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CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
INSTRUCCIÓN
ECCLESIAE SPONSAE IMAGO
SOBRE EL ORDO
VIRGINUM
ÍNDICE
Introducción
I. La vocación y el testimonio del
Ordo virginum
El fundamento bíblico de la virginidad consagrada
El carisma y la vocación
El propositum, la consagración y el estado
de vida
La fisonomía espiritual
La forma de vida
Seguimiento evangélico y carismas personales
Oración y camino de ascesis
Condiciones de vida y estilo de proximidad
y servicio
II. La configuración del Ordo virginum en
las Iglesias particulares y en la Iglesia universal
Arraigadas en la Diócesis
Comunión y corresponsabilidad en el Ordo virginum diocesano
Responsabilidad del Obispo diocesano
Colaboraciones en la atención pastoral del Ordo virginum
Comunión y corresponsabilidad entre consagradas de varias Diócesis
Iniciativas compartidas, servicio de comunión y Obispo referente
Referencia a la Sede Apostólica y Secretariado para el
Ordo virginum
Permanencia en otra Diócesis y traslado
Fundaciones, asociaciones y opciones de vida en común
Pertenencia al Ordo virginum y referencia a otros grupos
eclesiales
Separación del Ordo virginum
Paso a un Instituto de vida consagrada o Sociedad de vida apostólica
Salida del Ordo virginum
Dimisión del Ordo virginum
Anotación y comunicación de la separación
III. El discernimiento vocacional y la formación para el Ordo virginum
El compromiso del discernimiento y la formación
Camino de fe, discernimiento vocacional e itinerarios formativos
La práctica del acompañamiento espiritual
Discernimiento vocacional e itinerario formativo previo a la consagración
La dinámica del discernimiento vocacional y de la formación previa a la consagración
Requisitos y criterios de discernimiento
El recurso al expertos con competencia psicológica
El período propedéutico
El itinerario de formación previo a la consagración
La admisión a la consagración y el cuidado
de su celebración
Formación permanente
La atención a la formación permanente
Compromiso personal y dimensión
comunional
Indicaciones sobre el contenido y el método
Conclusión
INTRODUCCIÓN
1. La imagen de la Iglesia Esposa de Cristo aparece, en el Nuevo Testamento, como
eficaz icono revelador de la íntima naturaleza de la relación que el Señor ha
querido establecer con la comunidad de los que creen en Él (Ef 5, 23-32; Ap
19, 7-9; 21, 2-3.9).
Desde los tiempos apostólicos, esta expresión del Misterio de la Iglesia ha
encontrado una manifestación totalmente peculiar en la vida de aquellas mujeres
que, correspondiendo al carisma evangélico suscitado en ellas por el Espíritu
Santo, con amor esponsal, se han dedicado al Señor Jesús en virginidad, para
experimentar la fecundidad espiritual de la íntima relación con Él y ofrecer los
frutos a la Iglesia y al mundo.
2. Como nos indican algunos pasajes del Nuevo Testamento y los escritos de los
primeros siglos cristianos, esta forma de vida evangélica se expresó de forma
espontánea en las primeras comunidades cristianas[1],
figurando entre las otras formas de vida ascética que, en el contexto de la
sociedad pagana, constituían un signo evidente de la novedad del cristianismo y
de su capacidad de responder a las más profundas preguntas sobre el sentido de
la existencia humana[2].
Por un proceso análogo al de la viudedad
de las mujeres que escogían la continencia « en honor de la carne del Señor »[3],
la virginidad consagrada femenina adquirió progresivamente las singularidades de un
estado de vida públicamente reconocido por la Iglesia[4].
En los tres primeros siglos numerosísimas vírgenes consagradas sufrieron el
martirio por permanecer fieles al Señor. Entre ellas Águeda de Catania, Lucía de
Siracusa, Inés y Cecilia de Roma, Tecla de Iconio, Apolonia de Alejandría,
Restituta de Cartago, Justa y Rufina de Sevilla. Cesadas las persecuciones, la
memoria de las vírgenes mártires permaneció como viva llamada a la entrega total
de sí, como exigía la consagración virginal.
En las mujeres que acogían esta vocación y correspondían con la decisión de
perseverar en virginidad durante toda la vida, los Padres de la Iglesia vieron
reflejadas la imagen de la Iglesia Esposa totalmente dedicada a su Esposo; por
eso se referían a ellas como sponsae Christi, Christo dicatae, Christo maritate,
Deo nuptae[5]. En el cuerpo vivo de la Iglesia, aparecían como un
coetu institucionalizado, denominado Ordo virginum[6].
3. A partir del siglo IV, el ingreso en el
Ordo virginum se hacía por medio de un solemne rito litúrgico, presidido por el Obispo
diocesano. En medio de la comunidad reunida para la celebración eucarística, la
mujer manifestaba el sanctum propositum de permanecer durante toda la vida en virginidad por amor a Cristo, y el Obispo
pronunciaba laoración consecratoria. Como atestiguan ya los escritos de Ambrosio de Milán y
sucesivamente las más antiguas fuentes litúrgicas, el simbolismo nupcial del
rito se hacía particularmente evidente por la imposición del velo a la virgen de
parte del Obispo, gesto que correspondía a la velatio de la esposa en la celebración del matrimonio[7].
4. La estima y la solicitud pastoral que acompañaban el camino de la virginidad
consagrada están ampliamente atestiguadas en la literatura patrística. Los
padres no se limitaron a censurar el comportamiento de las consagradas
inadecuado a su compromiso de llevar una vida casta en el humilde seguimiento de
Cristo, también afrontaron y combatieron con vigor tanto los argumentos que
negaban el valor de la virginidad consagrada, como las desviaciones heréticas
que propugnaban los ideales de la virginidad y de la continencia sobre la base
de una concepción negativa del matrimonio y la sexualidad. Ilustraron
ampliamente los fundamentos teológicos de la consagración virginal, evidenciando el origen carismático, la
motivación evangélica, la importancia eclesial, la referencia ejemplar a la
Virgen María, el valor profético de anticipación y vigilante espera de la plena
comunión con el Señor que se realizará solo cuando Él vuelva glorioso, al final
de los tiempos. Dirigiéndose a las vírgenes consagradas « más con el afecto que
con la autoridad »[8]
de su ministerio, les exhortaban a alimentar y expresar su amor por Cristo
Esposo meditando asiduamente la Escritura y perseverando en la oración personal
y litúrgica; practicando la ascesis, las virtudes y las obras de misericordia;
cultivando una actitud de dócil escucha al magisterio del Obispo y el compromiso
de cuidar la comunión eclesial, con el fin de ofrecer un testimonio transparente
y persuasivo del Evangelio dentro de las comunidades cristianas y del ambiente
social en el que permanecían insertas, viviendo generalmente con su propia
familia y también, a veces, en forma comunitaria.
En ese mismo período, a través de las decretales de los Papas y las
constituciones de los Concilios Provinciales, empezó a definirse la disciplina
sobre los aspectos esenciales de esta forma de vida.
5. Mientras durante los primeros siglos las vírgenes consagradas vivían
generalmente con sus propias familias, con el desarrollo del monacato cenobítico
la Iglesia asoció la consagración virginal a la vida comunitaria y por
consiguiente a la observancia de una regla común y a la obediencia a una
superiora. Paulatinamente en el curso de los siglos desapareció la forma de vida
originaria del Ordo virginum, con su típico arraigo en la comunidad eclesial local bajo la guía del Obispo
diocesano.
Los ritos de ingreso en la vida monástica corrieron paralelos y en la mayoría de
los monasterios sustituyeron la celebración de la consecratio virginum. Solo algunas familias monásticas en las que se hacían los votos solemnes
mantuvieron este rito que, aun conservando los elementos esenciales de su
estructura originaria, se enriqueció con la aportación de la sensibilidad de las
poblaciones entre las que se difundió, mediante sucesivas revisiones que
llevaron a introducir nuevas fórmulas eucológicas y gestos simbólicos.
6. El impulso de renovación eclesial inspirado por el
Concilio Vaticano II suscitó
también interés de cara al rito litúrgico de la consecratio virginum y del
Ordo virginum. Muchos siglos después de su desaparición y en un contexto histórico totalmente
cambiado, en donde se producían procesos de profunda transformación de la
condición femenina en la Iglesia y en la sociedad, esta antigua forma de vida
consagrada revelaba una sorprendente fuerza de atracción capaz de responder no
solo al deseo de muchas mujeres que querían dedicarse totalmente al Señor y a
los hermanos, sino también al redescubrimiento contextual de la identidad propia
de la Iglesia particular en la comunión con el único Cuerpo de Cristo.
Según la disposición de la Constitución sobre la liturgia
Sacrosantum Concilium n. 80, en el período postconciliar, el rito de la
consecratio virginum del Pontifical Romano, se revisó, teniendo en cuenta los principios que el
Concilio había fijado por medio de la reforma litúrgica. El nuevo Ordo Consecrationis virginum, promulgado el 31 de mayo de 1970, por la Sagrada Congregación para el Culto
Divino, por mandato especial del Papa Pablo VI, entró en vigor el 6 de enero de
1971[9].
Retomando la más antigua tradición eclesial y teniendo en cuenta la sucesiva
evolución histórica, fueron elaboradas y aprobadas dos formas celebrativas. La primera destinada a las mujeres que
permaneciendo in saeculo, es decir en sus ordinarias condiciones de vida, son admitidas a la consagración por el Obispo diocesano. La segunda está
destinada a las monjas de comunidad que celebran este rito, profesas perpétuas,
o que en esa celebración hacen profesión perpetua y reciben la consecratio virginum.
7. De esta manera ha sido reconocida de forma explícita por la Iglesia la
consagración virginal de mujeres que permanecen en su entorno de vida ordinario,
arraigadas en la comunidad diocesana reunida alrededor del Obispo, según la
modalidad del antiguo Ordo virginum, sin ser adscritas a un Instituto de vida consagrada. El mismo texto litúrgico y
las normas que en él se establecen delinean en los elementos esenciales la
fisonomía y la disciplina de esta forma de vida consagrada, cuyo carácter
institucional –propio y distinto de los Institutos de vida consagrada– ha sido
confirmado sucesivamente por el Código de Derecho Canónico (can. 604). De
manera similar, el Código de Cánones de las Iglesias orientales también ha explicitado la
posibilidad de que en las Iglesias orientales el derecho particular constituya
vírgenes consagradas que públicamente profesen castidad en el siglo “por su
cuenta”, es decir, sin los lazos de pertenencia a un instituto de vida
consagrada (can. 570).
Por consiguiente, en la reorganización de la Curia Romana que se llevó a cabo
por la Constitución Apostólica
Pastor bonus, el Ordo virginum
se situó en el ámbito de competencia de la Congregación para los Institutos de
Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica[10].
También el
Catecismo de la Iglesia Católica[11],
la reflexión realizada con ocasión del Sínodo de los Obispos dedicado al tema
« La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo » y la sucesiva
exhortación post-sinodal
Vita consecrata[12] (en particular en los nn. 7 y 42) han contribuido a clarificar el lugar
eclesiástico del Ordo virginum entre las otras formas de vida consagrada, poniendo de relieve el vínculo
peculiar que se establece entre las vírgenes consagradas y la Iglesia particular
y universal.
La Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio[13],
ha subrayado la exigencia de una especial atención por parte del Obispo
diocesano y de su presbiterio hacia las vírgenes consagradas.
Sucesivamente, el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos
Apostolorum Successores [14],en continuidad con la antigua tradición eclesial, ha vuelto a afirmar que el
Obispo diocesano ha de tener una solicitud particular hacia el Ordo virginum, porque las vírgenes son consagradas a Dios a través de sus manos y la Iglesia
las confía a su cuidado pastoral.
8. Desde que esta forma de vida consagrada se volvió a proponer en la Iglesia, se
ha asistido a un verdadero y propio reflorecimiento del Ordo virginum, cuya vitalidad se manifiesta en una múltiple riqueza de carismas personales que
se ponen al servicio de la edificación de la Iglesia y de la renovación de la
sociedad según el espíritu del Evangelio. El fenómeno aparece de gran relevancia
no solamente por el número de mujeres involucradas, sino también por su difusión
en todos los continentes, en muchísimos Países y Diócesis, en zonas geográficas
y contextos muy diversos.
Sin duda, esto ha sido posible también gracias a la traducción de la edición
típica latina del Ordo Consecrationis Virginum a la mayoría de las lenguas comunes, por las respectivas Conferencias Episcopales.
Numerosos Obispos, con su magisterio y acción pastoral, han promovido y
sostenido el Ordo virginum en sus Diócesis, valorando asimismo la contribución de las vírgenes
consagradas, que se han sentido llamadas a reflexionar sobre su experiencia, la
actualidad de esta vocación en la Iglesia y el mundo de hoy, y sobre las
consideraciones necesarias para poder expresarse según su propia originalidad.
Con tal fin algunas Conferencias Episcopales han elaborado criterios y
orientaciones comunes para la atención pastoral del Ordo virginum en sus circunscripciones.
En sinergia con el magisterio y la acción de los Obispos diocesanos, la Sede
Apostólica ha mantenido una atención constante hacia el Ordo virginum, poniéndose al servicio de las Iglesias particulares, para favorecer el renacer
y el desarrollo de esta forma de vida, según sus características peculiares.
9. El servicio a la comunión que el sucesor de Pedro ejerce también respecto del
Ordo virginum,ha asumido una visibilidad particular con ocasión de los dos primeros encuentros
internacionales que han visto reunirse en Roma a vírgenes consagradas
procedentes de numerosos países. De San
Juan Pablo II en 1995[15]
y de Benedicto XVI en 2008[16],
las vírgenes consagradas han recibido preciosas enseñanzas para orientarse en su
camino.
Un tercer encuentro internacional tuvo lugar en el 2016, cuando las vírgenes
consagradas del mundo entero fueron invitadas a Roma para participar en las
Jornadas conclusivas del
Año de la Vida Consagrada convocado por el Papa Francisco. Bajo la guía del sucesor de Pedro, que
invitó a las personas consagradas de todas las formas de vida, a redescubrir los
fundamentos comunes de la vida consagrada, se ha evidenciado cómo el característico arraigo del Ordo virginum en las Iglesias particulares, se armoniza con la experiencia de comunión que las
vírgenes consagradas experimentan en el horizonte de la Iglesia universal,
participando de la única misión eclesial.
10. En los últimos años, desde varias partes del mundo se ha pedido a este
Dicasterio que ofrezca indicaciones para orientar a los Obispos diocesanos en la
aplicación de las normas del Pontifical Romano implícitas en el canon 604 del Código de Derecho Canónico, así como en la definición de una disciplina más completa y orgánica que, según
los principios comunes del derecho de la vida consagrada en sus diversas formas,
especifique las peculiaridades del Ordo virginum.
La presencia renovada de esta forma de vida en la Iglesia, cuya reaparición se
vincula estrechamente al evento del Concilio Vaticano II, y la rapidez de su
crecimiento en tantas Iglesias particulares, justifica se responda a estas
demandas, para que sea custodiada la identidad específica del Ordo virginum, con la necesaria adaptación a los diversos contextos culturales.
La presente Instrucción establece los principios normativos y criterios
orientativos que los Pastores de cada Diócesis y cada Iglesia particular
asimilada a la Diócesis deben aplicar en la atención pastoral del Ordo virginum.
Después de indicar el fundamento bíblico y los elementos característicos de la
vocación y del testimonio de las vírgenes consagradas (Primera parte), la
Instrucción trata sobre la configuración específica del Ordo virginum en la Iglesia particular y en la Iglesia universal (Parte segunda), para luego
detenerse sobre el discernimiento vocacional y los itinerarios para la formación
previa a la consagración y la formación permanente (Parte tercera).
