celebración y en la difusión de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a progresar en la santidad,
un camino fatigoso y exigente pero al mismo tiempo lleno de júbilo y exaltador. Para alcanzar
esta meta, vamos a encomendarnos a la benevolencia de Dios Padre, a la gracia del Espíritu
Santo, don que nuestro Señor Jesucristo resucitado da continuamente sin medida (cfr. Jn 3, 34)
Con estos sentimientos saludo con mucho gusto a los 253 Padres sinodales que llegaron de los
cinco continentes: 51 de África, 62 de América, 41 de Asia, 90 de Europa y 9 de Oceanía,
respectivamente. Los Padres sinodales toman parte en la Asamblea General Ordinaria de distintas
formas: 173 fueron elegidos, 38 participan ex oficio, 32 fueron nombrados por el Santo Padre
y 10 fueron elegidos por la Unión de Superiores Generales. Entre ellos hay 8 Patriarcas, 52
Cardenales [1], 2 Arzobispos Mayores, 79 Arzobispos, 130 Obispos. En lo que concierne al
oficio que desempeñan, 10 son Jefes de las Iglesias Orientales sui juris, 30 son Presidentes de las
Conferencias Episcopales, 24 son Jefes de los Dicasterios de la Curia Romana, 185 son
Ordinarios, 17 son Auxiliares.
Dirijo un especial saludo a los Delegados fraternos, representantes de 10 Iglesias y comunidades
eclesiales que con los católicos comparten el amor y la veneración de las Sagradas Escrituras.
Además del sacramento del bautismo, la Biblia es lo que más une a todos los que creen en el
misterio de Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dirijo la cordial bienvenida también
a algunos invitados especiales que han aceptado la invitación del Santo Padre Benedicto XVI y
con mucho gusto tomarán parte en los trabajos sinodales.
Saludo, además, a 41 Expertos y 37 Oyentes, hombres y mujeres, que fueron elegidos entre tantos
especialistas y amantes de la Palabra de Dios para asistir a los Padres sinodales y para enriquecer
sus reflexiones con la experiencia personal y la de las respectivas comunidades sobre la
importancia vital de la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz (cfr. Heb 4, 12).
Extiendo mis más sinceros saludos a los Encargados de prensa, a los Asistentes, a los
Traductores, al personal técnico y, en particular, a los Colaboradores de la Secretaría General del
Sínodo de los Obispos. Sin su generosa y válida contribución no habría sido posible organizar
bien el presente Sínodo.
Para todos, junto a un cordial saludo, formulo el auspicio para que la participación a la XII
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos pueda favorecer un mejor conocimiento
de la Palabra de Dios con el fin de que cada uno pueda redescubirse amado por Dios y progresar,
con entusiasmo renovado, en el camino de la santidad, por el bien de la Iglesia y del mundo entero.
La presentación se divide en 5 partes:
I. Reflexiones preliminares sobre la Palabra de Dios
II. Actividades entre la XI y la XII Asamblea General Ordinaria
III. Preparación de la XII Asamblea General Ordinaria
IV. Actividades de la Secretaría General
V. Conclusión
I. Reflexiones preliminares sobre la Palabra de Dios
El tema de la XII Asamblea General Ordinaria sobre la Palabra de Dios nos trae a la memoria de
forma espontánea las palabras del Prólogo del Evangelio de san Juan: VEn avrch/| h=n o` o,goj(
kai. o` o,goj h=n pro.j to.n Qeo,n( kai. Qeo.j h=n o` o,goj ["En el principio existía la Palabra y la
Palabra estaba con Dios, y la palabra era Dios "] (Jn 1, 1). Estas palabras llenas de Espíritu
permiten penetrar en el abismo del misterio de Dios, oculto desde hace siglos y revelado en la
plenitud de los tiempos (cfr. Ef 1, 10) en Jesucristo, él mismo nacido del Espíritu Santo y de
María Virgen (cfr. Lc. 1, 34-37). "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el
seno del Padre, él lo ha contado" (Jn. 1, 18). Il o,goj (Dabar, Verbum, Palabra) es Jesucristo:
el Verbo eterno que en el misterio de la encarnación se hizo carne y habitó entre nosotros (cfr.
Jn 1, 14). Nuestro Señor Jesúcristo, hombre y Dios, recorría las ciudades y las aldeas de Tierra
Santa "enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda
enfermedad y toda dolencia en el pueblo" (Mt. 4, 23). Su revelación, hecha por medio de palabras
y gestos, culminó en el misterio pascual, en el descenso de la pasión y de la muerte, y en la
sucesiva glorificación de la resurrección y de la ascensión "por encima de todos los cielos, para
llenarlo todo" (Ef 4, 10).
El Hijo, el o,goj, que estaba en el principio con Dios, porque Él mismo es Dios (cfr. Jn 1, 1),
participó en la creación en cuanto "Todo se hizo por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto existe.
En Él estaba la vida" (Jn 1, 3). Iluminados por el Espíritu Santo que aleteaba sobre las aguas
mientras "la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo" (Gen 1, 2), nos
acercamos al acto creador de Dios: `#r<a'(h' taeîw> ~yIm:ßV'h; taeî ~yhi_l{a/ ar"äB' tyviÞarEB ["En el principio creó
Dios el cielo y la tierra"] (Gen 1, 1) y descubrimos la obra del o,goj por medio del cual Dios
Padre ha creado el cosmos y el hombre, obra maestra de la creación, hecho a su imagen y
semejanza (cfr Gen 1, 26-27).
En el o,goj "estaba la vida y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1, 4) que resplandece en las
tinieblas. Los que acogieron "la Palabra de la vida" [o,go th/j zwh/j] (1 Jn 1, 1) están llamados
a anunciarla para que, al participar en la comunión que tiene por fundamento al Padre y su Hijo
Jesucristo, puedan compartir el gozo perfecto. En esta obra los santos, los "que creen en Cristo
Jesús" (Ef 1, 1), están ayudados por el Espíritu Santo que habita en ellos, entre ellos "templo de
Dios (1 Cor 3, 16), que viene a ayudarlos en su debilidad (cfr. Rm 8, 26) y los guía hasta la
verdad completa (cfr. Jn 16, 13). Pero también el mismo Jesús resucitado permanece con los
suyos hasta el fin del mundo (cfr. Mt 28, 20). Además, Él convierte a todos los que en la
Eucaristía se nutren de su cuerpo y de su sangre en miembros de la Iglesia, de su Cuerpo místico.
Por lo tanto es el mismo Jesús, el o,goj, el que desde dentro de nuestro corazón nos impulsa a
la misión, al anuncio de la Buena Noticia. En realidad, para las cosas de Dios, como afirma San
Jerónimo, más que a nuestras propias fuerzas, hay que encomendarse a la gracia de Dios y a la
rectitud de intención ya que: "no puede faltar la palabra a quien tiene fe en el Verbo" [2].
Jesucristo, el o,goj eterno, es el Primero y el Último. También como hombre glorificado él
posee el primado de la nueva creación, ya que es el primogénito de los resucitados de entre los
muertos (cfr. Col 1, 18). "Su nombre es: La Palabra de Dios" [~O o,goj tou/ Qeou/] (Ap. 19, 13),
"Rey de Reyes y Señor de Señores" (Ap. 19, 16). Así pues, el o,goj , por medio del cual fueron
creadas todas las cosas, será también el último cuando venga a juzgar a vivos y a muertos, cada
uno "conforme a sus obras" (Ap 22, 12). Él es "el Alfa y la Omega, el Principio y el Último, el
Principio y el Fin" (Cfr. Ap 22, 6). Junto con todas las criaturas del cielo y de la tierra, reunidos
también nosotros en la Asamblea sinodal, proclamamos llenos del Espíritu Santo: "Al que está
sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos" (Ap
5, 13).
II. Actividades entre la XI y la XII Asamblea General Ordinaria
Durante la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar entre el 2
y el 23 de octubre del 2005 sobre el tema "La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la
misión de la Iglesia", se formó el XI Consejo Ordinario de la Secretaría General. En conformidad
con el Reglamento del Sínodo de los Obispos fueron elegidos por los Padres sinodales, mediante
votación electrónica, 12 miembros, mientras que el Santo Padre Benedicto XVI nombró a 3
Obispos para completar el número previsto de 15 Miembros del mencionado consejo. Las
principales tareas del XI Consejo Ordinario eran dos: llevar a término las conclusiones de la XI
Asamblea sinodal sobre la Eucaristía y preparar la siguiente XII Asamblea General Ordinaria.
El Consejo Ordinario se reunió en Roma 6 veces. La primera, el 22 de octubre, mientras la
Asamblea Sinodal llegaba a su fin. Esto ha permitido a los Miembros conocerse mejor y
programar la futura actividad. En el curso del año 2006 el Consejo se reunió 3 veces: del 30 al 31
de enero, del 1 al 2 de junio y del 10 al 11 de octubre, respectivamente. El Consejo Ordinario ha
llevado a cabo una reunión en el 2007, desde el 24 al 25 de enero, y una en el 2008, del 21 al 22
de enero. Gracias a los medios de comunicación modernos, en particular el correo electrónico, la
Secretaría General, de acuerdo con los Miembros del citado Consejo, favoreció el intercambio de
informaciones y de documentación por escrito, queriendo así reducir los inconvenientes causados
por los frecuentes viajes de los Obispos desde sus Diócesis hasta Roma, sede de la Secretaría General.
Las primeras dos reuniones del XI Consejo Ordinario han tenido como finalidad principal
reflexionar sobre la valiosa documentación del Sínodo sobre la Eucaristía. Los Miembros del
Consejo Ordinario se concentraron especialmente en el examen de las 50 Propuestas que los
Padres sinodales habían aprobado con más de dos tercios de los votos. La primera Propuesta
sometía a la benévola aceptación del Santo Padre Benedicto XVI una solicitud para poder redactar
un Documento sobre el sublime misterio de la Eucaristía, por el bien de la Iglesia y de su misión
en el mundo.
Su Santidad acogió generosamente la súplica de los Padres sinodales. Como de costumbre, en la
elaboración de la Exhortación Apostólica Postsinodal, el Sumo Pontífice fue asistido por el XI
Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos. Así pues, en la reunión de
enero de 2006 del Consejo redactó un esquema del Documento con abundantes y puntuales
indicaciones. En el encuentro del mes de junio del Consejo Ordinario se examinó el borrador de
la Exhortación Apostólica. Se hicieron numerosas observaciones para recoger toda la riqueza de
la reflexión de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, a la luz del
Magisterio de la Iglesia, en particular del Concilio Ecuménico Vaticano II y de las enseñanzas de
los Pontífices Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Después de haber incluido todas las
observaciones, el texto fue entregado al Sumo Pontífice que, a su vez, aportó una notable
contribución, imprimiéndole el carisma propio del Pastor universal de la Iglesia. El Santo Padre
eligió el significativo título de la Exhortación Apostólica Postsinodal: Sacramentum Caritatis. El
Obispo de Roma firmó dicho Documento el 22 de febrero de 2007, fiesta de la cátedra de San
Pedro. La Sacramentum Caritatis fue publicada el 13 de marzo de 2007. El mismo día fue
presentada en la Oficina de Prensa de la Santa Sede por el Eminentísimo Cardenal Angelo Scola,
Patriarca de Venecia y Relator General de la XI Asamblea General Ordinaria, y por el Excmo.
Monseñor Nikola Eterovi, Secretario General del Sínodo de los Obispos. La Exhortación
Apostólica Postsinodal fue publicada en ocho idiomas. Las traducciones a otras distintas lenguas
se publicaron a continuación.
El 22 de febrero de 2006, el Excmo. Secretario General del Sínodo de los Obispos envió la Relatio
circa labores peractos de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos a los Jefes
de las Iglesias Orientales Católicas sui juris, a los Presidente de las Conferencias Episcopales, a
los Jefes de los Dicasterios de la Curia Romana y al Presidente de la Unión de los Superiores
Generales. En el Documento presentó una síntesis de la preparación y desarrollo de los trabajos
sinodales. Entre otras cosas, se indicaron los siguientes datos estadísticos. En el Sínodo del 2005
participaron 256 Padres sinodales de los cuales 177 fueron elegidos, 39 ex officio y 40 de nómina
Pontificia. En cuanto a los continentes, los Padres sinodales provenían: 50 de África, 59 de
América, 44 de Asia, 95 de Europa y 8 de Oceanía. Tuvieron lugar 22 Congregaciones Generales
y 7 Sesiones de los Círculos menores. Los Padres sinodales aprobaron por aclamación el texto del
Nuntius al Pueblo de Dios y, por amplia mayoría, las 50 Propuestas.
Según la praxis consolidada, fueron transcritas de la grabación vocal todas las intervenciones
hechas durante la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos en los idiomas en
los que se pronunciaron en la Sala del Sínodo. Se trata de las Acta XI Coetus Generalis Ordinari
Synodi Episcoporum, publicadas en tres volúmenes de 973 páginas. Las Actas fueron entregadas
al Santo Padre Benedicto XVI el 21 de enero de 2008. Otros volúmenes están destinados al
Archivo ubicado en la Secretaría General y quedan como una documentación valiosa de las
profundas reflexiones sinodales sobre el inagotable misterio de la Eucaristía.
III. Preparación de la XII Asamblea General Ordinaria
El tema de la XII Asamblea General Ordinaria, que tendrá lugar en octubre de 2008, fue objeto
de amplias consultas y de profundas discusiones. Antes de la conclusión de la XI Asamblea
General del Sínodo de los Obispos, los Padres sinodales fueron invitados a señalar los argumentos
que, según su criterio, podrían ser tratados durante el Sínodo siguiente. Las respuestas fueron
bastante numerosas y los temas diversos, aunque se evidenciaba un número significativo de
señalamientos relativos a la Palabra de Dios.
A principios del año 2006, después de la Audiencia Pontificia del 13 de enero, el Excmo.
Monseñor Nikola Eterovi, Secretario General del Sínodo de los Obispos, escribió a los Jefes de
las Iglesias Orientales Católicas sui juris, a los Presidentes de las Conferencias Episcopales, a los
Jefes de los Dicasterios de la Curia Romana y al Presidente de la Unión de los Superiores
Generales, pidiéndoles que indicaran una terna de temas que, en su opinión, pudieran ser objeto
de profundización sinodal. Se indicó además que los argumentos deberían ser de interés para la
Iglesia universal, que la reflexión sobre los mismos debería responder a una actualidad pastoral
viva y que deberían ser posibles unas condiciones de factibilidad para su profundización en el
Sínodo de los Obispos. Las respuestas debían llegar antes del 1 de junio de 2006 para el Consejo
Ordinario de la Secretaría General las pudiera examinar en la reunión de los días 1 y 2 de junio.
La Secretaría General del Sínodo de los Obispos recibió numerosas propuestas que fueron
analizadas por los Miembros del Consejo Ordinario en dicha reunión. Después de una profunda
reflexión, se formuló una terna de temas que el Excmo. Mons. Nikola Eterovi, Secretario
General, sometió a la benévola consideración del Santo Padre Benedicto XVI, Presidente del
Sínodo de los Obispos. En la Audiencia que se le concedió el 22 de septiembre de 2006, el Sumo
Pontífice acogió la primera propuesta de la terna, que es la más señalada por los episcopados, es
decir, La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Al mismo tiempo, el Santo Padre
decidió que el Sínodo tuviese lugar del 5 al 26 de octubre de 2008. La decisión del Sumo Pontífice
fue comunicada oficialmente al Secretario General por el Excmo. Card. Tarcisio Bertone,
Secretario de Estado, el 30 de septiembre de 2006. El tema fue presentado el 6 de octubre en 11
idiomas.
Como podemos observar existe, incluso en la formulación del título de la presente Asamblea
sinodal, una referencia a la anterior sobre la Eucaristía. Se buscó el parecido para subrayar la
mutua relación entre la Palabra de Dios y la Eucaristía. Ambas están tan íntimamente unidas en
la celebración de la Santa Misa que en realidad las dos mesas de la Liturgia de la Palabra y de la
Liturgia Eucarística forman prácticamente una única mesa de la Palabra, del Cuerpo y de la Sangre
de nuestro Señor Jesucristo.
Preparación de las Líneas de orientación
Después de que el Santo Padre Benedicto XVI estableciera el tema de la XII Asamblea General
Ordinaria, el XI Consejo Ordinario de la Secretaría General se reunió dos veces para estudiar el
texto de las Líneas de orientación. En la reunión del 10 y el 11 de octubre de 2006, los Miembros
del Consejo Ordinario, con la ayuda de algunos expertos, aprobaron el esquema de las Líneas de
orientación refiriéndose, en particular, a la Constitución dogmática Dei Verbum, gran documento
del Concilio Ecuménico Vaticano Segundo, teniendo en cuenta además los pronunciamientos
posteriores del Magisterio de la Iglesia sobre el tema, así como las situaciones pastorales y
sociales en las cuales las Iglesias particulares viven y operan en el mundo contemporáneo.
