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23 - 23.10.2010
RESUMEN
- MENSAJE
AL PUEBLO DE DIOS
MENSAJE
AL PUEBLO DE DIOS
En la Decimocuarta Congregación General de ayer por la tarde,
viernes 22 de octubre de 2010, los Padres sinodales han aprobado el
Nuntius, el Mensaje al Pueblo de Dios, como conclusión
de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los
Obispos.
Publicamos a continuación la traducción en español del testo
integral (redactado en árabe, francés, italiano e inglés).
“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”
(Hch 4, 32)
A nuestros hermanos los sacerdotes, los diáconos, los religiosos,
las religiosas, a todas las personas consagradas y a todos nuestros
amados fieles laicos y a todas las personas de buena voluntad.
Introducción
1. Que la gracia de Jesús Nuestro Señor, el amor de Dios Padre y la
comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
El Sínodo de los Obispos para Oriente Medio ha sido para nosotros un
nuevo Pentecostés. “El Pentecostés es el acontecimiento originario
pero también es un dinamismo permanente, y el Sínodo de los Obispos
es un momento privilegiado en el que se puede renovar en el camino
de la Iglesia la gracia del Pentecostés” (Benedicto XVI, Homilía de
la Misa de apertura del Sínodo, 10.10.2010).
Hemos venido a Roma, nosotros patriarcas y obispos de las Iglesias
católicas en Oriente con todos nuestros patrimonios espirituales,
litúrgicos, culturales y canónicos, trayendo en nuestros corazones
las preocupaciones de nuestros pueblos y sus esperanzas.
Por primera vez, nos hemos reunido en un Sínodo alrededor de Su
Santidad el Papa Benedicto XVI, con los cardenales y los obispos
responsables de los Dicasterios romanos, los presidentes de las
Conferencias episcopales del mundo al que le conciernen los asuntos
de Oriente Medio, y con representantes de las Iglesias Ortodoxas y
las comunidades evangélicas y con los invitados judíos y musulmanes.
Expresamos nuestro agradecimiento a Su Santidad Benedicto XVI por su
solicitud y sus enseñanzas que iluminan la marcha de la Iglesia en
general y la de nuestras Iglesia orientales en particular, sobre
todo en lo que se refiere a la justicia y la paz. Damos las gracias
a las Conferencias episcopales por su solidaridad y su presencia
entre nosotros en su peregrinación a los santos Lugares y su visita
a nuestras comunidades. Les damos las gracias por acompañar a
nuestras Iglesias en los diferentes ámbitos de nuestra vida. Damos
las gracias a las Organizaciones eclesiales que nos sostienen por su
ayuda eficaz.
Hemos reflexionado juntos, a la luz de las Sagradas Escrituras y de
la Tradición viva, sobre la presencia y el futuro de los cristianos
y de los pueblos de Oriente Medio. Hemos meditado sobre los
problemas de esta región del mundo que Dios ha querido, en el
misterio de su amor, que fuera la cuna de su plan universal de
salvación. De ahí, en efecto, partió la vocación de Abraham. Ahí el
Verbo de Dios, Jesucristo, se encarnó en la Virgen María por obra
del Espíritu Santo. Ahí Jesús proclama el Evangelio de la vida y del
reino. Ahí murió para redimir al género humano y librarlo del
pecado. Luego resucitó de entre los muertos para dar la vida nueva a
todos los hombres. Ahí nació la Iglesia y desde ahí salió para
proclamar el Evangelio hasta los confines de la tierra.
El objetivo primero del Sínodo es de orden pastoral, por eso también
hemos traído en nuestros corazones la vida, los sufrimientos y las
experiencias de nuestros pueblos y los desafíos que tienen que
afrontar cada día con la “gracia del Espíritu Santo y su amor
derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5). Por este motivo os
dirigimos este mensaje, amados hermanos y hermanas, y queremos que
sea una llamada a la firmeza en la fe, fundada en la Palabra de
Dios, a la colaboración en la unidad y en la comunión en el
testimonio del amor en todos los ámbitos de la vida.
I. La Iglesia en Oriente Medio: comunión y testimonio a través de la
historia.
El camino de la fe en Oriente
2. En Oriente nació la primera comunidad cristiana. De Oriente
salieron los Apóstoles después de Pentecostés para evangelizar al
mundo entero. Ahí vivió la primera comunidad cristiana en medio de
tensiones y persecuciones, “constante en la enseñanza de los
apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las
oraciones” (Hch 2, 42), y nadie tuvo necesidades. Ahí los primeros
mártires bañaron con su sangre los cimientos de la Iglesia naciente.
