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30 - 18.10.2008
RESUMEN
-
CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS VÍSPERAS DEL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO
“PER ANNUM” (SÁBADO, 18 DE OCTUBRE DE 2008 - POR LA TARDE)
CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS VÍSPERAS DEL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO
“PER ANNUM” (SÁBADO, 18 DE OCTUBRE DE 2008 - POR LA TARDE)
- PALABRAS DEL SANTO PADRE
- DISCURSO
DEL PATRIARCA ECUMÉNICO BARTOLOMÉ I
El sábado 18 de octubre de 2008, a las 17.00 horas en la Capilla
Sixtina, con ocasión de la participación del Patriarca Ecuménico
Bartolomé I en la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, el Santo Padre Benedicto XVI ha presidido la celebración de
las Primeras Vísperas del XXIX domingo del tiempo “per annum”.
Parteciparon el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, los Miembros de la
Presidencia del Sínodo de los Obispos, 60 Cardenales y Patriarcas,
170 Arzobispos y Obispos, 200 Presbíteros, Religiosos y Laicos
partecipantes de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
Durante la Celebración, después de la intervención del Patriarca
Ecuménico, el Santo Padre ha pronunciado las siguientes palabras:
Santidad:
De todo corazón quiero decirle "Gracias" por Sus palabras. El
aplauso de los Padres era mucho más que una expresión de cortesía,
era verdaderamente la expresión de una profunda alegría espiritual y
de una experiencia viva de nuestra comunión. En este momento hemos
vivido realmente el "Sínodo": Hemos estado juntos en marcha en la
tierra de la Palabra divina bajo la guía de Vuestra Santidad y hemos
gustado de la belleza, con la gran alegría de ser oyentes de la
Palabra de Dios, de habernos confrontado con este don de su Palabra.
Todo lo que Usted dijo estaba nutrido profundamente con el espíritu
de los Padres, de la Sagrada Liturgia, y precisamente por esta razón
estaba también intensamente contextualizado en nuestro tiempo, con
un gran realismo cristiano que nos hace ver los desafíos. Hemos
visto que ir al corazón de la Sagrada Escritura, encontrar realmente
la Palabra en las palabras, penetrar en la palabra de Dios, abre
también los ojos hacia nuestro mundo, hacia la realidad de nuestros
días.
Y ésta fue además una experiencia gozosa - una experiencia de unidad
,no perfecta tal vez , pero sí verdadera y profunda. He pensado:
vuestros Padres, que Usted ha citado ampliamente, son también
nuestros Padres, y los nuestros son también los vuestros: si tenemos
Padres comunes, ¿cómo podríamos no ser sino hermanos entre nosotros?
Gracias Santidad. Sus palabras nos acompañarán en el trabajo de la
próxima semana, nos iluminarán y estaremos aún durante la próxima
semana - y más allá de ella - en camino junto a Usted.
Gracias, Santidad.
[00315-04.04] [NNNNN] [Texto original: italiano]
DISCURSO DEL
PATRIARCA ECUMÉNICO BARTOLOMÉ I
A continuación publicamos el discurso del Patriarca Ecuménico
Bartolomé I:
Santidad,
Padres Sinodales,
es al mismo tiempo motivo de humildad e inspiración ser gratamente
invitado por Su Santidad a dirigirme a esta XII Asamblea General
Ordinaria de este auspicioso Sínodo de Obispos, un encuentro
histórico de los Obispos de la Iglesia Católica Romana de todo el
mundo, reunidos en este lugar para meditar sobre la “Palabra de Dios”
y deliberar sobre la experiencia y la expresión de esta Palabra “en
la vida y en la misión de la Iglesia”.
