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 Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People

People on the Move - Supp. N° 93,  December 2003, pp. 272-277

España

Rev. Hna. Guadalupe ROMERO NAVAS

Directora Nacional

1. Introducción

Los gitanos, según un documento fechado en Zaragoza el 12 de enero de 1425, llegaron a España en el siglo XV. Durante muchos siglos fueron nómadas y perseguidos. Ha sido una constante en la historia de la etnia gitana el rechazo socio-religioso.

Hoy podemos afirmar que su situación geográfica, económica y social, ha cambiado notablemente, viviendo en la actualidad un proceso de desarrollo con sus ventajas e inconvenientes. El colectivo gitano español ha superado el concepto de que su condición étnica sea determinante en la pobreza, es decir, ser gitano no debe entenderse como sinónimo de pobre. No obstante, un número considerable de gitanos en España sufre todavía la dura experiencia de la marginación y exclusión.

Se calcula que la comunidad gitana española está formada por más de 600.000 miembros, siendo uno de los países europeos con mayor número de gitanos.

Al igual que toda la sociedad española ha experimentado una transformación profunda en estos últimos años. Las consecuencias para el gitano de esta transformación de valores están todavía por evaluar, pues al no disponer de medios defensivos, su desventaja ante los peligros era mayor. Su cultura y costumbres propias han sufrido desgarros y cambios muy rápidos sin saber hasta qué punto haya podido afectar a la esencia y raíz de su propia identidad. Es importante constatar el deterioro, en algunos casos, de sus parámetros socio-culturales, de sus normas de conducta y de sus guías de vida.

Dicho de otra forma, los últimos 50 años han significado para los gitanos un cambio mayor que todo el tiempo anterior, tanto en la dimensión social, como en la religiosa.

2. Motivaciones para el dialogo y la misión

Sentimos que ha llegado felizmente la hora del reconocimiento y de la normalización. Así lo reconocen los obispos españoles en su reciente documento: «La Iglesia de España y los gitanos», de la LXXIX Asamblea Plenaria. Muchos son los deseos expresados en esta pastoral, que concluye en un agradecimiento profundo al buen trabajo llevado a cabo por tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, a la vez que se comprometen “a intensificar el trabajo pastoral con la población gitana en nuestras iglesias locales”[1].

Dentro del respeto a la diferencia y del derecho a la aceptación plena, vamos a un modelo de convivencia intercultural que a todos enriquece. Supone la afirmación de ciudadanía sin fisuras, con acceso a los espacios de participación, y el reconocimiento de derechos.

Nuestras comunidades cristianas deben ser las primeras en sentirse urgidas a salir al encuentro de los gitanos. Son “hijos predilectos de Dios”, por ser hermanos nuestros, perseguidos en la historia y excluidos en la actualidad. Nuestras comunidades cristianas son llamadas a valorar su ser como personas y su cultura como cauce de transmisión de la fe.

Por ello han de acoger fraternalmente a los gitanos bautizados, compartir su fe y brindar la hospitalidad y la buena Noticia a todo gitano, sea cual fuere su condición social, cultural o religiosa.

La Iglesia tendría que ser la primera comprometida en rechazar la exclusión o discriminación de cualquier persona y respetar, promover y proclamar los derechos inalienables de toda persona humana como hija de Dios.

Convendría, pues, orientar a las Delegaciones Diocesanas, los proyectos parroquiales y los movimientos apostólicos en clave de inculturar el Evangelio en el mundo de la cultura gitana.