Después, los anacoretas llenaron los desiertos del perfume de su
santidad y su fe. Ahí vivieron los Padres de la Iglesia Oriental que
siguen nutriendo con sus enseñanzas a la Iglesia de Oriente y de
Occidente. De nuestras Iglesias salieron, en los primeros siglos y
en los siguientes, los misioneros hacia Extremo Oriente y hacia
Occidente llevando la luz de Cristo. Nosotros somos sus herederos y
debemos seguir transmitiendo su mensaje a las generaciones futuras.
Nuestras Iglesias no han dejado de dar santos, sacerdotes,
consagrados, y de servir de manera eficaz en numerosas instituciones
contribuyendo a la construcción de nuestras sociedades y de nuestros
países, sacrificándose por todos los hombres, creados a imagen de
Dios y portadores de su imagen. Algunas de nuestras Iglesias hoy en
día no dejan de enviar misioneros que hacen llegar la palabra de
Cristo a los diferentes rincones del mundo. La labor pastoral,
apostólica y misionera, nos pide hoy que pensemos en una pastoral
para promover las vocaciones sacerdotales y religiosas y asegurar la
Iglesia del mañana.
Nos encontramos hoy ante un cambio histórico: Dios que nos ha dado
la fe en nuestro Oriente, desde hace 2.000 años, nos invita a
perseverar con valor, constancia y firmeza y a llevar el mensaje de
Cristo y el testimonio de su Evangelio que es un Evangelio de amor y
de paz.
Desafíos y esperanzas
3.1. Nosotros nos enfrentamos hoy a numerosos desafíos. El primero
viene de nosotros mismos y de nuestras Iglesias. Lo que Cristo nos
pide es que aceptemos nuestra fe y que la vivamos en todos los
aspectos de la vida. Lo que Él pide a nuestras Iglesias es que
refuercen la comunión en cada Iglesia sui iuris y entre las Iglesias
católicas de distintas tradiciones, y que hagamos todo lo posible en
la oración y la caridad para conseguir la unidad de todos los
cristianos, de forma que realicemos la oración de Cristo: “para que
todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tu me has enviado”
(Jn 17,21).
3.2. El segundo desafío viene de fuera, de las condiciones políticas
y de seguridad en nuestros países y del pluralismo religioso.
Hemos analizado lo referente a la situación social y la seguridad en
todos nuestros países de Oriente Medio. Hemos sido conscientes del
impacto del conflicto palestino-israelí sobre toda la región,
especialmente sobre el pueblo palestino, que sufre las consecuencias
de la ocupación israelí: la falta de libertad de movimiento, el muro
de separación y las barreras militares, los prisioneros políticos,
la demolición de las casas, la perturbación de la vida económica y
social y los millares de refugiados. También hemos reflexionado
sobre el sufrimiento y la inseguridad en los que viven los
israelíes. Hemos meditado sobre la situación de la ciudad santa de
Jerusalén. Estamos preocupados por las iniciativas unilaterales que
podrían cambiar su demografía y su estatuto. Frente a todo esto,
vemos que una paz justa y definitiva es el único medio de salvación
para todos, para el bien de la región y sus pueblos.
3.3. Hemos recordado en nuestras reuniones y nuestras oraciones los
sufrimientos sangrientos del pueblo iraquí. También hemos recordado
a los cristianos asesinados en Iraq, los sufrimientos permanentes de
la iglesia de Iraq y de sus hijos desplazados y dispersos por el
mundo llevando con ellos las preocupaciones de su tierra y de su
patria. Los Padres sinodales han expresado su solidaridad con el
pueblo y las Iglesias en Iraq y han manifestado el deseo de que los
emigrantes, obligados a abandonar su país, puedan encontrar allí,
donde lleguen, los auxilios necesarios, para que puedan regresar a
sus países y vivir seguros en ellos.
3.4. Hemos reflexionado sobre las relaciones entre conciudadanos,
cristianos y musulmanes. Querríamos afirmar aquí, con nuestra visión
cristiana de las cosas, un principio primordial que debería gobernar
estas relaciones: Dios quiere que seamos cristianos en y para
nuestras sociedades medio-orientales. Es el plan de Dios para
nosotros, y es nuestra misión y nuestra vocación que vivamos
cristianos y musulmanes juntos. Nosotros nos moveremos en este
terreno guiados por el mandamiento del amor y por la fuerza del
Espíritu en nosotros.