Esta grata invitación de Su Santidad hacia nuestra modesta persona
es un gesto lleno de significado e importancia – me atrevo a decir
que es un acontecimiento histórico en sí mismo. Es la primera vez en
la historia que se le ofrece a un Patriarca Ecuménico la oportunidad
de dirigirse a un Sínodo de Obispos de la Iglesia Católica Romana y,
por eso, ser parte al más alto nivel de la vida de su Iglesia
hermana. Consideramos esto como una manifestación de la obra del
Espíritu Santo que guía nuestras Iglesias hacia una mutua relación
más íntima y más profunda, un paso importante hacia la restauración
de nuestra comunión plena.
Es bien sabido que la Iglesia Ortodoxa atribuye al sistema sinodal
una importancia eclesiológica fundamental. Junto con el primado, la
sinodalidad constituye la columna vertebral del gobierno y
organización de la Iglesia. Como nuestra Comisión Internacional para
la Unidad del Diálogo Teológico entre nuestras Iglesias ha expresado
en el documento de Ravena, esta interdependencia entre la
sinodalidad y el primado atraviesa todos los niveles de la vida de
la Iglesia: local, regional y universal. Por esto, al tener el día
de hoy el privilegio de dirigirnos a Vuestro Sínodo, se acrecientan
nuestras esperanzas que llegará el día en el que nuestras dos
Iglesias convergerán plenamente respecto al papel del primado y de
la sinodalidad en la vida de la Iglesia, tema al que nuestra
Comisión Teológica común está dedicando actualmente sus estudios.
El tema al que este Sínodo de los Obispos dedica sus trabajos tiene
importancia crucial, no sólo para la Iglesia Católica Romana sino
también para todos aquéllos que están llamados a testimoniar a
Cristo en nuestro tiempo. Misión y evangelización siguen siendo un
deber permanente de la Iglesia de todos los tiempos y lugares, por
cuanto forman parte de la naturaleza de la Iglesia, desde que se le
llama “Apostólica”, tanto en el sentido de su fidelidad a la
enseñanza original de los apóstoles como en la proclamación de la
Palabra de Dios en cada contexto cultural de cada época. Por lo
tanto, la Iglesia necesita volver a descubrir la Palabra de Dios en
cada generación y lo hace con un renovado vigor y persuasión también
en nuestro mundo contemporáneo, que en lo profundo de su corazón
tiene sed del mensaje de paz, esperanza y caridad de Dios.
Por supuesto, esta tarea de evangelización debería mejorar y
reforzarse ampliamente, si todos los cristianos estuviesen en
condiciones de realizarlo con una sola voz y como una Iglesia
perfectamente unida. En su oración al Padre poco antes de Su pasión,
nuestro Señor ha dejado bien en claro que la unidad de la Iglesia
está inquebrantablemente relacionada con su misión “para que el
mundo pueda creer” (Jn 17, 21). Por eso es más apropiado que este
Sínodo haya abierto sus puertas a los delegados de la fraternidad
ecuménica, para que todos seamos conscientes de nuestra obligación
común de evangelizar, así como de las dificultades y problemas de su
realización en el mundo actual.
Indudablemente este Sínodo ha estudiado el tema de la Palabra de
Dios en profundidad y en todos sus aspectos, tanto teológicos como
prácticos y pastorales. En nuestra modesta exposición ante ustedes
nos limitaremos a compartir con vosotros algunos pensamientos sobre
el tema de vuestro encuentro, delineando el modo en que la tradición
ortodoxa lo ha enfocado a lo largo de siglos y, en particular, en la
enseñanza de la patrística griega. Más concretamente, nos gustaría
concentrarnos en tres aspectos de este tema: la escucha y la
proclamación de la Palabra de Dios a través de las Sagradas
Escrituras, la visión de la Palabra de Dios en la naturaleza y por
encima de todo en la belleza de los íconos, y finalmente degustar y
compartir la Palabra de Dios en la comunión de los santos y en la
vida sacramental de la Iglesia, pues pensamos que todo esto es
crucial en la vida y la misión de la Iglesia.