I.
La vocación y el testimonio
del Ordo Virginum
El fundamento bíblico de la virginidad consagrada
11. Sed fecundos y multiplicaos fue el mandato del Creador dado a la primera pareja (Gn
1, 28) y reafirmado a Noé y a sus hijos (Gn 9, 1.7). De este mandato está impregnada profundamente la mentalidad
hebraica y todas las páginas del Antiguo Testamento, conexionado a la promesa de
una posteridad numerosa y al cumplimiento de los tiempos mesiánicos. El
matrimonio, posiblemente próspero en hijos, aparece por tanto como la forma
ideal de todo israelita piadoso y un estilo de vida diferente resulta extraño a
la mentalidad bíblica.
En el Pentateuco y en los Libros históricos la
abstención sexual es requerida solo como condición temporal de desapego de lo
que es profano, para acceder a la esfera de la santidad de Dios: por ejemplo
para prepararse al encuentro con el Señor en el Sinaí (Ex 19, 15), o a la guerra contra el enemigo del Señor (1 S
21, 2-7), o durante el servicio cultual de parte de los levitas (Lv 22, 1-9), o para poder participar en una comida sagrada (1 S
21, 5). La virginidad es estimada como una cualidad positiva solo en relación al
futuro matrimonio y con referencia explícita
a la condición de la mujer (Dt 22, 13-21),
en cuanto representa la intimidad reservada al esposo. En particular, al sumo
sacerdote se le impone desposarse con una virgen por razones de pureza ritual (Lv 21, 10-14). La virginidad perpetua, en cambio, era considera una gran
humillación (como la hija de Jefté en Jc 11, 37), mientras la esterilidad física es soportada con gran sufrimiento
moral (como Raquel en Gn 30, 23; Ana en 1 S 1, 11; Isabel en
Lc 1, 25).
12. La exaltación del amor esponsal
–que alcanza su cúspide poética en el Cantar de los Cantares– en los libros sapienciales, se fundamenta en el ideal de la vida familiar
heredada de la tradición, contemplado en su belleza (por ejemplo: Sal 127, 3-5; 128, 1-3;
Eclo 25, 1) y repropuesto en óptica moral
y pedagógica (por ejemplo: Prov 5, 15-19; Eclo 7, 23-28; 9, 1.9). La virginidad es apreciada como virtud de la mujer, guardada
y respetada con vistas al matrimonio, en cuanto prueba de su rectitud y del
honor de su familia (Jb 31, 1; Eclo 9, 5; 42, 10), hasta el punto que, personificando la Sabiduría divina, el
libro del Sirácide la describe como virgen esposa que se entrega a los que temen
al Señor (Eclo 15, 2). Y porque la virtud es agradable a Dios, también aparece la intuición
viendo en las buenas obras una fecundidad espiritual que redime de la mortalidad
incluso a la mujer estéril, al imposibilitado para constituir una familia o está
privado de descendencia (Sab 3, 13-14; 4, 1).
13. A partir de la predicación de Oseas –estrechamente ligada a su sufrida
experiencia personal–, la metáfora nupcial aparece en los Libros proféticos
para dar prominencia a la total gratuidad de la elección y a
la incansable fidelidad por parte de Dios
(Os 1-2; Ez 16; 23), mientras el pueblo cede a la seducción de otras divinidades y de sus
cultos. En este marco simbólico, muchas veces todo el pueblo de Dios es
comparado o personificado con la figura de una virgen: bien, para denunciar la
idolatría que lo expone al riesgo de desaparecer, como una virgen que muere sin descendencia (Am 5, 2), bien para dar voz al lamento por su ruina (Lm 2, 13), bien para invitarlo al arrepentimiento (Jr
31, 21). Pero a veces, también, para hacer resonar la promesa de la redención
con la que Dios rescatará a Israel de la devastación y del abandono y así
encontrar la alegría de reconocerse amado con amor eterno (Jr 31, 4.13;
Is 62, 5).
También el celibato de Jeremías –el único a quién Dios ordena explícitamente no
tomar mujer– constituye un anuncio profético del castigo que está por abatirse
sobre el pueblo (Jr 16, 2). Es un instrumento expresivo de la palabra de Dios, un símbolo de muerte
o mejor, una personificación dolorosa del mensaje del juicio que anuncia la
destrucción inminente como castigo por la infidelidad del pueblo a Dios.
14. En el pensamiento rabínico el célibeesconsiderado un hombre
sin protección, sin alegría, sin bendición (Bereshit Rabba 17, 2)
que se parece a « uno que desparrama sangre » o que disminuye la imagen divina
(Tratado Yevamol del Talmud de Babilonia 63b). Sin embargo, entre los rabinos y algunos grupos religiosos como los
esenios y los terapeutas y la conocida comunidad de Qumran, aparecen
excepciones.
En los umbrales del Nuevo Testamento
encontramos además la figura de Juan el Bautista que se define amigo del Esposo (Jn
3, 29)
y con su vida ascética y de predicación prepara la venida del Mesías y la
llegada del Reino de Dios.
15. En el Nuevo Testamento el celibato entra en escena y se presenta como profecíaencarnada del
ya y todavía no del Reino de Dios, que tiene su origen y razón de ser
justo en la novedad de la irrupción del Reino en la historia. Desde el momento que el Reino de Dios en los Evangelios se
identifica con la predicación, las obras y la misma persona de Jesús, la
motivación del celibato
asume un carácter fuertemente cristocéntrico. Los Evangelios de la infancia de
Mateo (1, 18-25) y sobre todo de Lucas (1, 26-38) presentan la novedad de la
virginidad (carnis y cordis) de la madre de Jesús, signo visible de la encarnación invisible del Hijo de
Dios y expresión esponsal de la alianza con Dios, a la que es llamado todo el
pueblo de los creyentes. Los Evangelios nos presentan además a Jesús como
predicador itinerante que, libre de cualquier atadura (Mt 8, 19-20), manifiesta la urgencia del Reino ya presente y llama a la fe y a la
conversión. El estilo itinerante de Jesús comporta, de hecho, una constante separación de lugares y
personas
y no se adapta a la necesidad de una vida familiar, donde el interés de un
miembro está fuertemente unido al interés de los
demás miembros, de modo que se origina una solidaridad fuerte y la política de
los parentescos.
Aunque hay varias referencias a los familiares de Jesús, en los Evangelios nunca aparece una alusión a una mujer o a
unos hijos (Mc 3, 31-32; 6, 3; Jn 6, 42; Hch 1, 14). Jesús, de hecho, llama hijos o hijitos a sus
discípulos (tékna, Mc 10, 24; teknía, Jn 13, 33;
paidía, Jn 21, 5), permitiendo captar la realidad de una filiación espiritual. Con ocasión
de la visita de los familiares que vienen a verlo (Mt 12, 47; Mc
3, 31; Lc 8, 20) o incluso a buscarlo y llevarlo a casa (Mc 3, 21), Él anuncia la constitución de su nueva familia, que no se funda en los
vínculos de la sangre,
sino en una realidad espiritual expresada mediante el deseo de cumplir la
voluntad de Dios (Mt 12, 50; Mc 3, 31-35) o de escuchar la palabra del Dios y ponerla en práctica
(Lc 8, 21). Este nacimiento ulterior o renacimiento en el Espíritu, que va más allá
de la carne y de la sangre, también está atestiguado en el Prólogo de San Juan (Jn
1, 12-13)
y con ocasión del diálogo entre Jesús y Nicodemo (Jn 3, 3-8).
Jesús abraza libremente una vida sin lazos ni obligaciones familiares, para
poderse dedicar plenamente al anuncio del Reino y a la realización del designio
de amor del Padre para la humanidad. La libertad radical de los lazos que Jesús
encarna, la requiere también para aquellos que le siguen: Él pide dejar (afíemi,
en los tres sinópticos) todo (panta : Mt 19, 27; Mc 10, 28) o los bienes (ta idia : lo íntimo, la propia intimidad,
Lc 18, 28) y esto supone dejar, además de padres, hermanos, hermanas, también mujer
(gyne-´: Lc 18, 29) o hijos (tékna : Mt 19, 29;
Mc 10, 29; Lc 18, 29). A sus discípulos habla de eunuchia como condición absolutamente nueva, para ser entendida no como
mortificación o actitud de desprecio hacia la mujer, sino como un don particular
concedido por Dios a aquellos que son llamados.
Recordemos el famoso logion: No todos comprenden estas palabras, sino solo aquellos a quienes se les ha
concedido (Mt 19, 11). Desde el punto de vista gramatical la expresión
a quienes se les ha concedido (dédotai) corresponde a un pasivo divino y significa:
aquellos a quienes Dios lo ha otorgado. Solo aquellos que entran en la comprensión del misterio del Reino
inaugurado por Cristo pueden entender este don que requiere una opción
voluntaria, libre, y tiene una motivación de orden teológico y escatológico, al
ser por el Reino de los cielos (Mt 19, 12).
Así el celibato se presenta como una opción libre, que tiene lugar también en
ese espacio relacional que es el cuerpo, y con el cual se responde al Dios del
amor que llama y se revela en el rostro de Cristo[17].
No es evadirse de la relación, ni fruto de un esfuerzo inhumano, sino don que
pertenece al dinamismo de la transfiguración del vínculo que distingue el estilo
inaugurado por Jesús: la fraternidad evangélica, base de una humanidad
reconciliada y fundamento de la koinonía en la que se basa la vida de la Iglesia[18].
El anuncio del Reino abre así a los discípulos una situación escatológica nueva,
ante la cual todo pasa a un segundo plano (Mt 10, 37; Lc 14, 26; Mt 19, 27-29; Mc 10, 28-30; Lc 18, 29). En
Mt 22, 23-33; Mc 12, 18-27 y Lc 20, 27-40, donde se habla de la condición escatológica de los resucitados, se
muestra, de hecho, cómo la opción por el celibato y la virginidad por Cristo y
el Evangelio sitúa ya a los discípulos –con una función simbólica y anticipada– en la realidad del Reino[19].
16. Escribiendo a los Corintios, Pablo presenta junto al matrimonio la virginidad,
no como un mandato, sino como un consejo (1 Cor 7, 25), una llamada personal de Dios,
un carisma (1 Cor 7, 7). La caracteriza como el estado de vida que permite una mayor dedicación al
Señor (1 Cor 7, 32-35), testimonio de la no pertenencia de los cristianos a este mundo, signo
de la tensión de la Iglesia hacia la meta final y anticipo del estado de
resurrección (1 Cor 7, 29.31). El acento no está puesto sobre el estado físico, sino en la
dedicación total de la persona a Cristo y su servicio por el Reino. En tal
sentido, la comunidad en sí misma es, a los ojos de Pablo, la virgen, que él, en calidad de padre, ha prometido a Cristo para que, custodiando
íntegra la fe suscitada por la predicación apostólica, dirija a Él todas sus
energías y su dedicación (2 Cor 11, 2-4).
En la Jerusalén celeste todos los elegidos son llamados
vírgenes (Ap 14, 4) expresión de su fidelidad a la alianza, de su no estar contaminados
con los ídolos. En el libro del Apocalipsis la virginidad aparece como
signo del reconocimiento de la pertenencia a la ciudad celeste, a la esposa del
Cordero (Ap 21, 2.9).
Si Jesús, el consagrado por excelencia, vive su consagración no en términos de
separación de lo profano o desde lo impuro cumpliendo las prescripciones
legales, sino desde la acogida del cuerpo que el Padre le ha dado y don de sí
mismo en la cruz, su cuerpo es lugar concreto y signo de realización de su
consagración al designio del Padre
(Hb 10, 5-10). Así sucede también a quien inicia el camino del celibato o
virginidad: el cuerpo se hace palabra, anuncio de pertenencia total al Señor y
de servicio alegre a hermanos y hermanas.
17. La virginidad cristiana se sitúa así en el mundo como signo manifiesto del reino
futuro porque su presencia revela la relatividad de los bienes materiales y la
transitoriedad del mundo. En este sentido, como el celibato del profeta
Jeremías, la virginidad es profecía del fin inminente, pero al mismo tiempo, en
virtud del vínculo esponsal con Cristo, anuncia también el inicio de la vida del
mundo futuro, el mundo nuevo según el Espíritu. El signo, así, como sucede en la
visión bíblica, no es una referencia puramente convencional o la imagen pálida de una realidad lejana, sino la realidad
misma en
su manifestación incipiente. En el signo
está implícita, aunque escondida, la realidad futura.
La virginidad consagrada se sitúa, por tanto, en el horizonte de una
esponsalidad, que no es teogámica (es decir, de matrimonio con la deidad) sino
teologal, es decir, bautismal, porque se trata del amor esponsal de Cristo por
la Iglesia (cf. Ef 5, 25-26). Se trata de una realidad salvífica sobrenatural y no solo
humana, que no puede ser explicada con la lógica de la razón sino con la fe,
porque –como recuerda la Escritura– El que te hizo, te toma por esposa (Is
54, 5). Es una de las grandes obras del orden nuevo inaugurado con la Pascua de Cristo y la efusión del
Espíritu, experiencia difícil de comprender para el hombre carnal y comprensible solo para aquellos que se dejan instruir por el Espíritu de
Dios (cf. 1 Cor 2, 12-13).
El carisma y la vocación
18. Las mujeres en las que el Espíritu suscita el carisma de la virginidad (Mt
19, 11-12) reciben la gracia de una vocación singular, por la que Dios las atrae
hacia el corazón de la alianza nupcial (Ap 19, 7-9) que en su eterno designio de amor ha querido establecer con la
humanidad y que se ha realizado en la Encarnación y en la Pascua del Hijo.
Éste es el misterio grande (Ef 5, 32) que se actualiza en la Iglesia, la Esposa a quien Cristo se entregó, para
que fuera santa e inmaculada (Ef 5, 25-27), sacramento de comunión de Dios con los hombres[20].
De este misterio nupcial, en el que todos los bautizados están inmersos, los
matrimonios cristianos reciben la gracia del sacramento que los fortalece en su
unión (Ef 5, 28-29).
Por su particular vocación, también las mujeres que en la Iglesia reciben la
consagración virginal participan de este misterio: por amor a Cristo, sumamente
amado, renuncian a la experiencia del matrimonio
humano, para unirse a Él por un vínculo
esponsal, para experimentar y testimoniar
en la condición virginal (1 Cor 7, 34) la fecundidad de esa unión,
y anticipar la realidad de la comunión definitiva con Dios
a la que toda la humanidad está llamada
(Lc 20, 34-36).
El propositum, la consagración y el estado de vida
19. Esta realidad espiritual se significa y se hace operativa en la celebración
litúrgica de la consecratio virginum, con la que la Iglesia implora sobre las vírgenes la gracia de Dios y la
efusión del Espíritu santo[21].
Durante el rito las consagradas expresan el sanctum propositum, es decir, la firme y definitiva voluntad de perseverar por toda la vida en la castidad
perfecta y en el servicio de Dios y de la Iglesia, siguiendo a Cristo como
propone el Evangelio para dar al mundo un testimonio vivo de amor y ser signo
explícito del Reino futuro[22].
El propositum de las que se consagran es acogido y confirmado por la Iglesia mediante la
solemne plegaria del Obispo, quien invoca y obtiene para ellas la unción
espiritual que establece el vínculo esponsal con Cristo y las consagra a Dios
con un nuevo título[23].
De esta manera las vírgenes son personas sagradas, signo sublime del amor de la
Iglesia por Cristo, imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura[24].
La pertenencia exclusiva a Cristo, ratificada por el vínculo nupcial, mantiene
en ellas la vigilante espera del retorno del Esposo glorioso (Mt 25, 1-13), las vincula de modo peculiar a su sacrificio redentor, y las destina
a la edificación y a la misión de la Iglesia en el mundo (Col 1, 24).