El segundo principio que gobierna estas relaciones es el hecho de
que nosotros somos parte integrante de nuestras sociedades. Nuestra
misión, basada en nuestra fe y nuestro deber hacia nuestras patrias,
nos obliga a contribuir a la construcción de nuestros países con
todos los ciudadanos, musulmanes, judíos y cristianos.
II. Comunión y testimonio en el seno de las Iglesias católicas de
Oriente Medio.
A los fieles de nuestras Iglesias
4.1. Jesús nos dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra, la luz del
mundo” (Mt 5, 13.14). Vuestra misión, amados fieles, es la de ser en
vuestras sociedades, por la fe, la experiencia y el amor, como la
“sal” que da sabor y sentido a la vida, como la “luz” que ilumina
las tinieblas con la verdad, y como la “levadura” que transforma los
corazones y las inteligencias. Los primeros cristianos en Jerusalén
eran poco numerosos. A pesar de ello, pudieron llevar el Evangelio
hasta los confines de la tierra, con la gracia del “Señor que
colaboraba con ellos y con ellos confirmaba su Palabra con los
signos” (Mc 16, 20).
4.2. Nosotros os saludamos, cristianos de Oriente Medio, y os damos
las gracias por todo lo que habéis llevado a cabo en vuestras
familias y vuestras sociedades, en vuestras Iglesias y vuestras
naciones. Saludamos vuestra perseverancia en las dificultades, las
penas y las angustias.
4.3. Queridos sacerdotes, nuestros colaboradores en la misión
catequética, litúrgica y pastoral: os renovamos nuestra amistad y
nuestra confianza. Seguid transmitiendo a vuestros fieles, con celo
y perseverancia, el Evangelio de la vida y la Tradición de la
Iglesia, por medio de la predicación, de la catequesis, de la
dirección espiritual y del buen ejemplo. Consolidad la fe del pueblo
de Dios para que se transforme en una civilización del amor,
prodigadle los sacramentos de la Iglesia, para que aspire a la
renovación de su vida. Reunidlo en la unidad y la caridad por el don
del Espíritu Santo.
Queridos religiosos, religiosas y consagrados en el mundo, os
expresamos nuestra gratitud, y con vosotros damos gracias a Dios por
el don de los consejos evangélicos -de la castidad consagrada, la
pobreza y la obediencia- con los que os habéis donado vosotros
mismos, siguiendo a Cristo, al que vosotros deseáis testimoniar
vuestro amor predilecto. Gracias a vuestras iniciativas apostólicas
diversificadas, vosotros sois el verdadero tesoro y la riqueza de
nuestras Iglesias y un oasis espiritual en nuestras parroquias,
nuestras diócesis y nuestras misiones.
Nos unimos en espíritu a los eremitas, a los monjes y las monjas que
han consagrado su vida a la oración en los monasterios
contemplativos, santificando las horas del día y de la noche,
llevando en sus oraciones las preocupaciones y las necesidades de la
Iglesia. Vosotros ofrecéis al mundo, con el testimonio de vuestra
vida, un signo de esperanza.
4.4. Nosotros os expresamos, fieles laicos, nuestra estima y nuestra
amistad. Apreciamos todo lo que hacéis por vuestras familias y
vuestras sociedades, vuestras Iglesias y vuestras patrias. Manteneos
firmes en medio de las pruebas y las dificultades. Estamos llenos de
gratitud hacia el Señor por los carismas y los talentos de los que
os ha colmado, y con los que participáis, por la fuerza de vuestro
bautismo y vuestra confirmación, en la labor apostólica y en la
misión de la Iglesia, impregnando el ámbito de las cosas temporales
con el espíritu y los valores del Evangelio. Os invitamos al
testimonio de una vida cristiana auténtica, a una práctica religiosa
consciente y a las buenas costumbres. Tened el valor de decir la
verdad con objetividad.
A vosotros que sufrís en vuestro cuerpo, vuestra alma y vuestro
espíritu, oprimidos, expatriados, perseguidos, prisioneros y
detenidos, os llevamos en nuestras oraciones. Unid vuestros
sufrimientos a los de Cristo Redentor, y buscad en su cruz la
paciencia y la fuerza. Mediante vuestros sufrimientos obtenéis para
el mundo el amor misericordioso de Dios.