Al obrar así, buscamos acercarnos a una rica tradición patrística
que se remonta a los comienzos del siglo tercero y que expone la
doctrina de los cinco sentidos espirituales, pues escuchar la
Palabra de Dios, contemplar la Palabra de Dios y saborear la Palabra
de Dios son todas formas espirituales de percibir el único misterio
divino. En base a Proverbios 2, 5 - sobre la “divina facultad de la
percepción (áisthesis)” -, Orígenes de Alejandría proclama: “este
sentido se despliega como visión para contemplar formas inmateriales,
audición para discernir las voces, gusto para saborear el pan vivo,
olfato para oler la fragancia espiritual, y tacto para palpar la
Palabra de Dios que es aprovechada por cada facultad de nuestra
alma”.
Los sentidos espirituales se describen de varias maneras como los
“cinco sentidos del alma”, lo “divino” o las “facultades interiores”,
e inclusive como las “facultades del corazón” o de la “mente”. Esta
doctrina inspiró la teología de los Padres Capadocios (especialmente
Basilio el Grande y Gregorio de Nisa), así como lo hizo la teología
de los Padres del Desierto (especialmente Evagrio Póntico y Macario
el Grande).
1. La escucha y la proclamación de la Palabra de Dios a través de
las Sagradas Escrituras
En cada celebración de la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo, el
celebrante que preside la Eucaristía reza “que podamos ser hechos
dignos para escuchar al Espíritu Santo”, pues “oír, ver y tocar la
Palabra de vida” (1 Jn 1, 1) no son ante todo nuestro título o
derecho de nacimiento como seres humanos, más bien, son nuestros
privilegio y don como hijos del Dios viviente. La Iglesia cristiana
es, por encima de todo, una Iglesia bíblica. Aunque los métodos de
interpretación puedan haber variado de un Padre de la Iglesia a otro,
de “escuela” a “escuela” y de Oriente a Occidente; la Escritura ha
sido recibida siempre como realidad viviente y no como un libro
muerto.
Por lo tanto, en el contexto de la fe viviente la Escritura es el
testimonio vivo de la historia vivida respecto a la relación del
Dios viviente con un pueblo viviente. La Palabra “que habló a través
de los profetas“ (Credo Niceno-Constantinopolitano), habló para ser
escuchada y tener efecto. Es primordialmente una comunicación oral y
directa diseñada para beneficio de los seres humanos. El texto
escriturístico es, por lo tanto, derivado y secundario; sirve
siempre a la palabra hablada. No se transmite mecánicamente, sino
que se comunica de generación en generación como una palabra viva. A
través del profeta Isaías, el Señor promete: “Como descienden la
lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan
la tierra... Así será mi palabra, la que salga de mi boca [...] y
haya cumplido aquello a que la envié” (55, 10-11).
Además, como explica san Juan Crisóstomo, la Palabra divina
demuestra profunda consideración (sunkatábasis) para la diversidad
personal y para los contextos culturales de quienes escuchan y
acogen. La adaptación de la Palabra divina a la específica
disposición personal y al contexto cultural particular define la
dimensión misionera de la Iglesia, que es llamada a transformar el
mundo a través de la Palabra. Tanto en el silencio como en la
declaración, tanto en la oración como en la acción, la Palabra
divina se dirige al mundo entero, “predicando a todas las naciones”
(Mt 28, 19) sin privilegio ni prejuicio de raza, cultura, género y
clase. Cuando llevamos a cabo ese mandato divino, estamos
convencidos de lo que Él dijo: “Yo estaré siempre con vosotros” (Mt
28, 20). Estamos llamados a proclamar la Palabra divina en todas las
lenguas: “Me he hecho todo para todos, para ganar por lo menos a
algunos, a cualquier precio” (1 Cor 9, 22).