En la reunión del 24 al 25 de enero de 2007, los Miembros del Consejo Ordinario examinaron los
borradores de las Líneas de orientación, aportando varias modificaciones con objeto de
perfeccionar el texto. Al mismo tiempo, fueron señalados algunos aspectos que requerían una
posterior profundización. La Secretaría General, con la colaboración de algunos expertos, trataron
de incorporar todas las observaciones. Antes de entregar el texto para que fuera traducido en
varios idiomas, se les envió por correo electrónico a todos los Miembros, que así han podido
aportar otras mejorías.
Una vez obtenido el consenso del Consejo Ordinario, el 27 de abril de 2007, la Secretaría General
publicó las de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. El texto tuvo como
objetivo favorecer la discusión a nivel de la Iglesia universal sobre el tema de la Asamblea
sinodal. Las fueron presentados en la Oficina de Prensa de la Santa Sede por el Excmo. Mons.
Nikola Eterovi, Secretario General y por el Revmo. Mons. Fortunato Frezza, Subsecretario del
Sínodo de los Obispos. La difusión del Documento se vio favorecida también por las notables
posibilidades de los actuales medios de comunicación, sobre todo por Internet. En la página de
la Santa Sede reservada al Sínodo de los Obispos se incluyó el texto de las Líneas de orientación
en 10 idiomas. Además de los 8 idiomas habituales (latín, francés, inglés, italiano, polaco,
portugués, español, alemán), a cargo de la Secretaría General, el Documento fue traducido
también al chino y al árabe, señal del gran interés por el tema del Sínodo entre las Iglesias
particulares que utilizan dichos idiomas. Las Líneas de orientación, como es habitual, contenían
las preguntas, 21 en total, para facilitar la reflexión y la profundización de los temas. En el
Prefacio, el Secretario General rogaba a los Organismos interesados que las respondieran dentro
del mes de noviembre de 2007 ofreciendo contribuciones válidas sobre el tema previamente
elegido por el Santo Padre Benedicto XVI.
Redacción del Documento de trabajo
A partir de las respuestas recibidas por la Secretaría General, se pudo observar que el argumento
de esta Asamblea General Ordinaria goza de gran actualidad, además de ser muy significativo para
las Iglesias particulares que esperan de la reflexión sinodal una reactivación del celo en la
evangelización, un renovado interés por conocer, amar, celebrar la Palabra de Dios, sobre todo
en las celebraciones litúrgicas, para luego anunciarla con renovado impulso a quienes están cerca
y a quienes están lejos.
El porcentaje de las respuestas institucionales corresponde al 78,3 %. Este porcentaje está
distribuido del siguiente modo:
- Sínodos de las Iglesias Orientales Católicas sui juris: 61,5 % (de 13 Iglesias respondieron 8 [3];
- Conferencias Episcopales: 82,3 % (de 113 Conferencias Episcopales respondieron 93);
- Dicasterios de la Curia Romana: 68 % (de 25 Dicasterios respondieron 17 [4];
- Unión de los Superiores Generales: 100 %.
Con respecto a las Conferencias Episcopales, puede resultar de interés indicar por orden alfabético
el porcentaje de las respuestas según cada continente:
- África: 72,2 % (de 36 Conferencias Episcopales respondieron 25 [5]);
- América: 83,3 % (de 24 Conferencias Episcopales respondieron 20 [6]);
- Asia: 94,1 % (de 17 Conferencias Episcopales respondieron 16 [7]);
- Europa: 93,7 % (de 32 Conferencias Episcopales respondieron 30 [8]);
- Oceanía: 50 % (de 4 Conferencias Episcopales respondieron 2 [9]).
El XI Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, ayudado por algunos
expertos, examinó con atención las aportaciones de los episcopados. Los Miembros del Consejo
se detuvieron además en las numerosas aportaciones de las instituciones eclesiales: por ejemplo,
los de la Unión Internacional de las Superiores Generales (U.I.S.G.), así como los de algunas
personas que han enviado su punto de vista. La Secretaría General tomó en consideración además
los resultados de algunos Congresos así como de los artículos publicados en varias revistas
especializadas y de divulgación.
En la reunión de los días 21 y 22 de enero de 2008, los Miembros del XI Consejo Ordinario
intervinieron profusamente en el borrador del Documento de trabajo, redactado a partir de las
valiosas contribuciones recibidas principalmente de los episcopados de la Iglesia universal. Ellos
han encargado a la Secretaría General que complete en un texto orgánico las observaciones
puntuales. Después de haber llevado a cabo dicha exigente tarea, con la ayuda de algunos
expertos, la Secretaría General envió por correo electrónico a cada Miembro el texto completado
según las indicaciones del Consejo Ordinario, solicitando la aprobación del Documento o, si fuera
necesario, la formulación de otras, y últimas, observaciones. Las aportaciones de los Miembros
del Consejo Ordinario fueron puntualmente examinadas e incluidas en gran parte en el texto
definitivo. Después del habitual trabajo, paciente y exigente, de traducción a 8 idiomas, el
Documento de trabajo fue publicado el 12 de junio de 2008. En el mismo día el Documento fue
presentado en la Oficina de Prensa de la Santa Sede por el Ecxmo. Mons. Nikola Eterovi,
Secretario General y por el Rev. Mons. Fortunato Frezza, Subsecretario del Sínodo de los
Obispos. El Documento de trabajo ha tenido una amplia difusión a través de Internet -y fue
incluido en la página de la Santa Sede reservada al Sínodo de los Obispos- y a través de
numerosas publicaciones, como por ejemplo L'Osservatore Romano en italiano y en otros
idiomas, en la Librería Editorial Vaticana, en varias revistas. Este hecho hizo posible que muchas
personas conocieran el orden del día del próximo Sínodo. Fue especialmente útil a los Padres
sinodales que, de esta forma, pudieron prepararse adecuadamente para la reflexión sobre el tema
del presente Sínodo, tan importante para la vida de la Iglesia y para su misión de evangelización
y de promoción humana.
Contribución del Santo Padre Benedicto XVI
El Santo Padre Benedicto XVI siguió de cerca, y puntualmente, la actividad de la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos, y por ello siento el grato deber de darLe las gracias en nombre
del XI Consejo Ordinario y de toda la Asamblea. El Sumo Pontífice, por otra parte, es también
el Presidente del Sínodo de los Obispos. Los Obispos, además, siguen con gran atención los
discursos del Santo Padre, sobre todo los que se refieren a la comunión eclesial, a la colegialidad
episcopal y al carácter sinodal de la Iglesia, temas del mayor interés para el Sínodo de los Obispos
y por su contribución institucional al servicio del ministerio del Obispo de Roma, Pastor universal
de la Iglesia.
Además de las Audiencias de trabajo, concedidas al Secretario General, el Santo Padre Benedicto
XVI recibió tres veces al XI Consejo Ordinario en la Sede Apostólica: el 1 de junio de 2006, el
25 de enero de 2007 y el 21 de junio de 2008. En cada ocasión el Obispo de Roma dirigió un
Discurso apropiado sobre algunos aspectos importantes de la actividad del mencionado Consejo,
que tuvieron un notable eco en toda la Iglesia. Los argumentos abordados se referían al misterio
de la Eucaristía, mientras el XI Consejo Ordinario estaba prestando ayuda al Sumo Pontífice en
la recopilación y sistematización de las abundantes contribuciones de la XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión
de la Iglesia. Lógicamente, cuando el propio Consejo concentró sus esfuerzos en la preparación
de la XII Asamblea General Ordinaria, Su Santidad se refirió a la importancia vital del tema de
la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.
Me permito señalar los siguientes discursos del Sumo Pontífice sobre la Palabra de Dios: Angelus
del 6 de noviembre de 2005, con ocasión del 40º aniversario de la promulgación de la Dei Verbum
[10]; Discurso a los participantes en el Congreso Internacional La Sagrada Escritura en la vida de
la Iglesia [11]; el volumen Jesús de Nazaret [12].
No podemos olvidar tampoco las frecuentes referencias a la importancia del redescubrimiento de
la Lectio Divina. En las catequesis de las Audiencias Generales del miércoles, el Santo Padre
Benedicto XVI subrayó con frecuencia la importancia vital de la Sagrada Escritura para la obra
teológica, espiritual y eclesial de los Apóstoles y sus sucesores, así como de los Padres de la
Iglesia. Estas intervenciones servirán de enriquecimiento a la reflexión sinodal. Varias ya fueron
citadas, además, tanto en las Líneas de orientación como en el Documento de trabajo, es decir, el
documento de preparación y el de trabajo, respectivamente, de la XII Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos.
IV. Actividad de la Secretaría General
La Secretaría General ha estado muy ocupada llevando a cabo las reflexiones de la XI Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Al mismo tiempo se ha concentrado en la
preparación de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos y de la Segunda
Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos que, si Dios quiere, tendrá lugar en el
mes de octubre del año 2009.
Sin embargo, la Secretaría General ha realizado también otras actividades a las cuales me referiré
brevemente.
Actualización del Reglamento del Sínodo de los Obispos
Desde hacía tiempo que se sentía la necesidad de actualizar el ordenamiento sinodal según las
prescripciones del Código de Derecho Canónico y del Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, promulgados por el Papa Juan Pablo II respectivamente el 25 de enero de 1983 y el
18 de octubre de 1990. Parecía oportuno, además, adaptar las normas legislativas a la praxis que,
durante casi 40 años, tuvo un desarrollo notable y que muchas veces fue regulada con
instrucciones emitidas ad hoc, escritas sobre hojas sueltas. El Santo Padre Benedicto XVI dispuso
algunas importantes modificaciones de la metodología sinodal, experimentadas con la aprobación
general durante la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Por lo tanto, gracias
al Sumo Pontífice se formó una Comisión ad hoc para estudiar la actualización del Reglamento
del Sínodo de los Obispos. El resultado de tan notable esfuerzo fue aprobado por Su Santidad
Benedicto XVI con el Rescripto del 29 de septiembre de 2006, con la firma del Secretario de
Estado, Su Eminencia el Cardenal Tarcisio Bertone.
El Reglamento del Sínodo de los Obispos fue publicado en las Acta Apostolicae Sedis [13]. Una
edición especial, en versión original latina y con la traducción italiana, a cargo de la Secretaría
General. Este opúsculo, además, fue distribuido a todos los Padres sinodales. Asimismo, el texto
actualizado del Reglamento del Sínodo de los Obispos puede ser consultado en versión electrónica
en la página de la Santa Sede reservada a los Sínodos de los Obispos.
Por falta de tiempo, no es posible indicar todas las modificaciones que fueron introducidas. Me
permito señalar las principales:
En el Proemio se alude, de manera sucinta, a la historia de las variaciones del Reglamento del
Sínodo de los Obispos así como del desarrollo de dicha institución eclesial. Al mismo tiempo, se
indica la naturaleza jurídica y la importancia teológica del Sínodo de los Obispos. Expresa, de
modo particular, el espíritu de comunión que une a los Obispos entre sí y con el Obispo de Roma.
Muestra el afecto colegial que caracteriza las relaciones entre los miembros del ordo episcoporum.
Manifiesta la solicitud del episcopado por el bien de la Iglesia Universal. Asistido por el Espíritu
Santo, el Sínodo de los Obispos proporciona al Romano Pontífice el consejo seguro sobre los
distintos problemas eclesiales. De este modo, el Sínodo de los Obispos, como cualquier órgano
colegial, tiene por finalidad la búsqueda de la verdad o del bien de la Iglesia. El consensus
Ecclesiae que se obtiene compartiendo la misma fe, "es fruto de la acción del Espíritu, alma de
la única Iglesia de Cristo" [14].
El texto respeta con más lógica la composición de las Asambleas sinodales, en particular la
presencia de las Iglesias Orientales Católicas sui juris y de las Conferencias Episcopales. Sigue
siendo válida la norma que establece que en las reuniones sinodales participe ex officio el Jefe de
cada Iglesia Oriental Católica. Pero también se precisa que si aquel estuviese imposibilitado por
graves motivos, puede delegar, con el consenso del Sínodo de su Iglesia, en otro Obispo.
Asimismo, para las Iglesias Orientales Católicas que tienen más de 25 miembros está prevista la
elección de un segundo representante.
En el Reglamento del Sínodo de los Obispos también se precisa mejor el papel del Relator
General, figura que ha evolucionado notablemente durante las 4 décadas de la actividad sinodal,
así como la función del Secretario Especial.
Se introduce la norma que establece que todos los Jefes de los Dicasterios de la Curia Romana
participen ex officio en las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de los Obispos. Antes,
la norma preveía esta participación sólo para los Jefes cardenales, mientras que los demás debían
ser nombrados por el Santo Padre.
Para unificar las denominaciones con el Código Canónico y el Código de los Cánones de las
Iglesias Orientales, se ha preferido usar generalmente la denominación Romano Pontífice para
indicar al Obispo de Roma, Presidente del Sínodo de los Obispos.
Para las Asambleas Generales Extraordinarias fue introducida la norma, respetando la praxis
vigente que, en el caso que el Presidente de una Conferencia Episcopal estuviese imposibilitado,
sea sustituido ex officio por el primer Vice-Presidente. Como se sabe, el Reglamento del Sínodo
de los Obispos prevé para las Asambleas Generales Extraordinarias la participación ex officio de
los Presidentes de las Conferencias Episcopales.
Las normas concernientes a la Comisión para la redacción de un eventual Mensaje u otro
Documento fueron modificadas. Dicha Comisión, al igual que las otras, está compuesta por 12
Miembros de los cuales 4 son nombrados por el Santo Padre, incluidos el Presidente y el
Vicepresidente y otros 8 son elegidos por la Asamblea.
Fue institucionalizada la discusión libre, querida por el Santo Padre Benedicto XVI e introducida
con éxito en la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos del año 2005.
Son nombrados también los participantes al Sínodo de los Obispos sin derecho al voto, es decir:
Expertos, Oyentes, Delegados Fraternos.
Fueron actualizadas las normas relativas a la actividad de los Círculos Menores.
Actualización del Vademécum: novedades metodológicas
En relación al actualizado Reglamento del Sínodo de los Obispos y de la praxis, que tuvo un
desarrollo notable en las últimas Asambleas sinodales, me permito indicar algunas novedades
metodológicas, en parte ya experimentadas, con deliberación del Santo Padre Benedicto XVI, en
la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
Cada Padre sinodal tendrá a disposición 5 minutos para su intervención en el Aula y no 6 como
en la última Asamblea. El tiempo que se recupera de este modo, podrá ser dedicado a las
discusiones en el Aula y a los trabajos de los Círculos Menores.
Para los Delegados Fraternos, como también para los Oyentes y las Oyentes se prevén, en la
medida de lo posible, intervenciones, cada una de 4 minutos.
Al comienzo de la presente Asamblea, intervendrán 5 Relatores que tratarán de dar una visión de
conjunto a los respectivos continentes acerca del tema de la Palabra de Dios. Cada uno de ellos
tendrá a disposición 10 minutos. El mismo tiempo está previsto para las intervenciones de los
Relatores de los Círculos Menores.
Durante la discusión libre, un Padre sinodal podrá intervenir por no más de 3 minutos, con una
sola y eventual réplica.
Lo mismo vale para otros momentos de discusión en el Aula, que fueron previstos y que serán
empleados para una incrementar la participación en las reflexiones sinodales.
Tal discusión será puesta en práctica, por ejemplo, después de una exposición de 30 minutos
aproximadamente, sobre la recepción de la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum
Caritatis. Obviamente, se espera que la discusión se concentre en algunos temas relacionados a
dicho Documento, resultado de la última Asamblea General Ordinaria, por de más importante para
la Iglesia en el mundo entero, por cuanto la Eucaristía representa la fuente y el cumbre de la vida
y de la misión de la Iglesia.
Se invita a cada Padre sinodal que desee hablar en el Aula, a inscribirse oportunamente en la
Secretaría General, señalando el tema sobre el cual va a intervenir. Obviamente, cada padre
sinodal indicará el número o los números del Documento de trabajo al cual desea referirse.
Tendrán prioridad quienes hablarán sobre la primera parte del Documento de trabajo que va desde
los puntos 1 al 26. Se trata de la Introducción y del tema El Misterio de Dios que nos habla.
Seguidamente se profundizará la segunda parte sobre La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia,
desde los puntos 27 al 41. Seguirá, a continuación, la tercera parte, La Palabra de Dios en la
misión de la Iglesia, desde los puntos 42 al 60. Se espera, de tal modo, favorecer una reflexión
más lógica, por argumento, para facilitar la profundización de los temas, evitando así, el pasaje
brusco de un argumento a otro.