Saludamos a cada una de nuestras familias cristianas, y miramos con
estima su vocación y su misión, como célula viva de la sociedad,
escuela natural de las virtudes y de los valores éticos y humanos, e
iglesia doméstica que educa a la oración y a la fe de generación en
generación. Damos las gracias a los padres y a los abuelos por la
educación de sus hijos y sus nietos en el ejemplo del Niño Jesús que
“crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los
hombres” (Lc 2, 52). Nos comprometemos a proteger a la familia con
una pastoral familiar, mediante cursos de preparación al matrimonio,
centros de acogida y consultorios, abiertos a todos y en particular
a las parejas en crisis, y con nuestras reivindicaciones de los
derechos fundamentales de la familia.
Nos dirigimos ahora de manera especial a las mujeres. Expresamos
nuestra estima por lo que sois en las distintas edades de vuestra
vida: como hijas, madres, educadoras, consagradas y trabajadoras en
la vida pública. Os rendimos homenaje, pues protegéis la vida humana
desde su comienzo, ofreciéndole cuidados y cariño. Dios os ha dado
una sensibilidad particular para todo lo relacionado con la
educación, el trabajo humanitario y la vida apostólica. Damos
gracias a Dios por vuestras actividades y esperamos que ejerzáis una
mayor responsabilidad en la vida pública.
Os miramos con amistad, jóvenes, hombres y mujeres, como hizo Cristo
con el joven del Evangelio (cfr. Mc 10, 21). Sois el futuro de
nuestras iglesias, de nuestras comunidades, de nuestros países, su
potencial y su fuerza regeneradora. Lleváis a cabo el proyecto de
vuestra vida bajo la mirada amorosa de Cristo. Sed ciudadanos
responsables y creyentes sinceros. La Iglesia se une a vosotros en
vuestra preocupación por encontrar un trabajo, en función de
vuestras competencias, lo que contribuirá a estimular vuestra
creatividad y a asegurar el futuro y la formación de una familia
creyente. Superad la tentación del materialismo y del consumismo.
Permaneced firmes en vuestros valores cristianos.
Saludamos a los jefes de los centros de educación católica. En la
enseñanza y la educación buscad la excelencia del espíritu
cristiano. Tened como objetivo consolidar la cultura de la
convivialidad, la preocupación de los pobres y de los que sufren
minusvalías. A pesar de los desafíos y las dificultades que sufren
vuestras instituciones, os invitamos a que las mantengáis para
asegurar la misión educadora de la Iglesia, y promover el desarrollo
y el bien de nuestras sociedades.
Nos dirigimos con gran estima a quienes trabajan en el sector
social. En vuestras instituciones estáis al servicio de la caridad.
Os animamos y apoyamos en esta misión de desarrollo, guiada por la
rica enseñanza social de la Iglesia. Con vuestro trabajo reforzáis
los lazos de fraternidad entre los hombres, sirviendo a los pobres,
los marginados, los enfermos, los refugiados y los prisioneros, sin
discriminación. Vosotros estáis guiados por la palabra de Nuestro
Señor Jesús: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos, a mí me
lo hicisteis” (Mt 25, 40).
Vemos con esperanza los grupos de oración y los movimientos
apostólicos. Ellos son escuelas de profundización de la fe, para
vivirla en la familia y en la sociedad. Valoramos sus actividades en
las parroquias y las diócesis y su apoyo a los pastores, en
conformidad con las directivas de la Iglesia. Damos gracias a Dios
por estos grupos y movimientos, células activas en las parroquias y
semillero de vocaciones sacerdotales y religiosas.
Apreciamos el papel de los medios de comunicación escrita y
audiovisual. Os damos las gracias a vosotros periodistas, por
colaborar con la Iglesia en la difusión de sus enseñanzas y de sus
actividades y, en estos días, por haber cubierto las noticias de la
Asamblea Especial para Oriente Medio en los diferentes rincones del
mundo.
Nos congratulamos por la contribución de los medios de comunicación
internacionales y católicos. De Oriente Medio, merece una mención
especial el canal Télé Lumière - Noursat y esperamos que pueda
continuar su servicio de información y de formación a la fe, su
trabajo por la unidad cristiana, la consolidación de la presencia
cristiana en Oriente, el fortalecimiento del diálogo interreligioso
y la comunión entre los orientales presentes en todos los
continentes.