Como discípulos de la Palabra de Dios, entonces, hoy en día es más
imperativo que nunca que ofrezcamos una única perspectiva – más allá
de lo social, político y económico – respecto a la necesidad de
erradicar la pobreza, proporcionar equilibrio en un mundo global,
combatir el fundamentalismo y el racismo, y desarrollar la
tolerancia religiosa en un mundo de conflicto. Como respuesta a las
necesidades de los pobres del mundo, frágiles y marginados, la
Iglesia puede mostrarse como un signo que define el espacio y el
carácter de la comunidad global. Mientras que el lenguaje teológico
de la religión y la espiritualidad difiere del vocabulario técnico
de la economía y de la política, las barreras que a primera vista
parecen separar las preocupaciones religiosas (tales como el pecado,
la salvación y la espiritualidad) de los intereses pragmáticos (tales
como el comercio, el intercambio y la política) no son impenetrables,
desmoronándose frente a los múltiples desafíos de la justicia social
y de la globalización.
Sea que hayamos tratado sobre el ambiente o la paz, la pobreza o el
hambre, la educación o el cuidado de la salud, actualmente hay un
marcado sentido de preocupación general y de responsabilidad común,
que es percibida con particular agudeza por la gente de fe, al igual
que por aquéllos cuya mirada es expresamente secular. De ninguna
manera nuestro compromiso con estos asuntos socava o suprime las
diferencias existentes entre las varias disciplinas o está en
desacuerdo con quienes ven el mundo de diferente manera. A pesar de
esto, son alentadores los crecientes signos de una responsabilidad
común para conseguir el bienestar de la humanidad y para la vida del
mundo. Es un encuentro de individuos e instituciones que actúa como
una buena señal para el mundo. Es un compromiso que destaca la
suprema vocación y misión de los discípulos y seguidores de la
Palabra de Dios de trascender las diferencias políticas y religiosas
para transformar todo el mundo visible para la gloria del Dios
invisible.
2. Ver la Palabra de Dios – La belleza de los iconos y de la
naturaleza
En ninguna otra parte lo invisible se hace más visible que en la
belleza de la iconografía y en la maravilla de la creación. En las
palabras del defensor de las imágenes sagradas, San Juan Damasceno:
“En cuanto creador del cielo y la tierra, Dios, la Palabra, fue el
primero que pintó y retrató los iconos”. Cada pincelada del pincel
de un iconógrafo – como cada palabra de una definición teológica,
cada nota musical cantada en la salmodia y cada piedra esculpida de
una diminuta capilla o de una magnífica catedral – articula la
divina Palabra en la creación, la cual alaba a Dios en cada ser y en
cada cosa que vive (cfr. Sal 150,6).
Cuando afirmó las imágenes sagradas, el Séptimo Concilio Ecuménico
de Nicea no se estaba ocupando del arte religioso; era la
continuación y confirmación de las primitivas definiciones sobre la
plenitud de la humanidad de la Palabra de Dios. Los íconos son un
recuerdo visible de nuestra vocación celestial; nos invitan a
elevarnos más allá de nuestras preocupaciones triviales y de
nuestros ínfimos reduccionismos del mundo. Nos alientan a buscar lo
extraordinario en lo realmente ordinario, a estar llenos del mismo
asombro que caracterizó la maravilla divina en el Génesis: “Vio Dios
cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). La palabra
griega [Septuaginta] para decir “bondad” es "kállos", que implica –
etimológica y simbólicamente – un sentido de “llamada”. Los íconos
subrayan la misión fundamental de la Iglesia de reconocer que todas
las personas y todas las cosas son creadas y llamadas para ser
“buenas” y “bellas”.
En efecto, los íconos nos recuerdan otro modo de ver las cosas, otro
modo de experimentar realidades, otro modo de resolver conflictos.
Estamos llamados a asumir lo que la himnología del Domingo de Pascua
llama “otro modo de vida”, puesto que nos hemos comportado de manera
arrogante y desdeñosa con la creación. Hemos rehusado contemplar la
Palabra de Dios en los océanos de nuestro planeta, en los árboles de
nuestros continentes y en los animales de nuestra tierra. Hemos
renegado de nuestra propia naturaleza, la cual nos llama a
rebajarnos lo suficiente para escuchar la Palabra de Dios en la
creación, si deseamos ser “partícipes de la naturaleza divina” (2 P
1,4). ¿Cómo podríamos ignorar las amplias implicaciones de la
Palabra divina hecha carne? ¿Por qué no logramos percibir la
naturaleza creada como la extensión del Cuerpo de Cristo?