Durante el Sínodo se utilizarán los instrumentos para la votación electrónica, para ganar tiempo,
permitiendo, de este modo, conocer los resultados casi en tiempo real. Considerando, sin embargo,
la importancia de las votaciones de las Propuestas, la praxis consolidada y la posibilidad, si bien
mínima, de imprecisión de los sistemas electrónicos, dicha votación se hará, ya sea por escrito que
en forma electrónica. Los resultados oficiales serán los que calculará la Comisión de escrutinio,
que se formará a tal propósito a su debido tiempo.
En el curso de la Asamblea sinodal tendremos el placer de saludar a dos invitados especiales.
En la tarde del sábado 18 de octubre está prevista en este Aula del Sínodo, una Celebración de la
Palabra presidida por el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I junto con el Santo
Padre Benedicto XVI.
Hoy, 6 de octubre, por la tarde, el rabino jefe de Haifa Shear-Yashuv Cohen se dirigirá a los
Padres sinodales, indicando el modo en el cual los Hebreos interpretan la Sagrada Escritura, que
los cristianos llaman Antiguo Testamento y comparten, en gran medida, con sus hermanos
mayores.
Varias iniciativas fueron previstas en el curso de la Asamblea sinodal. Algunas están indicadas
en el Calendario de las actividades. Sobre las otras, se darán informaciones a su debido tiempo.
De todos modos, todas están orientadas a fomentar el amor hacia la Palabra de Dios y a manifestar
respeto hacia algunas personas que han aportado una notable contribución a la comprensión y a
la difusión de la Buena Noticia. Esto vale en particular para los Papas Pío XII y Juan Pablo II. El
9 de octubre se celebra el 50º aniversario del pío deceso del Siervo de Dios Pío XII, que será
oportunamente recordado con una Santa Misa presidida por el Santo Padre Benedicto XVI. En el
curso de los trabajos sinodales está prevista, entre otras cosas, la proyección de una película sobre
el Siervo de Dios Juan Pablo II, conmemorando el 30º aniversario de la elección al oficio de
Pastor universal de la Iglesia.
Consejos especiales
De la XI Asamblea General Ordinaria, varios Consejos Especiales de la Secretaría General
efectuaron las reuniones continuando la reflexión sobre la situación eclesial y social en cada
continente, a la luz de las respectivas Exhortaciones Apostólicas Postsinodales.
En particular, el Consejo Especial para África tuvo dos reuniones: entre el 23 y 24 de febrero de
2006 y entre el 15 y el 16 de febrero de 2007. Ambas se concentraron en la redacción de las Líneas
de orientación de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. Como
se sabe, el Papa Juan Pablo II había proyectado tal Sínodo en el año 2004. El Santo Padre
Benedicto XVI, sucesivamente, ha reconfirmado el proyecto estableciendo que la Segunda
Asamblea para África del Sínodo de los Obispos tuviese lugar en el Vaticano desde el 4 hasta el
25 de octubre de 2009 sobre el tema: La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la
justicia y de la paz: "Vosotros sois la sal de la tierra … vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5,
13.14). Las Líneas de orientación fueron presentados en la Oficina de Prensa de la Santa Sede el
27 de junio de 2006 por el Eminentísimo Cardenal Francis Arinze, Prefecto de la Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Miembro del Consejo Especial para
África de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos y por el Excelentísimo Mons. Nikola
Eterovi, Secretario General del Sínodo de los Obispos. El texto fue publicado en cuatro idiomas:
francés, inglés, portugués e italiano. Las Conferencias Episcopales, sucesivamente, se encargaron
de las versiones en otros idiomas, como por ejemplo, en árabe y en swahili. Los Organismos
involucrados, en particular, las 36 Conferencias Episcopales, deberían suministrar sus aportes,
haciendo referencia a las Líneas de orientación, dentro del próximo mes de noviembre 2008. Está
prevista una reunión del Consejo Especial para África desde el 27 al 28 de noviembre de 2008,
finalizada a la redacción del Documento de trabajo de la Segunda Asamblea Especial para África
del Sínodo de los Obispos.
El Consejo Especial para Europa tuvo dos reuniones, el 15 de mayo de 2006 y el 23 de abril de
2007. Se efectuó, sucesivamente, una consulta por escrito acerca de la futura actividad del
Consejo Especial. Debido a que las opiniones fueron discordantes y la actual fórmula parecía
agotada, el Consejo Especial para Europa, que aún subsiste formalmente, no fue convocado en
el año 2008.
También el Consejo Especial para Oceanía se reunió dos veces: en los días 4 y 5 de agosto de
2006, en Suva, Islas Fidji, antes de la Asamblea de la Federación de las Conferencias Episcopales
de Oceanía, donde fue invitado a participar también el Excmo. Mons. Nikola Eterovi, Secretario
General del Sínodo de los Obispos. La segunda reunión tuvo lugar en los días 14 y 15 de febrero
de 2008 en Roma. Los Miembros del Consejo Especial para Oceanía expresaron su opinión acerca
de que, con la próxima reunión prevista para el mes de mayo de 2010, termine su actividad, por
lo menos en la forma actual.
El Consejo Especial para América se reunió dos veces: durante el 2 y el 3 de octubre de 2006 y
el 9 y 10 de octubre de 2007. La próxima reunión está programada para los días 18 y 19 de
noviembre de 2008.
Por su parte, el Consejo Especial para Asia tuvo dos reuniones: en los días 17 y 18 de noviembre
de 2006 y 20 y 21 de noviembre de 2007. La próxima reunión está prevista para los días 11 y 12
de diciembre de 2008.
La estructura de los Consejos Especiales de la Secretaría General está reglamentada por el Orden
Sinodal Episcopalque prevé su duración ad quinquennium, con la posibilidad de que el Santo
Padre pueda renovar dicho mandato según las exigencias eclesiales y las necesidades pastorales.
Publicaciones
La actividad de la Secretaría General fue enriquecida por las siguientes publicaciones.
Me complazco en comunicar que fue publicado el tercer volumen de Enchiridion del Sínodo de
los Obispos que recoge los documentos desde 1996 hasta 2007. En dicho volumen están
publicados los documentos de cuatro Asambleas Especiales (para América de 1997, para Asia y
Oceanía de 1998, para Europa de 1999), como también de dos Asambleas Generales Ordinarias,
respectivamente de la X del 2001 y de la XI del 2005. El volumen se cierra con la Exhortación
Apostólica Postsinodal del Santo Padre Benedicto XVI Sacramentum Caritatis. La Secretaría
General del Sínodo de los Obispos agradece también a las Ediciones Dehonianas de Bolonia por
la publicación de los tres extraordinarios volúmenes del Sínodo de los Obispos durante las cuatro
décadas de actividad, desde 1965 hasta el 2007. Los índices cuidadosamente elaborados, sobre
todo el índice analítico, permiten una consulta fácil sobre varios argumentos importantes
afrontados en las discusiones sinodales.
Fue publicado también el volumen La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la
Iglesia por la Lateran University Press, cuyo editor es el P. Roberto Nardin, O.S.B. Oliv. Dicho
libro recoge la valiosa documentación de la preparación y la celebración de la XI Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Se presentan en dicho libro, todos los textos de la
Asamblea sinodal, entre los cuales, los resúmenes de las intervenciones de cada Padre sinodal y,
como conclusión de las reflexiones del Sínodo, la Exhortación Apostólica Postsinodal
Sacramentum Caritatis. El índice de los nombres de las personas, cuidadosamente elaborado,
permite una consulta provechosa y rápida.
Con dicha publicación, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos se propone, con la ayuda
del Señor, continuar con la colección a cargo del benemérito P. Giovanni Caprile, S.J. acercando
de este modo, la abundante documentación sinodal, no solamente a los Pastores y a los estudiosos,
si no también a todas las personas interesadas.
V. Conclusión
VEggu,j sou to. r`h/ma, evstin( evn tw/| sto,mati, sou kai. evn th/| kardi,a| sou,,Ã tout'n to. r`h/ma th/j
pi,stewj o] khru,ssomen ["Cerca de ti está la Palabra: en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra
de la fe que nosotros proclamamos"] (Rm 10, 8). La Palabra de la cual habla San Pablo es el
Mensaje de salvación en su globalidad que adquiere el rostro de una Persona, de Jesucristo:
"Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó
de entre los muertos, serás salvo" (Rm 10, 9). Si ya en el Antiguo Testamento la palabra
proveniente de la boca de Dios era incisiva -no retornaba a Él sin haber realizado lo que deseaba
y sin haber cumplido aquello para lo cual había sido enviada (cfr. Is 55, 11)-, cuánto más eficaz
será el o,goj la Palabra por excelencia que Dios, en su gran amor, envió al mundo para salvarlo:
"Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve
por Él" (Jn 3, 17).
Jesucristo, el o,goj encarnado, en su persona resume todas las palabras de salvación que Dios ha
dirigido a los hombres. Él las lleva a su cumplimiento y les da el verdadero significado. A
nosotros nos es posible entenderlas en la gracia del Espíritu Santo que Jesucristo, después de
haberlo recibido del Padre (cfr. Hch 2, 33), derrama abundantemente sobre los apóstoles y sobre
la comunidad de fieles, la Iglesia (cfr. Tt 3, 6). El Mensaje de salvación, el sagrado depósito, está
escrito en las Sagradas Escrituras y transmitido por medio de la Tradición. Confiado por la Divina
providencia a la comunidad eclesial, es auténticamente interpretado por el Magisterio. La Iglesia,
animada por el Espíritu Santo, lo custodia con celo y fielmente lo difunde, obediente al mandato
de su Señor: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19).
El presente Sínodo debería ayudar a redescubrir la Palabra de Dios en su aspecto cristológico y
pneumatológico y, en consecuencia, favorecer una renovación de la Iglesia, una nueva primavera,
que en la escucha de cada palabra que proviene de la boca de Dios (cfr. Mt 4, 4) se perciba
continuamente joven y dinámica: "La Iglesia debe renovarse siempre y rejuvenecer y la Palabra
de Dios, que nunca envejece y nunca se agota, es el medio privilegiado para tal fin" [15]. Dicho
redescubrimiento tendrá, inevitablemente una importante dimensión misionera y llevará a una
ampliación de la comunión eclesial: comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo bajo la guía
del Espíritu Santo que tiene por finalidad alcanzar el gozo completo (cfr. 1 Jn 1, 4). Quienes
descubren la riqueza, la belleza, la fuerza de la conversión y la gracia de la transformación de la
Palabra de Dios, espontáneamente se convierten, por lo tanto, en testigos convencidos y auténticos
mensajeros de la Buena Noticia: "La fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra
de Cristo" (Rm 10, 17).
La misión es la vocación que distingue a los cristianos, amados por Dios [avgaphto Qeou/] que, por
medio del bautismo, recibieron la vocación a la santidad [klht a`gi,oi]. La historia de la
salvación ofrece numerosos casos de personajes que supieron, de manera ejemplar, oír a Dios que
habla, vivir según dicha palabra y anunciarla a los demás. Es suficiente recordar, entre las grandes
figuras de oyentes y de evangelizadores del Antiguo Testamento: a Abraham, Moisés, los profetas
y, en el Nuevo Testamento, los Santos Pedro y Pablo, los otros Apóstoles, los Evangelistas [16].
Cada Santo es, de algún modo, testigo de la eficacia de la Palabra de Dios que cayó sobre el
terreno fértil de su corazón, llevando los frutos "uno ciento, otro sesenta, otro treinta" (Mt 13, 23).
Lo demuestran también los Beatos que el Santo Padre Benedicto XVI canonizará el domingo 12
de octubre de 2008.
En tal comunión de santidad, un lugar del todo particular le corresponde a la Beata Virgen María,
madre del Verbo encarnado. María, Mujer Eucarística, es también la Virgen de la escucha. Ella
muestra la fecundidad de la Palabra de Dios vivida en la obediencia de la fe (cfr. Lc 1, 38). Por
la gracia del Espíritu Santo y la aceptación de la voluntad de Dios, en su seno, la Palabra se hizo
carne. María devino el primer Tabernáculo, en ella se cumplió el milagro de la encarnación del
Verbo eterno haciéndose hombre, trajo el Mensaje de salvación a nuestra historia. Un milagro
análogo acontece en cada celebración Eucarística cuando, por la gracia del Espíritu Santo y por
las palabras del sacerdote pronunciadas in persona Christi capitis, el pan se convierte en el Cuerpo
y el vino en la Sangre de Jesucristo, Verbo encarnado que se convierte en alimento que permanece
para la vida eterna (cfr. Jn 6, 27).
Encomendándonos a la intercesión de la Beata Virgen María, Madre de la Iglesia, formulamos
votos a fin de que la presente Asamblea sinodal ofrezca una válida contribución al redescubrimiento de la Palabra de Dios, favorezca el camino de santidad de todos sus miembros y suscite
un renovado dinamismo de evangelización y promoción humana. Es la esperanza cristiana que
la Iglesia está llamada a vivir continuamente para anunciarla a los que están cerca y a los lejanos
con las palabras del Apóstol de las Gentes: o` de. Qeo.j th/j evlpi,doj plhrw,sai u`ma/j pa,shj cara/j
kai. eivrh,nhj evn tw/| pisteu,ein( eivj to. perisseu,ein u`ma/j evn th/| evlpi,di evn duna,mei Pneu,matoj
~Agi,ou ["El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en la fe, hasta rebozar de esperanza
por la fuerza del Espíritu Santo"] (Rm 15, 13).
Gracias por la paciente escucha y les deseo que tengan una buena jornada de trabajo en el nombre
del Señor!
Notas
[1] En este número están incluidos 4 Patriarcas Cardenales como también 1 Arzobispo Mayor
Cardenal.
[2] "neque posse eum verba deficere, qui credidisset in Verbum" San Girólamo, Epístola I, Ad
Innocentium, De Muliere septies percussa, PL 22, 327.
[3] No han respondido las siguientes Iglesias sui juris: Patriarcado de Babilonia de los Caldeos,
Arzobispado Mayor de los Siro-Malabareses, Arzobispado Mayor de los Rumanos, Iglesia
Metropolitana sui juris Etiópica e Iglesia Metropolitana sui juris Eslovaca, recién erigida el 31 de
enero de 2008.
[4] Faltan 8 respuestas, respectivamente de las Congregaciones para las Causas de los Santos y
para la Educación Católica, del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, de los Pontificios
Consejos de Justicia y Paz y de las Comunicaciones Sociales, de la Administración del Patrimonio
de la Sede Apostólica y de la Prefectura de los Asuntos Económicos de la Santa Sede.
[5] Las siguientes 11 Conferencias Episcopales no han respondido: Burundi, Chad, Guinea
Ecuatoriana, Kenya, Liberia, Madagascar, Mozambique, Namibia, Sudán, Todo, Uganda, Zambia.
[6] No han hecho llegar las respuestas las Conferencias Episcopales de Cuba, Haití, Puerto Rico
y Uruguay.
[7] La única faltante es la respuesta de la Conferencia Episcopal de Irán.
[8] Faltan las respuestas de las Conferencias Episcopales de Grecia y de Malta.
[9] Las Conferencias Episcopales del Pacífico (C.E.P.A.C.) y de Papúa Nueva Guinea e Islas
Salomón, no han hecho llegar su aporte.
[10] L'Osservatore Romano, 7-8 de noviembre de 2005, p. 5
[11] AAS 97 (2005) 957.
[12] Ratzinger, J. "Jesús de Nazaret" Madrid: La esfera de los libros S. L., 2007
[13] ASS 98 (2006) 755-779.
[14] Ibid, 756.
[15] Benedicto XVI, Discurso a los participantes del Congreso internacional para el 40º
aniversario de la "Dei Verbum", L'Osservatore Romano, 17 de noviembre de 2005, p. 5
[16] Cfr. Documento de trabajo nro. 25.
[00008-04.17] [NNNNN] [Texto original: latino]
RELACIÓN ANTERIOR A LA DISCUSIÓN DEL RELATOR GENERAL, S. EM. R.
CARD. MARC OUELLET, ARZOBISPO DE QUÉBEC (CANADÁ)
INTRODUCCIÓN
«Al Ángel de la Iglesia de Esmirna escribe: "Esto dice el Primero y el Último, el que estuvo
muerto y revivió, '… Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida'. "El que tenga
oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap. 2, 8.10-11).
