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03 - 10.10.2010
RESUMEN
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SOLEMNE INAUGURACIÓN DE LA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ORIENTE MEDIO DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS
SOLEMNE INAUGURACIÓN DE LA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ORIENTE MEDIO DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS
- HOMILÍA DEL SANTO PADRE
A las 9:30 de esta mañana, 10 de octubre de 2010, XXVIII Domingo del
tiempo "per annum", en la Basílica de San Pedro, ante la tumba del
apóstol Pedro, el Santo Padre Benedicto XVI ha presidido la
Concelebración de la Eucaristía con los Padres Sinodales, con
ocasión de la Solemne Apertura de la Asamblea Especial para Oriente
Medio del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en el Aula del
Sínodo del Vaticano hasta el 24 de octubre de 2010, sobre el tema:
La Iglesia católica en Oriente Medio:comunión y testimonio. "La
multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola
alma" (Hch 4, 32).
Con el canto de Laudes regiae, a las 9:15, ha dado inicio el ingreso
en la Basílica. Los celebrantes, guiados por los maestros de
ceremonias, se han situado en sus respectivos lugares alrededor del
Altar de la Confesión. A continuación, los señores cardenales y los
componentes de la Presidencia de la Asamblea Especial para Oriente
Medio del Sínodo de los Obispos han participado en la procesión de
ingreso con el Santo Padre.
Con el Papa han concelebrado 177 Padres Sinodales (19 Cardenales, 9
Patriarcas, 72 Arzobispos, 67 Obispos y 10 Sacerdotes) y 69
colaboradores.
Al inicio de la Concelebración, durante el rito de la aspersión
presidido por el Santo Padre, el coro y la asamblea entonaron el "Aperges
me".
Han subido al altar para la Oración Eucarística los presidentes
delegados S. B. Em. Card. Nasrallah Pierre SFEIR, Patriarca de
Antioquía de los Maronitas, Obispo de Joubbé, Sarba y Jounieh de los
Maronitas (LÍBANO), ad honorem, S. B. Em. Card. Emmanuel III DELLY,
Patriarca de Babilonia de los Caldeos (IRAQ), ad honorem, S. Em. R.
Card. Leonardo SANDRI, Prefecto de la Congregación para las Iglesias
Orientales (CIUDAD DEL VATICANO), S. B. Ignace Youssif III YOUNAN,
Patriarca de Antioquía de los Sirios (LÍBANO); el Relator General S.
B. Antonios NAGUIB, Patriarca de Alejandría de los Coptos (REPÚBLICA
ÁRABE DE EGIPTO); el Secretario General S. E. R. Mons. Nikola
ETEROVIĆ, Arzobispo titular de Cibale (CIUDAD DEL VATICANO); el
Secretario Especial S. E. R. Mons. Joseph SOUEIF, Arzobispo de
Chipre de los Maronitas (CHIPRE).
La Primera lectura ha sido leída en inglés, el Salmo responsorial en
italiano y la Segunda lectura en francés. El Evangelio ha sido
proclamado en latín y griego. La Oración de los fieles ha sido
pronunciada en inglés, árabe, turco, hebreo y parsi. Los cantos "Ubi
Caritas" en latín y "Pan de vida" en árabe han acompañado el
Ofertorio, y "Beati Pacifici" en latín y "Mi alma tiene sed de ti"
en árabe, la Comunión. Al final de la celebración se entonó la
antífona mariana "Ave Regina Caelorum".
Durante el Sagrado Rito, después de la lectura del Evangelio, el
Santo Padre ha pronunciado la siguiente Homilía:
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
¡Venerados Hermanos, ilustres Señores y Señoras, queridos hermanos y
hermanas!
La Celebración eucarística, acción de gracias a Dios por excelencia,
está marcada hoy para nosotros, reunidos en el Sepulcro de San
Pedro, por un motivo extraordinario: la gracia de ver reunidos por
primera vez en una Asamblea Sinodal, alrededor del Obispo de Roma y
Pastor Universal, a los Obispos de la región medio oriental. Este
singular evento demuestra el interés de toda la Iglesia por la
valiosa y amada porción del Pueblo de Dios que vive en Tierra Santa
y en todo Oriente Medio.