Los teólogos cristianos de Oriente siempre resaltaban las
proporciones cósmicas de la encarnación divina. La Palabra encarnada
es intrínseca a la creación, que vino a la vida a través de las
palabras divinas. San Máximo el Confesor insiste en la presencia de
la Palabra de Dios en todas las cosas (cfr. Col 3,11); el Logos
divino está en el centro del mundo, revelando misteriosamente su
principio original y su finalidad última (cfr. 1 P 1,20). Éste es el
misterio que describe san Atanasio de Alejandría: "El Logos –
escribe – no está contenido en ninguna cosa y, sin embargo, contiene
todas las cosas; está en todas las cosas pero fuera de cada cosa...
el primogénito de todo el mundo en cada uno de sus aspectos".
El mundo entero es un prólogo al Evangelio de San Juan. Y cuando la
Iglesia fracasa al no reconocer las dimensiones más vastas y
cósmicas de la Palabra de Dios, restringiendo sus preocupaciones a
cuestiones puramente espirituales, desatiende su misión de implorar
a Dios para que transforme – siempre y en todo lugar, “en todas
partes en Su dominio” - el cosmos entero contaminado. No hay que
maravillarse que el Domingo de Pascua, cuando la celebración pascual
alcanza su climax, los cristianos ortodoxos cantan: "Ahora cada cosa
se llena de luz divina: el cielo y la tierra, y todas las cosas bajo
la tierra. Regocíjese toda la creación".
Toda genuina “ecología profunda” está, por consiguiente,
inextricablemente unida a la teología profunda: “Incluso una piedra”,
escribe Basilio el Grande, “lleva la marca de la Palabra de Dios.
Ésta es la verdad de una hormiga, de una abeja y de un mosquito, las
más pequeñas de las criaturas. Pues Él se extiende en los amplios
cielos y yace en los inmensos mares; y Él creó el minúsculo hueco
del aguijón de la abeja”. Recordar nuestra pequeñez en la vasta y
maravillosa creación de Dios subraya únicamente nuestro papel
central en el designio de Dios para la salvación del mundo entero.
3. Gustar y compartir la Palabra de Dios – La comunión de los santos
y los sacramentos de la vida
La Palabra de Dios se “mueve persistentemente hacia fuera de sí
misma en éxtasis” (Dionisio el Areopagita), buscando apasionadamente
“poner su Morada entre nosotros” (Jn 1,14) y que el mundo pueda
tener vida en abundancia (Jn 10,10). La misericordia compasiva de
Dios es derramada y compartida “para que multiplique los objetos de
Su beneficencia” (Gregorio el Teólogo). Dios asume todo lo que es
nuestro, “ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el
pecado” (Hb 4,15), para ofrecernos todo lo que es de Dios y
convertirnos en dioses por la gracia. “Siendo rico, por vosotros se
hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza”, escribe el gran
Apóstol Pablo (2 Co 8,9), al cual tan acertadamente está dedicado
este año. Ésta es la Palabra de Dios; a Él le debemos gratitud y
gloria.
La Palabra de Dios recibe su total encarnación en la creación, sobre
todo en el Sacramento de la Santa Eucaristía. En ella la Palabra de
Dios se hace carne y nos permite, ya no simplemente oírle o verle,
sino tocarle con nuestras propias manos, como declara san Juan (1 Jn
1,1) y hacerlo partícipe de nuestro propio cuerpo y sangre (sússomoi
kai súnaimoi), según las palabras de san Juan Crisóstomo.
