Señores cardenales y distinguidas autoridades;
venerables hermanos en el
episcopado y en el sacerdocio;
hermanos y hermanas en el Señor:
Introducción Saludos y acción de gracias
En este inicio del tercer milenio, los creyentes en Jesucristo venimos de todo
el mundo, representando a las Iglesias de todos los continentes, aquí a
Guadalajara, en este hermosísimo país, México, para manifestar y corroborar
nuestra fe en Jesucristo Eucaristía. Este es ya el 48° Congreso eucarístico
internacional y el primero del tercer milenio.
En nombre de todos y con todos vosotros enviamos ante todo un afectuoso saludo a
nuestro amado Santo Padre, Juan Pablo II, Sucesor de Pedro y jefe de la Iglesia
católica.
Esta mañana, Juan Pablo II ha hablado del Congreso eucarístico internacional de
Guadalajara a los fieles reunidos para el rezo del Ángelus en la plaza de San
Pedro, y al mundo entero. Os leo sus palabras: "Se ha inaugurado hoy en
Guadalajara, México, el Congreso eucarístico internacional, que tiene por
tema: "La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio". Me uno espiritualmente a
este importante acontecimiento eclesial, con el que comienza también el Año
de la Eucaristía. Para este Año especial, he dirigido a toda la
Iglesia una carta apostólica que inicia con estas palabras: "Mane nobiscum
Domine, Quédate con nosotros, Señor" (cf. Lc 24, 29). Que esta
invocación resuene en todas las comunidades cristianas: que los fieles,
reconociendo a Cristo resucitado "en la fracción del pan" (Lc 24, 35),
estén dispuestos a dar testimonio de él con caridad activa. Encomendemos
estas intenciones a la intercesión de María santísima, "Mujer eucarística" (Ecclesia
de Eucharistia, cap. VI)". Esta es la consigna que nos hace el Santo Padre.
Personalmente, le doy las gracias por haberme enviado como legado suyo para el
Congreso. Él está con nosotros, nos sigue con sus oraciones y al final del
Congreso nos dirigirá su mensaje acompañado por la bendición apostólica.
Saludo cordialmente al eminentísimo cardenal Juan Sandoval Íñiguez, pastor de
esta Iglesia de Guadalajara, que no ha escatimado esfuerzos y recursos para
organizar, juntamente con muchos colaboradores y con el apoyo del Pontificio
Comité romano, esta fiesta eucarística.
Asimismo, saludo fraternamente a los señores cardenales y a los venerables
hermanos en el episcopado y en el sacerdocio.
Mi respetuoso saludo va también a las ilustres autoridades nacionales,
regionales y locales, así como a las militares.
Con afecto saludo a los diáconos, los religiosos y las religiosas, los
seminaristas, los miembros de los movimientos y de las asociaciones,
especialmente a las de adoración eucarística.
Mi corazón se ensancha para saludar a los jóvenes, las familias, los ancianos,
los pobres, los que sufren, así como a las delegaciones de todos los
continentes, naciones y lenguas.
A todos vosotros, aquí presentes, os digo: ¡La paz y la alegría en Cristo
Eucaristía estén con todos vosotros!
1. Del Cenáculo a Guadalajara
1.1. Venimos de nuestro mundo
Venimos de un mundo lleno de luz pero también de pesadas sombras. Por un lado,
se nota la búsqueda de algo que una a la humanidad, como se ha visto en las
últimas olimpíadas, el anhelo de paz, el redescubrimiento de la belleza de la
creación, la defensa de los derechos humanos, la sensibilidad por la justicia
social, etc. En la Iglesia misma vemos el despertar de los jóvenes, a los que el
Santo Padre ha encomendado la estupenda tarea de ser "centinelas de la mañana";
están aumentando y madurando las Iglesias jóvenes; después de un siglo de
grandes Papas, Juan Pablo II es cada vez más ampliamente reconocido como la más
alta autoridad moral no sólo de los católicos sino también de la humanidad
entera, el cual ahora sigue enseñando con su ejemplo, además de con su palabra;
está constantemente presente ante los ojos de todos el compromiso de la Iglesia
por la paz, por la dignidad humana, por la justicia y por los pobres y los más
débiles, por la cultura de la vida contra la cultura de la muerte, por el
inestimable valor de cada persona, pero también por el ecumenismo y el diálogo
interreligioso..., para mencionar solamente algunas luces.