A nuestros fieles en la diáspora
5. La emigración se ha convertido en un problema general. El
cristiano, el musulmán y el judío emigran por las mismas causas
provenientes de la inestabilidad política y económica. Además, el
cristiano, comienza a sentirse inseguro, aunque a niveles
diferentes, en los países de Oriente Medio. Que los cristianos
tengan confianza en el futuro y continúen viviendo en sus queridos
países.
Os saludamos, amados fieles en los diferentes países de la diáspora.
Le pedimos a Dios que os bendiga. Os pedimos que guardéis el
recuerdo de vuestras patrias y de vuestras Iglesias vivo en vuestros
corazones y preocupaciones. Vosotros podéis contribuir a su
evolución y crecimiento con vuestras oraciones, vuestras
reflexiones, vuestras visitas y otros medios, aunque estéis lejos.
Guardad los bienes y las tierras que tengáis en la patria. No os
apresuréis a abandonarlos o venderlos. Guardadlos como patrimonio
para vosotros y como un trozo de la patria a la que estaréis siempre
ligados, una patria que amáis y apoyáis. La tierra forma parte de la
identidad de la persona y de su misión, es un espacio vital para los
que allí permanecen y para los que un día regresarán. La tierra es
un bien público, un bien de la comunidad, un patrimonio común. Ella
no se reduciría ante los intereses individuales de aquel que la
posee y que decide, según su conveniencia, si guardarla o
abandonarla.
Os acompañamos con nuestras oraciones, a vosotros hijos de nuestras
Iglesias y de nuestros países, forzados a emigrar. Llevad con
vosotros vuestra fe, cultura y patrimonio, para que enriquezcáis
vuestras nuevas patrias, aquellas que os proporcionan la paz, la
libertad y el trabajo. Mirad al futuro con confianza y alegría.
Permaneced siempre unidos a vuestros valores espirituales, a
vuestras tradiciones culturales, a vuestro patrimonio nacional, con
el fin de ofrecer a los países que os han acogido lo mejor de
vosotros mismos y lo mejor que tenéis. Agradecemos a las Iglesias de
los países de la diáspora que han acogido a nuestros fieles y que no
cesan de colaborar con nosotros para asegurarles el necesario
servicio pastoral.
A los inmigrantes en nuestros países y en nuestras Iglesias
6. Saludamos a todos los inmigrantes, de diferentes nacionalidades
que han venido a nuestros países por motivos de trabajo.
Queridos fieles, os acogemos y vemos en vuestra fe un
enriquecimiento y un soporte a la fe de nuestros fieles. Es con gran
alegría que os proporcionaremos toda la ayuda espiritual que
necesitáis.
Solicitamos a nuestras Iglesias que presten una atención especial a
aquellos hermanos y hermanas en sus dificultades, cualquiera sea su
religión, sobre todo cuando sus derechos y su dignidad se ven
lesionados; ya que vienen hacia nosotros no solamente para encontrar
medios para vivir, sino también para procurar servicios que
necesitan nuestros países. Ellos tienen su dignidad en Dios y, como
todo ser humano, tienen derechos que deben ser respetados y contra
los cuales nadie puede atentar. Razón por la cual, invitamos a los
gobiernos de los países de acogida, a que respeten y defiendan los
derechos de estas personas.
III. Comunión y testimonio con las Iglesias Ortodoxas y con las
comunidades Evangélicas de Oriente Medio
7. Saludamos a las Iglesias Ortodoxas y a las Comunidades
Evangélicas en nuestros países. Juntos, trabajamos por el bien de
los cristianos, para que permanezcan, crezcan y prosperen. Nos
encontramos en el mismo camino. Nuestros desafíos son los mismos y
nuestro futuro es el mismo. Queremos llevar juntos el testimonio
como discípulos de Cristo. Gracias a nuestra unidad podemos cumplir
la misión que Dios nos ha confiado a todos, a pesar de la diversidad
de nuestras Iglesias. La oración de Cristo es nuestro sostén, es el
mandamiento del amor el que nos une, aunque en el camino hacia la
comunión total nos quede mucho trecho por recorrer.
Hemos caminado juntos en el Consejo de las Iglesias de Oriente
Medio, y deseamos continuar nuestro marcha, con la gracia de Dios, y
promover su acción, teniendo como objetivo último el testimonio
común de nuestra fe, el servicio a nuestros fieles y a nuestros
países. Saludamos y animamos a todas las instancias de diálogo
ecuménico en cada uno de nuestros países.