3. Objetivos que se plantean

Ante esta realidad a veces desconcertante, pero siempre rica y sorprendente, se impone un reto no siempre fácil y que podríamos definir con estas palabras: posibilitar y potenciar. Y desde esa base:

  • Acoger, al estilo del buen Samaritano, a todos los gitanos sea cual sea su situación social y religiosa, abriendo procesos de respeto y comunión en todo aquello que afecte a la buena noticia del evangelio.
  • Trabajar en la formación de pequeños grupos, con el fin de que haya gitanos, que habiendo recibido carismas concretos, puedan hacer y ser Iglesia en comunión.
  • Crear espacios de encuentro entre miembros de las comunidades cristianas y los gitanos, en orden a favorecer el mutuo conocimiento y enriquecimiento, desde el presupuesto de que toda cultura, es portadora de valores.
  • Ofrecer una atención especial a los grupos de gitanos, que tras años de separación, han comenzado o continuado la nueva etapa de una convivencia, en una sociedad pluralista.
  • Descubrir en el mundo de los gitanos las necesidades y aspiraciones propias. Están sufriendo el desarraigo de los antepasados y, al mismo tiempo, no se han incorporado, por voluntad propia, a la sociedad mayoritaria. Esto puede producir desorientación, desarraigo y conducirlos a situaciones inesperadas.

4. Mediaciones

La comunidad gitana, sumergida en una sociedad pluralista, debe sentirse aceptada y valorada tanto política como religiosamente por aquellos que se sienten próximos, desde la fe y el afecto, a su mundo y a su cultura.

Hablar de agentes de pastoral gitana como hasta ahora lo hemos venido haciendo, significa situarse en el plano del mutuo enriquecimiento, lo que nos lleva a la relativización de los propios absolutos.

Estar fielmente en una causa, no conduce a la plena identificación con la misma de forma incondicional y absoluta, pues ninguna, por excelente que sea, dejará de estar marcada por medidas contingentes, y a veces, pecadoras. La cultura gitana no es una excepción.

Por encima de todo debemos caminar en una sociedad pluralista y en una Iglesia habitable y acogedora. Podríamos decir con el Apocalipsis: “He aquí lo que el Espíritu pide hoy a la Iglesia”[2].

4.1. La primacía del pobre

Que el agente de pastoral haga suyos aquellos consejos paulinos: “tener la misma mentalidad que Cristo Jesús”[3]; en situaciones de conflicto “no querer saber nada más que a Jesucristo, y este crucificado”[4]; o la verdad cristiana sólo puede ser “hecha en caridad”[5].

Estos principios marcados en la Sagrada Escritura convienen recordarlos, porque el testimonio que debe dar la Iglesia, y en nuestro caso los agentes de pastoral, no consiste en no tener problemas ni diferencias, sino en saberlos afrontar evangélicamente. No es el testimonio de la uniformidad, sino el de la unidad en lo plural.

El signo de que somos enviados y correspondemos a dicho envío, es cuando, al estilo de Jesús[6], bajamos a los últimos lugares donde están los pobres y allí nos despojamos[7]. No podemos bajar y estar entre los pobres siendo ricos, ayudarles desde arriba y mantener nuestra posición de dominio paternalista. En todo evangelizador, debe aparecer la gratuidad, la ternura y la comprensión de Cristo.

4.2. Al ver a la gente sintió compasión

Esto nos está solicitando urgentemente que nuestra pastoral en la comunidad gitana debe ir orientada hacia todos los gitanos, pero de forma más urgente hacia los más necesitados y marginados. El agente de pastoral debe tener muy claro que los pobres también se les alimente con la Palabra, los Sacramentos y las obras del amor.

4.3. Enculturizándose

Aunque es un hecho el que el gitano en España es reconocido como portador de derechos, su cultura sigue siendo marginada en los estamentos sociales, educativos y políticos. Pero esa cultura, y a pesar de la crisis de identidad por la que está atravesando, es y debe ser el cauce ordinario de la transmisión de la fe. San Pablo habla de “ser griegos con los griegos, judíos con los judíos”. Nosotros tenemos que ser gitanos con los gitanos, pues así nos lo recuerda Juan Pablo II cuando nos dice que “la evangelización del pueblo gitano no debe perder la memoria de su historia” (Discurso de Juan Pablo II a los participantes en el congreso Internacional de Pastoral Gitana 8-6-1995).