20. En la vida de las vírgenes consagradas se refleja la naturaleza de la Iglesia,
animada por la caridad tanto en la contemplación como en la acción; discípula y
misionera; proyectada al cumplimiento escatológico y al mismo tiempo participe
de los gozos, esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de su tiempo[25],
sobre todo de los más pobres y débiles; inmersa en el misterio de la
trascendencia divina y encarnada en la historia de los pueblos.
Por esta razón, la consagración establece una relación de comunión especial con
la Iglesia particular y universal[26],
definida por un vínculo peculiar, que determina la adquisición de un nuevo
estado de vida y las introduce en el Ordo virginum[27].
La configuración institucional y la atención pastoral de esta forma de vida
tienen, pues, como mediación necesaria el ministerio del Obispo diocesano o, en
una Iglesia particular similar a la Diócesis[28],
el ministerio del Pastor que la preside, en comunión con el Sucesor de Pedro.
La fisonomía espiritual
21. Como toda vocación cristiana, la vocación de las vírgenes consagradas en el
Ordo virginum es experiencia dialogal entre la gracia divina y la libertad humana. La entrega
de sí misma está precedida, sostenida y cumplida por la iniciativa libre y
gratuita de Dios, sobre el fundamento de la vocación bautismal y en la trama
generativa y fraterna de las relaciones eclesiales[29].
Puede solo ser entendida desde la unidad radiczl del pueblo de Dios, derivada
del único Espíritu y fundada sobre los apóstoles, que resplandece en la variedad
de los carismas y de los ministerios, complementarios todos entre sí y capaces
de contribuir a la única misión de la Iglesia (Rm 12, 4-5).
22. Como en la más antigua tradición eclesial, la fisonomía espiritual de las
consagradas pertenecientes al Ordo virginum se caracteriza por el arraigo en la Iglesia particular, reunida alrededor
del Obispo su pastor, y está delineada, especialmente en el rito de
consagración, teniendo como referencia primordial el modelo de la Iglesia virgen
por la integridad de la fe, esposa por la unión indisoluble con Cristo, madre
por la multitud de hijos generados a la vida de la gracia[30].
Virginidad, esponsalidad y maternidad[31]
son tres perspectivas que permiten describir la experiencia espiritual de las
vírgenes consagradas: no significan características yuxtapuestas o sumadas unas
a otras, se refieren a dinámicas espirituales realizadas una en la otra y
asentadas en las coordenadas fundamentales de la vida bautismal, por las que las
consagradas son hijas de la Iglesia y hermanas unidas a todos los hombres y a
todas las mujeres por vínculos de fraternidad.
23. La virginidad de las consagradas encuentra fundamento y significado en la fe de
la Iglesia: en efecto, es vivida a la luz de Cristo y por amor a Él, y remite a
la acogida integral, sin límites y sin compromisos de la revelación trinitaria,
que en Él se ha realizado de forma definitiva[32].
Expresa la confianza absoluta en el Señor Jesús, que alcanza a la persona en el
corazón de su humanidad, en su soledad originaria, justamente allí donde está
impresa indeleblemente la imagen de Dios y la semejanza a Él, y donde, a pesar
de las caídas y de las heridas del pecado, es posible renovar la vida según el
Espíritu. El carisma de la virginidad, acogido por la mujer y confirmado por la
Iglesia mediante la consagración, es don proveniente del Padre, por el Hijo, en
el Espíritu: protege, purifica, sana y eleva la capacidad de amar de la persona,
reconduciendo a unidad cada fragmento
de su historia y las diversas dimensiones de su humanidad –espíritu, alma y
cuerpo–, para poder corresponder a la gracia, con la entrega total, libre y
gozosa de su vida.
24. Por ello, la virginidad cristiana es experiencia de unión esponsal íntima,
exclusiva, indisoluble con el Esposo divino que se entregó a la humanidad sin
reservas y por siempre, y de este modo adquirió un pueblo santo, la Iglesia.
Inscrita en la criatura humana como capacidad de vivir la comunión en la
diferencia entre hombre y mujer, para la virgen consagrada la esponsalidad es experiencia de la trascendencia y
de la sorprendente benevolencia de Dios; la consagración se realiza mediante el
pacto de alianza y fidelidad que une la virgen al Señor en bodas místicas,
participando plena y profundamente en sus sentimientos y conformándose a su
voluntad de amar.
25. La unión esponsal revela así su capacidad generadora, en la que se manifiesta
la sobreabundancia de gracia divina[33].
Imitando a la Iglesia, de la que son hijas, las vírgenes consagradas se abren al
don de la maternidad espiritual, cooperando con el Espíritu. La maternidad
espiritual es el don de una interioridad fecunda y acogedora, que en la relación
con los demás se hace guardiana premurosa y atenta de la dignidad humana; es
sabiduría pedagógica que trata de ofrecer las condiciones favorables para el
encuentro con Dios, introduce y acompaña el camino por las sendas del Espíritu.
26. La más espléndida y armónica integración de virginidad, esponsalidad y
maternidad se ha realizado en la persona de la Virgen María[34],
primicia de la humanidad renovada en Cristo, icono perfecto de la Iglesia
misterio de comunión, mujer en la que se ha realizado ya el destino de gloria al
que toda la humanidad está llamada, « madre del Evangelio viviente »[35].
En la Kecharitoméne –la Llena de gracia (Lc 1, 28)– la Iglesia ha reconocido siempre la
Virgo virginum,el prototipo insuperable de la virginidad consagrada[36].
María es por esto madre, hermana y maestra de las vírgenes consagradas. En Ella
las consagradas encuentran el modelo de
las actitudes del corazón: escucha y acogida de la Palabra de Dios (Lc 8, 21); en la búsqueda activa de su voluntad, en la peregrinación de la fe (Jn
2, 1-5)[37]
« hacia un destino de servicio y fecundidad »[38];
en su disponibilidad total y gratuita a cumplir el proyecto de Dios,
« contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida
cotidiana de cada uno y de todos »[39];
en su maternidad virginal (Lc 1, 38); en su capacidad de ser « mujer orante y trabajadora en Nazaret […]
nuestra Señora de la prontitud,
que sale de su pueblo para ayudar a los otros “sin demora” (Lc 1, 39) »[40];
en su estar al pie de la cruz esperando contra toda esperanza (Jn 19, 25); en su cuidado de la Iglesia naciente (At
1, 14).
La forma de vida
Seguimiento evangélico y carismas personales
27. Las consagradas encuentran en el Evangelio la fuente inagotable del gozo que da
sentido a la vida, la orientación de su camino y su regla fundamental[41].
Siguiendo a Cristo, abrazan su estilo de vida casta, pobre y obediente[42],
y se dedican a la oración, la penitencia, las obras de misericordia y al
apostolado, cada una según su situación y carisma[43].
Ya que en el Ordo virginum, la vocación de la virginidad se armoniza con los carismas que dan forma concreta al testimonio y al servicio eclesial de
cada consagrada[44],
dentro del mismo van madurando, como expresión de una total y plena dedicación
al Señor, diferentes sensibilidades, intuiciones espirituales, proyectos y
estilos de vida[45].
28. Para que se puedan reconocer, acoger y vivir los carismas personales en su
autenticidad, las consagradas se dejan acompañar y sostener por la Iglesia en la
acción constante de un discernimiento humilde, con el fin de comprender cuál es
la voluntad de Dios para su vida (Rm 12, 2). Se trata de interpretar con inteligencia y sabiduría evangélica, la
experiencia espiritual de cada consagrada, teniendo en cuenta su historia y el
concreto contexto eclesial y social en que vive.
Entre las ayudas que la Iglesia recomienda para el discernimiento, las
consagradas no descuidan el acompañamiento espiritual[46].
El diálogo sincero, dócil y maduro con una persona prudente y experimentada que
ejerza este ministerio, ofrece a cada una, preciosas ocasiones para profundizar,
verificar, confirmar, y propone herramientas cualificadas para crecer en la respuesta al Señor, que llama a la santidad en la
armonía de la persona.
En continuidad con el itinerario de discernimiento vocacional que ha llevado a
la admisión a la consagración, para los aspectos más importantes de su proyecto
de vida las consagradas se confrontan con el Obispo diocesano, en actitud de
obediencia filial y evalúan con él las opciones que han tomado[47].
Oración y camino de ascesis
29. La oración es para las consagradas una exigencia de amor para « contemplar la
belleza de Aquel que las ama »[48],
y de comunión con el Amado y con el mundo donde están establecidas.
Por esto, aman el silencio contemplativo[49],
que crea las condiciones favorables para escuchar la Palabra de Dios y conversar
con el Esposo de corazón a corazón. Ansiosas
de profundizar en su conocimiento y el diálogo de la oración, adquieren
familiaridad con la revelación bíblica, sobre todo con la lectio divina y de estudio profundo de las Escrituras[50].
30. Reconocen en la liturgia la fuente primordial de la vida teológica, de la
comunión y misión eclesial, y dejan que su espiritualidad tome forma a partir de
los Sacramentos y la Liturgia de las Horas siguiendo el ritmo del año litúrgico,
de forma que encuentren unidad y orientación también las otras prácticas de
oración, el camino de ascesis y su vida entera.
31. El año litúrgico es la “vía maestra” para las vírgenes consagradas, que hay que
recorrer junto a los hermanos para caminar al encuentro de Cristo Esposo. Se
dejan conducir por la pedagogía de la Iglesia que les guía en la comprensión,
celebración y asimilación, cada vez más profunda, del misterio de Cristo.
32. Ponen en el centro de su vida la Eucaristía, sacramento de la Alianza esponsal
de la que brota la gracia de su consagración[51].
Llamadas a vivir en intimidad con el Señor, la empatía y la conformación
con Él, en la participación posiblemente cotidiana de la celebración eucarística
reciben el Pan de vida de la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo[52].
Manifiestan el amor de la Iglesia esposa por la Eucaristía también en la
adoración del Cuerpo eucarístico del Señor, y de Él sacan la caridad activa
hacía los miembros de su Cuerpo místico.
33. La celebración frecuente del sacramento de la Reconciliación les « permite
palpar la grandeza de la misericordia », es « fuente de verdadera paz interior »[53],
y les lleva al único Amor de su vida. Recurriendo con confianza al ministerio de
la Iglesia, celebran y alaban el amor de Dios que previene y sana, reconocen sus
culpas, renuevan la profesión de fe en su misericordia y gustan el gozo del
perdón, que les da nuevo vigor en el camino de conversión y fidelidad al Señor[54].
34. Por la fidelidad cotidiana al
Oficio divino, que han recibido como don y han asumido como compromiso en el
rito de la consagración, prolongan en el tiempo la memoria de la salvación y dejan que la
extraordinaria riqueza del misterio pascual influya
y se extienda sobre cada hora de sus vidas. En la celebración de la Liturgia de
las Horas, en particular de Laudes y Vísperas[55],
dejan resonar en sí mismas y asimilan los sentimientos de Cristo, unen sus voces
a la de la Iglesia y presentan al Padre el grito de júbilo y de dolor, a menudo
inconsciente, que se eleva de la humanidad y de toda la creación.
35. Profundizan y reavivan la relación con el Señor Jesús reservando tiempos
oportunos a los retiros y a los ejercicios espirituales. Valoran también formas
y métodos de oración que pertenecen a la tradición de la Iglesia, incluyendo
píos ejercicios y otras expresiones de la piedad popular.
Cultivan una devoción, llena de afecto y confianza filial, a la Virgen María,
« maestra de la virginidad »[56],
modelo y patrona de toda vida consagrada[57],
de quien aprenden cada día a alabar al Señor.
36. Movidas por el deseo de corresponder al amor del Esposo con un amor cada vez más
puro y generoso, obtienen de la oración inspiraciones para sus decisiones;
ejercitan constante vigilancia de sus propios comportamientos y actitudes;
aceptan con serenidad los sacrificios que impone la vida diaria; luchan contra
las tentaciones, los pensamientos, las sugestiones y las sendas que llevan al
mal; aprenden a recibir con humildad la ayuda de la corrección fraterna.
Acogen las prácticas penitenciales que la Iglesia propone y, de acuerdo con el
acompañante espiritual, cada una concreta las formas o prácticas ascéticas[58]
que le ayudan a crecer en libertad y virtud evangélica, en
una actitud de discernimiento y conversión[59]
que dura toda la vida[60].
Condiciones de vida y estilo de proximidad y servicio
37. Un rasgo característico de esta forma de vida es el arraigo de las consagradas
en
la Iglesia particular y, por consiguiente, en un determinado contexto cultural y
social:
la consagración las reserva para Dios sin hacerlas ajenas al ambiente donde
viven y están llamadas a realizar su propio testimonio[61].
Pueden vivir solas, en familia, junto a otras consagradas o en otras situaciones
favorables a la expresión de su vocación, que les permitan vivir concretamente
su proyecto de vida. Se procuran su sustento con los frutos de su trabajo y los
recursos personales.
38. Deseosas de irradiar la dignidad y belleza de su vocación según un estilo de
cercanía a la gente de su tiempo, en la manera de vestir guardan las costumbres
del ambiente en que viven, conjugando el decoro y la expresión de su
personalidad con el valor de la sobriedad, según las exigencias de su condición
social[62].
Salvo excepciones motivadas, llevan el anillo recibido durante el rito de
consagración como signo de la alianza esponsal con Cristo Señor.
En los lugares donde las mujeres cristianas casadas no se suelen cubrir la
cabeza con un velo, por norma no llevan como elemento ordinario de su manera de
vestir el velo, que pudieron recibir durante el rito de consagración, y se
atienen a las indicaciones del Obispo diocesano o de las Conferencias
Episcopales, que, al tener en cuenta los distintos contextos y la evolución de
las condiciones socioculturales, pueden admitir el uso del velo en las
celebraciones litúrgicas o en otras situaciones en las que resulte apropiado el
uso de este signo visible de su total dedicación al servicio de Cristo y de la
Iglesia.
39. Su entrega a la Iglesia se manifiesta al reconocerse « marcada a fuego » por la « misión de
iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar »[63],
en la pasión por el anuncio del Evangelio, para la edificación de la comunidad cristiana y para su
testimonio profético de comunión fraterna, de amistad ofrecida a todos, de
proximidad atenta a las necesidades materiales y espirituales de los hombres de
su tiempo, del compromiso en buscar el bien común de la sociedad[64].
Esto les lleva a discernir las formas concretas de su servicio eclesial que
pueden expresarse en la disponibilidad para asumir ministerios y trabajos
pastorales.
En esta línea, dado que la inteligencia del misterio de Cristo facilita la
comprensión de los ministerios de la Iglesia, es importante que madure en ellas,
en la oración y la meditación, así como en la experimentación concreta, una
conciencia ministerial profunda y correcta, respetuosa de la misteriosa
sabiduría evangélica y eclesial, que también se expresa en las disposiciones de
los Obispos diocesanos y las Conferencias Episcopales.
Al educarse en la escuela de esta sabiduría, aprenderán a aceptar, también a
través de la experiencia, tanto las sugerencias que surgen de la vida de la
Iglesia, que es misterio y comunión, como « todas las posibilidades cristianas y
evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del
mundo »[65],
para reconocer de este modo las nuevas oportunidades que forman una nueva
conciencia ministerial, correspondiente a la capacidad efectiva de su generosa
entrega.
Atentas a captar las llamadas que vienen del contexto en que viven, y dispuestas
a poner a disposición del Señor los dones que de Él han recibido, son convocadas
a dar su aportación para renovar la sociedad según el espíritu del Evangelio,
aceptando, sin ingenuidad ni reduccionismos, el compromiso de la elaboración
cultural de la fe y asumiendo como propia la predilección de la Iglesia por los
pobres, los que sufren y los marginados[66].