Expresamos nuestro agradecimiento al Consejo Ecuménico de las
Iglesias y a las diferentes organizaciones ecuménicas que trabajan
por la unidad de las Iglesias y para darles apoyo.
IV. Cooperación y diálogo con nuestros conciudadanos judíos
8. Las mismas Sagradas Escrituras nos unen, el Antiguo Testamento,
que es la Palabra de Dios tanto para vosotros como para nosotros.
Nosotros creemos en todo lo que Dios ha revelado desde que llamó a
Abraham, nuestro Padre común en la fe, padre de los judíos, de los
cristianos y de los musulmanes; creemos en las promesas de Dios y en
la alianza que dio a él y a vosotros. Creemos que la Palabra de Dios
es eterna.
El Concilio Vaticano II publicó el documento Nostra aetate sobre el
diálogo con las religiones, con el judaísmo, el islam y demás
religiones. Otros documentos han indicado y desarrollado,
posteriormente, las relaciones con el judaísmo. Por otro lado, hay
un diálogo continuo entre la Iglesia y los representantes del
judaísmo. Esperamos que este diálogo nos lleve a actuar junto a los
responsables, para poner fin al conflicto político que no deja de
separar y perturbar la vida de nuestros países.
Es tiempo de comprometernos juntos por una paz sincera, justa y
definitiva. Todos somos interpelados por la Palabra de Dios, que nos
invita a escuchar la voz de Dios “Escucharé lo que habla Dios. El
Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos (Sal 85,9).
No está permitido recurrir a posiciones bíblicas y teológicas para
valerse de un instrumento que justifique las injusticias. Al
contrario, recurrir a la religión debe permitirle a cada persona ver
el rostro de Dios en el otro, y tratarlo según los atributos de Dios
y según sus mandamientos, es decir, según la bondad de Dios, su
justicia, su misericordia y amor por nosotros.
V. Cooperación y diálogo con nuestros conciudadanos musulmanes
9. Nos une la fe en un único Dios y el mandamiento que dice: haz el
bien y evita el mal. Las palabras del Concilio Vaticano II sobre las
relaciones con las religiones sientan las bases de las relaciones
entre la Iglesia Católica y los musulmanes: “La Iglesia mira también
con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios viviente (...)
misericordioso y todo poderoso que habló a los hombres”. (Nostra
aetate 3)
Le decimos a nuestros conciudadanos musulmanes: somos hermanos y
Dios nos quiere juntos, unidos en la fe en Dios y por el doble
mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Juntos, construiremos
nuestras sociedades civiles sobre la ciudadanía, la libertad
religiosa y la libertad de conciencia. Juntos, trabajaremos para
promover la justicia, la paz, los derechos del hombre y los valores
de la vida y de la familia. Nuestra responsabilidad es común en la
construcción de nuestras patrias. Queremos ofrecer a Oriente y a
Occidente un modelo de convivencia entre las diferentes religiones y
de colaboración positiva entre las diferentes civilizaciones, por el
bien de nuestras patrias y el de toda la humanidad.
Desde el surgimiento del islam en el siglo VII hasta el día de hoy,
hemos vivido juntos, hemos colaborado en la creación de nuestra
civilización común. Al igual que sucedía en el pasado, aún hoy, hay
inestabilidad en nuestras relaciones. Mediante el diálogo debemos
deshechar todo desequilibrio o malentendido. El Papa Benedicto XVI
nos dice que nuestro diálogo no puede ser una realidad pasajera. Es
más bien una necesidad vital de la cual depende nuestro futuro.
(cfr. Discurso ante los representantes de las comunidades musulmanas
en Colonia 20.08.2005). Es, pues, nuestro deber educar a los
creyentes al diálogo interreligioso, a aceptar el pluralismo y el
respeto y la estima recíprocos.
VI. Nuestra participación en la vida pública: llamado a los
gobernantes y a los responsables políticos de nuestros países
10. Apreciamos los esfuerzos que hacéis por el bien común y por el
servicio a nuestras sociedades. Os acompañamos con nuestras
oraciones y pedimos a Dios que guíe vuestros pasos. Nos dirigimos a
ustedes para abordar el tema crucial de la igualdad entre
ciudadanos. Los cristianos son ciudadanos originarios y auténticos,
leales a sus patrias y, por ende, cumplen con sus deberes
nacionales. Es normal que ellos puedan gozar de todos los derechos
como ciudadanos, de la libertad de conciencia y de culto, de la
libertad en el ámbito de la educación, y de la enseñanza en el uso
de los medios de comunicación.