Estamos reunidos en la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos para escuchar lo
que el Espíritu dice en nuestros días a las Iglesias sobre «la Palabra de Dios en la vida y en la
misión de la Iglesia». Nosotros compartimos la idea de los Padres de la Iglesia, expresada por San
Césareo de Arlés que dice «la luz del alma y su sustento eterno no son sino la palabra de Dios,
sin la cual el alma no puede disfrutar de la vista, ni tampoco de la vida: nuestro cuerpo muere,
si le faltan los alimentos; de la misma manera, nuestra alma perece, si no recibe la Palabra de
Dios [1].
El objetivo del Sínodo es especialmente pastoral y misionero. Consiste en la escucha conjunta de
la Palabra de Dios con el fin de distinguir cómo el Espíritu y la Iglesia aspiran a dar una respuesta
al don del Verbo encarnado por el amor de las Sagradas Escrituras y el anuncio del Reino de Dios
a la humanidad entera. Hagamos nuestra la oración de San Pablo que introduce nuestros corazones
en el misterio de la Revelación:
Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la
tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción
de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que,
arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender bien con todos los santos cuás es la
anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios. A aquel que tiene
poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar,
conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas
las generaciones y todos los tiempos. Amén (Ef. 3, 14-21).
El Sínodo propondrá las orientaciones pastorales para «reforzar la práctica del reencuentro con
la Palabra de Dios como fuente de vida» [2], analizando lo recibido del Concilio Vaticano II
sobre la Palabra de Dios en relación a la renovación eclesiológica, al ecumenismo y al diálogo con
las naciones y las religiones.
Más allá de las discusiones teóricas, estamos invitados a adoptar la posición del Concilio: «El
santo Concilio, escuchando religiosamente la Palabra de Dios y proclamándola confiadamente,
hace suya la frase de San Juan, cuando dice: 'Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el
Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que
viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra, sea con el Padre y con su
Hijo Jesucristo' (1 Jn. 1, 2-3)» (DV 1).
Gracias a la visión trinitaria y cristocéntrica del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha renovado la
conciencia de su propio misterio y de su misión. La Constitución dogmática Lumen Gentium y la
Constitución pastoral Gaudium et Spes desarrollan una eclesiología de comunión que se apoya
en una concepción innovadora de la Revelación. En efecto, la Constitución dogmática Dei Verbum
ha supuesto un auténtico cambio en el modo de tratar la Revelación divina. En vez de haber dado
mayor importancia, como antes, a la dimensión noética de las verdades del credo, los Padres
conciliares subrayaron la dimensión dinámica y dialogal [3] de la Revelación como comunicación
personal con Dios. Ellos también han sentado las bases para el reencuentro y un diálogo más vivo
entre Dios que llama y su pueblo que responde.
Este cambio fue entendido como un hecho decisivo por los teólogos, los exégetas y los pastores
[4]. Mientras tanto, se afirma generalmente que la Constitución Dei Verbum no ha sido
plenamente recibida ya que el cambio que ésta inauguró, todavía no ha dado todos los frutos
deseados y esperados en la vida y en la misión de la Iglesia.[5]. Teniendo en cuenta los progresos
alcanzados, habría que preguntarse por qué el modelo de comunicación personal [6] no ha podido
penetrar más en la consciencia de la Iglesia, su oración, y sus prácticas pastorales de la misma
manera que en los métodos teológicos y exegéticos. El Sínodo debe proponer soluciones concretas
para colmar las lagunas y poner remedio a la ignorancia de las Escrituras que se añade a las
dificultades actuales de la evangelización.
En efecto, reconocemos que la vida de fe y el ímpetu misionario de los cristianos se han visto
profundamente afectados por diferentes fenómenos socioculturales como son la secularización,
el pluralismo religioso, la globalización y la expansión de los medios de comunicación,
fenómenos de innumerables consecuencias, como las diferencias cada vez mayores entre ricos y
pobres, el aumento de sectas esotéricas, las amenazas a la paz, sin olvidar los ataques actuales
contra la vida humana y la familia [7].
A estos fenómenos socioculturales deben añadirse las dificultades internas de la Iglesia
concernientes a la transmisión de la fe dentro de la familia, las deficiencias de la formación
catequística, las tensiones entre el Magisterio eclesial y la teología universitaria, la crisis interna
de la exégesis y su relación con la teología y, de manera más general, «una cierta separación de
los estudiosos con respecto a los Pastores y a la gente simple de las comunidades cristianas » (IL
7a).
El Sínodo debe hacer frente al grande desafío de la transmisión de la fe en la Palabra de Dios en
la actualidad. En un mundo pluralista, marcado por el relativismo y el esoterismo [8], la propia
noción de Revelación es cuestionable [9] y tiene que ser aclarada.
Convocatio, communio, missio. Alrededor de estas tres palabras claves que traducen la triple
dimensión, dinámica, personal y dialogal de la Revelación cristiana, expondremos la organización
temática del Instrumentum Laboris. La Palabra de Dios nos convoca y nos acomuna en el designio
de Dios por medio de la obediencia de la fe y envía al pueblo elegido hacia las naciones. Esta
Palabra de la Alianza culmina en María que acoge en la fe al Verbo encarnado, al Deseo de las
naciones. Retomaremos las tres dimensiones de la Palabra de la Alianza, como el Espíritu Santo
las ha encarnado en la historia de la salvación, las Santas Escrituras y la Tradición eclesial.
Pedimos al Espíritu Santo que aumente este deseo de redescubrir la Palabra de Dios, siempre
actual y jamás superado. Esta Palabra tiene el poder de «hacer renacer al mundo», de rejuvenecer
a la Iglesia y de suscitar una renovada esperanza en el camino de la misión. Benedicto XVI nos
ha recordado que esta grande esperanza se funda en la certeza de que «Dios es Amor» [10] y que,
«en Cristo, Dios se manifestó» [11] por el bien de todos.
I. CONVOCATIO : IDENTIDAD DE LA PALABRA DE DIOS
A. DIOS HABLA
«In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum» (Jn.1, 1s). Desde
el principio, tenemos que partir del misterio de Dios tal como éste nos ha sido revelado a través
de las Sagradas Escrituras. El Dios de la Revelación es un Dios que habla, un Dios que es Él
mismo la Palabra y que se da a conocer a la humanidad de muchas maneras (He. 1, 1). Gracias a
la Biblia, la humanidad puede ser interpelada por Dios; el Espíritu le concede escuchar y acoger
la Palabra de Dios, volviéndose de esta manera Ecclesia, la comunidad reunida por la Palabra.
Esta comunidad de creyentes recibe su identidad y su misión de la Palabra de Dios que la funde,
la alimenta y la compromete para el servicio del Reino de Dios [12].
Desde el principio deben aclararse las diferentes significaciones de la Palabra de Dios. El prólogo
de Juan ofrece la perspectiva más elevada y completa para ofrecer estas clarificaciones. Con el
término Logos, el evangelista designa una realidad trascendente que estaba con Dios y que
también es Dios mismo. Este Logos «estaba con Dios y la Palabra era Dios » ( )
(Jn. 1, 1) al principio, es decir, antes de todas las cosas, en Dios mismo ( ). El final de este
prólogo precisa la divina naturaleza personal del Logos por medio de estas palabras: «A Dios
nadie le ha visto jamás, el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn. 1, 18).
En las cartas a los Colosenses y a los Efesios, san Pablo expresa de manera relativamente similar
el misterio de Cristo, Palabra de Dios: «Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la
creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, visibles e
invisibles… Todo fue creado por él y para él» (Col. 1, 15-16). En el diseño de su proyecto de
salvación, Dios ha querido «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos
y lo que está en la tierra. En él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el
previo designio del que realiza conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza
de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo» (Ef. 1, 10-12).
B. EL VERBO DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, JESUCRISTO
La Palabra de Dios significa antes que nada Dios mismo que habla, que expresa en sí mismo el
Verbo divino que pertenece a su misterio íntimo. Esta Palabra divina es el principio generador de
todas las cosas, ya que «sin ella no se hizo nada de cuanto existe» (Jn. 1, 3). Habla múltiples
lenguas, especialmente la de la creación material, la de la vida y el ser humano. «En ella estaba
la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn. 1, 4). También habla de una manera particular
y al mismo tiempo dramática en la historia de los hombres, en especial de la elección de un
pueblo, de la ley de Moisés y de los profetas.
Por último, después de haber hablado de muchas maneras (cf. He. 1, 1), resume y corona todo de
una manera única, perfecta y definitiva en Jesucristo. «Et Verbum caro factum est et habitavit in
nobis» (Jn. 1, 14). El misterio del Verbo divino encarnado ocupa el centro del prólogo y de todo
el Nuevo Testamento. «Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cfr. Jn. 14, 9) - con toda
su presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros y, sobre todo,
con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, finalmente, con el envío del Espíritu
de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive Dios con
nosotros…» (DV 4).
La Palabra de Dios de la que es testimonio la Escritura asume, por tanto, diversas formas y
contiene diferentes niveles de significación. Esta Palabra designa a Dios mismo que habla, a su
Verbo divino, a su Verbo creador y salvador y, finalmente, a su Verbo encarnado en Jesucristo,
al mismo tiempo «mediador y plenitud de toda la Revelación» (DV 2). Para Lucas, la Palabra de
Dios se identifica justo con la enseñanza oral de Jesús (Lc. 5, 1-3), guiando el mensaje pascual,
el kérygme, que a través de la predicación de los apóstoles «crecía y se multiplicaba» como un
organismo viviente (Hch. 12, 24). Dicha Palabra de Dios, una y múltiple, dinámica y escatológica,
personal y filial, habita y vivifica la Iglesia por medio de la fe; ella se entrega en las Sagradas
Escrituras como un testigo histórico y literario, como un depósito sagrado destinado a la
humanidad entera. De aquí surge esta nueva y decisiva modalidad de la Palabra de Dios, el texto
sagrado, la forma escrita que consideró al pueblo de Israel como testigo de la primera Alianza. De
aquí también surgen las Escrituras del Nuevo Testamento que la Iglesia ha recibido a su vez del
Espíritu Santo y de la tradición apostólica, Escrituras que ella considera fuentes normativas y
definitivas para su vida y su misión.
En resumen, la Palabra de Dios escrita o transmitida es una palabra dialogal además de trinitaria.
Se le ofrece al hombre a través de Jesucristo para introducirlo en la comunión trinitaria y hacerlo
encontrar su identidad plena. Según el prólogo de san Juan, esa Palabra personal de Dios interpela
a la humanidad y plantea inmediatamente la cuestión de su acogida: «Vino a su casa, y los suyos
no la recibieron», pero «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a
los que creen en su nombre» (Jn. 1, 12).
Dios habla y, por este hecho, el hombre se configura como un ser interpelado. Esta dimensión
antropológica de la Revelación se expresa lacónicamente en la constitución del Dei Verbum 2:
«Por medio de Cristo, Verbo encarnado, los hombres tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo
y se hacen consortes de la naturaleza divina». Sobre este tema antropológico, los Padres de la
Iglesia han explicado la doctrina Tradicional del Imago Dei. San Irineo de Lyon, por ejemplo,
comentando a san Pablo, habla del Hijo y del Espíritu como de las «manos del Padre» que dan
forma al hombre a «imagen y semejanza de Dios» [13].
Hay que tener presente esta dimensión antropológica de la Revelación, ya que ésta juega un papel
muy importante hoy en día en la hermenéutica de los textos bíblicos. El Concilio Vaticano II ha
redefinido la identidad dialogal del hombre a partir de la Palabra de Dios en Cristo. «En realidad,
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el
primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo
Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación » (GS 22 § 1). De esta
manera resulta, bajo la luz cristológica, que al recibir esta vocación sublime por la fe y el amor,
el hombre accede a su plena identidad personal dentro de la Iglesia, misterio de comunión,
«pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» [14].
A nivel pastoral, ¿no habría que comprobar si esta teo-antropología dialogal y filial, fundada en
Cristo, ocupa el lugar que merece en la Liturgia, en la catequesis y en la formación teológica?
«Porque en los sagrados libros el Padre, recuerda la DV, que está en los cielos se dirige con amor
a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios, que es, en
verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente
pura y perenne de la vida espiritual» (DV 21).
La vocación divina de la humanidad, como hemos visto, se ilumina en el misterio del Verbo
encarnado, el nuevo Adán. Dicha vocación le confiere su dinamismo trascendental bajo la forma
de un deseo profundo de Dios, inscrito en su mismo ser. El hombre es un ser de deseo que aspira
al infinito, pero es también un ser de servicio que obedece a la Palabra de Dios: «He aquí la
esclava del Señor» (Lc. 1, 38). Toda la antropología interviene en este pasaje del deseo por el
servicio que hace del hombre un ser eclesial, un anima ecclesiastica.
C. LA ESPOSA DEL VERBO ENCARNADO
1.La Hija de Sión y la Ecclesia
«En la comunión de toda la Iglesia, quisiéramos mencionar, en primer lugar, a la bienaventurada
María siempre Virgen, Madre de nuestro Dios y Señor, Jesucristo» (Canon romano).
Una mujer, María, cumple perfectamente la vocación divina de la humanidad a través de su «sí»
a la Palabra de la Alianza y a su misión. Con su maternidad divina y su maternidad espiritual,
María se presenta como el modelo y la forma permanente de la Iglesia, como la primera Iglesia.
Nos detenemos frente a la figura enlace de María entre la antigua y la nueva Alianza que
acompaña el pasaje de la fe de Israel a la fe de la Iglesia. Contemplemos el pasaje de la
Anunciación que es el origen y el modelo insuperable de la auto-comunicación de Dios y de la
experiencia de fe de la Iglesia. Éste nos servirá como paradigma para comprender la identidad
dialogal de la Palabra de Dios en la Iglesia.
Junto a Dios que habla aparece con toda claridad la dimensión trinitaria de la Revelación. El ángel
de la Anunciación habla en nombre de Dios Padre que toma la iniciativa de dirigirse a su criatura
para manifestarle su vocación y su misión. Se trata de un evento de la gracia cuyo contenido es
comunicado a pesar del temor y del asombro de su criatura: «Vas a concebir en el seno y vas a dar
a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del
Altísimo». En el vivaz diálogo que sigue, María pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios »
(Lc. 1, 35).
Además de esta dimensión trinitaria del relato del evento, el diálogo de María con el ángel nos
instruye al mismo tiempo sobre la reacción vital de quien es interpelada, de su temor, de su
perplejidad y de su necesidad de una explicación. Dios respeta la libertad de su criatura, por esto
añade el símbolo de la fecundidad de Isabel que le permite a María donar su aprobación de una
manera que es, a la vez, sobrenatural y plenamente humana. «He aquí la esclava del Señor;
Hágase en mi según tu palabra » (Lc. 1, 38). Esposa del Dios vivo, María se convierte en madre
del Hijo por la gracia del Espíritu.
Desde que María ofrece su aprobación incondicional al anuncio del ángel, la vida trinitaria entra
en su alma, su corazón y su seno, inaugurando el misterio de la Iglesia. Pues la Iglesia del Nuevo
Testamento comienza a existir allá donde la Palabra encarnada es acogida, querida y ofrecida con
toda la disponibilidad al Espíritu Santo. Este camino de comunión hacia la Palabra en el Espíritu
empieza con la anunciación del ángel y se extiende a toda la existencia de María. Esta vía incluye
todas las etapas del crecimiento y de la misión del Verbo encarnado, en particular, la escena
escatológica de la cruz donde María recibe del mismo Jesús el anuncio de la plenitud de su
maternidad espiritual: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn. 19, 26). En todas estas etapas, a través de
«su SÍ inicial y permanente» [15], María se une a la vida de Dios porque se ofrece y colabora
enteramente en el plan de salvación de la humanidad entera. Ella es la nueva Eva cantada por san
Irineo, ya que participa como la esposa del Cordero en la fecundidad universal del Verbo
encarnado.
La escena de la Anunciación y la vida de María ilustran y resumen la estructura de la Alianza de
la Palabra de Dios y la actitud responsorial de la fe. Éstas hacen resaltar la naturaleza personal y
trinitaria de la fe que consiste en un don de la persona hacia Dios que se da a través de su
revelación [16]. «Dicha actitud es la actitud de los santos. Ella es como la misma Iglesia que no
cesa de convertirse a su Señor como respuesta a la voz que él le dirige» [17]. Por eso el interés
por la figura de María como modelo, así como de arquetipo [18] de la fe de la Iglesia, nos parece
central para efectuar de manera concreta un cambio de paradigma en relación con la Palabra de
Dios. Este cambio de paradigma no obedece a un modo de pensar actual, sino al redescubrimiento
del lugar original de la Palabra, el diálogo vital de Dios --Uno y Trino-- con la Iglesia su Esposa,
que se lleva a cabo en la celebración de la Liturgia. «Efectivamente, para la realización de esta
grande obra a través de la cual Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados,
Cristo se asocia siempre a la Iglesia, su Esposa bien amada, que lo invoca como su Señor y que
pasa por medio de él para ofrecerle su culto al Padre eterno» [19].