40. Conscientes de estas responsabilidades, optan por la actividad laboral según sus
actitudes, inclinaciones y posibilidades efectivas, reconociendo en ella una
modalidad concreta por la que testimoniar que Dios llama a la humanidad a
colabore en su obra creadora y redentora, para hacerla íntimamente partícipe del
amor con el cual atrae hacia sí al mundo y la historia entera.
En las gratificaciones y fatigas que el trabajo conlleva, las consagradas
armonizan la capacidad de contemplar y promover el
sentido más originario y profundo de la actividad humana: contribuir a que el
mundo sea una casa acogedora para todos, abierta a la manifestación del Reino de
Dios. Para ello se comprometen a que en el ámbito laboral se hagan realidad las « múltiples formas de desarrollo personal » que conllevan « creatividad, proyección de futuro,
desarrollo de las capacidades, el ejercicio de los valores, la comunicación con
los demás, una actitud de adoración »[67],
tratando de adquirir una profesionalidad competente, actualizada y responsable,
y contrastando todo lo que degrada y oscurece la dignidad del quehacer humano.
41. Se dejan educar a la gratitud por la obra de Dios[68],
a la contemplación rica de alabanza, al gusto de la belleza, al sentido de la
fiesta y del descanso[69],
al cuidado de todas las dimensiones de la persona.
Aprenden del Esposo, manso y humilde de corazón (Mt
11, 29), a vivir en la esperanza y en el abandono en Dios, también cuando
avanzan en edad a través de las distintas etapas sucesivas de la vida, la
enfermedad, el sufrimiento moral, u otras situaciones en que experimentan el
drama, la fragilidad y la precariedad de la existencia[70].
Acogiendo hasta el final el amor esponsal del Crucificado y Resucitado, en Él
confían para vivir también en la muerte el sentido pascual de la existencia.
Con su consagración recuerdan a todos que el origen, el sentido y el destino de
la historia humana se encuentran en el misterio santo de Dios, en su bondad
infinita, previsora y misericordiosa, en el amor del cual desea que participen
todas las criaturas.
II.
La configuración
del Ordo virginum
en las Iglesias particulares
y en la Iglesia universal
Arraigadas en la Diócesis
42. Llamadas a reflejar en su vida la caridad que es el principio de unidad y
santidad del cuerpo de la Iglesia, las mujeres que reciben esta consagración
permanecen radicadas en la porción del pueblo de Dios donde ya viven y donde ha
tenido lugar el discernimiento vocacional y la preparación a la consagración.
Están unidas a esta Iglesia por un vínculo especial de amor y recíproca
pertenencia.
En sus diversos componentes, la Iglesia particular está llamada a acoger la
vocación de las consagradas, a acompañar y sostener su camino, reconociendo que
la consagración virginal y los carismas personales de cada consagrada son dones
para la evangelización, la edificación de la comunidad y la misión eclesial.
43. Las consagradas cultivan el sentimiento de agradecimiento por los dones que
–en la comunión de los santos–, han recibido y siguen recibiendo a través de
la vida de la Iglesia particular en la que viven: la fe en el Señor Jesús, la
consagración virginal, el compartir una historia de santidad encarnada en una
tradición espiritual desarrollada con relación a la cultura y a las
instituciones de una concreta comunidad humana, que habita un determinado
territorio.
Prestan una atención constante al magisterio del Obispo diocesano y se dejan
interpelar por sus opciones pastorales, con el fin de acogerlas de forma
responsable, con inteligencia y creatividad.
Llevan a su oración las necesidades de la Diócesis y en particular las
intenciones del Obispo.
Reconocen como don del Espíritu el testimonio de las otras vocaciones que
enriquecen la vida de la comunidad cristiana y valoran las ocasiones de
edificación recíproca y de cooperación pastoral, misionera y caritativa[71].
Con su sensibilidad femenina[72]
ofrecen una preciosa contribución de experiencia y reflexión al discernimiento
evangélico de la comunidad cristiana acerca del modo de hacerse presente y
actuar en su contexto social concreto.
Comunión y corresponsabilidad en el Ordo virginum diocesano
44. La pertenencia al Ordo virginum supone un fuerte vínculo de comunión entre todas las consagradas presentes en la
Diócesis. Se reconocen unas a otras como las hermanas más próximas con quienes
comparten la misma consagración y una pasión ardiente por el camino de la
Iglesia. Por eso, acogen como un don el espíritu de comunión y se comprometen a
hacerlo crecer cultivando
el aprecio mutuo, valorando los dones de cada una, promoviendo la amistad y la
atención a situaciones particulares de necesidad (Rm 12, 10.13.15-16). Mantienen viva la unión con las hermanas difuntas a
través de la oración y guardan memoria de su testimonio de amor y fidelidad al
Señor.
45. Las consagradas participan activamente en las iniciativas de formación de
acuerdo con el Obispo y colaboran, en la medida de lo posible, en la formación
de las aspirantes y de las candidatas a la consagración.
Teniendo en cuenta el número de consagradas y las circunstancias concretas,
establecen con el Obispo diocesano las modalidades para vivir un servicio de
comunión que favorezca el conocimiento recíproco y una conexión estable entre
ellas, promueva el ejercicio de la corresponsabilidad con estilo sinodal[73]
y de continuidad y organicidad a las iniciativas comunes, sin establecer
vínculos de subordinación jerárquica entre las consagradas.
Para articular el servicio de comunión, se podrá instituir también un servicio o
un equipo para el discernimiento vocacional y la formación previa a la
consagración y un servicio o equipo para la formación permanente.
Responsabilidad del Obispo diocesano
46. Es competencia del Obispo diocesano acoger como don del Espíritu las vocaciones
a la consagración en el Ordo virginum, promoviendo las condiciones para que el arraigo de las consagradas en la Iglesia
que le ha sido confiada contribuya en el camino de santidad del pueblo de Dios y
en su misión.
En continuidad con la antigua tradición eclesial, el Ordo Consecrationis virginum
diseña la figura del Obispo diocesano, no solo en su tarea de sacerdote
dispensador de la gracia divina[74],
sino también como maestro que indica y confirma el camino de la fe[75],
y como pastor que cuida amorosamente de las personas que le han sido confiadas[76].
La solicitud pastoral hacia el Ordo virginum es parte del ministerio ordinario de enseñanza, de santificación, de enseñanza y
de gobierno del Obispo diocesano bien sea con las consagradas y las mujeres que
aspiran a recibir la consagración, bien sea con respecto al Ordo virginum de su Diócesis, como
coetus de personas.
47. Como responsable de la admisión a la consagración, el Obispo diocesano, en base
a los elementos de conocimiento de cada candidata, establece las modalidades
para seguir un adecuado itinerario formativo y lleva a término el discernimiento
vocacional.
Con la celebración de la consagración, el Obispo presenta las consagradas a la
comunidad eclesial como signo de la Iglesia Esposa de Cristo. Ya que el Obispo
diocesano[77]
es el ministro ordinario de la consagración, no será posible celebrarla en
tiempos de sede vacante y, solamente en caso de verdadera necesidad, el Obispo
diocesano recurrirá a delegar la facultad de celebrarla. Mediante la celebración
del rito, aunque celebrado para una sola persona, el Ordo virginum se hacepresente en la Iglesia particular, sin la necesidad de otro acto de institución
de parte del Obispo.
48. El Obispo diocesano ejerce la atención pastoral a las consagradas, animándolas a
vivir con gozosa fidelidad su propia vocación, estando atento a las exigencias
del camino de cada una y asegurándose de que dispongan de medios idóneos para la
formación permanente.
Sostiene la comunión entre las consagradas y el sentido de corresponsabilidad
para la vitalidad de su testimonio eclesial promoviendo ocasiones de encuentro,
iniciativas e itinerarios de formación comunes y acordando con las consagradas
las modalidades con las que a nivel diocesano puede configurarse el servicio de
comunión, teniendo en cuenta las circunstancias concretas. Anima también los
contactos y la colaboración con las consagradas de otras Diócesis.
49. Comparte con las consagradas la atención a las consagradas que por edad, razones
de salud u otras situaciones de dificultad, atraviesan momentos de grave
sufrimiento o tribulación.
Teniendo en cuenta las costumbres y situaciones locales concretas, da
indicaciones para que las consagradas aseguren la oración de sufragio por las
difuntas, guarden la memoria y su testimonio de fe y de amor al Señor y, en la
medida de lo posible, participen en la celebración de las exequias cristianas de
las hermanas y compartan la preparación de las mismas con los familiares y las
demás personas a ellas allegadas.
50. Aunque el Obispo diocesano haya nombrado un Delegado o una Delegada para la
atención pastoral del Ordo virginum, sigue siendo de su competencia la decisión final con relación a los actos de
mayor importancia como: la admisión a la consagración;
la adscripción en el Ordo virginum diocesano de una consagrada que viene de otra Diócesis; la dispensa de las obligaciones de la consagración; la dimisión del Ordo virginum; la definición de las directrices para la formación previa a la consagración y
para la formación permanente; la aprobación de las modalidades de funcionamiento
del servicio de comunión para el Ordo virginum diocesano; la institución de fundaciones canónicas para el apoyo y la gestión
económica de la actividad del Ordo virginum y la posible autorización para pedir que sea reconocido civilmente; el
reconocimiento y la aprobación de los estatutos de las asociaciones diocesanas
de vírgenes consagradas, como también la eventual autorización para pedir el
reconocimiento civil.
51. El Obispo dará las disposiciones necesarias para que las consagraciones
realizadas sean anotadas en un libro propio custodiado en la curia diocesana y
sea diligentemente recogida la documentación que corresponde al Ordo virginum. En particular, deberán ser registradas la muerte de las consagradas, las
inscripciones y recepciones temporales en el Ordo virginum diocesano de consagradas provenientes de otras Diócesis, el traslado
temporal o definitivos de consagradas a otras Diócesis, el paso a un Instituto
de Vida Consagrada, la concesión de dispensa de las obligaciones de la
consagración, la dimisión del Ordo virginum. También se guardará la documentación relativa a los itinerarios formativos
de cada aspirante y candidata a la consagración.
Colaboración en la atención pastoral del Ordo virginum
52. Teniendo en cuenta las circunstancias concretas, el Obispo diocesano valorará
qué tipo de colaboración emplear para asegurar en el Ordo virginum una adecuada atención pastoral[78],
coherente con la peculiaridad de esta forma de vida.
Podrá nombrar un Delegado, elegido preferentemente del presbiterio diocesano, o
una Delegada propia, escogida preferiblemente entre las vírgenes consagradas de
la Diócesis, para la atención pastoral del Ordo virginum, definiendo los ámbitos de su condición y sus competencias específicas.
Si es instituido un servicio de comunión, el Obispo establecerá cómo deberá
integrase en ese servicio la actividad del Delegado o de la Delegada y sus
eventuales articulaciones, en particular, con los equipos para la formación
previa a la consagración y para la formación permanente.
53. Según las indicaciones dadas por el Obispo, la colaboración pastoral podrá
referirse al conocimiento de cada una de las aspirantes y candidatas, reuniendo
los datos necesarios en vista al discernimiento para admitirlas a la
consagración; la promoción de la formación previa a la consagración y de la
formación permanente, bien a través de la ayuda a elaborar los itinerarios
formativos personales, o de propuestas de momentos formativos compartidos.
Tratándose de una colaboración pastoral en foro externo, a quienes se les
confíen estas competencias no establecerán una relación de acompañamiento
espiritual con las aspirantes, con las candidatas y las consagradas. Valorizarán, sin embargo, el diálogo personal con cada una como
específico ambito de escucha, verificación y confrontación de su camino, e invitación a la persona a referirse al Obispo diocesano cuando sea útil una orientación o
verificación sobre los aspectos más importantes de su proyecto de vida.
54. En la atención pastoral al Ordo virginum
se ayudará a cada aspirante, candidata y consagrada a desarrollar los dones
recibidos del Señor, a promover la comunión entre todas y el sentido de
corresponsabilidad en la acogida de la legítima diferencia, a favorecer la
acogida inteligente y responsable del magisterio y de las opciones pastorales del Obispo diocesano,
promoviendo el conocimiento del Ordo virginum entre el pueblo de Dios.
Comunión y corresponsabilidad entre consagradas de varias Diócesis
55. Las consagradas acogen y cultivan el don de la comunión y el compromiso de la
misión, que se desprende del haber recibido la misma consagración, también en
las relaciones con las consagradas de otras Diócesis.
El enraizamiento diocesano, de hecho,
se armoniza con el sentido de pertenencia
a un ordo fidelium que tiene las mismas características constitutivas en toda la Iglesia católica.
Mediante la oración de unas por otras, el conocimiento recíproco, el compartir
experiencias e iniciativas de formación, las consagradas expresan, de distintas
maneras, la corresponsabilidad respecto a su testimonio en la Iglesia y en el
mundo.
Iniciativas compartidas, servicio de comunión y Obispo referente
56. En las agrupaciones de las Iglesias particulares, en orgánico entendimiento con
los Obispos de las respectivas Conferencias Episcopales, las consagradas pueden
dar vida a iniciativas compartidas y, si las circunstancias lo permiten, a un
servicio de comunión estable, que facilite el intercambio de experiencias que se
viven en las Diócesis de pertenencia, el estudio de temas de interés común, la
propuesta de contenidos y métodos, siempre más adecuados, correspondientes a los
recorridos formativos en todas sus fases, la presentación a los Obispos de
sugerencias e indicaciones útiles para acreditar la presencia del Ordo virginum
en los diversos contextos eclesiales y socio-culturales, la promoción del
conocimiento del Ordo virginum entre el pueblo de Dios.
Las iniciativas compartidas y el servicio de comunión han de respetar y valorar
siempre el arraigo diocesano de esta forma de vida e implicar a las consagradas
de las Diócesis interesadas, según el estilo de participación sinodal.
57. Los Obispos, reunidos en una Conferencia Episcopal, pueden elaborar para sus
Diócesis orientaciones comunes para la atención pastoral del Ordo virginum. Asimismo, pueden confiar a un Obispo la tarea de referente para el
Ordo virginum.
Respetando el rol irremplazable de los Obispos diocesanos en la atención de las
vírgenes consagradas de sus Diócesis, el Obispo referente se hace interprete de
el interés, la solicitud y la cercanía de sus hermanos Obispos hacia dicha forma de vida consagrada.
Queriendo que la identidad específica del Ordo virginum
se exprese como es debido en el contexto eclesial y social-cultural de las
Diócesis interesadas, el Obispo referente desempeña su cargo como servicio a la
gestión efectiva de la corresponsabilidad de las consagradas de las diversas
Diócesis. Sigue con atención las iniciativas compartidas por las consagradas de
las Diócesis interesadas y, allí donde esté instituido, proporciona la atención
de su ministerio al servicio de comunión estable entre las consagradas.
Referencia a la Sede Apostólica y Secretariado para el Ordo virginum
58. Las consagradas reconocen en el ministerio del Sucesor de Pedro la referencia de
convergencia para vivir, además, en los horizontes de la Iglesia universal el
don de la comunión y la corresponsabilidad de pertenecer al mismo ordo fidelium.
En sinergia con el magisterio y la acción de los Obispos diocesanos y según las
propias competencias, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y
las Sociedades de Vida Apostólica se pone al servicio del crecimiento del Ordo virginum, para que esta forma de vida consagrada pueda ser reconocida, valorada y promovida en su específica
identidad y configuración eclesial.
59. En el Dicasterio está constituido un Secretariado para el
Ordo virginum. Según las indicaciones del Prefecto, el Secretariado cuida la recopilación de
datos para conocer la situación del Ordo virginum en los diversos Países, teniendo en cuenta también lo que los Obispos
expresan en los informes presentados con ocasión de las visitae ad limina.