No seremos los evangelizadores quienes modifiquen la cultura gitana de los destinatarios, pero sí debemos ayudar a purificar cualquier cultura desde la fe, incluida la gitana. Esto constituye un gesto de pluralidad en la unidad de la Iglesia y, al mismo tiempo, un enriquecimiento que nos complementa en la comunión con el pasado a la vez que se construye el futuro.

5. Criterios para el dialogo

El hombre que hay que evangelizar no es un ente abstracto, sino que está condicionado por los problemas sociales, económicos y ambientales y tiene que dialogar y crecer en un ambiente a veces hostil e incluso con profundas diferencias. Por eso hay que tener en cuenta algunos criterios propios para el diálogo:

5.1. Conocer la realidad gitana

Tenemos que conocer los canales de actuación de los gitanos, su sistema de comunicación y las perspectivas de futuro de cada lugar que pisamos. La pretensión de cualquier agente de pastoral debe ser la de asumir la cultura, circunstancias y medios de vida que rodean a los gitanos y tenerlos como propios. Más que constructores de proyectos a favor, estar atentos a lo que va sucediendo, y sembrar ahí la Palabra de Dios y luego esperar pacientemente a que germine, con paciencia y confianza.

5.2. Hablar en nombre de Jesucristo

No somos portadores de nuestros propios criterios, sino mediadores y servidores de Dios y de los gitanos. Es importante señalar un detalle de cara a nuestro campo concreto de evangelización, y es que necesitamos de la presencia del Espíritu Santo. Él es quien nos da la fuerza ante el desánimo personal, los propios cansancios o la incomprensión de la sociedad.

Lo que sí nos tiene que preocupar es la razón por la que la Palabra de Dios, a veces no llega a los pobres, ¿no será que muchas veces es nuestra propia palabra? Sin embargo, nos debe acompañar siempre la certeza de que por encima de las incomprensiones, dificultades y desconciertos con los que nos encontramos inevitablemente, el Espíritu Santo está con nosotros para que la Palabra sea proclamada con valentía y con esperanza.

5.3. Con organización

La Iglesia que peregrina en este mundo necesita de la organización como medio para el anuncio y el diálogo de Dios con los hombres si quiere llevar a cabo la misión que tiene encomendada. El marco de la Iglesia primitiva que se relata en Hechos 6, 1-7 es la referencia ideal para lo que queremos proponer.

En sus orígenes, la Iglesia tuvo que aprender a organizarse. En el trabajo con la comunidad gitana hay personas que trabajan por “libre”, y esto no favorece a la comunión ni al diálogo. Es necesario que vayan cogidos de la mano y sepan crecer en creatividad y capacidad de dar respuesta a los desafíos del evangelio para encarnarlo en las comunidades gitanas, puesto que el Evangelio es para todos. Se han dado pasos de coordinación, pero hace falta una mayor intensidad para que se dé esa comunión entre todos en el nombre del Señor Jesús.

6. El campo ecuménico

Es urgente promover la comunión en el delicado campo del diálogo interreligioso. La triste herencia del pasado ha dejado secuelas de ruptura religiosa entre los cristianos. Urge descubrir y vivir que las culturas son transmisoras de la fe, para que esta se viva en comunión.

Aunque la realidad de la historia en relación payos-gitanos está marcada por la ruptura y división como consecuencia de la fragilidad humana; sin embargo, nos urge invocar al Padre con las mismas palabras de Jesús: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno con nosotros”[8]. Sin duda este deseo de Jesús nos urge a vivir el gran “ecumenismo de la santidad”[9], con la ayuda de Dios, para dar frutos de futuro.

Que un día no lejano, podamos cantar todos con el salmista: “Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos”[10].


[1] Cfr. «La Iglesia de España y los gitanos». LXXIX Asamblea Plenaria. EDICE, 2002, nº 53, pág. 28.
[2] Ap. 3,22
[3] Filp. 2,5
[4] 1 Cr. 2,2
[5] Ef. 4,15
[6] Filp. 2, 7-9
[7] Filp. 2,7
[8] Jn. 17,21
[9] NMI. 48
[10]Salmo 133,1
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