Ante todo elevamos nuestro agradecimiento al Señor de la historia
porque ha permitido que, no obstante acontecimientos con frecuencia
difíciles y dolorosos, Oriente Medio viese siempre, desde los
tiempos de Jesús hasta hoy, la continuidad de la presencia de los
cristianos. En esas tierras la única Iglesia de Cristo se expresa en
la variedad de las Tradiciones litúrgicas, espirituales, culturales
y disciplinarias de las seis venerables Iglesias Orientales
Católicas sui iuris, como también en la Tradición latina. El
fraterno saludo, que dirijo con gran afecto a los Patriarcas de cada
una de ellas, quiere extenderse en este momento a todos los fieles
confiados a sus cuidados pastorales en los respectivos Países y
también en la diáspora. En este Domingo 28º del Tiempo per annum, la
Palabra de Dios ofrece un tema de meditación que se aproxima de
manera significativa al evento sinodal que hoy inauguramos. La
lectura continua del Evangelio de Lucas nos conduce al episodio de
la curación de los diez leprosos, de los cuales uno solo, un
samaritano, retrocede para darle gracias a Jesús. En conexión con
este texto la primera lectura, extraída del Segundo Libro de los
Reyes, relata la curación de Naamán, jefe del ejército arameo,
también él leproso, que fue curado sumergiéndose siete veces en las
aguas del río Jordán, como le ordenó el profeta Eliseo. Naamán
también retorna adonde el profeta y, reconociendo en él al mediador
de Dios, profesa la fe en el único Señor. Dos enfermos de lepra, por
lo tanto, dos no hebreos, que se curan porque creen en la palabra
del enviado de Dios. Se curan en el cuerpo, pero se abren a la fe y
ésta los cura en el alma, es decir, los salva.
El Salmo responsorial canta esta realidad: "Yahvé ha dado a conocer
su salvación, ha revelado su justicia a las naciones; se ha acordado
de su amor y su lealtad para con la casa de Israel" (Sal 98,2-3).
Aquí está entonces el tema: la salvación es universal pero pasa a
través de una mediación determinada, histórica: la mediación del
pueblo de Israel, que se convierte luego en la de Jesucristo y de la
Iglesia. La puerta de la vida está abierta para todos pero,
justamente, es una "puerta", es decir un pasaje definido y necesario.
Lo afirma sintéticamente la fórmula paulina que hemos escuchado en
la Segunda Lectura a Timoteo: "la salvación que está en Cristo Jesús"
(2 Tm 2,10). Es el misterio de la universalidad de la salvación y al
mismo tiempo de su necesario vínculo con la mediación histórica de
Jesucristo, precedida por la del pueblo de Israel y prolongada por
la de la Iglesia. Dios es amor y quiere que todos los hombre
participen de su vida; para realizar este diseño Él, que es Uno y
Trino, crea en el mundo un misterio de comunión humano y divino,
histórico y trascendente: lo crea con el "método" -por decirlo así-
de la alianza, ligándose con amor fiel e interminable a los hombres,
formando un pueblo santo que se convierta en una bendición para
todas las familias de la tierra (cfr. Gn 12,3). Se revela así como
el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (cfr. Ex 3,6), que quiere
conducir a su pueblo a la "tierra" de la libertad y de la paz. Esta
"tierra" no es de este mundo; todo el diseño divino excede a la
historia, pero el Señor lo quiere construir con los hombres, por los
hombres y en los hombres, a partir de las coordenadas de espacio y
tiempo en las que ellos viven y que Él mismo ha dado.
De dichas coordinadas forma parte, con su especificidad, lo que
nosotros llamamos "Oriente Medio". Esta región del mundo también la
ve Dios desde una perspectiva distinta, podríamos decir "desde lo
alto": es la tierra de Abraham, Isaac y Jacob; la tierra del éxodo y
del regreso del exilio; la tierra del templo y de los profetas; la
tierra en la que el Hijo Unigénito nació de María, donde vivió,
murió y resucitó; la cuna de la Iglesia, constituida para llevar el
Evangelio de Cristo hasta los confines del mundo. Y también nosotros,
como creyentes, miramos Oriente Medio con esta mirada, desde la
perspectiva de la historia de la salvación. Es la óptica interior
que me ha guiado en los viajes apostólicos a Turquía, Tierra Santa -Jordania,
Israel, Palestina- y Chipre, donde he podido conocer desde cerca las
alegrías y las preocupaciones de las comunidades cristianas. Por eso
también he acogido encantado la propuesta de los patriarcas y
obispos de convocar una Asamblea sinodal para reflexionar juntos, a
la luz de las Sagradas Escrituras, sobre el presente y el futuro de
los fieles y las poblaciones de Oriente Medio.
Mirar esa parte del mundo desde la perspectiva de Dios significa
reconocer en ella la "cuna" de un diseño universal de salvación en
el amor, un misterio de comunión que se cumple en la libertad y por
eso pide a los hombres una respuesta. Abraham, los profetas, la
Virgen María son los protagonistas de esta respuesta, que tiene su
último cumplimiento en Jesucristo, hijo de esa misma tierra, pero
que bajó del Cielo. De Él, de su Corazón y de su Espíritu, ha nacido
la Iglesia, que es peregrina en este mundo, pero que le pertenece.