Es también punto de referencia para las iniciativas del
Ordo virginum, promovidas y sostenidas por el mismo Dicasterio.
Para su actividad, el Secretariado puede valerse de la colaboración de
consagradas de diversas procedencias, de las Conferencias Episcopales y allí
donde hayan sido designados de los Obispos referentes del Ordo virginum.
Permanencia en otra Diócesis y traslado
60. No obstante el arraigo especial con la Iglesia donde se celebra la consagración no impide a la
consagrada trasladarse temporal o establemente a otra Iglesia particular, en
caso de que sea necesario, por ejemplo por razones de trabajo, de familia, de
pastoral, o si hay otras motivaciones razonables y proporcionadas.
61. Cuando una consagrada quiere permanecer por un largo período en una Diócesis
distinta a la de pertenencia, de acuerdo con su propio Obispo, puede pedir al
Obispo de la Diócesis ad quem participar en las iniciativas de carácter formativo del
Ordo
virginum local. El Obispo de la Diócesis ad quem, recibida una presentación de la interesada departe de su Obispo diocesano,
acordará con ella las modalidades de dicha participación.
62. Si una consagrada quiere trasladarse establemente a otra Diócesis, expondrá las
motivaciones a su Obispo, que le manifestará su parecer. Seguidamente podrá
pedir al Obispo de la Diócesis ad quem ser acogida en el Ordo virginum
local. Este último, tras haber recibido por el Obispo de la Diócesis
a quo una presentación de la consagrada, con las razones del traslado y su parecer,
decidirá al respecto y comunicará la respuesta a la interesada; y, para
conocimiento también al Obispo de la Diócesis a quo. En caso de respuesta positiva, el Obispo de la Diócesis
ad quem acogerá a la consagrada, la introducirá en su Iglesia particular y la insertará,
si las hay, entre las consagradas de su Diócesis, acordando con ella lo
necesario y útil según su condición personal. Conforme a la evaluación hecha, el
Obispo de la Diócesis ad quem podrá también negar la adscripción, o de acuerdo con el Obispo
ad quo establecer un tiempo de prueba; en dicho caso,
aun manteniendo el vínculo con la Diócesis ad quo,la consagrada podrá trasladar su domicilio canónico a la Diócesis
ad quem, siguiendo las indicaciones de los Obispos
interesados en lo relativo a su condición
personal.
63. Personalmente, o por medio del Delegado o de la Delegada, el Obispo informará
oportunamente a las consagradas sobre
el traslado temporal o definitivo de una
consagrada a otra Diócesis, como también sobre la acogida de una consagrada de
otra Diócesis.
Fundaciones, asociaciones y opciones de vida en común
64. Teniendo en cuenta las leyes civiles, para el sostenimiento y la gestión
económica de las iniciativas del Ordo virginum, el Obispo diocesano puede instituir una fundación canónica, autónoma o no[79],
y autorizar, si se da el caso, la petición de reconocimiento civil de esta
última.
65. Para observar más fielmente su propósito y ayudarse recíprocamente en el
desempeño del servicio a la Iglesia apropiado a su estado, las consagradas
pueden reunirse en asociaciones y pedir a la autoridad eclesial competente el
reconocimiento canónico del estatuto y eventualmente su aprobación[80].
La constitución de una asociación, como también la adhesión a una asociación ya
existente, es exclusivamente fruto de una opción libre y voluntaria de cada una
de las consagradas que deciden adherirse a sus finalidades y a su estatuto. La
salida de una consagrada de la asociación no afecto a la pertenencia al Ordo virginum.
66. Las vírgenes consagradas que lo deseen pueden libremente decidir vivir en una
misma casa. Esta posibilidad –elegida responsablemente para la ayuda recíproca,
para compartir vida a nivel espiritual, pastoral o también económico–, responde
a una libre decisión de las vírgenes consagradas y no deriva directamente de la
consagración, ni de la adhesión a una asociación, a menos que esta última no
prevea en su estatuto la vida común como constitutiva de la asociación misma.
Pertenencia al Ordo virginum y referencia a otros grupos eclesiales
67. La forma de vida propia del Ordo
virginum constituye un camino peculiar de santificación al que corresponde una identidad
espiritual característica, que unifica y orienta la vida entera de la persona.
Es cometido de cada consagrada ofrecer un sereno y gozoso testimonio de la
propia consagración, que se convierta en estímulo y riqueza para todos los
componentes de la comunidad cristiana.
Esto no impide a una virgen consagrada beneficiarse de la variedad de carismas y
espiritualidades con los que el Espíritu enriquece la Iglesia, y eventualmente
encontrar en la referencia a una determinada agregación eclesial (tercera Orden, Asociación, Movimiento), a su carisma y
espiritualidad, una ayuda para expresar su propio carisma virginal[81].
68. La autenticidad de tal experiencia espiritual será objeto de discernimiento en
el ámbito del acompañamiento espiritual, así como en el diálogo con el Obispo
diocesano, y, si existe, con el Delegado o Delegada para la atención del Ordo virginum, de modo que el interés y la implicación en las iniciativas no oscurezcan el
valor del arraigo diocesano, que es constitutivo de la consagración vivida en el
Ordo virginum.
La consagrada procurará mantener viva la experiencia de la comunión con la
Iglesia particular a la que pertenece, a través de la mediación necesaria del
Obispo diocesano, en la acogida filial de su enseñanza y de su atención
pastoral. Cuidará también las relaciones de comunión con las otras vírgenes
consagradas y dará prioridad a las propuestas formativas específicas para el Ordo virginum respecto a eventuales iniciativas de los grupos referidos.
Separación del Ordo virginum
Paso a un Instituto de vida consagrada o Sociedad de vida apostólica
69. Si una consagrada, después de una valoración atenta realizada en la oración, en
el ámbito de la dirección espiritual y en diálogo con el Obispo, desea entrar a
formar parte de un Instituto de Vida consagrada o Sociedad de vida apostólica,
comunicará por escrito al Obispo diocesano su intención acompañada de un
certificado de la Moderadora Suprema del Instituto, relativo a los contactos que
la consagrada ha tenido con el Instituto o la Sociedad[82].
El Obispo será responsable de remitir la solicitud a la Santa Sede y sus
observaciones al respecto. El paso al Instituto se hará según las disposiciones
dadas por la Santa Sede para el caso concreto.
Salida del Ordo virginum
70. Si una consagrada, por causas muy graves valoradas delante de Dios con minucioso
discernimiento, tiene intención de ser dispensada de los compromisos derivados
de la consagración, se dirigirá al propio Obispo diocesano presentando una
solicitud escrita. El Obispo no dejará de proponerle la ayuda adecuada y un
tiempo apropiado para el discernimiento y accederá a la dispensa solo después de
haber examinado a fondo las motivaciones de la solicitud.
Dimisión del
Ordo virginum
71. Si una consagrada ha abandonado la fe católica de forma notoria o ha contraído
matrimonio, aunque solo sea civilmente, el Obispo reunirá las pruebas y
declarará su dimisión del Ordo virginum, para que conste jurídicamente.
72. Si una consagrada es acusada de gravísimos delitos[83]
o gravísimas faltas, externas e imputables contra las obligaciones que derivan
de la consagración, de modo que susciten escándalo en el pueblo de Dios, el
Obispo iniciará el proceso de dimisión.
Dará a conocer a la interesada las acusaciones y las pruebas que se han
recogido, otorgándole la facultad de defenderse. Si el Obispo considera
insuficiente la defensa, y no hay otra manera para proveer a la corrección de la
consagrada, a la reintegración de la justicia y a la reparación del escándalo,
la dimitirá del Ordo virginum. El decreto de dimisión tendrá que exponer, al menos de forma sumaria, los
motivos de la decisión y será efectivo solo después de la ratificación de la
Santa Sede, a la que hay que trasmitir todas las actas. Esto no tendrá valor si
no indica el derecho del que goza la consagrada a recurrir a la autoridad
compete en el plazo de diez días, desde la notificación del decreto; el recurso
tiene efecto suspensivo.
Anotación y comunicación de la separación
73. En los casos en que se haya producido la separación de una consagrada del
Ordo virginum, el Obispo diocesano dispondrá la anotación en el libro de las consagraciones
y, personalmente o a través del Delegado o de la Delegada, informará a las demás
consagradas y al párroco competente para que lo anote en el libro de bautismos.
III.
El discernimiento
vocacional
y la formación para el Ordo virginum
El compromiso del discernimiento
y la formación
Camino de fe, discernimiento vocacional e itinerarios formativos
74. En virtud de la fe, de la gracia bautismal, del carisma virginal y de los
carismas personales, la mujer llamada a la consagración en el Ordo virginum está comprometida en un camino de vida cristiana, de seguimiento del Señor
Jesús, cuyo dinamismo es suscitado por el Espíritu Santo, que pide su respuesta
activa y su dócil colaboración.
El seguimiento del Señor consiste en una continua conversión, en una progresiva
adhesión a Él[84]:
es un proceso que implica todas las dimensiones de la persona –corporal y
afectiva, intelectiva, volitiva y espiritual–
y se prolonga a lo largo de toda la vida,
ya que « la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha completado la
gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de poseer en
cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos
de Cristo »[85].
75. La gracia de la consagración en el Ordo virginum
define y configura de forma estable la fisonomía espiritual de la persona, la orienta en el camino de la
vida, la sostiene y refuerza en una respuesta cada vez más generosa a la
llamada.
Por lo tanto, la consagración exige no solamente una maduración humana y
cristiana evaluada mediante un atento discernimiento vocacional y una formación
específica previa, sino también una cuidada y constante atención a la formación
permanente que, profundizando y renovando las motivaciones de la elección
realizada, permita a la consagrada consolidar la propia vocación mientras vive
su dinamismo intrínseco[86].
76. Ya que esta forma de vida consagrada tiene un arraigo en la Iglesia particular,
el discernimiento vocacional, la formación previa a la consagración y la
atención a la formación permanente se realizan por medio de itinerarios
eclesiales que, además de la responsabilidad de las mujeres interesadas, piden
la atención y el acompañamiento de la comunidad cristiana, y en particular
interpelan la responsabilidad pastoral del Obispo diocesano.
Para reunir los principios necesarios para el discernimiento vocacional, como
para orientar y acompañar los itinerarios de formación de las aspirantes, de las
candidatas y de las consagradas, el Obispo puede pedir colaboración al Delegado
o la Delegada para el Ordo virginum y valorará la aportación que las consagradas puedan ofrecer.
Para esta finalidad, teniendo en cuenta el número de consagradas presentes en la
Diócesis y su parecer al respecto, y también de las otras circunstancias
concretas, como organizaciones del servicio de comunión para el Ordo virginum,el Obispo podrá impulsar además un servicio o equipo para el discernimiento
vocacional y la formación previa a la consagración y un servicio o equipo para
la formación permanente. Tales servicios o equipos estarán formados por el
Delegado o la Delegada, si el Obispo hubiere instituido la figura, y por
consagradas con las aptitudes necesarias, designadas por el Obispo o por el
Delegado o la Delegada, previa consulta a todas las consagradas.
77. La propuesta formativa apuntará en primer lugar a hacer emerger y consolidar en
la persona la actitud fundamental de la “docibilitas”, es decir la libertad, el
deseo y la capacidad de aprender de cualquier circunstancia de la vida,
implicándose activamente y responsablemente en el proceso de crecimiento
personal a lo largo de toda la propia existencia[87].
Por este motivo, al programar itinerarios formativos, se procurará que no
consistan en propuestas genéricas, que no tienen en cuenta las exigencias
específicas y los carismas personales. Asimismo se evitarán tendencias
individualistas[88]
que pueden obstaculizar la adquisición y el desarrollo de un verdadero sentido
de pertenencia eclesial y del espíritu de comunión dentro del Ordo virginum.
78. Ya que se trata de favorecer el desarrollo de la capacidad de interpretar la
realidad según criterios evangélicos, los itinerarios formativos deben prever
como elementos irrenunciables: la formación teológica, cultural y pastoral,
adecuada al tipo de testimonio al que están llamadas las consagradas, conseguida
mediante el estudio personal y los encuentros formativos también con expertos,
ampliada y profundizada constantemente; la experiencia espiritual, como la
oración personal y litúrgica, el camino penitencial, retiros y ejercicios
espirituales, que mantienen a la persona en una actitud de escucha atenta y
búsqueda constante de la voluntad de Dios; la inserción en un tejido de
relaciones eclesiales que favorezca el crecimiento integral de la persona y que
valore en especial las potencialidades del intercambio de experiencias entre las
consagradas, como también de las relacione entre las aspirantes y las
consagradas, particularmente las que colaboran en el servicio de formación.
Además, es necesario que corresponda a itinerarios orgánicamente estructurados,
que prevean un desarrollo temporal claramente articulado y periódicamente
revisado, para que la atención por la formación de cada aspirante, candidata y
consagrada esté acompañada e integrada con propuestas dirigidas unilateralmente
al conjunto de las aspirantes, de las candidatas y de las consagradas.
La práctica del acompañamiento espiritual
79. En cada fase de los itinerarios de discernimiento y formación, se debe realizar
el acompañamiento espiritual: la relación constante y confiada con una persona
que tenga un profundo espíritu de fe y de sabiduría cristiana, que cada
aspirante, candidata y consagrada puede elegir libremente, representa una válida
ayuda no solo para el discernimiento vocacional, sino también para las
decisiones que fundamentalmente comprometen su vida.
Para garantizar la libertad personal en el ámbito de la manifestación de la
conciencia, el Delegado o Delegada para la atención pastoral del Ordo virginum
y las consagradas que colaboran en el servicio de formación, se limitarán al
ámbito externo y no entablarán relaciones de acompañamiento espiritual con las
aspirantes, candidatas o consagradas. Se abstendrán también de pedir
informaciones o pareceres sobre las aspirantes, candidatas y consagradas a los
respectivos directores o acompañantes espirituales y confesores.
Discernimiento vocacional e itinerario formativo previo a la consagración
La dinámica del discernimiento vocacional y de la formación previa a la
consagración
80. El discernimiento vocacional tiende a escrutar los signos por los que se expresa
el carisma del Ordo virginum, con su arraigo específico en la Iglesia particular y su forma característica de
estar presente en el contexto social y cultural. Para bien de las personas
interesadas y de la Iglesia, se han de favorecer las condiciones que permitan
realizar un discernimiento sereno y libre, en el cual verificar, a la luz de la
fe y de posibles contraindicaciones, la veracidad de la vocación y la rectitud
de intenciones[89].
El itinerario formativo que precede a la consagración debe brindar ocasiones
para comprobar la intuición vocacional inicial y al mismo tiempo avivar en las
aspirantes y candidatas el deseo de una unión cada vez más profunda con el Señor
Jesús, de una respuesta cada vez más libre y generosa a la llamada del Padre, de
una correspondencia cada vez más atenta, inteligente y dócil a la acción del
Espíritu Santo. Se puede hablar de un camino realmente formativo solo cuando se
da una verdadera experiencia de conversión, es decir de purificación, de
iluminación y de implicación cada vez más profunda y atrayente en el seguimiento
del Señor.
81. Generalmente, el discernimiento
vocacional se lleva a cabo mediante un proceso que abarca una constatación
inicial respecto a la admisión al itinerario de formación hacia la consagración,
continua durante todo ese proceso, y acaba cuando el Obispo diocesano decide la admisión a la consagración. Se pueden distinguir oportunamente
tres momentos o fases: un primer período de acercamiento o propedéutico; un
segundo período de formación debidamente articulado en varias etapas con sus
objetivos y evaluaciones; y el discernimiento o escrutinio final.