2.Tradición, Escritura y Magisterio
Hablar de la Liturgia como diálogo vital de la Iglesia con Dios, es hablar de la tradición en su
acepción primera, es decir, de la transmisión viva del misterio de la nueva Alianza. La Tradición
se configura a través de la predicación apostólica, ella precede a las Escrituras, las elabora y las
acompaña siempre. La Palabra de Dios predicada genera la fe que se expresa a su más alto nivel
por medio del bautismo y de la Eucaristía. En efecto, es allí donde Dios en Cristo ofrece su vida
a los hombres «para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2).
Es allí también donde la Iglesia, en nombre de toda la humanidad responde al Dios de la Alianza
ofreciéndose a sí misma junto a Cristo para su gloria y para la salvación del mundo.
En la Tradición viva de la Iglesia, la Palabra de Dios ocupa el primer lugar: es el Cristo viviente.
La Palabra escrita es testimonio de ello. La Escritura, en efecto, es una prueba histórica y una
referencia canónica indispensable para la oración, la vida y la doctrina de la Iglesia. No obstante,
la Escritura no es toda la Palabra, no se identifica totalmente con ella, debido a la importancia de
la distinción entre la Palabra y el Libro, así como entre la letra y el Espíritu. San Pablo afirma con
énfasis que nosotros somos los ministros «de un nuevo Pacto, no de la letra, sino del Espíritu.
Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida» (2 Co. 3, 6). Es evidente que la letra de la
Escritura juega un papel primordial y normativo dentro de la Iglesia, no obstante, «el cristianismo
no es propiamente una ‹religión del libro›: es la religión de la Palabra pero no única ni
principalmente de la Palabra en su forma escrita. Es la religión del Verbo y no 'no de un verbo
escrito y mudo, sino más bien de un Verbo encarnado y viviente'» [20]. En cualquier caso, esta
religión de la Palabra no puede separarse del Verbo escrito, manteniendo con él una relación
compleja pero esencial.
La unidad de la Tradición viva y de las Sagradas Escrituras se basa en la asistencia del Santo
Espíritu a los que ejercen el ministerio pastoral. «Pero el oficio de interpretar auténticamente la
palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la
Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no
está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado,
en cuanto que, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, la oye con piedad, la
guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que
propone como revelado por Dios que se ha de creer » (DV 10).
La asistencia que el Santo Espíritu ofrece al Magisterio (cf. 2 Ti. 1, 14) completa la acción que
éste ejerce en la creación y en la historia de la salvación. En efecto, el Espíritu Santo actúa en la
historia, suscitando «acciones» y «palabras» que han interpretado los eventos y que han sido
entregados por escritos a través de los Libros sagrados (DV I, 2). La exégesis histórico-crítica nos
ha vuelto más conscientes de las complejas mediaciones humanas que intervinieron en la
elaboración de los textos sagrados, sin embargo sigue siendo el Espíritu Santo el que guía toda
la historia de la salvación, él ha inspirado su interpretación verbal y escrita y él ha trazado su
culminación en Cristo y en la Iglesia. San Pablo describe poéticamente «la Palabra de Dios»
como «la espada del Espíritu» (Ep. 6, 17). Insiste en enfatizar el papel del Espíritu en el designio
de Dios, en particular, en la síntesis magistral de la Epístola a los Efesios (cf. 1,13; 2,22; 3,5). En
cualquier caso, observamos que la acción del Espíritu Santo no se opone ni a la dimensión
dialogal, ni a la dimensión doctrinal, como el Magisterio de la Iglesia se esfuerza por recordarnos,
si bien en la DV se subraya la dimensión personal-dialogal, a partir de la auto-comunicación de
Dios en Cristo.
«Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la
Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no
tiene consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del
Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (DV 10). A pesar de este
equilibrio delicado que posee muchas implicaciones ecuménicas, las tensiones persisten y hay que
insistir en la reflexión sobre estos asuntos fundamentales que determinan el modo de leer las
Escrituras, de interpretarlas y de hacer un uso fructuoso para la vida y la misión de la Iglesia.
Convocatio: Dios invita a sus criaturas a la existencia a través de su Palabra. Invita al hombre al
diálogo en su Hijo e invita a la Iglesia a compartir su vida divina en el Espíritu. Hemos deseado
concluir esta parte sobre la identidad de la Palabra de Dios con una parte sobre la Iglesia, Esposa
del Verbo encarnado. A pesar de la complejidad de las relaciones entre Escritura, Tradición y
Magisterio, el Espíritu Santo garantiza sin embargo la unidad del conjunto, sobre todo si se
considera la dinámica responsorial e incluso nupcial de la Alianza. Al situar las funciones
eclesiásticas de la Escritura, de la Tradición y del Magisterio dentro de una eclesiología mariana,
estamos invitando a cambiar de paradigma, un paradigma en el que el acento pase de la dimensión
ética a la dimensión personal de la Revelación. La figura arquetípica de María permite destacar
la dimensión dinámica de la Palabra y de la naturaleza personal de la fe como un don de sí misma,
invitando también a la Iglesia a permanecer bajo la Palabra y a estar disponible a la acción del
Espíritu Santo.
II. COMMUNIO: LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA
En esta segunda parte trataremos sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, empezando por
el diálogo de la Iglesia con Dios en la santa Liturgia que es la cuna de la Palabra, su asiento en la
vida (sitz im leben) [21]. A continuación trataremos de la Lectio divina y de la interpretación
eclesial de la Santa Escritura, subrayando la búsqueda del sentido espiritual, invitándoles a
reanudar la exégesis de los Padres de la Iglesia.
A. EL DIÁLOGO DE LA IGLESIA CON DIOS QUE HABLA
1. La Santa Liturgia
La Liturgia es considerada como un ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo, un ejercicio
en el cual el culto público integral es ejercitado por el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, por
la Cabeza y sus miembros (cf. SC 7). Por este motivo la Constitución Sacrosanctum concilium
insiste en las diferentes modalidades de la presencia de Dios en la Liturgia. «Está presente en el
sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los
sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz", sea sobre todo bajo las especies
eucarísticas». El Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada
Escritura, es Él quien habla» (SC 7).
«Es él quien habla mientras se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura». No se puede insistir
demasiado en las implicaciones pastorales de esta solemne afirmación conciliar. Ésta nos recuerda
que el protagonista de la santa Liturgia es Cristo mismo que se dirige a su pueblo y se ofrece a su
Padre por un sacrificio de amor para la salvación del mundo. Aunque parezca que la Iglesia tiene
un papel preponderante en la observancia de los ritos litúrgicos, en realidad cumple una función
subordinada al servicio de la Palabra y de Él que es quien habla. El eclesio-centrismo es ajeno a
la reforma del Concilio. Cuando la Palabra es proclamada, es Cristo quien habla en nombre de su
Padre, y el Espíritu Santo nos hace acoger su Palabra en comunión con su vida. La asamblea
litúrgica existe en cuanto se centra en la Palabra y no en sí misma. De otra manera, ésta degenera
en un grupo social de cualquier tipo.
Insistiendo de esta forma la Iglesia nos enseña que la Palabra de Dios es, ante todo, Dios que
habla. Ya en la Primer Alianza, Dios habla a su pueblo a través de Moisés quien le refiere luego
la respuesta del Pueblo a las palabras de Yahvé: «haremos todo lo que el Señor ha dicho» (Ex. 19,
8) [22]. Dios habla no tanto para instruirnos, sino más bien para comunicarse él mismo e
«introducirnos en su comunión» (DV 2). El Espíritu Santo realiza esta comunión reuniendo a la
comunidad en torno a la Palabra, así como actualizando el misterio pascual de Cristo donde él
mismo se entrega en la comunión. De este modo, según las Escrituras, la misión del Verbo
encarnado culmina en la comunicación del Espíritu divino [23]. Bajo esta luz trinitaria y
pneumatológica aparece más claramente que la santa Liturgia es el diálogo vivo entre Dios que
habla y la comunidad que le escucha y le responde mediante las alabanzas, la acción de gracias
y el compromiso por la vida y la misión. ¿Cómo se debería cultivar entre los fieles la consciencia
de que la Liturgia es el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo a la cual la Iglesia se une
como una Esposa bien amada? ¿Cuáles consecuencias deberían tener el redescubrimiento de este
lugar original de la Palabra sobre la hermenéutica bíblica, sobre la celebración eucarística y,
especialmente, sobre el lugar y la función de la Liturgia de la Palabra, incluyendo la homilía?
a) Palabra y Eucaristía
La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor,
no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de
Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. (DV 21)
Comparando la Liturgia de la Palabra y la Eucaristía de las dos «tablas», la DV quería subrayar
precisamente la importancia de la Palabra. Dicha expresión retoma un dato tradicional que se
encuentra expresado enfáticamente en Orígenes, por ejemplo, cuando exhorta al respeto de la
Palabra y del cuerpo de Cristo: «que, en el caso se tratara de su cuerpo, sea hecho con las
suficientes precauciones, ¿por qué, entonces, queréis que la negligencia de la Palabra de Dios
merezca un menor castigo que el de su cuerpo?» [24].
Si queremos conservar la metáfora de las dos tablas, ¿deberíamos matizar el modo de venerarlas?
[25] ¿Del mismo modo deberíamos destacar su unidad ya que sirven al mismo «Pan de vida» (Jn.
6, 35-58) para los fieles? Que sea bajo forma de la Palabra que hay que creer o de la Carne que
hay que comer, la Palabra proclamada y la Palabra pronunciada sobre las hostias participan en un
mismo evento sacramental. La Liturgia de la Palabra lleva en sí misma una fuerza espiritual que,
sin embargo, se multiplica por su vínculo intrínseco con la actualización del misterio pascual: la
Palabra de Dios que se hace Carne sacramental a través del poder del Espíritu. Este misterio
sacramental se cumple por medio de las palabras, como lo recuerda el Concilio de Trento [26],
y también por medio de la acción del Espíritu Santo a través del ministro ordenado y que es
explícitamente invocado en la epiclesis.
El Espíritu confiere a la Palabra proclamada en la Liturgia una virtud performativa, es decir, «viva
y eficaz» (Hb. 4, 12). Esto significa que la Palabra litúrgica, así como el Evangelio «no es
solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta
hechos y cambia la vida» [27]. Dicha virtud performativa de la Palabra litúrgica depende del
hecho de que Aquél que habla no quiere, en primer término, instruir por medio de su Palabra, sino
comunicarse a sí mismo. Aquél que escucha y responde no adhiere solamente a las verdades
abstractas; se compromete personalmente con toda su vida, manifestando así su identidad de
miembro del Cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo es la clave de esta comunicación vital. Es él
quien da forma al Cuerpo sacramental y eclesial de Cristo, como ha dado forma en María a su
Cuerpo de carne y, según la palabra de Orígenes, el «Cuerpo de la Escritura» [28]. Así, con el Hijo
y el Espíritu, «el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos »
(DV 21). ¿Cómo se deberían formar discípulos y ministros capaces de valorizar la dimensión
trinitaria y responsorial de la Liturgia? Estas dificultades pastorales no comportan sólo una
reforma de los estudios, sino también una revalorización de la contemplación de las Escrituras.
b) La homilía
A pesar de la renovación de que fue objeto la homilía en el Concilio, sentimos aún la
insatisfacción de numerosos fieles con respecto al ministerio de la predicación. Esta insatisfacción
explica en parte la salida de muchos católicos hacia otros grupos religiosos. Para poner remedio
a algunas lagunas de la predicación, sabemos que no es suficiente dar prioridad a la Palabra de
Dios, puesto que es necesario que se interprete correctamente en el contexto mistagógico de la
Liturgia. No basta recurrir a la exégesis ni utilizar nuevos medios pedagógicos o tecnológicos; ni
siquiera sirve que la vida personal del ministro esté en profunda armonía con la Palabra
anunciada. Todo esto es muy importante, pero puede seguir siendo extrínseco a la realización del
misterio pascual de Cristo. ¿Cómo ayudar a los homilistas a poner la vida y la Palabra al servicio
de este acontecimiento escatológico que hace irrupción en el corazón de la asamblea? La homilía
debe llegar a la profundidad espiritual, es decir, cristológica de la Sagrada Escritura. [29] ¿Cómo
evitar la tendencia al moralismo y cultivar la llamada a la fe?
El Instrumentum laboris ha puesto de relieve el pasaje de Lucas 4, 21, que habla de la «primera
homilía» de Jesús en la sinagoga de Nazaret: «Comenzó, pues, a decirles: "Esta Escritura, que
acabáis de oír, se ha cumplido hoy"». El Evangelio de Lucas introduce esta secuencia de modo
solemne, haciendo como un resumen de la predicación y del destino de Jesús. En cierto sentido,
la escena en la sinagoga de Nazaret fue un símbolo de su vida. La gente estaba admirada del
mensaje de gracia que salía de su boca, pero al final estaba dispuesta a arrojarlo al precipicio. El
comienzo de su predicación fue el prólogo al misterio pascual.
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Entre el hoy del Resucitado
y el hoy de la asamblea, está la mediación de la Escritura puesta por el Espíritu en los labios del
homilista. «Todos estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc
4, 22). Iluminado por el Espíritu Santo, el texto explicado de manera sencilla y familiar sirve
como meditación para el encuentro entre Cristo y la comunidad. Así, el cumplimiento de la
Escritura se lleva a cabo en la fe de la comunidad que acoge a Cristo como Palabra de Dios. El
hoy que interesa al predicador es el hoy de la fe, la decisión de creer y abandonarse a Cristo y
obedecerle incluso en las exigencias morales del Evangelio.
El sacerdote, en su condición de ministro de la Palabra, completa lo que falta a la predicación de
Jesús a través de su cuerpo, que es la Iglesia. Comparte los sufrimientos de la preparación, las
dificultades de la comunión, pero, sobre todo, la alegría de ser instrumento del Espíritu Santo al
servicio de un acontecimiento más que radical: «la acogida del hombre a la ofrenda de amor de
Dios que se le presenta en Cristo». [30]
c) El Oficio divino
Dios sigue hablando a su pueblo mediante su Hijo, en el Espíritu, «no sólo celebrando la
Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando el Oficio divino» (SC 83).
Cristo Jesús «introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las
moradas celestiales. Él mismo une a sí la comunidad entera de los hombres y la asocia consigo
al canto de este divino himno de alabanza». «Así -escribe san Agustín-, nuestro Señor Jesucristo,
único Salvador de su Cuerpo místico, ruega por nosotros, ruega en nosotros, y recibe nuestras
oraciones. Ruega por nosotros como nuestro sacerdote, ruega en nosotros como nuestro jefe,
recibe nuestras oraciones como nuestro Dios. Reconocemos, pues, que nosotros hablamos en él
y él habla en nosotros». [31]
El Oficio divino forma parte del ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo, a la que la Iglesia
está asociada íntimamente como Esposa del Verbo encarnado. La renovación del Oficio divino,
realizada por el Concilio, ha producido grandes frutos en la Iglesia gracias al desarrollo de una
práctica muy difundida en formas simplificadas que permiten un contacto frecuente y orante con
la Palabra de Dios. Esta práctica monástica y conventual, enriquecida con lecturas patrísticas,
sigue siendo un elemento constitutivo de la tradición eclesiástica y, por tanto, es una referencia
importante para la interpretación de la Escritura en la Iglesia.
Esta práctica eclesial encarna la finalidad espiritual de las Sagradas Escrituras y valoriza la
oración insuperable de los salmos. «Ciertamente, toda la Sagrada Escritura, tanto del Antiguo
como del Nuevo Testamento, está inspirada por Dios y es útil para la enseñanza, tal como está
escrita; sin embargo, el libro de los Salmos -escribe san Atanasio-, como un paraíso que contiene
todos los frutos de los demás libros, propone sus cantos y añade sus propios frutos a los demás
en la salmodia». [32] El que canta los salmos está como ante un «espejo», donde puede
reencontrar sus propios sentimientos, como Agustín, que confiesa que de tal manera «la verdad
se introducía en mi corazón que el fervor transportaba, mis lágrimas fluían y esto me hacía bien».
[33]
El Sínodo debería subrayar que en la práctica ferviente del Oficio divino, según la regla propia
de cada comunidad, se encuentra un valioso fermento de vida comunitaria y de alegría. [34]
Encarna la sequela Christi, la unión de la Esposa con el Esposo en la alabanza de amor y de
intercesión para la gloria de Dios y la salvación del mundo.