Sin embargo, venimos de un mundo que también se ve turbado por sombras
tenebrosas: guerras conocidas y olvidadas, declaradas o solapadas; violencias y
conflictos de diversa índole; el ataque ideológico al matrimonio y a la familia,
y a la misma vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, ahora
amenazada también con la eutanasia de los ancianos, de los enfermos e incluso de
los niños recién nacidos, con un homicidio legalizado; el oscurecimiento de la
conciencia moral; la pérdida de la capacidad de amar fiel y constantemente; el
terror que se transforma en horror; la pérdida del sentido del pecado, que
denota la pérdida del sentido de Dios; la "apostasía silenciosa" de Cristo de
algunas regiones cristianas; un laicismo que excluye a Dios de la vida social e
incluso de la conciencia privada; un agnosticismo que no deja espacio a la
religión y resulta peor que el ateísmo, mientras proliferan manifestaciones de
una religiosidad sectaria y fanática, con frecuencia fundamentalista.
Venimos de este mundo a buscar la luz para nuestra vida, la certeza para
nuestras dudas, la valentía para dar testimonio de nuestra fe a nuestros
hermanos y hermanas que se encuentran en dificultad, el alimento para nuestra
vida y la de nuestros semejantes. "Queremos ver tu rostro, Señor". Con Pedro,
también nosotros queremos manifestar y profesar nuestra fe en Jesucristo:
"Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68).
Jesús mismo declaró: "Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará en la
oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). Y también: "Yo
soy el pan de la vida" (Jn 6, 48). Luz y vida, he aquí lo que nuestro
mundo necesita.
1.2. Eucaristía Cristo en quien creemos
Hemos venido a este Congreso desde diversas partes de nuestro mundo para
celebrar la Eucaristía. Pero, ¿qué es la Eucaristía? Después de la consagración,
lo decimos: Es misterio de la fe. Es un don inestimable. Más aún, "la Iglesia
ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros
muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque
es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad, así como de su obra de
salvación" (Ecclesia de Eucharistia, 11). Por eso, sería más exacto
preguntarse: "¿Quién es la Eucaristía?", no: "¿Qué es la Eucaristía?".
Para confirmar nuestra fe, debemos remontarnos al origen de la Eucaristía, es
decir, a Cafarnaum, donde fue prometida, y al Cenáculo, donde fue instituida.
Con el Evangelio en las manos y con el corazón abierto, releer el capítulo sexto
de Juan, especialmente las palabras que acabamos de escuchar: "Yo soy el pan
vivo, que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre; y el
pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo... El que come mi carne y
bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día" (Jn
6, 51. 54). Sí, la Eucaristía es Jesucristo mismo, vivo, real, aunque esté
presente bajo el velo sacramental del pan y del vino. ¿Acaso nos parecen "duras"
sus palabras, difíciles de entender para nuestra mentalidad acostumbrada a
comprobarlo todo con los sentidos, con los aparatos, con la tecnología, como les
parecían difíciles a algunos discípulos en los tiempos de Jesús? Y, sin embargo,
Jesús no cambia ni una coma; antes bien, refuerza sus afirmaciones. Pero
nosotros estamos con Pedro y con su fe: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de
Dios" (Jn 6, 68). Por eso, para nosotros la Eucaristía es él mismo, es "misterio
de la fe", pero es una realidad verdadera. Hoy nos encontramos ante
Cristo Eucaristía con el asombro de la fe, de la alegría, de la admiración, del
amor.