82. En ningún caso se podrá iniciar el período propedéutico antes de cumplir los dieciocho años de edad;
para la admisión a la consagración se deberá tener en cuenta la edad de casarse
tradicional en la región[90]
y ordinariamente no se celebrará la consagración hasta que la candidata haya
cumplido los veinticinco años de edad.
83. Corresponde al Obispo diocesano fijar, incluso mediante el diálogo personal con
las interesadas y valorando la situación y las exigencias de cada una, las
modalidades concretas de desarrollo de los itinerarios formativos, para ofrecer
a cada una la posibilidad de profundizar el conocimiento de esta forma de vida
en sus fundamentos esenciales, y confrontar a su luz, de forma sincera y
realista, la propia experiencia espiritual y la modalidad concreta de vivir.
Se mantendrá una estrecha interconexión entre el discernimiento vocacional y el
itinerario formativo previo a la consagración, porque la admisión al itinerario
formativo no implica la obligación de la candidata a pedir la admisión a la
consagración, ni la obligación del Obispo a admitirla a la consagración.
Requisitos y criterios de discernimiento
84. La admisión a la consagración requiere que por la edad, la madurez humana y
espiritual, y por la estima que disfruta en la comunidad cristiana donde está
inserta, la candidata dé confianza de poder asumir de forma responsable los
compromisos que se derivan de la consagración[91].
Requiere también que la persona nunca haya celebrado nupcias y no haya vivido
pública y manifiestamente en un estado contrario a la castidad[92].
85. En el discernimiento vocacional se pondrá atención a los signos que evidencien
en la aspirante y en la candidata la presencia de una intensa y viva experiencia
espiritual, la autenticidad de las motivaciones que la orientan hacia la
consagración en el Ordo virginum y la presencia de las actitudes que son necesarias para perseverar en la vida de
consagración dando testimonio positivo de la propia vocación.
Con sabiduría pedagógica y según el principio de gradualidad, se comprobará la
presencia de estos signos desde el periodo propedéutico, para evaluar la
admisión al itinerario formativo. Para la formación previa a la consagración y
el discernimiento conclusivo acerca de la admisión a la consagración, estos
signos constituyen puntos cualificados de referencia.
86. Para comprobar la experiencia espiritual, revisten particular importancia:
a) el sentido de pertenencia a Cristo y
el deseo de configurar la entera existencia « al Señor Jesús y a su total oblación »[93] como
respuesta de amor a su amor infinito[94];
b) el sentido de pertenencia a la Iglesia, concretamente experimentado en la
participación en la vida de la comunidad cristiana, mantenido por un amor
profundo por la comunidad eclesial, por la celebración de los sacramentos y por
una actitud de filial obediencia al Obispo diocesano;
c) el cuidado de la dimensión contemplativa de la vida y la fidelidad a la
disciplina espiritual, a los tiempos de oración, a sus ritmos y a sus distintas
formas;
d) la asiduidad en el camino penitencial, ascético y de acompañamiento
espiritual;
e) el interés en profundizar el conocimiento de la Escritura, de los contenidos
de la fe, de la liturgia, de la historia y del magisterio de la Iglesia;
f ) la pasión por el Reino de Dios, que dispone a interpretar la realidad del
propio tiempo según criterios evangélicos, a actuar en la realidad con sentido
de responsabilidad y amor preferencial por los pobres;
g) la presencia de una intuición sintética y global de la propia vocación, que
demuestre un conocimiento realista de la propia historia, de las propias
cualidades –recursos, límites, deseos, aspiraciones, motivaciones– y que sea
coherente con la forma de vida del Ordo virginum.
87. Para evaluar el grado de madurez humana, se tendrán presentes los signos
siguientes:
a) un conocimiento realista de sí misma y una serena conciencia objetiva de los
propios talentos y de los propios límites, unida a una clara capacidad de
autodeterminación y a una adecuada y suficientemente actitud para asumir
responsabilidades.
b) la capacidad de establecer relaciones sanas, serenas y oblativas, con hombres
y mujeres, unida a una recta comprensión del valor del matrimonio y la
maternidad;
c) la capacidad de integrar la sexualidad en la identidad personal y de orientar
las energías afectivas para expresar su femineidad en una vida casta que se abra
a una gran fecundidad espiritual[95];
d) la capacidad laboral y profesional con la cual proveer al propio sustento de
manera digna;
e) una probada actitud para procesar sufrimientos y frustraciones y también a dar
y recibir el perdón como posibles pasos hacia una plenitud humana;
f ) la fidelidad a la palabra dada y a los compromisos adquiridos;
g) un uso responsable de los bienes, de los medios de comunicación social y del
tiempo libre.
88. En la orientación vocacional y cuando sea necesario trazar las características
de esta vocación y los requisitos de admisión a la consagración, la condición
virginal será presentada a partir de su fundamento bíblico en el marco de una
visión antropológica bien fundada en la revelación cristiana, en la que se
integran las diversas dimensiones –corporal, psicológica, espiritual–,
consideradas también en conexión dinámica de las vivencias de la persona y en
apertura a la acción incesante de la gracia divina que la orienta, la guía y la
corrobora en el camino de santificación.
Como tesoro de gran valor que Dios deposita en vasija de barro (cf.
2 Cor 4, 7), de hecho, la vocación es un don inmerecido que alcanza la persona en su
humanidad concreta, siempre necesitada de redención y anhelante de una plenitud
de significado para su existencia. Encuentra su origen y centro dinámico en la
gracia de Dios que, con la ternura y la fuerza de su amor misericordioso, actúa
incesantemente en los acontecimientos humanos, no pocas veces complejos y a
veces contradictorios, para ayudar a la persona a captar la singularidad y la
unidad de su existencia y permitirle hacer una entrega total de sí. En este
contexto se tendrá presente que la llamada a dar testimonio del amor virginal,
esponsal y fecundo de la Iglesia a Cristo, no se reduce al signo de la
integridad física, y que haber guardado el cuerpo en perfecta continencia o
haber vivido ejemplarmente la virtud de la castidad, aunque es de gran
importancia en orden al discernimiento, no constituye requisito determinante en
ausencia del cual sea imposible admitir a la consagración.
El discernimiento exige, por tanto, mucha discreción y
cautela y debe hacerse individualmente. Cada aspirante y candidata
es llamada a examinar la propia vocación con respecto a su propia historia
personal, con veracidad y autenticidad delante de Dios, y con la ayuda de un
acompañamiento espiritual.
El recurso a expertos con competencia psicológica
89. En el discernimiento vocacional y en el itinerario formativo previo a la
consagración, en algunos casos puede resultar útil
recurrir a expertos en ciencias psicológicas[96].
Y, aunque la vocación a la virginidad consagrada, en cuanto fruto de un don
particular de Dios, en su discernimiento final, excede las competencias
específicas de la psicología, estas últimas pueden ser integradas en el marco
global del discernimiento y de la formación, tanto para una evaluación más
segura de la situación psíquica de la aspirante o de la candidata y de sus
aptitudes para corresponder a la vocación, como también para una ulterior ayuda
en su crecimiento humano.
Puede solicitarse prudentemente una evaluación de la personalidad en los casos
que surja la duda acerca de la presencia de un trastorno psíquico.
90. En todo caso, para poder recurrir a un experto en ciencias psicológicas, es
necesario un consenso previo de la persona interesada, dado por escrito,
consciente y libre; su honorabilidad y el derecho a defender su propia
intimidad, deberán ser tutelados siempre[97].
Al elegir a los expertos a quien dirigirse, hay que asegurarse no solo de sus
competencias profesionales, sino también de que se inspiren en una antropología
que comparta abiertamente el concepto cristiano acerca de la persona humana y la
vocación a la vida consagrada[98].
Además, debe ser respetado siempre el secreto profesional del experto.
91. Si la evaluación realizada evidencia la presencia de un disturbio psíquico o de
una grave dificultad, en el discernimiento vocacional el Obispo tendrá en cuenta
la tipología, la gravedad y el modo de influir sobre la psique de la persona y
sobre sus actitudes a la consagración.
El período propedéutico
92. El período propedéutico tiene como finalidad comprobar las condiciones y las
evaluaciones necesarias para un fructuoso camino de formación en vista a la
consagración.
Su duración y las modalidades concretas de su desarrollo deben permitir un
eficaz conocimiento de la aspirante por parte del Obispo, del Delegado o de la
Delegada y de las consagradas que colaboran en el servicio de formación, y al
mismo tiempo permitir a la aspirante conseguir un conocimiento de los aspectos
esenciales de la consagración y de la forma de vida del Ordo virginum, de manera que pueda contrastarlos con su propia intuición vocacional. Para esto, ordinariamente se
debe prever la duración de uno o dos años.
93. En el diálogo con el Obispo, el Delegado o la Delegada, o alguna de las
consagradas que colaboran en el servicio de formación, la aspirante será
invitada a presentar su propia historia, su manera de vivir en la actualidad, y
las motivaciones que la inducen a orientarse hacia esta forma de vida.
Desde los inicios, es bueno verificar en la aspirante el haber recibido los
sacramentos de la iniciación cristiana, así como no haber contraído nunca
matrimonio, como también, no haber vivido públicamente y en un estado contrario
a la castidad, es decir, en una condición estable de concubinato o situaciones
análogas de manifiesto dominio público[99].
Teniendo en cuenta el precedente camino de fe, y, por tanto, la situación
concreta y preparación de cada aspirante, se podrán proponer itinerarios
catequéticos, de estudio y de reflexión, sobre la vida consagrada en general y
sobre aspectos fundamentales de la vida cristiana.
94. En los encuentros que tendrá periódicamente con el Obispo, el Delegado o la
Delegada, o alguna de las consagradas que colaboran en el servicio de formación,
la aspirante será invitada a verificar su propia experiencia de fe y su
intuición vocacional a partir de las temáticas propuestas.
En el ámbito del acompañamiento espiritual encontrará ulteriores posibilidades
de manifestar su propia vivencia, de releer también los aspectos más dolorosos y
oscuros de su vida a la luz de la Palabra de Dios, de comenzar o consolidar
procesos de sanación interior que le permitan disponerse a acoger la gracia de
la vocación de forma más libre y plena.
Allí donde sea posible y teniendo en cuenta las circunstancias concretas, se
favorecerá el conocimiento entre las aspirantes y alguna consagrada del Ordo virginum, quienes con su propio testimonio, podrán ayudar en el proceso de discernimiento
vocacional.
En caso de haber varias aspirantes, se considerará la utilidad y oportunidad de
proponer momentos de encuentro, de conocimiento recíproco, y de reflexión común,
conservando, con todo, espacios de diálogo personal y reservado para cada una de
ellas con el Obispo, el Delegado o la Delegada, o alguna de las consagradas que
colaboran en el servicio de formación.
95. Con especial cuidado se verificará la manera en que la aspirante participa de la
vida de la comunidad cristiana. Oportunamente, los elemento de conocimiento
ofrecidos por la misma interesada se integrarán asumiendo también las informaciones
de sacerdotes u otras personas que la conocen bien.
También se puede pedir a la interesada que presente la documentación relativa a
sus estudios y trabajos.
Cuando se trate de una persona que proviene de otra forma de vida consagrada,
para conseguir los elementos necesarios de evaluación, el Obispo se preocupará
de obtener de la institución interesada informaciones oportunas para poder
discernir. Además,
pedirá a la interesada un tiempo congruente para la separación y comprobará con
atención su inserción en el contexto eclesial y social.
96. Si al final del período propedéutico, la aspirante lo pide y el conocimiento
que se tiene de ella induce a pensar que puede seguir positivamente en la
formación previa a la consagración, el Obispo la admitirá al itinerario
formativo previo a la consagración.
El itinerario de formación previo a la consagración
97. El itinerario de la formación previa a la consagración tiene el doble objetivo
de consolidar la formación cristiana de la candidata y ofrecerle las herramientas necesarias para ahondar en la comprensión vital de
los elementos específicos y las responsabilidades que se desprenden de la
consagración en el Ordo virginum.
Su duración y modalidades concretas de desarrollo deben ser de tales que
permitan a la candidata una efectiva elaboración personal de las diversas
aportaciones formativas, de forma que pueda madurar, con conciencia y libertad
conveniente, la decisión de petición de la admisión a la consagración.
Ordinariamente se puede prever la duración de dos o tres años.
El itinerario formativo será fructífero si la candidata, mientras se confronta
con la fisonomía vocacional propia de esta forma de vida consagrada,
progresivamente adquiere la libertad necesaria para dejarse educar y formar cada
día de la experiencia, ahondando en el conocimiento de sus propias
potencialidades y limitaciones, lo que en ella pone resistencia o favorece la
correspondencia
a la acción del Espíritu, y aprende a captar en cada situación de su vida, los
esbozos
de verdad, belleza y bondad en los que se hace presente y operativa la gracia de
Dios. Esta fundamental actitud de situarse ante la realidad con atención,
inteligencia y sentido de responsabilidad, suscitada y motivada por el deseo de
crecer en el amor de Cristo, la llevará a madurar su disponibilidad para
proseguir en un compromiso formativo constante, después de recibir la
consagración.
98. El compromiso del Obispo, el Delegado o la Delegada y de las consagradas que
colaboran en el servicio de la formación consistirá, pues, en cuidar que la
candidata reciba una presentación orgánica del carisma y de la fisonomía de esta
forma de vida; en acompañarla mientras intensifica la vida espiritual y
profundiza en ella; en observar cómo se armoniza y configura su vida concreta en
docilidad a la acción del Espíritu. De este modo, se recogerán los datos
necesarios para el discernimiento conclusivo de la admisión a la consagración.
Los encuentros frecuentes y regulares con el acompañante espiritual serán para
la candidata una preciosa ayuda para crecer en capacidad de discernir el plan de
Dios, integrar en síntesis sapiencial las aportaciones formativas, e interpretar
con una mirada de fe las distintas experiencias de su vida: oración, trabajo,
relaciones y servicios eclesiales, relaciones con familiares, relaciones de
amistad, estudio y profundización cultural, compromiso caritativo y social,
experiencia del propio límite y de su propia fragilidad, compromiso ascético,
etc.
99. Es importante que la candidata sea acompañada para dar al camino de oración una
forma regular y constante, con la participación, posiblemente cotidiana, de la
Eucaristía, la celebración de la Liturgia de las Horas, al menos Laudes y
Vísperas, la meditación de la Sagrada Escritura y la devoción mariana. Se
pretende, sobre todo, ayudarla a consolidar el amor por la oración y a
desarrollar la capacidad de organizar el ritmo de la jornada, de la semana y el
año, de manera que asegure la experiencia del diálogo con el Señor[100].
100. Ya que esta forma de vida consagrada está arraigada en la Iglesia particular, la candidata cultivará la unión con la
comunidad eclesial, sea valorando aquellas tramas de relaciones fraternales que
constituyen el tejido ordinario y cotidiano de la experiencia eclesial, sea, tanto cuanto pueda, participando en los eventos diocesanos más significativos.
Para dar consistencia a la unión con la Iglesia particular, es conveniente que
la candidata adquiera un adecuado conocimiento de su historia, de las
instituciones, de las tradiciones espirituales, de las opciones pastorales y de
las experiencias proféticas en ella presente, como también las dificultades que
debe afrontar y también las heridas que son motivo de sufrimiento.
Según las aptitudes, las posibilidades efectivas y los carismas de cada una,
el compromiso de edificación de la comunidad podrá concretarse en un servicio
pastoral o en otra forma de testimonio, que, en el contexto social y cultural en
el que vive, exprese la colaboración en la misión evangelizadora y de promoción
humana de la Iglesia.