2. Lectio divina
La tradición de la Iglesia transmite también la práctica de la lectio divina como una contemplación
deleitosa de la Sagrada Escritura, a la manera de María, que meditaba en su corazón todos los
misterios de Jesús. «María buscaba el sentido espiritual de las Escrituras y lo encontraba
relacionándolo (symballousa) con las palabras, con la vida de Jesús y con los acontecimientos que
ella iba descubriendo en la historia personal». En esto, «María se transforma en un símbolo para
nosotros, para la fe de las personas simples y la de los doctores de la Iglesia, que buscan, sopesan
y definen cómo profesar el Evangelio». [35]
«Quisiera, sobre todo, evocar y recomendar la antigua tradición de la lectio divina», escribe el
Papa Benedicto XVI. «La lectura asidua de la sagrada Escritura acompañada por la oración realiza
el coloquio íntimo en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla y, orando, se le responde con
confiada apertura del corazón (cfr. DV, 25). Estoy convencido de que, si esta práctica se promueve
eficazmente, producirá en la Iglesia una nueva primavera espiritual». [36]
Para que las prácticas de la lectio divina se vivan con más provecho, el texto de la DV 23 nos sitúa
en la justa perspectiva, evocando a la Iglesia, Esposa del Verbo encarnado, que está animada e
instruida por el Espíritu Santo. Esta eclesiología nupcial introduce por sí misma el clima de amor
y de reciprocidad que favorece la contemplación de la Escritura. Esta valiosa indicación nos ayuda
a tomar conciencia de los presupuestos eclesiológicos, que desempeñan un papel más importante
de lo que parece en el diálogo con Dios en el mismo texto sagrado. Puesto que la Iglesia, en sus
miembros, se percibe como una esposa amada, objeto de un amor de elección, también será
natural dirigirse amorosamente a la Sagrada Escritura como a la fuente que brota sin cesar del
amor divino. [37]
«En esta perspectiva han de ser consideradas, rectamente comprendidas y recuperadas la
extraordinaria exégesis de los Padres y la gran intuición medieval de los "cuatro sentidos de la
Escritura", puesto que no han perdido interés». [38] La práctica de la lectio divina producirá frutos
en la medida en que esté sumergida en una atmósfera de confianza con respecto a la Escritura, lo
que supone una exégesis del texto «con el mismo Espíritu con que se escribió» (DV 12). En este
contexto, no se fomentará nunca demasiado «el estudio de los Santos Padres, así del Oriente como
del Occidente, y de la Sagradas Liturgias» (DV 23).
En síntesis, la lectio divina puede dar una gran aportación al diálogo de la Iglesia con Dios, a la
formación de los discípulos y las comunidades cristianas y también al acercamiento de las Iglesias
y comunidades eclesiales mediante la «lectura espiritual común de la Palabra de Dios». [39]
Es de desear que el Sínodo aliente la búsqueda de estrategias nuevas, sencillas y atractivas,
adaptadas al conjunto del pueblo cristiano o a grupos particulares de fieles, para desarrollar el
gusto y la práctica de una lectura continua, tanto comunitaria como personal, de la Palabra de
Dios.
B. La interpretación eclesial de la Palabra de Dios
1. Elementos problemáticos
La interpretación de las Escrituras en la Iglesia dio lugar, desde los orígenes apostólicos, a
conflictos y tensiones recurrentes. A los cismas y separaciones se añadieron otros obstáculos.
Paralelamente a estos acontecimientos desdichados, la exégesis y la teología no sólo se separaron
la una de la otra, sino también de la interpretación espiritual de la Escritura, que era común en la
época patrística. [40] El modelo contemplativo de la teología monástica y patrística cedió su lugar
a un modelo especulativo y a menudo polémico, bajo la influencia de errores que había que
combatir y de descubrimientos históricos, filosóficos y científicos. Añadamos también el giro
antropocéntrico del pensamiento moderno, que separó la metafísica del ser en beneficio de una
epistemología inmanentista. Prisionero del recinto encantado del cogito (Ricoeur), el hombre se
siente fascinado por sus propias proezas especulativas (Hegel), pero pierde la capacidad de
admirarse ante el misterio del ser y de la Revelación. [41]
En este contexto de separación y de conflicto entre la fe y la razón, se asiste al planteamiento de
la unidad de la Escritura y a una fragmentación excesiva de las interpretaciones. Desde este
momento, la relación interna de la exégesis con la fe ya no es unánime y las tensiones aumentan
entre los exégetas, pastores y teólogos. [42] Ciertamente, la exégesis histórico-crítica se completa
cada vez más con otros métodos, algunos de los cuales se reconcilian con la tradición y la historia
de la exégesis. [43]. Pero, de modo general, después de muchos decenios de concentración en las
mediaciones humanas de la Escritura, ¿no habría que reencontrar la profundidad divina del texto
inspirado sin perder las valiosas adquisiciones de las nuevas metodologías?
Nunca se insistirá demasiado en este punto, puesto que la crisis de la exégesis y de la hermenéutica teológica afecta profundamente a la vida espiritual del pueblo de Dios y su confianza en las
Escrituras. Afecta también a la comunión eclesial, a causa del clima de tensión, con frecuencia
malsano, entre la teología universitaria y el Magisterio eclesial. Ante esta delicada situación, y sin
entrar en los debates de las escuelas, el Sínodo debe dar una orientación para purificar las
relaciones y favorecer la integración de los conocimientos de las ciencias bíblicas y hermenéuticas
en la interpretación eclesial de las Sagradas Escrituras.[44]
Los diálogos en este sentido, promovidos por la Congregación para la doctrina de la fe, deberían
intensificarse con el fin de analizar en profundizar, de forma interdisciplinar y respetuosa de las
competencias, los puntos en litigio y preparar así el juicio de la Iglesia, que debe cumplir «el
mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios» (DV 12). La
Pontificia Comisión Bíblica y la Comisión teológica internacional desempeñan un papel
importante y muy apreciado en este sentido. El Sínodo podría reconocer la valiosa contribución
de estos organismos e incentivar sesiones conjuntas, [45] para intensificar el diálogo entre
pastores, teólogos y exégetas. De igual modo, podría sugerir encuentros regionales del mismo tipo,
que ayudarían a cultivar un sano clima de comunión y de servicio a la palabra de Dios. Además,
el Sínodo podría proponer que fuera considerado como eje de integración de esta búsqueda de
unidad el sentido espiritual de la Escritura. [46]
2. El sentido espiritual de la Escritura
«El teólogo sagaz reconoce sin más -escribe el padre de Lubac- que la existencia de un doble
sentido literal y espiritual es un dato inalienable de la tradición. Esto forma parte del patrimonio
cristiano. [El sentido espiritual] es, repitámoslo con los Padres, el Nuevo Testamento mismo, con
toda su fecundidad, "revelándosenos como cumplimiento y transfiguración del Antiguo"». [47]
Según santo Tomás de Aquino, el sentido espiritual supone el sentido literal y se apoya en él. [48]
No obstante, toda interpretación simbólica o espiritual debe conservar una homogeneidad con el
sentido literal. Ya que «admitir sentidos heterogéneos equivaldría a cortar el mensaje bíblico de
su raíz, que es la palabra de Dios comunicada históricamente, y abrir la puerta a un subjetivismo
incontrolable». [49]
Este temor del subjetivismo y la falta de reflexión contemporánea sobre la inspiración de las
escrituras explican la lentitud de la exégesis católica contemporánea a la hora de interesarse
realmente por el sentido espiritual de la Escritura. [50] Con todo, una evolución significativa se
perfila en este sentido: «Por regla general -escribe la PCB-, se puede definir el sentido espiritual,
entendido según la fe cristiana, como el sentido expresado por los textos bíblicos cuando se leen
bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida
nueva que de él deriva». [51] Esta definición entronca bien con la orientación de la DV 12, que
exige interpretar los textos bíblicos con el mismo Espíritu con que fueron escritos.
En efecto, el Espíritu prepara los acontecimientos del Antiguo y del Nuevo Testamento según una
progresión que va de la promesa al cumplimiento; por el Espíritu fueron interpretados esos
acontecimientos mediante palabras proféticas y nuevas lecturas simbólicas o sapienciales, a fin
de guiar al pueblo de Dios, a través de purificaciones y profundizaciones sucesivas, al encuentro
con Jesucristo, plenitud de la Revelación. En el fondo, el sentido espiritual de la Escritura, «el
sentido verdadero, sigue siendo el del Espíritu Santo». [52] «En cuanto a mí -escribe san
Bernardo-, así como el Señor me lo ha enseñado, buscaré en los rincones profundos de la palabra
sagrada su Espíritu y su sentido vivo; esto por mi parte, puesto que creo en Jesucristo. ¿Cómo no
trataré de sacar de la letra muerta e insípida un alimento espiritual sabroso y saludable, como se
separa el grano de la cascarilla, la nuez de su cáscara o como se extrae la médula de un hueso? No
tengo nada que ver con esta letra muerta que sabe a carne y da la muerte a quien la come. Pero lo
que se encuentra oculto bajo su envoltura, viene del Espíritu Santo». [53]
La práctica de la exégesis espiritual de la Escritura requiere también aquí una profundización
pneumatológica. No basta solamente con leer «bajo la influencia del Espíritu Santo»; es necesario
tratar de percibir en la letra al Espíritu que está contenido en ella. Así, el Espíritu Santo no es
simplemente un agente extrínseco de la producción de la Sagrada Escritura; es él quien, en la
Biblia, se expresa de acuerdo con la Palabra del Padre, que es Jesucristo. En la prolongación de
esta búsqueda, sería oportuno que el Sínodo se interrogase sobre la pertinencia de una eventual
encíclica sobre la interpretación de la Escritura en la Iglesia.
3. La exégesis y la teología
La exégesis y la teología se ocupan del mismo objeto, la palabra de Dios, pero desde perspectivas
diferentes y complementarias. El exégeta estudia la «letra» de la Escritura «con el mismo Espíritu
con que se escribió, [54] para sacar el sentido exacto de los textos sagrados» (DV 12). Está atento
a la génesis histórica de los textos, a su género literario, a su estructuración, pero también a la
relación entre los diferentes libros de la Biblia y entre uno y otro Testamento. El Sínodo debería
elogiar el renovado interés por el enfoque canónico de la Escritura y los esfuerzos para proponer
síntesis de teología bíblica como interesantes pasos adelante en el sentido de una inteligencia
global de la Escritura. También el teólogo se esfuerza por interpretar la «letra» en función de «la
unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia» (DV
12), de los lenguajes filosóficos y de otros que marcan la cultura de su época y respetando, en la
medida de lo posible, las sensibilidades particulares de sus contemporáneos.
Exégetas y teólogos saben que «las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser
inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio del texto sagrado ha de
ser como el alma de la Sagrada Teología» (DV 24). Esta palabra de Dios es, siempre y
simultáneamente, Palabra de fe, testimonio de un pueblo y de sus autores inspirados. En
consecuencia, los métodos exegéticos y teológicos deben reflejar la interdependencia de la «letra»,
del Espíritu y de la fe en el trabajo de interpretación. La relación de Alianza entre Dios y su
pueblo se encuentra en el texto mismo y exige una interpretación que no sólo sea noética, sino
también dinámica y dialogística. En pocas palabras, o bien los exégetas y los teólogos interpretan
rigurosamente la Biblia en la fe y la escucha del Espíritu, o bien se atienen a las características
superficiales del texto limitándose a consideraciones históricas, lingüísticas o literarias.
Entre las tareas urgentes de la investigación, es importante profundizar en la epistemología
teológica con la ayuda de los Padres de la Iglesia y de los santos. Por su actitud personal y
metódica de fe contemplativa, estos se abren a la profundidad del texto, es decir, a la presencia
de Dios que habla ahora por él y se dirige al que escucha. De ahí su testimonio de una «ciencia
del amor» [55] que sigue siendo la vía de acceso por excelencia al conocimiento de Dios. «La
precisión inspirada con la que los santos menos especulativos insisten en ciertos aspectos de la
vida cristiana puede tener efectos imprevisibles para la teología viva de la Iglesia. Pensad en la
regla de san Benito, en el testamento de san Francisco de Asís, en los Ejercicios de san Ignacio».
[56] Aunque los santos en cuestión no son teólogos de profesión, las características propias de su
vida sirven como «cánones» y reglas de interpretación de la Revelación, puesto que «los que aman
son los que más saben sobre Dios. A ellos deben escuchar los teólogos». [57] Santa Teresa del
Niño Jesús sabía que su camino de infancia espiritual era un ejemplo para imitar, y san Pablo, en
la Biblia cristiana, se pone a sí mismo como ejemplo.
«Mediante una ética antropológica cerrada, la franqueza con la que san Pablo demuestra en sí
mismo la santidad cristiana -para demostrar la verdad dogmática- y presenta el análisis de su
propia existencia ante toda la Iglesia y ante el mundo, tendrá siempre algo de chocante. Pero no
es más que el reflejo exacto y dócil, en el plano eclesial, de la extraordinaria afirmación de Cristo
de ser él mismo en su existencia viva la verdad de Dios». [58] «El modo en el que san Francisco
comprende la Escritura se distingue en los puntos esenciales de la de sus biógrafos. Éstos están
familiarizados con los métodos científicos de entonces y se abocan a una exégesis simbólica
donde no se pone ningún límite a la imaginación. Es todo lo contrario en Francisco: no tiene
ninguna idea de los principios hermenéuticos aceptados en su tiempo. Su exégesis es realista,
concreta; su imaginación está ligada a la letra de la Escritura». [59] En una palabra, los santos
contemplan con los ojos del Espíritu las profundidades de Dios que emergen de la Sagrada
Escritura. [60] «Los santos son para el Evangelio lo que una partitura cantada es respecto a una
partitura anotada», escribe san Francisco de Sales. [61]
III. MISSIO: LA PALABRA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Hemos situado la palabra de Dios en la vida de la Iglesia bajo el signo de la communio, ya que la
Palabra acogida en la fe nos introduce en la comunión trinitaria. La experiencia de esta comunión
entraña una conversión cada vez más profunda con el Amor y una participación en el dinamismo
misionero y escatológico de la palabra de Dios. Animado por el Espíritu de Pentecostés, este
Sínodo quiere hacerse eco de este dinamismo.
«La palabra de Dios crecía y se multiplicaba», nos dicen los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,
24). Conquistaba adeptos entre los judíos y los paganos, como testimonia Pedro ante la comunidad
de Jerusalén hablando de la efusión del Espíritu Santo sobre los paganos. De esta forma, «la
Palabra del Señor crecía y se robustecía poderosamente» (Hch 19, 20), acrecentando la Iglesia y
comunicándole la paz del Reino (cf. Hch 9, 31).
A. ANUNCIAR EL EVANGELIO DEL REINO DE DIOS
1. La Iglesia, servidora de la Palabra
La Iglesia «tiene plena conciencia de que las palabras del Salvador: "Es preciso que anuncie también
el reino de Dios", se aplican justamente a ella misma. Y por su parte ella añade de buen grado,
siguiendo a san Pablo: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un
deber que me incumbe. Y ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16)». El corazón de la
misión de la Iglesia es evangelizar. Evangelizar significa: «predicar y enseñar, ser canal del don de la
gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa,
memorial de su muerte y resurrección gloriosa» (EN 14). «Evangelizar significa para la Iglesia llevar
la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro,
renovar a la misma humanidad: "He aquí que hago nuevas todas las cosas" (Ap 21, 5)» (EN 18).
En el cumplimiento de su misión evangelizadora, la Iglesia acoge y sirve a la palabra de Dios.
Mediante la profecía, la liturgia y la diaconía, testimonia el dinamismo personal de la Palabra
encarnada. Obispos, sacerdotes, diáconos, laicos y personas consagradas, todos permanecen bajo la
Palabra y actúan de acuerdo con ella, según el carisma que han recibido del Espíritu. Así, colaborando
con la palabra de Dios, la Iglesia participa en la misión del Espíritu, que reúne a «los hijos de Dios que
estaban dispersos» (Jn 11, 52), para hacer que todo tenga a «Cristo por Cabeza» (Ef 1, 10).
2. El Jesús histórico de los evangelios
Como en los tiempos apostólicos, la Iglesia anuncia el reino de Dios, es decir, a Jesús, el Cristo, tal
como está presente en los evangelios. Ahora bien, esta tarea ha sido puesta en peligro por la influencia
de corrientes de exégesis que han abierto una brecha entre el «Jesús de la historia» y el «Cristo de la
fe». Estas corrientes exegéticas han puesto en tela de juicio el valor histórico de los evangelios,
minando así la credibilidad del texto. «Semejante situación es dramática para la fe -declara Benedicto
XVI-, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo
depende». [62] Es verdad que desde algunos decenios la investigación bíblica ha restablecido el valor
histórico de los evangelios [63] y ha reafirmado incluso su carácter biográfico. [64] Esos resultados
aún no están suficientemente conocidos y no han corregido el impacto negativo de la exégesis
racionalista en la vida espiritual y el testimonio misionero de los cristianos.