En la Sagrada Eucaristía la Palabra oída es al mismo tiempo vista y
compartida (koinonía). No es una casualidad que en los primeros
documentos eucarísticos, como el Apocalipsis y la Didaché, la
Eucaristía estuviera asociada con la profecía, y los obispos que la
presidían fuesen considerados como sucesores de los profetas (ej.
Martyrion Polycarpi). La Eucaristía ya fue descrita por san Pablo
(1Co 11) como “proclamación” de la muerte de Cristo y de Su Segunda
Venida. Puesto que la finalidad de las Escrituras es esencialmente
la proclamación del Reino y el anuncio de realidades escatológicas,
la Eucaristía es un gozo anticipado del Reino y, en este sentido, la
proclamación de la Palabra por excelencia. En la Eucaristía, Palabra
y Sacramento se convierten en una única realidad. La palabra deja de
ser “palabras” y se convierte en una “Persona” que encarna en ella
misma a todos los seres humanos y a toda la creación.
En la vida de la Iglesia, el vaciarse de sí mismo de forma
inconmensurable (kénosis) y el compartir generoso (koinonía) del
Logos divino se refleja en la vida de los santos como experiencia
tangible y expresión humana de la Palabra de Dios en nuestra
comunidad. En este sentido, la Palabra de Dios se convierte en
Cuerpo de Cristo, crucificado y glorificado al mismo tiempo. Como
consecuencia, el santo tiene una relación orgánica con el cielo y la
tierra, con Dios y toda la creación. En una lucha ascética, el santo
reconcilia la Palabra y el mundo. Mediante el arrepentimiento y la
purificación, el santo se colma – como insiste san Isaac el Sirio –
de compasión por todas las criaturas, que es la suprema humildad y
perfección.
Por eso el santo ama con fervor y amplitud, ambas incondicionales e
irresistibles. En los santos, conocemos la verdadera Palabra de Dios,
puesto que – como afirma san Gregorio Palamás – Dios y sus santos
comparten la misma gloria y esplendor. En la dulce presencia de un
santo, aprendemos como coinciden la teología y la acción. En el amor
compasivo del santo, experimentamos a Dios como “nuestro Padre” y la
misericordia de Dios como “eterna” (Sal 135, versión de los LXX). El
santo se consume con el fuego del amor de Dios. Por esta razón los
santos transmiten gracia y no pueden tolerar la menor manipulación o
explotación en la sociedad o en la naturaleza. El santo simplemente
hace lo que es “justo y necesario” (Divina Liturgia de San Juan
Crisóstomo), siempre dignificando a la humanidad y honrando a la
creación. “Sus palabras tienen la fuerza de la acción y su silencio
el poder del habla” (San Ignacio de Antioquía).
Y en la comunión de los santos, cada uno de nosotros está llamado a
“ser como fuego” (Apotegmas de los Padres del Desierto), para tocar
el mundo con la fuerza mística de la Palabra de Dios, de tal modo
que – como Cuerpo extendido de Cristo – también el mundo pueda decir:
“Alguien me ha tocado” (cfr. Mt 9,20). El Mal es erradicado sólo
mediante la santidad, no mediante la dureza. Y la santidad introduce
en la sociedad una semilla que cura y transforma. Alimentados con la
vida de los Sacramentos y la pureza de la oración, somos capaces de
entrar en el misterio más recóndito de la Palabra de Dios. Es como
en el caso de las placas tectónicas de la corteza terrestre: los
estratos más profundos necesitan sólo moverse unos pocos milímetros
para hacer añicos la superficie del mundo. Pero para que acontezca
esta revolución espiritual, necesitamos experimentar una metanoia
radical – una conversión de comportamientos, costumbres y prácticas
– respecto a los modos en que hemos mal utilizado o abusado de la
Palabra de Dios, de los dones de Dios y de la creación de Dios.