101. Para una correcta comprensión del Ordo virginum, serán propuestos al estudio y la meditación de la candidata la historia de la
vida consagrada y su valor de signo profético en la Iglesia y en el mundo, a
partir de los textos fundamentales: la Sagrada Escritura, la tradición
patrística, la reflexión teológica, con referencia particular al Concilio
Vaticano II y a las intervenciones más recientes del Magisterio eclesial.
Con particular atención, se presentarán y profundizarán los fundamentos
teológicos, históricos, litúrgicos, eclesiológicos, jurídicos de la forma de
vida propia del Ordo virginum introduciendo a la candidata a un conocimiento profundo del rito de consagración
de vírgenes, en su estructura dinámica y en su significado eclesial.
102. Se deberá cuidar además un adecuado conocimiento y asimilación de los
fundamentos de la antropología cristiana, de modo que la maduración de la opción
de consagración se conciba desde una comprensión equilibrada de la sexualidad y de la
afectividad humana, de relacionalidad y de la libertad, de la entrega de sí, del
sacrificio, del sufrimiento. En este marco, en el itinerario formativo podrá
también tener valor la contribución de las ciencias humanas, en particular la
psicología y la pedagogía, para poner a la candidata en condiciones de
comprender mejor algunas dinámicas relacionales y de desarrollo humano, y por lo
tanto, también, de la propia historia personal y del propio modo de relacionarse
con los demás.
Cuando las condiciones concretas de la vida y las aptitudes de las personan lo
permitan, se animará a la candidata a asistir a cursos de estudios en las
Facultades Teológicas, Institutos de Ciencias Religiosas u otras instituciones
análogas. No se descuidará, en ningún caso, una adecuada preparación teológica
en los campos bíblico, litúrgico, espiritual, eclesiológico, moral.
103. Se fomentarán ocasiones de conocimiento, de formación y de intercambio de
experiencias con las demás candidatas y demás consagradas presentes en la
Diócesis.
En el caso de que no las haya, se considerará la posibilidad de establecer
relaciones para conocerse y de intercambio fraterno con las candidatas o
consagradas de Diócesis vecinas.
La admisión a la consagración y el cuidado de su celebración
104. Al final del itinerario formativo acordado con el Obispo, después de un atento
discernimiento personal y con el acompañante espiritual, la candidata presentará
al Obispo la petición de admisión. Conviene que tal petición sea expresada en un
escrito autógrafo que refiera el parecer del acompañante espiritual.
Luego, el Obispo se hace cargo del discernimiento definitivo. Para tal fin,
recogerá las informaciones oportunas de todos aquellos que han acompañado el
camino de la candidata, excepto las que podría aportarle el acompañante
espiritual. Particularmente, deberá pedirse al Delegado o Delegada, si está
nombrado/a, un parecer motivado sobre la admisión. Contribuirán también en la
elaboración de este parecer, las consagradas implicadas en el servicio de
formación, si lo hay.
105. La admisión a la consagración exige la certeza moral sobre la autenticidad de la
vocación de la candidata, la existencia real de un carisma virginal y la
subsistencia de las condiciones y de los presupuestos para que la interesada
acoja y corresponda a la gracia de de la consagración, y pueda testimoniar de
forma elocuente la propia vocación, perseverando en ella y creciendo en donación
generosa al Señor y a los hermanos.
106. Si la evaluación llevara a admitirla a la consagración, el Obispo acordará con
la candidata la fecha y el lugar de la celebración, considerando al respecto las
indicaciones contenidas en el Pontifical.
Es conveniente preparar a la comunidad a una fructuosa participación en la
liturgia de la consagración, con la invitación a acompañar a la consagrada en la
oración y con una catequesis específica sobre las características de esta
vocación. En la preparación y desarrollo del rito, se cuidará introducir la
asamblea al misterio nupcial de Cristo y de la Iglesia que se celebra, a través
de la noble sobriedad de los gestos, de los cantos, de los signos propuestos.
107. La consagración, una vez que ha tenido lugar, será documentada mediante la
inscripción en el registro del Ordo virginum, en el que firmarán el ministro celebrante, la interesada y dos testigos, y que
ordinariamente se guardará en la Curia diocesana. Se dará el correspondiente certificado a la interesada. Además, es conveniente
que el Obispo dé disposiciones para que la consagración celebrada se comunique
al párroco competente para que se anote en el registro de bautismos.
Formación permanente
La atención a la formación permanente
108. El cuidado de la formación permanente encuentra su fundamento en la exigencia de
corresponder a la vocación recibida cada vez más plenamente[101].
Esta vocación pide una disponibilidad constante para aprender de la experiencia,
la disposición para dejarse conducir por el Espíritu en el dinamismo de la fe,
proyectando a la luz del Evangelio, el significado de las distintas fases de la
vida y su modo de dar razón de la esperanza cristiana ante las solicitudes de la
cultura contemporánea.
El avance de la edad, que va acompañado del cambio de los compromisos, de los
contextos relacionales, de las condiciones de salud, requiere de las consagradas
descubrir en cada fase de la vida la belleza y la fecundidad de su consagración,
armonizando los contenidos y modalidades de la formación.
Debe abarcar todas las dimensiones de la vida de la consagrada: su ser mujer en
un determinado contexto cultural y social, discípula de Cristo en la Iglesia
peregrina en la historia, llamada a ser signo peculiar del amor esponsal de
Cristo y la Iglesia, como consagrada según la forma de vida propia del Ordo virginum.
109. La formación permanente exige, pues, de parte de cada consagrada, humildad,
atención, inteligencia y creatividad.
En este marco, las iniciativas específicas para la formación permanente son
herramientas que tratan de acompañar la comprensión cada vez más profunda del
carisma virginal, favorecer la integración de la vivencia en la entrega total al
Señor y sostener a las consagradas en el compromiso de vivir las
responsabilidades que se derivan de la consagración.
Compromiso personal y dimensión comunional
110. El proyecto de itinerarios de
formación permanente fructíferos requiere armonizar el compromiso personal de la
formación con la dimensión comunional característica del Ordo virginum.
Se trata, de hecho, de identificar las prioridades y los medios más idóneos para
una formación sólida, que esté atenta a las exigencias y al carisma de cada una.
Al mismo tiempo, es necesario que dichos itinerarios expresen y apoyen la
experiencia de comunión que une a las consagradas del Ordo
virginum.
Esto conlleva un doble ejercicio de corresponsabilidad: por parte de cada
consagrada en su relación con el Obispo o el Delegado o la Delegada, para trazar
y examinar cómo vive el compromiso de la formación; y del conjunto de las
consagradas de la Diócesis con el Obispo o con el Delegado o la Delegada, para
proyectar, realizar y verificar un programa de formación compartido y específico
para las consagradas del Ordo virginum.
111. Para este segundo aspecto, teniendo en cuenta las circunstancias concretas, el
Obispo o el Delegado o la Delegada promoverán encuentros e iniciativas
formativas para todas las consagradas, valorando la contribución que cada una
puede ofrecer a la programación, organización, realización específicas y las
necesarias evaluaciones. Para dar una expresión continuada y orgánica a este
ejercicio de corresponsabilidad, el Obispo podrá acordar con las consagradas las
modalidades para disponer de un equipo o un servicio de formación permanente,
que pueda articular el servicio de comunión.
Una especial atención deberá dirigirse a las consagradas que por edad avanzada,
razones de salud u otros motivos serios, no puedan asistir a los encuentros
formativos, en la medida de lo posible, se utilizarán medios de comunicación a distancia para permitirles su participación en el
itinerario compartido.
En el caso de que en una Diócesis sólo haya una consagrada, o que el número de
consagradas sea muy reducido, con el acuerdo de los Obispos respectivos, es
posible prever iniciativas de formación compartidas entre las consagradas de las
Diócesis vecinas.
Además, las consagradas sabrán valorar para la propia formación, tanto las
iniciativas y actividades propuestas en la comunidad cristiana como las
ocasiones de formación válida que les ofrece su propio contexto social y de
trabajo.
Indicaciones sobre el contenido y el método
112. Es necesario que llas propuestas formativas específicos para las consagradas del
Ordo virginum armonicen, con sabiduría pedagógica, la profundización de temáticas
fundamentales de la vida cristiana y, particularmente, las más típicas de esta
forma de vida consagrada y la reflexión sobre cuestiones actuales sobre las
cuales sea necesario realizar un serio discernimiento evangélico.
No faltará el conocimiento de la Escritura, del saber teológico y de las
dinámicas del camino espiritual, como también la atención al magisterio y a las
propuestas pastorales del Obispo diocesano y del Papa.
Es importante que la dimensión intelectual de la formación no esté aislada, sino
que se integre en el crecimiento de la vida según el Espíritu, continuamente
estimulada y evaluada en relación a la capacidad de establecer y guardar
relaciones de tipo fraterno.
Se cuidará, asimismo, de que los encuentros y las iniciativas formativas se
conviertan para las consagradas en ocasiones reales de comunicaciones de fe y
edificación recíproca. Además, la oración común será el soporte del itinerario
formativo; no se descuidará la atención pedagógica a las dinámicas de las
relaciones vividas en el Ordo virginum, promoviendo la acogida y la estima recíproca, la benevolencia y la inteligente
gestión de las tensiones y conflictividades que se presenten, para que se
transformen en ocasiones de crecimiento.
113. Los encuentros y las iniciativas formativas podrán consistir concretamente en
lecciones y conferencias, intercambio de experiencias, escuchas de testimonios,
puesta en común de lecturas, seminarios, retiros, o ejercicios espirituales,
semanas bíblicas, peregrinaciones, profundizaciones de tipo cultural, etc.
Puede desempeñar una función de integración de los itinerarios formativos
diocesanos los encuentros y diversas iniciativas formativas interdiocesanas,
espacialmente los organizados por los servicios de comunión estables instituidos
en una determinada agrupación de Iglesias particulares, de acuerdo con las
Conferencias Episcopales interesadas y el correspondiente Obispo referente para
el Ordo virginum, si ha sido nombrado. En las programaciones, realizaciones y evaluaciones de
tales eventos, deberá ser promovida la corresponsabilidad de todas las
consagradas de las Diócesis interesadas.
Conclusión
114. El Señor Jesús formó una única Iglesia de entre todas las naciones y se
unió místicamente a ella con amor esponsal. Este misterio admirable,
que se realiza en la celebración eucarística, es el principio de la unidad y de la santidad de la Iglesia, de su misión universal y de
su capacidad de vivificar con el anuncio del
Evangelio toda esperanza humana y toda cultura. Contemplando este misterio, la
Iglesia reconoce como don del Espíritu el florecer del Ordo virginum y lo acoge con gratitud.
Precedidas y sostenidas por la gracia de Dios, las mujeres que reciben esta
consagración son llamadas a vivir en docilidad
al Espíritu Santo, a experimentar el dinamismo transformante de la Palabra de
Dios que hace de tantas mujeres diferentes una comunión de hermanas, y anunciar
el
Evangelio de salvación con la palabra y la vida, para llegar a ser imagen de la
Iglesia Esposa que, viviendo únicamente para Cristo Esposo, lo hace presente en el mundo.A María, icono perfecto de la Iglesia, las vírgenes consagradas vuelven sus
ojos, como estrella que orienta su camino. A su materna protección la Iglesia
las confía.
115. Te alabamos,
Virgen Madre de Dios,
mujer de la Alianza,
de la espera y el cumplimiento.
Se madre y maestra
de las vírgenes consagradas
para que imitándote
acojan con alegría el Evangelio
y en él descubran, todos los días,
con humildad y asombro,
el origen santo
de su vocación esponsal.
Virgen de las vírgenes,
fuente sellada, puerta del cielo,
inspira y acompaña
a estas hermanas nuestras,
para que tengan el don
del discernimiento espiritual
y, peregrinas en la historia,
vivan el dinamismo de la profecía
con libertad y valentía,
con determinación y ternura.
Mujer colmada de gracia
y sobreabundante de caridad,
Virgen hecha Iglesia,
bendice sus caminos,
para que la esperanza
oxigene sus mentes
y dilate sus corazones
orientando todos sus pasos,
y la fe
haga laboriosas y creativas
sus manos,
para que sus vidas sean fecundas y,
anticipando aquí y ahora
la realidad del Reino,
difundan y edifiquen
el pueblo de Dios,
participando en su misión
real, profética y sacerdotal.
Te proclamamos bienaventurada,
Mujer del Magníficat
Madre del Evangelio viviente,
y para estas hermanas te pedimos:
únelas a tu canto,
hazlas partícipes en tu danza,
para que siguiendo al Cordero
a donde quiera que vaya,
con las lámparas encendidas,
puedan conducirnos
también a nosotros
al banquete de las bodas eternas
al abrazo definitivo con el Amor
que nunca tendrá fin.
(Aprobado por el Santo Padre
en la Audiencia del 8 de junio de 2018)
Ciudad del Vaticano, 8 de junio de 2018
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
João Braz Card. de Aviz
Prefecto
+José Rodríguez Carballo, O.F.M.
Arzobispo Secretario
[1] Entre los testimonios más antiguos, el de Clemente Romano (Clemens Romanus, Ep.
Ad Corinthios 38, 2: SCh 167,162) y de Ignacio de Antioquía (Ignatius Antiochensis, Ep.
Ad Smyrnenses XXIII: PG 5, 717-718; Ep. Ad Policarpum
V, 2: PG 5, 723-724).
[2] Hacia el año 150, Justino afirmaba: « Son muchos los hombres y las mujeres,
hechos discípulos de Cristo desde niños, que permanecen puros hasta los sesenta
y setenta años. Y me glorío de poder citaros ejemplos de ellos de entre todas
las clases sociales »: Iustinus, Apol. pro christ., c. 15:
PG 6, 349. Atenágoras de Atenas, en el año 177, escribía a Marco Aurelio: « Podrás
encontrar muchos de los nuestros, hombres y mujeres, que encanecen sin casarse,
con la esperanza de unirse más estrechamente con Dios! »: Athenagoras Atheniense,
Legatio pro christianis XXXII: OTAC VII, 172.
[3] Ignatius Antiochensis,
Ep. Ad Polycarpum V, 2: PG 5, 723-724.
[4] Inicialmente, la cercanía de esta forma de vida a la de las viudas consagradas
comportaba también la falta de una distinción clara entre ambas, como aparece en
los escritos de Ignacio de Antioquía, que al inicio del siglo II saludaba a
« las vírgenes llamadas viudas » de la comunidad de Esmirna: Ignatius Antiochensis,
Ep. Ad Smyrn. XIII: PG 5, 717-718. En las Constituciones Apostólicas de la segunda mitad del siglo IV, las
vírgenes aparecen, junto a viudas y diaconisas, como miembros institucionales de
la comunidad cristiana.
[5] Cf. por ejemplo Atanasio, en: Athanasius,
Apol. ad Constant. 33: PG 25, 640; Ambrosio, en: Ambrosius,
De virginibus, lib. I, c. 8, n. 52: PL 16, 202.
[6] Expresiones que aparecen en Basilio: Basilius,
Ep. 199 Ad Amphilochium: PG 32, 717.
[7] Cf. Ambrosius, De virginibus,
lib. III, cc. 1-3, nn. 1-14: PL 16, 219-224; De institutione virginis, c. 17, nn. 104-114:
PL
16, 333-336. Cf. Sacramentarium Leonianum XXX: PL 55, 129.
[8] Cyprianus, De habitu virginum
III: PL 4, 443.
[9] Pontificale Romanum ex Decreto Sacrosancti Concilii Œcumenici Vaticani II
instauratum auctoritate PP. Pauli VI promulgatum, Ordo Consecrations Virginum,
Editio typica, Typis Polyglottis Vaticanis, Civitas Vaticana 1970.
[10] Juan Pablo
II, Const. Ap.
Pastor bonus (28 de junio de 1988), 105.
[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 922-924.
[12] Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996).
[13] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio (19 de mayo de 2002), 19.