En este contexto, la publicación del libro Jesús de Nazaret del Papa Benedicto XVI constituye un gran
acontecimiento, que libera el acceso a la figura auténtica de Jesús. Muestra que la identidad divina de
Jesús, testimoniada históricamente por los evangelios, emerge de los textos mismos y del testimonio
coherente y creíble del Nuevo Testamento. Valorando los resultados positivos de la exégesis histórico-crítica, el Papa señala sus límites metodológicos y desea el desarrollo de «la exégesis canónica» para
completar la interpretación teológica. La actitud liberadora de Benedicto XVI consiste en «confiar en
los evangelios», presentando al «Jesús de los evangelios como el Jesús real», como el «Jesús
histórico», en el sentido propio del término. [65]
Este libro «no es en modo alguno un acto magisterial», [66], pero no por ello deja de ser un faro que
protege de los escollos y de los naufragios. Su testimonio acerca la teología y la exégesis mediante la
unión armoniosa de la competencia científica y del testimonio personal de una autoridad eclesial. Ni
que decir tiene que esta obra ayuda a disipar la confusión sembrada por ciertos fenómenos mediáticos
[67] y a relanzar el diálogo de la Iglesia con la cultura contemporánea. El Sínodo podría reconocer en
este libro un lugar importante para la refundación de una cultura contemplativa de los evangelios.
B. ENCARNAR EL TESTIMONIO DE DIOS-AMOR
1. El primado del amor
Cuando el Espíritu habla a la Iglesia hoy recordándole las Escrituras, la está invitando a un nuevo
testimonio de amor y de unidad, para que realce la credibilidad del Evangelio ante un mundo que es
más sensible a los testigos que a los doctores. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si
os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Este signo del amor mutuo prolonga el testimonio de
Dios, ya que encarna el amor mismo de Jesús, que dijo: «Amaos los unos a los otros como yo os he
amado» (Jn 13, 34). Este «como» significa: amaos con el mismo amor con el que yo os amo. Toda la
oración sacerdotal de Jesús, síntesis de su ofrenda pascual, tiende a asociar a la humanidad al
testimonio de unidad de la Trinidad: «Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como
nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que
tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 22-23). Gregorio de
Niza identifica la gloria con el Espíritu, [68], que también ora con Cristo para que sus discípulos sean
consagrados en la verdad, o sea, consumados en la unidad. Esta oración solemne muestra bien que la
fidelidad al mandamiento del amor no sólo implica la salvación del creyente, sino también y sobre todo
la credibilidad de la Trinidad en el mundo. «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que
ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
En consecuencia, el testimonio de la palabra de Dios exige discípulos misioneros [69] que sean
auténticos testigos del primado del amor sobre la ciencia. San Pablo lo afirma sin ambages, tanto en
el himno al amor de la prima carta a los Corintios (1 Co 13, 1-13) como en su exhortación a los
Filipenses: «Con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos» (Flp 2, 2) a ejemplo
de Cristo en su kénosis. «No son los manuales áridos, aunque estén llenos de verdades indudables, los
que pueden expresar al mundo la verdad del Evangelio y hacerlo plausible, sino la existencia de los
santos que han sido conquistados por el Espíritu Santo de Cristo. Cristo no previó otra apologética (Jn
13, 35)». [70]
2. El testimonio ecuménico
Desde la entrada oficial de la Iglesia católica en el movimiento ecuménico, los Papas han hecho de la
causa de la unidad cristiana una prioridad. Por otra parte, el acercamiento ecuménico ha permitido a
las Iglesias y a las comunidades eclesiales interrogarse juntas sobre su propia fidelidad a la palabra de
Dios. Aunque los encuentros y diálogos ecuménicos hayan producido frutos de fraternidad, de
reconciliación y entendimiento, la situación presente se caracteriza por un cierto malestar que llama
a una conversión más profunda al «ecumenismo espiritual». [71] «Esta conversión del corazón y
santidad de vida, junto con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos, deben
considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico y pueden llamarse con razón
ecumenismo espiritual» (UR 8).
Esta orientación del Concilio conserva toda su actualidad, como recuerda el santo Padre:
«Escuchar juntos la palabra de Dios; practicar la lectio divina de la Biblia, es decir, la lectura
unida a la oración; dejarse sorprender por la novedad de la palabra de Dios, que nunca envejece
y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros
prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los creyentes de todos los
tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la
fe, como respuesta a la escucha de la Palabra». [72]
Entre los numerosos testimonios ecuménicos de nuestra época citamos, a modo de ejemplo, el
Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich, cuya espiritualidad hace hincapié en «el
amor mutuo» y la obediencia a la «Palabra de vida». La pedagogía de este Movimiento atribuye, con
razón, la prioridad al elemento dinámico del amor en relación con el elemento noético de la Palabra.
Esta prioridad requiere de todos los interlocutores una conversión cada vez más profunda al designio
de amor del Dios trino, que el Espíritu Santo se esfuerza por llevar a su plenitud con «gemidos
inefables» (Rm 8, 26).
Es significativo que este Movimiento católico y ecuménico -¿no se debería decir solamente «católico»,
es decir, ecuménico?- lleve el nombre canónico de «Obra de María». En él se ve confluir feliz y
armoniosamente -como, por lo demás, en otros Movimientos- [73] el movimiento bíblico, el
movimiento ecuménico y el movimiento mariano, gracias a una práctica decidida de la palabra de
Dios, encarnada y compartida. [74] Este testimonio recuerda que la unidad de los cristianos y su
impacto misionero no son ante todo «nuestra obra», sino la del Espíritu y María. [75]
C. DIALOGAR CON LAS NACIONES Y LAS RELIGIONES
1. Al servicio del hombre
Como hemos dicho, la actividad misionera de la Iglesia está arraigada en la misión de Cristo y del
Espíritu, que revela y expande la comunión trinitaria en todas las culturas del mundo. El alcance
salvífico universal del misterio pascual de Cristo exige el anuncio de la buena nueva a todas las
naciones y también a todas las religiones. La palabra de Dios invita a todos los hombres al diálogo con
Dios, que quiere salvar a todos los hombres en Jesucristo, el único mediador (1 Tm 2, 5; Hb 8, 6; 9,
5; 12, 24). La actividad misionera de la Iglesia testimonia su amor al Cristo total, que incluye toda
cultura. En sus esfuerzos de evangelización de las culturas, esta actividad apunta a la unidad de la
humanidad en Jesucristo, pero en el respeto y la integración de todos los valores humanos. [76] «Por
lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de
honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta» (Flp 4, 8).
En su diálogo litúrgico con Dios, la Iglesia intercede por todos los hombres y, sobre todo, por los más
pobres. Su pasión por la palabra de Dios la impulsa tras los pasos de Jesús pobre, casto y obediente
para llevar la esperanza, la reconciliación y la paz a todas las situaciones de injusticia, opresión y
guerra. Como en el «buen samaritano», este cuidado del hombre, cualquiera que sea, expresa la
compasión de la Iglesia por todos los sufrimientos humanos y su disponibilidad para socorrer a los
pobres y a los afligidos. Consciente de la presencia de Jesús a su lado, como en el camino de Emaús,
interpreta la Escritura como él, «partiendo de Moisés y de todos los profetas», y explicando a todos los
hombres el misterio de Jesús salvador: «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en
su gloria?» (Lc 24, 26).
Esta exégesis de Jesús, retomada sin cesar por la Iglesia, autentica la interpretación cristológica del
primer Testamento, que los Padres, desde Orígenes e Ireneo, desarrollaron ampliamente. En nuestros
días, teniendo en cuenta la historia trágica de las relaciones entre Israel y la Iglesia, estamos invitados
no sólo a reparar la injusticia cometida con los judíos, sino también a «un nuevo respeto por la
interpretación judía del Antiguo Testamento». [77] Además, un diálogo respetuoso y constructivo con
el judaísmo puede servir para profundizar, por ambas partes, la interpretación de las Sagradas
Escrituras. [78]
2. El diálogo interreligioso
Entre los interlocutores de los diferentes diálogos de la Iglesia con las naciones, el pueblo judío ocupa
un lugar singular como heredero de la primera Alianza, con el que compartimos las Sagradas
Escrituras. Esta herencia común nos invita a la esperanza, «puesto que los dones y la vocación de Dios
son irrevocables» (Rm 11, 29), como testimonia apasionadamente san Pablo en la carta a los Romanos:
«Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la
carne, -los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto,
las promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por
encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén» (Rm 9, 1-5); «No quiero que ignoréis,
hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que sobrevino a
Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la
Escritura» (Rm 11, 25-26).
Siguen inmediatamente los fieles de fe musulmana, arraigados también ellos en la tradición bíblica,
confesores del único Dios. Ante la secularización y el liberalismo, son aliados en la defensa de la vida
humana y en la afirmación de la importancia social de la religión. El diálogo con ellos es más
importante que nunca en las circunstancias actuales, para «promover juntos la justicia social, los bienes
morales, la paz y la libertad para todos los hombres» (NA 3). El testimonio de los mártires de Tibhirine
en Argelia, en 1996, eleva este diálogo a un nivel quizá jamás alcanzado en la historia en lo que se
refiere al servicio del hombre y la reconciliación de los pueblos. Las iniciativas audaces del Papa
Benedicto XVI declaran a favor de la prosecución perseverante del diálogo con el islam.
Por último, siguen los hombres «de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9) que están bajo el
cielo, ya que el Cordero inmolado derramó su sangre por todos. La palabra de Dios está destinada
especialmente a los que jamás han oído hablar de ella, puesto que en el corazón de Dios y en la
conciencia misionera de la Iglesia, los últimos tienen la gracia de ser los primeros. [79]
En un mundo en vías de globalización, con los nuevos medios de comunicación, el campo de la misión
está abierto a nuevas iniciativas de evangelización con un espíritu de auténtica inculturación. Estamos
en la era de Internet, y las posibilidades de acceso a la Sagrada Escritura se han multiplicado. [80] El
Sínodo debe escuchar, discernir y alentar los proyectos de transmisión y transposición de las Sagradas
Escrituras a todos estos nuevos lenguajes que esperan servir a la palabra de Dios.
CONCLUSIÓN
«¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Y el Espíritu es el que
da testimonio, porque el Espíritu es la Verdad. Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el
agua y la sangre, y los tres convienen en lo mismo. Si aceptamos el testimonio de los hombres, mayor
es el testimonio de Dios» (1 Jn 5, 5-9).
Jesús viene siempre, en la Iglesia, a «dar testimonio de la Verdad» y a comunicar a los que creen en
su nombre el conocimiento del Padre, que él posee en plenitud. Este mensaje de Juan tiene que ser el
primer objetivo y la primera preocupación del Sínodo: escuchar y acoger de nuevo a Dios que habla
e implorar la gracia de una fe renovada en su Verbo encarnado. Conscientes de la renovación
eclesiológica ligada a la concepción dinámica y dialogística de la Revelación, hemos sugerido algunas
pistas de profundización de la palabra de Dios a partir de la fe de María tal como se prolonga en la vida
de la Iglesia, la liturgia, la predicación, la lectio divina, la exégesis y la teología.
La aplicación de este paradigma mariano supone una profundización pneumatológica de la tradición
eclesial y de la exégesis de las Escrituras, que dan cuenta de la virtud performativa de la palabra de
Dios, distinguiéndola cuidadosamente de la presencia eucarística. Más que una biblioteca para
eruditos, la Biblia es un templo donde la Esposa del Cantar de los Cantares escucha las declaraciones
del Amado y celebra sus besos (cfr. Ct 1, 1). «Quien está instruido por el Espíritu Santo comprende
todo -escribe san Siluan-; su alma se siente como en el cielo, puesto que el Espíritu Santo mismo está
en el cielo y en la tierra, en la Sagrada Escritura y en las almas de todos los que aman a Dios». [81]
Esta perspectiva más dinámica que noética requiere una teología más contemplativa, radicada en la
liturgia, en los Padres y en la vida de los santos, una exégesis practicada en la fe conforme a su objeto,
y también una filosofía del ser y del amor.
Nos abre a una lectura espiritual de la Biblia más fructuosa, a una interpretación eclesial de la
Escritura y a una revitalización del diálogo misionero de la Iglesia bajo todas sus formas. La
frecuentación más asidua de las Escrituras reavivará la conciencia misionera de la Iglesia y su
amor al hombre, imagen de Dios con deseos de semejanza divina.
San Cesáreo de Arlés exhortaba frecuentemente a sus diocesanos a no descuidar jamás lo que
calificaba como «alimento del alma para la eternidad»: «Os ruego, amados hermanos, que os
apliquéis a consagrar a la lectura de los textos sagrados tantas horas como podáis» [82]
Frecuentemente, al final de la jornada, le gustaba preguntarles a sus sacerdotes a propósito de la
meditación de la palabra de Dios: «¿Qué habéis comido hoy?». Ojalá que tengamos la misma
disponibilidad, el mismo gusto por la palabra de Dios y por nuestra parte nos hagamos la misma
pregunta: «¿Qué hemos comido hoy?».
Notas
[1] San CESÁREO de Arlés, sermón VI.
[2] Instrumentum laboris, 4.
[3] El adjetivo «dialogal» es un neologismo. Aquí se utiliza para expresar la dimensión personal
y responsorial de la fe como diálogo con Dios. Corresponde, en un cierto modo, a la diferencia
entre «teológica» y «teologal», ya que la primera significa el aspecto noético y la segunda, el
aspecto personal.
[4] Ver J. Ratzinger, Comentarios de Dei Verbum en LThK, 1967; A. Grillmeier en LThK Vat.
II, vol. 2, Freiburg i. Br., 1967; H. de Lubac, La Révélation divine, París, Cerf, 1983, 190 p.; A.
Vanhoye, «La réception dans l'Église de la constitution Dei Verbum. Du Concile Vatican II à nos
jours», en Esprit et Vie, n° 107, junio 2004, 1ra quincena, pp. 3-13; H. Hoping: «Theologischer
Kommentar zur Dogmatischen Konstitution über die göttliche Offenbarung. Dei Verbum», en P.
Hünermann, B. J. Hilberath (Hrsg), Herders theologischer Kommentar zum Zweiten Vatikanischen Konzil. Freiburg-Basel-Wien: Herder, 2005, pp. 695-831; C. Théobald, «La Révélation.
Quarante ans après Dei Verbum», en Revue théologique de Louvain 36 (2005), pp. 145-165.
[5] Instrumentum laboris, 6.
[6] M. Seckler, «Der Begriff der Offenbarung», en Handbuch der Fundamentaltheologie, Ed. W.
Kern et al., vol. 2, Freiburg i. Br., 1985, pp. 64-67.
[7] Ibid.
[8] J. Rigal, «Le phénomène gnostique», en Esprit et Vie, no 192, abril 2008 - 2da quincena, pp.
1-10.
[9] P. Bordeyne y L. Villemin (edit.), L'herméneutique théologique de Vatican II, Paris, Cerf (coll.
«Cogitatio Fidei»), 2006, 268 p.
[10] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est.
[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, no 9.
[12] Jn. 19, 25-27; Jn. 20, 21-22 ; 1 P. 2, 9-10.
[13] San Irineo de Lyon, Traité contre les hérésies, I, 3.
[14] San Cipriano, De Orat. Dom. 23: PL 4, 553.
[15] Instrumentum laboris, 25.
[16] «Nosotros no creemos en las fórmulas, sino en las realidades que éstas expresan y que la fe
nos hace 'tocar'. 'El acto (de fe) del creyente no se detiene delante del anunciado sino de la
realidad (enunciada)' (Santo Tomás de Aquino, S. th. 2-2, 1, 2, ad 2) » (CEC 170). El objeto
formal de la fe, es la persona que anuncia y que se dona en el enunciado supremo de Jesucristo,
que el Santo Espíritu nos autoriza para confesar. La fe es esencialmente trinitaria, ésta es un acto
de don personal en respuesta a los dones Tri-Personales de Dios. Se siente en el texto Dei Verbum
el equilibrio que aún se halla entre el aspecto personal o el dinamismo y el aspecto noético de la
fe.
[17] H. de Lubac, L'Écriture dans la tradition, Aubier, 1966, p. 100.
[18] Es decir, que la vida de fe de María es más que un ejemplo para la Iglesia, ya que ella es
madre, o sea, fuente de vida para la Iglesia.