Esta conversión es, por supuesto, imposible sin la gracia divina; no
se logra simplemente a través del mayor de los esfuerzos o la fuerza
de voluntad humanos. “Para los hombres eso es imposible, mas para
Dios todo es posible” (Mt 19,26). El cambio espiritual se da cuando
nuestros cuerpos y almas se injertan en la Palabra viva de Dios,
cuando nuestras células contienen el flujo de sangre que da vida de
los Sacramentos, cuando estamos dispuestos a compartir todas las
cosas con todo el mundo. Como nos recuerda san Juan Crisóstomo, el
sacramento de “nuestro vecino” no puede estar aislado del sacramento
“del altar”. Desgraciadamente, hemos ignorado nuestra vocación y
obligación de compartir. La injusticia social y la desigualdad, la
pobreza global y la guerra, la contaminación ecológica y la
degradación son el resultado de nuestra incapacidad o de nuestra
falta de voluntad para compartir. Si reivindicamos mantener el
sacramento del altar, no podemos abandonar u olvidar el sacramento
de nuestro vecino, pues ésta es una condición fundamental para hacer
realidad la Palabra de Dios en el mundo, en el contexto de la vida y
la misión de la Iglesia.
Queridos hermanos en Cristo,
hemos explorado la enseñanza patrística de los sentidos espirituales,
discerniendo el poder de oír y hablar la Palabra de Dios en la
Escritura, ver la Palabra de Dios en los íconos y en la naturaleza,
y asimismo, tocar y compartir la Palabra de Dios en los santos y los
Sacramentos. Pero en orden a que la vida y la misión de la Iglesia
sigan siendo verdaderas, tenemos que dejarnos cambiar personalmente
por la Palabra. La Iglesia debe asemejarse a una madre, que se
sustenta y se nutre con el alimento que ella come. Nada de lo que no
puede alimentar y nutrir a cada hombre podrá sustentarnos. Cuando el
mundo no comparte el gozo de la Resurrección de Cristo, ello supone
una acusación a nuestra propia integridad y a nuestro compromiso de
vivir la Palabra de Dios. Antes de cada celebración de la Liturgia
Divina, los cristianos ortodoxos rezan para que la Palabra sea
“partida y consumida, distribuida y compartida” en comunión. Y
“nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque
amamos a los hermanos” y hermanas (1Jn 3,14).
El desafío que tenemos delante es el discernimiento de la Palabra de
Dios frente al Mal, la transfiguración de cada último detalle y
punto de este mundo a la luz de la Resurrección. La victoria ya está
presente en lo profundo de la Iglesia, siempre que experimentemos la
gracia de la reconciliación y la comunión. Puesto que luchamos –
dentro de nosotros mismos y en el mundo – para reconocer el poder de
la Cruz, también empezamos a apreciar como cada acto de justicia,
cada chispa de belleza, cada palabra de verdad puede eliminar
gradualmente la presencia del Mal. Sin embargo, por encima de
nuestros frágiles esfuerzos tenemos la garantía del Espíritu, quien
“viene en ayuda de nuestra flaqueza” (Rm 8,26) y está a nuestro lado
como nuestro defensor y “Paráclito” (Jn 14, 6), penetrando en todas
las cosas y “transformándonos – como dice san Simeón el Nuevo
Teólogo – en cada cosa que la Palabra de Dios dice sobre el reino
celestial: perla, semilla de mostaza, levadura, agua, fuego, pan,
vida y sala del banquete místico”. Éste es el poder y la gracia del
Espíritu Santo, a quien invocamos como conclusión de nuestro
discurso, extendiendo a Su Santidad nuestra gratitud y a cada uno de
vosotros nuestra bendición:
Rey celestial, Consolador, Espíritu de Verdad
Presente en todas partes y que colma todas las cosas;
Tesoro de bondad y dador de vida:
Ven, y habita en nosotros.
Límpianos de toda impureza;
Y salva nuestras almas.
Porque tú eres bueno y amas a la humanidad.
¡Amén!
[00300-04.06] [NNNNN] [Texto original: inglés]
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