La Iglesia está constituida para ser, en medio de los hombres, signo
e instrumento del único y universal proyecto salvífico de Dios;
cumple esta misión sencillamente siendo ella misma, es decir, "comunión
y testimonio", como reza el tema de la Asamblea sinodal que hoy se
abre, y que hace referencia a la célebre definición lucana de la
primera comunidad cristiana: "La multitud de los creyentes no tenía
sino un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32). Sin comunión no
puede haber testimonio: el gran testimonio es precisamente la vida
de comunión. Lo dijo claramente Jesús: "En esto conocerán todos que
sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros"(Jn
13,35). Esta comunión es la vida misma de Dios que se comunica en el
Espíritu Santo, mediante Jesucristo. Es, por tanto, un don, no algo
que ante todo tenemos que construir con nuestras fuerzas. Y es
precisamente por esto por lo que interpela nuestra libertad y espera
nuestra respuesta: la comunión nos pide siempre la conversión, como
don que debe ser acogido y cumplido cada vez mejor. Los primeros
cristianos, en Jerusalén, eran pocos. Nadie habría podido imaginarse
lo que ocurrió después. Y la Iglesia vive siempre de esa misma
fuerza que la hizo ponerse en marcha y crecer. El Pentecostés es el
acontecimiento originario pero también es un dinamismo permanente, y
el Sínodo de los Obispos es un momento privilegiado en el que se
puede renovar en el camino de la Iglesia la gracia del Pentecostés,
con el fin de que la Buena Nueva sea anunciada con franqueza y pueda
ser recibida por todas las gentes.
Por consiguiente, la finalidad de esta Asamblea sinodal es sobre
todo pastoral. Aunque no podemos ignorar la delicada y, a veces,
dramática situación social y política de algunos países, los
pastores de las Iglesias en Oriente Medio desean concentrarse en los
aspectos ligados a su misión. A este respecto el Instumentum laboris,
elaborado por un Consejo Presinodal a cuyos miembros agradezco
vivamente el trabajo desarrollado, subraya esta finalidad eclesial
de la Asamblea, evidenciando su intención de reavivar la comunión de
la Iglesia Católica en Oriente Medio bajo la guía del Espíritu
Santo. Ante todo en el interior de cada Iglesia, entre sus miembros:
Patriarcas, Obispos, sacerdotes, religiosos, personas de vida
consagrada y laicos. Y, después, en las relaciones con las otras
Iglesias. La vida eclesial, fortalecida de este modo, verá producir
unos frutos muy positivos en el camino ecuménico con las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales presentes en Oriente Medio. Es una
ocasión propicia, además, para proseguir de forma constructiva el
diálogo tanto con los judíos, con los cuales nos une de forma
indisoluble la larga historia de la Alianza, como con los musulmanes.
Los trabajos de la Asamblea sinodal están destinados también al
testimonio de los cristianos a nivel personal, familiar y social.
Esto exige que se refuerce su identidad cristiana mediante la
Palabra de Dios y los Sacramentos. Todos deseamos que los fieles
sientan la alegría de vivir en Tierra Santa, tierra bendecida por la
presencia y por el glorioso misterio pascual del Señor Jesucristo. A
lo largo de los siglos esos Lugares han atraído multitud de
peregrinos y, también, comunidades religiosas masculinas y femeninas
que han considerado un gran privilegio poder vivir y dar testimonio
en la Tierra de Jesús. A pesar de las dificultades, los cristianos
de Tierra Santa están llamados a reavivar la conciencia de ser
piedras vivas de la Iglesia en Oriente Medio, en los Lugares santos
de nuestra salvación. Pero vivir de forma digna en la propia patria
es, antes que nada, un derecho humano fundamental: por ello, es
necesario favorecer las condiciones de paz y justicia,
indispensables para un desarrollo armonioso de todos los habitantes
de la región. Todos, por lo tanto, están llamados a dar su
contribución: la comunidad internacional, favoreciendo un camino
fiable, leal y constructivo hacia la paz; las religiones presentes
de forma mayoritaria en la región, promoviendo los valores
espirituales y culturales que unen a los hombres y excluyen toda
expresión de violencia. Los cristianos seguirán dando su
contribución no sólo con las obras de promoción social, como los
institutos de educación y sanitarios sino, y sobre todo, con el
espíritu de las Bienaventuranzas evangélicas, que anima a la
práctica del perdón y la reconciliación. Con este compromiso tendrán
siempre el apoyo de toda la Iglesia, como testifica de forma solemne
la presencia aquí de los Delegados de los Episcopados de otros
continentes.
Queridos amigos, confiemos los trabajos de la Asamblea sinodal para
Oriente Medio a los numerosos Santos y Santas de esta tierra
bendecida; invoquemos la constante protección de la Beata Virgen
María sobre ella, para que las próximas jornadas de oración,
reflexión y comunión fraterna sean portadoras de buenos frutos para
el presente y el futuro de las queridas poblaciones de Oriente Medio.
A ellas les dirigimos de todo corazón el saludo de buen augurio: "Salud
para ti, salud para tu casa y salud para todo lo tuyo." (1Sam 25,6).
[00010-04.03] [NNNNN] [Texto original: italiano]
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