Es el mismo asombro que invadió a los Apóstoles en el Cenáculo. En aquel clima
solemne, pero también triste en previsión de la pasión, Jesús manifestó su amor
infinito a la humanidad y realizó lo que había prometido. Como nos relata san
Juan, "antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora
de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), es decir, hasta el límite. Y
entonces dejó a los suyos no un recuerdito, no una imagen, no un don aunque
fuera memorable, no un objeto querido, sino a sí mismo. Y además escogió la
forma de pan y de vino para significar que quería convertirse en nuestro
alimento, en apoyo de nuestra vida y fuente de nuestra existencia eterna. Se dio
a sí mismo en alimento por nosotros para poder quedarse con nosotros en una
unión totalmente singular e íntima, en analogía con el alimento que entra en el
circuito vital de nuestro cuerpo y a través del metabolismo vital se transforma
en vida nuestra y energía. De manera semejante Jesús mismo quiso entrar en
una comunión muy íntima con nosotros: "El que come mi carne y bebe mi sangre,
habita en mí y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo
vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 56-57).
Esta estupenda realidad debe inspirar y transformar nuestra vida y nuestras
comuniones eucarísticas en encuentros vitales que inspiren nuestras actividades.
Pero la riqueza de la Eucaristía, de esta invención maravillosa del amor divino,
no se agota aquí.
2. "Pro mundi vita" "Para la vida del mundo"
Jesucristo instituyó la Eucaristía también con otra finalidad. No por casualidad
dijo desde que prometió el pan de la vida: "El pan que yo daré es mi carne
para la vida del mundo" (Jn 6, 51). Luego, cuando en el Cenáculo
instituyó la Eucaristía, tomó el pan y declaró solemnemente: "Esto es mi
cuerpo, que será entregado por vosotros". Y sobre el vino declaró: "Este
es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros". Así realizó
Jesús, en la misma noche en que fue traicionado, con unas horas de anticipación
y de modo incruento, sacramental, el sacrificio que poco después ofreció de modo
cruento en la cruz. Por tanto, instituyó la Eucaristía como su sacrificio
redentor. Y, además, quiso que se perpetuara a lo largo de los siglos, y por
ello dio a los presentes en el Cenáculo una orden que es también un poder
especial: "Haced esto en conmemoración mía". Desde entonces, los sacerdotes de
la Iglesia cumplen fielmente este sublime deber, como lo describe san Pablo en
la carta a los fieles de Corinto: "Pues cada vez que coméis de este pan y
bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva" (1 Co
11, 26).
Como en tiempos de san Pablo en la Iglesia primitiva, también hoy aquí, en
Guadalajara, hacemos lo que nos mandó el Señor: el celebrante repite fielmente
las palabras del Señor sobre el pan y sobre el vino, los convierte en el cuerpo
y en la sangre de Cristo en memoria de él y proclama: "Es misterio de la fe".
Seguidamente el pueblo profesa su fe en el sacrificio de Cristo que se renueva
en el altar: "¡Anunciamos tu muerte, Señor!". Y no es sólo la evocación de la
pasión y muerte del Señor, una pura conmemoración como en una representación
teatral sagrada, sino que es la representación sacramental de este
acontecimiento salvífico. Este acontecimiento central de salvación se hace
realmente presente y "se realiza la obra de nuestra redención" (Lumen gentium,
3). "Este sacrificio -afirma el Santo Padre- es tan decisivo para la salvación
del género humano, que Jesucristo lo realizó y volvió al Padre sólo después
de habernos dejado el medio para participar de él como si hubiéramos estado
presentes". La Eucaristía es precisamente este medio. El mismo Papa exclama a
continuación: "¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la
Eucaristía nos muestra un amor que llega "hasta el extremo" (Jn 13, 1),
un amor que no conoce medida" (Ecclesia de Eucharistia, 11). ¡Amor que da
la propia vida para la vida del mundo, también de nuestro mundo, de nuestro
milenio, de cada uno de nosotros!
Conclusión
Queridos hermanos y hermanas, inauguramos solemnemente este Congreso para
venerar, adorar, alabar, agradecer y orar a Jesucristo presente en medio de
nosotros en la Eucaristía, sacramento de su amor. La mirada materna y la
poderosa intercesión de María, Mujer eucarística, nos acompañe en el camino de
estos días, "para que, fortalecidos en este banquete sagrado, seamos en Cristo
luz en las tinieblas y vivamos íntimamente unidos a él, que es nuestra vida" (Oración
para el Congreso). Amén.