[19] Véase Concilio de Trento, sesión XXII, 17 sept. 1562, Decr. De Ss. Eucharist., c. 1. «él quiso
dejar a la Iglesia, su Esposa bien amada, un sacrificio que fuese visible»; Lumen Gentium 4; Dei
Verbum 8, 23; Sacrosanctum Concilium, 7. Ver también: Ef. 5, 21-32; Ap. 22, 17; Jn. 2; Jn. 19,
25-27).
[20] H. de Lubac, L'Écriture dans la tradition, Aubier, 1966, p. 246; el autor refiere a san
Bernardo, Sup. Missus est, h. 4, n. 11, haciéndole hablar a María: «Nec fiat mihi verbum scriptum
et mutum, sed incarnatum et vivum» (PL, 183, 86 B).
[21] Sobre esta expresión, ver W. Rordorf, «La confession de foi et son "Sitz im Leben" dans
l'Église ancienne» en Novum Testamentum, Vol. 9, Fasc. 3 (Jul., 1967), pp. 225-238; A. Vanhoye,
«La réception dans l'Église de la constitution dogmatique Dei Verbum. Du Concile Vatican II
à aujourd'hui», Esprit et Vie, n° 107, junio 2004, p. 9.
[22] Ya esta dimensión responsorial se encuentra expresada con énfasis en la descripción del rito
fundador de la alianza del Sinaí (Ex. 24, 3.7) e igualmente en la narración de la fase preparatoria
(Ex. 19, 8).
[23] Jn. 19, 30; Jn. 20, 22; He. 2, 1-13; Ro. 8, 15-17; Gál. 4, 6.
[24] Orígenes, Homilías sobre el Éxodo, 13, 3.
[25] La historia de la redacción de este pasaje muestra que se ha aportado un cierto matiz en la
versión final: se utiliza la expresión sicut et en vez de velut para evitar forzar la comparación en
el sentido de una devoción equivalente. Véase H. Hoping, op. cit., 2005; p. 791.
[26] «El Cuerpo se encuentra bajo una especie de pan, y la Sangre bajo una especie de vino por
la virtud de las palabras » Denz. 1640.
[27] Benedicto XVI, Spe salvi, 2.
[28] Origène, Traité des principes, IV, 2.8.; cf. Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 12-13.
[29] Véase en Lumière de la Parole, Culture et Vérité, 1990, el comentario de las lecturas
dominicales de los años A, B y C de H. U. v. BALTHASAR, que destaca la unidad de las tres
lecturas desde el punto de vista teológico. Este comentario, publicado en muchas lenguas,
responde a una necesidad expresada a menudo por los homilistas. El original en alemán Licht des
Wortes. Skizzen zu allen Sonntagslesungen fue publicado por Paulinus Verlag, Trier 1987.
[30] J. RATZINGER, Dogma y predicación, op. cit., p. 50; cf. Benedicto XVI, Sacramentum
caritatis, 46.
[31] San AGUSTÍN, Comentario al salmo 85.
[32] San PÍO X, Constitución apostólica Divino afflatu, 1911, Liturgia de las Horas, vol. 3, p.
1254.
[33] Ibid.
[34] Mencionamos de paso la feliz renovación bíblica de muchas prácticas y devociones, que son
también lugares importantes de meditación de la Sagrada Escritura: la adoración eucarística fuera
de la misa, el santo rosario, el camino de la cruz, etc.
[35] Instrumentum laboris, 25.
[36] BENEDICTO XVI, «Ad Conventum Internationalem La Sacra Scrittura nella vita della
Chiesa» (16.09.2005) : AAS 97 (2005) 957. Véase también C.M. MARTINI, « La place centrale
de la Parole de Dieu dans la vie de l'Église - L'animation biblique de toute la pastorale », en
Catholic Biblical Federation, no 76/77, 2005, p.33.
[37] Cf. H. U. v. BALTHASAR, Sponsa Verbi. Skizzen zur Theologie II, Johannes Verlag, 1961 ;
La Dramatique divine. II. Les personnes du drame. 2. Les personnes dans le Christ, p. 209-367 ;
H. RAHNER, «Die Gott Geburt. Die Lehre der Kirchenväter von der Geburt Christi Aus dem
Herzen der Kirche und der Gläubigen», dans Symbole der Kirche (O. Müller, Salzburgo 1964,
13-87) ; L. A. SCHÖKEL, Símbolos matrimoniales en la Biblia, Estella, Verbo Divino, 1997.
[38] Instrumentum laboris, 22.
[39] W. KASPER, «Dei Verbum Audiens et Proclamans» en Catholic Biblical Federation, no
76/77, 2005, p.11. Véase también Groupe des Dombes, Pour la conversion des Églises, París
1991.
[40] H. U. v. BALTHASAR, Retour au Centre, Desclée de Brouwer, 1998, p. 25-57
[41] H. U. v. BALTHASAR, Theologik 1. Wahrheit der Welt, Johannes Verlag, 1985, p. 11-23;
Phénoménologie de la Vérité. La Vérité du monde, Beauchesne, 1952.
[42] Véase a este propósito I. DE LA POTTERIE, L'exégèse chrétienne aujourd'hui, Fayard,
2000, 220 p., en particular J. RATZINGER, «L'interprétation de la Bible en conflit. Problèmes
des fondements et de l'orientation de l'exégèse contemporaine», pp. 65-109.
[43] PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA , La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1.
[44] J. RATZINGER, «L'interprétation de la Bible en conflit», en L'exégèse chrétienne
aujourd'hui, Fayard, p. 65-109; I. DE LA POTTERIE, «L'exégèse biblique, science de la foi»,
en ibid., p. 111-160.
[45] L'interpretazione della Bibbia nella Chiesa. Atti del Simposio promosso dalla Congregazione per la Dottrina della Fede, Settembre 1999, Libreria Editrice Vaticana, 2001.
[46] W. KASPER, op. cit., p. 11. «La lectura espiritual de la Escritura y la exégesis escriturística
son respuestas al malestar ecuménico y exegético».
[47] H. DE LUBAC, L'Écriture dans la tradition, Aubier, 1966, p. 201. Para el estudio de
conjunto de la contribución magistral del padre DE LUBAC, cf. R.VODERHOLZER, Die Einheit
Der Schrift Und Ihr Geistiger Sinn, Johannes, 1998, 564 p.
[48] Santo TOMÁS DE AQUINO, S. th. I, q. 1, a. 10, ad 1.
[49] PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 2.B.1.
[50] A. VANHOYE, op. cit., p. 3-13.
[51] PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, op. cit., 2.B.2.
[52] H. U. v. BALTHASAR, «Le sens spirituel de l'Écriture» en L'exégèse chrétienne
aujourd'hui, op. cit., p. 184.
[53] San BERNARDO DE CLARAVAL, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 73, 2.
[54] BENEDICTO XV, Encíclica Spiritus Paraclitus, 15 de septiembre de 1920, E. B., 469; San
JERÓNIMO, Sobre la epístola a los Gálatas, 5, 19-21, PL 26, 417 A.
[55] Santa TERESA DE LISIEUX, Manuscrits autobiographiques, B 1r°-v°; F.-M. LÉTHEL,
Connaître l'amour du Christ qui surpasse toute connaissance, Carmel, 1989, 593p. (La théologie
des saints comme science de l'amour, p. 3-7).
[56] H. U. v. BALTHASAR, «Actualité de Lisieux», conférence à Notre-Dame de Paris, en
Thérèse de Lisieux, Conférence du centenaire 1873-1973, número especial de Nouvelles de
l'Institut catholique, p. 112.
[57] H. U. v. BALTHASAR, «L'amour seul est digne de foi», Aubier, 1966, p. 11.
[58] H. U. v. BALTHASAR, «La Gloire et la Croix», t. 1, Aubier, 1961, p. 194.
[59] A. ROTZETTER, «Mystique et observation littérale de l'Évangile chez François d'Assise»,
en Concilium 169, 1981, p. 86.
[60] Cf. M. OUELLET, «Adrienne von Speyr et le samedi saint de la théologie» en Hans Urs von
BALTHASAR - Stiftung Adrienne von Speyr und ihre spirituelle Theologie, Johannes, 2002, 145
p., p. 31-56.
[61] San FRANCISCO DE SALES, Lettre CCXXIX [6 de octobre de 1604]: Œuvres XII, Annecy,
Dom Henry Benedict Mackey, o.s.b., 1892-1932, p. 299-325.
[62] J. RATZINGER - BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid
2007, p. 8.
[63] A. SCHWEITZER, Storia della ricerca sulla vita di Gesù, Paideia, 1986 ; J. JEREMIAS, Il
problema del Gesù storico, Paideia, 1973.
[64] R. BURRIDGE, What are the Gospels? A Comparaison with Greco-Roman Biography.
Cambridge, University press, 1992.
[65] J. RATZINGER - BENEDICTO XVI, op. cit., p.18.
[66] Ibid., p. 20.
[67] Cf. D. BROWN, Da Vinci Code, Jean-Claude Lattès, 2004, 574 p.
[68] San GREGORIO DE NIZA, XV Homilía sobre el Cantar de los Cantares.
[69] CELAM, «Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en él tengan
vida» (Documento de Aparecida), V Conferencia general de Aparecida (Brasil), del 13 al 31 de
mayo de 2007.
[70] H. U. v. BALTHASAR, «La Gloire et la Croix», op. cit., p. 418.
[71] UR Y UUS ; véase también W. KASPER, Manuel d'œcuménisme spirituel, Nouvelle Cité,
2007, 96 p.
[72] BENEDICTO XVI, Discurso El mundo espera el testimonio común de los cristianos
(25.01.2007): L´Osservatore Romano, E.H.L.F. 5 (30.01.2007) p. 3.
[73] Especialmente Comunidades y Movimientos como San Egidio, Taizé, etc.
[74] C. LUBICH, Pensée et spiritualité, Nouvelle Cité, 2003, 510 p.
[75] M. OUELLET, Marie et l'avenir de l'œcuménisme, Communio XXVIII, 1- Janvier-Février
2003, pp. 113-125 ; D.-I CIOBOTEA; B. SESBOUE ; J.-N. PERES ; «Marie: L'oecuménisme
à l'épreuve», L'actualité Religieuse dans le Monde, 1987, no46, pp. 17-24.
[76] AG 11; EN 20; RM 3.
[77] PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia
cristiana, 2001 : J. RATZINGER, Presentación, p. 12.
[78] Ibid., nn. 9, 11, 21-22,85-86.
[79] AG 10.
[80] A modo de ejemplo, la Biblia Clerus de la Congregación para el clero proporciona
instrumentos de consulta muy valiosos provenientes, entre otros, de la Bible chrétienne escrita por
dom Claude-Jean NESMY y por la madre Élisabeth DE SOLMS, benedictinos de La Pierre-qui-Vire et Solesmes, publicada por Éditions Anne Sigier.
[81] San SILUAN DEL MONTE ATHOS, Écrits spirituels, Spiritualité orientale nº 5, Abbaye
de Bellefontaine, 1976/1994, p. 30.
[82] San CESÁREO DE ARLÉS, Sermones VIII, 1 (cf. SC 175, p. 349-351).
[00009-04.22] [NNNNN] [Texto original: francés]
AVISOS
- CONFERENCIA DE PRENSA
- BRIEFING PARA LOS GRUPOS LINGÜÍSTICOS
- POOL PARA EL AULA DEL SÍNODO
- BOLETÍN
- DIRECTAS TV
- NOTICIARIO TELEFÓNICO
- HORARIO DE APERTURA DE LA OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE
CONFERENCIA DE PRENSA
La Primera Conferencia de Prensa sobre los trabajos sinodales (con traducción simultánea en
italiano, inglés, francés, español y alemán) tendrá lugar hoy, lunes 6 de octubre de 2008 a las
12.45 horas en el Aula Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
Se solicita a los operadores audiovisuales (operadores de cámara y técnicos) y los fotógrafos
dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales a fin de solicitar el permiso de
acceso.
Se solicita a los operadores audiovisuales admitidos que se presenten en el Aula Juan Pablo II, 30
minutos antes del inicio de la Conferencia de Prensa; a los fotógrafos admitidos, 15 minutos antes.
Se invita a los señores periodistas a ocupar un lugar en el Aula, 5 minutos antes del horario de
inicio de la Conferencia de Prensa.
Intervendrán los siguientes Padres Sinodales:
- S. Em. R. Card. Marc Ouellet, Arzobispo de Québec (Canadá)
- S.E.R. Mons. Claudio Maria Celli, Arzobispo titular de Civitanova, Presidente del Pontificio
Consejo de las Comunicaciones Sociales
BRIEFING PARA LOS GRUPOS LINGÜISTICOS
El primer briefing para los grupos lingüísticos tendrá lugar mañana,(en los lugares de briefing y
con los Encargados de Prensa indicados en el Boletín N. 2) mañana, martes 7 de octubre de 2008
a las 14.00 horas aproximadamente, a conclusión del Briefing de la Bible Society a las 13.00 horas
en el Aula Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede (originariamente previsto para
el miércoles 8 de octubre de 2008).
Se recuerda que los operadores audiovisuales (operadores de cámara y técnicos)y los fotógrafos
deben dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales para el permiso de acceso
(muy restringido).
POOL PARA EL AULA DEL SÍNODO
Il próximo pool para el Aula del Sínodo se formará para la oración de apertura de la Segunda
Congregación General del martes 7 de octubre 2008, por la mañana.
En la Oficina de Informaciones y Acreditaciones de la Oficina de Prensa de la Santa Sede (en el
ingreso, a la derecha) se encuentra a disposición de los redactores, la inscripción para el pool.
Se recuerda que los operadores audiovisuales (operadores de cámara y técnicos) y los fotógrafos
deben dirigirse al Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales a fin de participar en el
pool para el Aula del Sínodo.
Se recuerda que los participantes deben estar a las 8.30 horas en el Sector de Prensa, preparado
en el exterior, frente a la entrada del Aula Pablo VI, desde donde serán llamados para ingresar al
Aula del sínodo, siempre acompañados por un encargado de la Oficina de Prensa de la Santa Sede,
respectivamente por el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales.
BOLETÍN
Il próximo Boletín N. 5, relativo a los trabajos de la Segunda Congregación General de la XII
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, estará a disposición de los Señores
periodistas acreditados, el martes 7 de octubre 2008, durante la apertura de la Oficina de Prensa
de la Santa Sede.
DIRECTA TV
Según lo publicado en el Boletín N. 2 del 3 de octubre 2008, se comunica que por la tarde de hoy,
lunes 6 de octubre 2008, se transmitirán en directa TV, las intervenciones del Rabino Primus Iopes
Shear-Yashuv COHEN (ISRAEL) y de S. Em. R. Card. Albert VANHOYE, S.I., Rector emérito
del Pontificio Instituto Bíblico de Roma (FRANCIA)
NOTICIARIO TELEFÓNICO
Durante il período sinodal se contará con un noticiario telefónico:
- +39-06-698.19 con il Boletín ordinario de la Oficina de Prensa de la Santa Sede;
- +39-06-698.84051 con el Boletín del Sínodo de los Obispos, de la mañana;
- +39-06-698.84877 con il Boletín del Sínodo de los Obispos, de la tarde.
HORARIO DE APERTURA DE LA OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE
La Oficina de Prensa de la Santa Sede, en ocasión de la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos permanecerá abierta desde el 3 hasta el 26 de octubre 2008, según los
siguientes horarios:
- Viernes 3 de octubre: 09.00 - 15.00 horas
- Sábado 4 de octubre: 09.00 - 14.00 horas
- Domingo 5 de octubre: 09.00 - 13.00 horas
- Lunes 6 de octubre: 09.00 - 20.00 horas
- Desde el martes 7 de octubre hasta el sábado 11 de octubre: 09.00 - 16.00 horas
- Domingo 12 de octubre: 09.30 - 13.00 horas
- Lunes 13 de octubre y martes 14 de octubre: 09.00 - 16.00 horas
- Miércoles 15 de octubre: 09.00 - 20.00 horas
- Jueves 16 de octubre y viernes 17 de octubre: 09.00 - 16.00 horas
- Sábado 18 de octubre: 09.00 - 19.00 horas
- Domingo 19 de octubre: 10.00 - 13.00 horas
- Desde el lunes 20 de octubre hasta el sábado 25 de octubre: 09.00 - 16.00 horas.
- Domingo 26 de octubre: 09.00 - 13.00 horas
El personal de la Oficina de Informaciones y Acreditaciones estará a disposición (en el ingreso
a la derecha):
- Lunes -Vienes: 09.00-15.00 horas
- Sábado: 09.00-14.00 horas
Eventuales cambios serán comunicados ni bien sea posible, a través de un anuncio en la cartelera
de la Sala de los periodistas de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, en el Boletín informativo
de la Comisión para la Información de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos y en el área de Comunicaciones de servicio del sitio Internet de la Santa Sede.
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