Os pedimos que redobléis vuestros esfuerzos para establecer una paz
justa y durable en la región, y para detener la carrera
armamentista, que traería consigo la seguridad y la prosperidad
económica, detendría el flujo migratorio que priva a nuestros países
de sus fuerzas vivas. La paz es un don precioso que Dios ha confiado
a los hombres, “bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).
VII. Llamado a la comunidad internacional
11. Los ciudadanos de los países de Oriente Medio interpelan a la
comunidad internacional y en particular a la O.N.U. para que
trabajen, sinceramente, por una solución que traiga la paz justa y
definitiva a la región, y ello mediante la aplicación de las
resoluciones del Consejo de Seguridad y tomando medidas jurídicas
necesarias para poner fin a la ocupación de los diferentes
territorios árabes.
El pueblo palestino podrá, de este modo, tener una patria
independiente y soberana y vivir allí con plena dignidad y
estabilidad. El Estado de Israel podrá gozar de la paz y de la
seguridad dentro de fronteras internacionalmente reconocidas. La
Ciudad Santa de Jerusalén podrá obtener el estatuto justo que
respete su carácter particular, su santidad y su patrimonio
religioso para cada una de las tres religiones judía, cristiana y
musulmana. Esperamos que la solución de los dos estados se haga
realidad y no sea un simple sueño.
Iraq podrá poner fin a las consecuencias funestas de la guerra y
establecer una seguridad que proteja a todos los ciudadanos y a sus
componentes sociales, religiosas y nacionales.
Líbano podrá gozar de su soberanía sobre todo el territorio,
fortificar su unidad nacional y continuar su vocación de ser modelo
de buena convivencia entre cristianos y musulmanes, gracias al
diálogo de culturas y religiones y a la promoción de las libertades
públicas.
Condenamos la violencia y el terrorismo, independientemente de donde
provengan, y todo extremismo religioso. Condenamos toda forma de
racismo, antisemitismo, anticristianismo e islamofobia y hacemos un
llamado a las religiones para que asuman sus responsabilidades en la
promoción y diálogo de las culturas y de las civilizaciones en
nuestra región y en el mundo entero.
Conclusión: Seguir dando testimonio de la vida divina que se nos
presenta en la persona de Jesús
12. En conclusión, hermanos y hermanas, os decimos con el apóstol
San Juan en su primera epístola: “Lo que existía desde el principio,
lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de
la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo
visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y os anunciamos la
Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado.
Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en
comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1Jn 1, 1-3).
Esta Vida divina que se manifestó a los apóstoles hace dos mil años
en la persona de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de la cual la
Iglesia ha vivido y ha dado testimonio a lo largo de su historia,
seguirá siendo por siempre, la vida de nuestras Iglesias en Oriente
Medio y el objeto de nuestro testimonio.
Sostenidos por la promesa del Señor: “Y he aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), seguimos
juntos nuestro camino en la esperanza “ y la esperanza no falla,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).
Confesamos que hasta ahora no hemos hecho todo lo que está al
alcance de nuestras manos por vivir mejor la comunión entre nuestras
comunidades. No hemos hecho lo suficiente para confirmaros en la fe
y daros el alimento espiritual que necesitáis en vuestras
dificultades. El Señor nos invita a una conversión personal y
colectiva.
Hoy volvemos a vosotros colmados de esperanza, fuerza y
determinación, trayendo con nosotros el mensaje del Sínodo y sus
recomendaciones, con el fin de estudiarlos juntos y ponerlos en
práctica en nuestras Iglesias, cada una de acuerdo a su estado.
Esperamos también que este nuevo esfuerzo sea ecuménico.
Dirigimos este humilde y sincero llamado para que juntos comencemos
un camino de conversión, dejándonos renovar por la gracia del
Espíritu Santo y volver a Dios.
A la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de la paz,
a cuya protección encomendamos nuestros trabajos sinodales,
confiamos nuestra marcha hacia nuevos horizontes cristianos y
humanos en la fe de Cristo y por la fuerza de su palabra: “Yo hago
nuevas todas la cosas” (Hch 21, 5).
[00208-04.02] [NNNNN] [Texto original: árabe]
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