[14] Congregación para los Obispos, Directorio para el
Ministerio Pastoral de los Obispos
Apostolorum Succesores (22 de febrero de 2004), 104.
[15] Juan Pablo II,
Discurso a las participantes en el Congreso Internacional del Ordo virginum,
en el 25º aniversario de la promulgación del rito, Roma (2 de junio de 1995).
[16] Benedicto XVI,
Discurso a las participantes en el Congreso del Ordo virginum sobre el tema “Virginidad consagrada en el mundo: un don para la Iglesia y en la Iglesia”, Roma (15 de mayo de 2008).
[17] « Las palabras de Cristo (Mt
19, 11-12) parten de todo el realismo de la situación del hombre y lo llevan con
el mismo realismo fuera, hacia la llamada en la que, aún permaneciendo, por su
naturaleza, ser “doble” (esto es, inclinado como hombre hacia su mujer, y como
mujer hacia el hombre), es capaz de descubrir en esta soledad suya, que no deja
de ser una dimensión personal de la duplicidad de cada uno, una nueva e incluso
aún más plena forma de comunión intersubjetiva con los otros. Esta orientación
de la llamada explica de modo explícito la expresión: “Por el Reino de los
cielos”: efectivamente, la realización de este Reino debe encontrarse en la
línea del auténtico desarrollo de la imagen y semejanza de Dios, en su
significado trinitario, esto es, propio de “comunión”. Al elegir la continencia
por el Reino de los cielos, el hombre tiene conciencia de poder realizarse de este modo a sí mismo “diversamente” y, en cierto
sentido, “más” que en el matrimonio, convirtiéndose en “don sincero para los
demás” »: Juan
Pablo II,
Audiencia (7 de abril de 1982).
[18] « La continencia “por el Reino de los cielos”, la opción por la virginidad o
por el celibato para toda la vida, ha venido a ser en la experiencia de los
discípulos y de los seguidores de Cristo, un acto de respuesta especial al amor
del Esposo divino y, por esto, ha adquirido el significado de un acto de amor
esponsálico, es decir, de una donación esponsálica de sí, a fin de corresponder
de modo especial, al amor esponsálico del Redentor; una donación de sí,
entendida como renuncia, pero hecha sobre todo por amor »: Juan Pablo II,
Audiencia (28 de abril de 1982).
[19] « El ser humano viviente, varón y mujer, […] elige con libre voluntad la
continencia “por el Reino de los cielos” […] manifiesta […] la “virginidad”
escatológica del hombre resucitado, en el que se revelará, el absoluto y eterno
significado esponsalico del cuerpo glorificado en la unión con Dios mismo,
mediante una perfecta intersubjetividad, que unirá a todos los “partícipes del
otro mundo”, hombres
y mujeres, en el misterio de la comunión de los santos.
La continencia terrena por “el Reino de los cielos” es, sin duda, un signo que
indica esta verdad y esta realidad.
Es signo de que el cuerpo, cuyo fin no es la muerte, tiende a la glorificación
y, por esto mismo, es ya, diría, entre los hombres un testimonio que anticipa la
resurrección futura. Sin embargo, este signo carismático del “otro mundo”
expresa la fuerza y la dinámica más auténtica del misterio de la “redención del
cuerpo”; un misterio que ha sido grabado por Cristo en la historia terrena del
hombre y arraigado por Él profundamente en esta historia. Así, pues, la
continencia “por el Reino de los cielos” lleva sobre todo la impronta de la
semejanza con Cristo, que, en la obra de la redención, hizo Él mismo esta opción
“por el Reino de los cielos” »: Juan Pablo II,
Audiencia (24 de marzo de 1982).
[20] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 1.
[21] Cf. Ordo consecrationis virginum,
Prænotanda, 1;
Catecismo de la Iglesia Católica, 1667-1672;
Código de Derecho Canónico, can. 1166-1169.
[22] Cf. Ordo consecrationis virginum, 17 y 22-23.
[23] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 1; Ordo consecrationis virginum, 16, 24.
[24] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 1.
[25] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Cost. past. sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo
Gaudium et spes, 1.
[26] Cf. Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 7 y 42.
[27] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 604.
[28] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 368 y can. 381 § 2.
[29] Cf. Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 14.
[30] Cf.
Ordo consecrationis virginum, 16.
[31] Cf. Juan Pablo II, Cart. Ap.
Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 17-20.
[32] « La castidad de los célibes y de las vírgenes, en cuanto manifestación de la
entrega a Dios con corazón indiviso (cf. 1 Cor 7, 32-34), es el reflejo del amor infinito que une a las tres Personas
divinas en la profundidad misteriosa de la vida trinitaria »: Juan Pablo II, Ex.
Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 21. « La integridad de la fe también se ha
relacionado con la imagen de la Iglesia virgen, con su fidelidad al amor
esponsal a Cristo: menoscabar la fe significa menoscabar la comunión con el
Señor »: Francisco, Cart. Enc.
Lumen fidei (29 de junio de 2013), 48.
[33] « El amor esponsal comporta siempre una disponibilidad singular para volcarse
sobre cuantos se hallan en el radio de su acción. En el matrimonio esta
disponibilidad –aun estando abierta a todos– consiste de modo particular en el
amor que los padres dan a sus hijos. En la virginidad esta disponibilidad está
abierta a todos los hombres, abrazados por el amor de Cristo esposo »: Juan Pablo II, Cart. Ap.
Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 21.
[34] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, VIII.
[35] Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 287.
[36] Cf. Ambrosius, De virginibus,
lib. II, c. 3, n. 19: PL 16, 211.
[37] Cf. Juan Pablo II, Cart. Enc.
Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 6.
[38] Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 287.
[39] Ibíd, 288.
[40] Ibíd.
[41] Cf. Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 1.
[42] Benedicto XVI,
Discurso a las participantes en el Congreso del Ordo virginum sobre el tema “Virginidad consagrada en el mundo: un don para la Iglesia y en la Iglesia” (15 de mayo de 2008), 5; Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de noviembre de 1996), 18.
[43] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 2.
[44] « Los dones carismáticos,
por lo tanto, se distribuyen libremente por el Espíritu Santo, para que la
gracia sacramental lleve sus frutos a la vida cristiana de diferentes maneras
y en todos sus niveles. Dado que estos carismas “tanto los extraordinarios
como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a
las necesidades de la Iglesia” a través de su riqueza y variedad, el Pueblo de
Dios puede vivir en plenitud la misión evangelizadora, escrutar los signos de
los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio. Los dones carismáticos, de
hecho, mueven a los fieles a responder libremente y de manera adecuada al mismo
tiempo, al don de la salvación, haciéndose a sí mismos un don de amor para otros
y un auténtico testimonio del Evangelio para todos los hombres »: Congregación para la Doctrina de la Fe,
Cart.
Iuvenescit Ecclesia (15 de mayo de 2016), 15.
[45] « Entre vosotras hay diversos estilos y modalidades de vivir el don de la
virginidad consagrada […]. Os exhorto a ir más allá de las apariencias, captando
el misterio de
la ternura de Dios que cada una lleva en sí y reconociéndoos como hermanas,
dentro de vuestra diversidad »: Benedicto XVI,
Discurso a las participantes en el Congreso del Ordo virginum sobre el tema “Virginidad consagrada en el mundo: un don para la Iglesia y en la Iglesia”, Roma (15 de mayo de 2008), 5.
[46] « Para progresar en el camino evangélico, especialmente en el período de
formación y en ciertos momentos de la vida, es de gran ayuda el recurso humilde
y confiado a la dirección espiritual, merced a la cual la persona recibe ánimos para responder con generosidad a las
mociones del Espíritu y orientarse decididamente a la santidad »: Juan Pablo II,
Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 95.
[47] Cf. Benedicto XVI,
Discurso a las participantes en el Congreso del Ordo virginum sobre el tema “Virginidad consagrada en el mundo: un don para la Iglesia y en la Iglesia”, Roma
(15 de mayo de 2008), 4-5.
[48] Agustinus, De sancta virginitate, c. 54: PL 40, 428.
[49] « La gran tradición patrística nos enseña que los misterios de Cristo están
unidos al silencio, y solo en él la Palabra puede encontrar morada en nosotros,
como ocurrió con María »: Benedicto XVI, Ex. Ap. post-sinodal
Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), 66.
[50] « La ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo »: Hieronymus,
Commentarii in Isaiam, Prólogo, CCL 73, 1: PL
24, 17.
[51] « La Eucaristía es el sacramento del Esposo, de la Esposa. La Eucaristía hace
presente y realiza de nuevo, de modo sacramental, el acto redentor de Cristo,
que “crea” la Iglesia, su cuerpo. Cristo está unido como el esposo
con la esposa »: Juan Pablo II, Cart. Ap.
Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 26.
[52] « Aquí se puede llevar a cabo en plenitud la intimidad con Cristo, la
identificación con Él, la total conformación a Él, a la cual los consagrados
están llamados por vocación »: Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio (19 de mayo de 2002), 26.
[53] Francisco, Bula
Misericordiae vultus (11 de abril de 2015), 17.
[54] « Celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un
abrazo caluroso: es el abrazo de
la infinita misericordia del Padre »: Francisco,
Audiencia
(19 de febrero de 2014).
[55] Cf. Ordo consecrationis virginum,
Prænotanda, 2.
[56] Ambrosius, De institutione virginis, c. 6, n. 46:
PL 16, 320.
[57] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 663 § 4.
[58] « La ascesis, ayudando a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza
herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona consagrada
para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la
Cruz »: Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 38.
[59] « La vocación de las personas consagradas a buscar ante todo el reino de Dios
es, principalmente, una llamada a la plena conversión, en la renuncia de sí
mismo para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea todo en todos.
Llamados a contemplar y testimoniar el rostro “transfigurado” de Cristo, son
llamados también a una existencia transfigurada »: Juan Pablo II, Ex. Ap.
post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 35.
[60] « Esta es por tanto la regla de la conversión: alejarse del mal y aprender a
hacer el bien. Convertirse es un camino. Es un camino que requiere valentía para
alejarse del mal y humildad para aprender a hacer el bien. Y que, sobre todo,
tiene necesidad de cosas concretas »: Francisco,
Meditación matutina en la
Capilla de la Casa Santa Marta, Aprender a hacer el bien (14 de marzo de 2017).
[61] Cf. Benedicto XVI,
Discurso a las participantes en el Congreso del Ordo virginum sobre el tema “Virginidad consagrada en el mundo: don para la Iglesia y en la Iglesia”, Roma (15 de mayo de
2008), 4-5.
[62] Cf. Francisco, Cat. Enc.
Laudato si’ (24 de mayo de 2015),
222-227.
[63] Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 273.
[64] « Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto
espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir
que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero,
al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. […] Él nos quiere tomar como
instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en
medio del pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta
pertenencia »: Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 268.
[65] Pablo VI, Ex. Ap.
Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 70.
[66] Cf.
Ordo consecrationis virginum, 16; Juan Pablo II, Discurso a las participantes
en el Congreso internacional del Ordo virginum, en el 25º aniversario de la promulgación del rito, Roma (2 de junio de 1995), n. 6; Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 197-216. « Para la Iglesia la opción por los
pobres es una categoría teológicas antes que cultural, sociológica, política o
filosófica »: Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 198.
[67] Francisco, Cart. En.
Laudato si’ (24 de mayo de 2015),
127.
[68] Ibíd, 220.
[69] Ibíd, 237.
[70] Cf. Juan Pablo II,
Discurso a las participantes en el Congreso internacional del Ordo virginum,
en el 25º Aniversario de la promulgación del rito, Roma (2 de junio de 1995), 4.
[71] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 680.
[72] Cf. Francisco, Ex. Ap.
Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 103-104.
[73] « El camino de la
sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio »: Francisco,
Discurso con ocasión de la Conmemoración del 50º Aniversario de la institución
del Sínodo de los Obispos, Roma (17 de octubre de 2015).
[74] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 6.
[75] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 14 y 16.
[76] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 5; Ordo consecrationis virginum,2 y 16.
[77] Cf. Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 6.
[78] Cf. Congregación para los Obispos, Directorio para
el Ministerio Pastoral de los Obispos
Apostolorum Succesores (22 de febrero de 2004), 104.
[79] Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1303 § 1.
[80] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 604 § 2.
[81] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Cart.
Iuvenescit Ecclesia (15 de mayo de 2016), 16.
[82] Cf.
Código de Derecho Canónico, cann. 684 y 685.
[83] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 695.
[84] Cf. Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata, (25 de marzo de 1996), 19.
[85] Ibíd, 69.
[86] Ibíd, 65 y 69-70.
[87] « Es muy importante que toda persona consagrada sea formada en la libertad de
aprender durante toda la vida, en toda edad y en todo momento, en todo ambiente
y contexto humano, de toda persona y de toda cultura, para dejarse instruir por
cualquier parte de verdad y belleza que encuentra junto a sí. Pero, sobre todo,
deberá aprender a dejarse formar por la vida de cada día, por su propia
comunidad y por sus hermanos y hermanas, por las cosas de siempre, ordinarias y
extraordinarias, por la oración y por el cansancio apostólico, en la alegría y
en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte »: Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio (19 de mayo de 2002), 15.
[88] « La tentación del individualismo. Es la tentación de los egoístas que por el camino pierden la meta y, en
vez de pensar en los demás, piensan sólo en sí mismos, sin experimentar ningún
tipo de vergüenza, más bien al contrario, se justifican. La Iglesia es la
comunidad de los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación de un miembro
está vinculada a la santidad de todos. El individualismo es, en cambio, motivo
de escándalo y de conflicto »: Francisco,
Discurso con ocasión del Encuentro de Oración con el Clero, los Religiosos, las
Religiosas y los Seminaristas, El Cairo (29 de abril de 2017).
[89] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio (19 de mayo de 2002), 18.
[90] Cf.
Código de Derecho Canónico, can. 1072.
[91] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 5 b).
[92] Cf.
Ordo consecrationis virginum, Prænotanda, 5 a) y 5
b).
[93] Juan Pablo II, Ex. Ap. post-sinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 65.
[94] Cf. Juan Pablo II,
Discurso a las participantes en el Congreso internacional del Ordo virginum,
en el 25º Aniversario de la promulgación del rito, Roma (2 de junio de 1995), 4
[95] « Decía Benedicto XVI que existe una “ecología del hombre” por la cual “también
el hombre posee una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su
antojo” [Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín (22 de septiembre de 2011)]. En esta línea, cabe reconocer que nuestro
propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás
seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria
para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común,
mientras una lógica de dominio sobre el cuerpo se transforma en una lógica a
veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a
cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología
humana. También la valoración del propio cuerpo en su feminidad o masculinidad
es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De
este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la
otra, obra de Dios creador, y enriquecerse recíprocamente »: Francisco, Cart.
Enc.
Laudato si’ (24 de mayo de 2015),
155.
[96] Cf. Congregación para la Educación Católica,
Orientaciones para el uso de la competencia psicológica en la admisión y en la
formación de los candidatos al sacerdocio (29 de junio de 2008); Congregación para el Clero,
El don de la vocación presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis
Sacerdotalis (8 de diciembre de 2016), 146-147 y 191-196.
[97] Cf. Congregación para el Clero,
El don de la vocación presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis
Sacerdotalis (8 de diciembre de 2016), 194.
[98] « En la selección de los especialistas, además de sus cualidades humanas y sus
competencias específicas, se debe tener en cuenta su perfil como
creyente »: Congregación para el Clero,
El don de la vocación presbiteral.
Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (8 de diciembre de 2016), 146.
[99] Ordo consecrationis virginum,
Prænotanda, 5 a).
[100] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio (19 mayo 2002), 25.
[101] Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida
Apostólica, Instrucción
Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer
milenio (19 mayo 2002), 15.
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