Señor presidente:
1. Al tomar la palabra en esta Conferencia, la Santa Sede desea ante todo unirse
a las demás delegaciones para felicitar a la FAO por su iniciativa y asimismo
dar las gracias al Gobierno brasileño, que ha permitido la realización de este
encuentro. Se trata, ciertamente, de un momento importante para la comunidad
internacional, llamada no solamente a evaluar las propuestas de posibles
acciones, sino sobre todo a dar respuestas válidas a las expectativas de cuantos
—pequeños agricultores, campesinos, artesanos y sus familias— viven y trabajan
establemente en el mundo rural.
La agenda de nuestros trabajos pone de manifiesto la necesidad de intensificar
la solidaridad internacional, para afrontar conscientemente el gran desafío
planteado por el objetivo del desarrollo de los pueblos y, en este marco, por el
compromiso específico en favor del crecimiento del mundo rural, a fin de
garantizar a la humanidad una efectiva seguridad alimentaria.
Estos temas, tan importantes para toda la familia humana, interpelan también
directamente a la Iglesia católica, la cual, en virtud de su naturaleza y su
misión, desea servir a la causa del hombre en todas las circunstancias. Por eso,
la Santa Sede ha creído oportuno proponer asimismo una reflexión argumentada
sobre estas cuestiones, que podéis encontrar en la
Nota técnica que se os
ha entregado. El peligro de considerar al mundo rural como una realidad
secundaria, o incluso olvidarlo, existe realmente, favoreciendo así la pérdida
de los elementos fecundos de orden social, económico y espiritual que lo
caracterizan.
2. La idea de la FAO de unir una vez más la reforma agraria y el desarrollo
rural atestigua que, a pesar de la variedad de las experiencias realizadas hasta
ahora en cada país y la petición incesante de colaboración dirigida a las
instituciones internacionales, siguen existiendo las expectativas de millones de
personas, las cuales solicitan que, además del aspecto teórico, se busquen
soluciones prácticas que permitan reorganizar la capacidad de trabajo, el medio
ambiente y el aspecto social, en sentido amplio, del sector agrícola.
Es preciso reconocer que uno de los límites de las políticas, de las acciones y
de las intervenciones en favor del mundo rural consiste en que no hacen
referencia a las estructuras tradicionales, a los valores morales, a la
capacidad de acción de las personas y de las comunidades, y a la mayor autonomía
de cada uno. El trabajo agrícola debe ser garantizado y, por consiguiente,
asegurado no sólo como una opción de organización o de política económica,
sino en razón de las aspiraciones más profundas y del desarrollo integral y
armónico de la persona, tanto en el aspecto individual como en el comunitario.
En este sentido, una buena subsidiariedad, desde el ámbito local hasta la
más amplia dimensión internacional, puede permitir trabajar en favor del
desarrollo de las zonas rurales, buscando como objetivo el bien común, con una
atención proporcionalmente más intensa en favor de los más necesitados.
Dado que a menudo se encuentran en situación de miseria, de explotación, de
acceso limitado al mercado, de dificultad social, de falta de apoyo en sus
derechos y sus necesidades fundamentales, los campesinos sin tierra y los
pequeños agricultores son los primeros destinatarios de los programas de
cooperación organizados según sus expectativas, que tienen como objetivo
garantizar un desarrollo concreto. Con frecuencia se encuentran en condiciones
de vida precarias, pues su trabajo está condicionado por situaciones climáticas
y naturales adversas, así como por no contar con recursos para afrontar la
escasez o la pérdida de las cosechas, con el consiguiente abandono gradual de la
actividad agrícola, llevados por la ilusión, con frecuencia errónea, de
encontrar en las áreas urbanas mejores respuestas a la condición de pobreza.
Cambiar esta situación significa recurrir a un concepto concreto de justicia
capaz de traducirse en políticas, reglas, normas y acciones solidarias. Hay que
reconocer y sostener con generosidad, de acuerdo con el principio de
subsidiariedad, las iniciativas puestas en marcha por las diferentes fuerzas
sociales y que unen espontaneidad y cercanía a los hombres que necesitan ayuda (cf.
Deus caritas est, 28).
3. La dimensión mundial de la actividad agrícola, el uso de las técnicas
modernas y los progresos constantes de la investigación permiten esperar, con
renovada confianza, progresos cercanos y rápidos de la producción y de los
índices de desarrollo humano. Se trata de una realidad que debe ser acogida y
evaluada de manera positiva, a condición de ser reconocida como un instrumento
prolongado de la creación, ofrecido a la familia humana, y no como un elemento
que altera el orden natural.
Determinar el futuro de las zonas rurales depende también de la responsabilidad
de las generaciones actuales con respecto a la conservación y la protección
de la naturaleza, y al equilibrio recíproco entre los distintos ecosistemas
que pertenecen al mundo rural: las tierras, los bosques, la fauna, el agua, el
aire. Muchas veces la falta de una buena relación entre la tierra y quien la
cultiva, la incertidumbre relacionada con el título de propiedad o con las
posesiones, y la imposibilidad de acceder al crédito, así como otras situaciones
que afectan a los pequeños agricultores, son la causa de una excesiva
explotación de los recursos naturales con el único objetivo de la rentabilidad
inmediata.
La importancia del medio rural en la comunidad humana se muestra claramente por
el hecho de que en él resulta fácil y espontáneo respetar la naturaleza, que es
creación, en sus ritmos y en su desarrollo, conscientes de que las
intervenciones técnicas y científicas, aunque sean necesarias o útiles, pueden
tener consecuencias no queridas que degradan en ocasiones de modo grave y tal
vez irreversible la naturaleza misma, cuyas leyes no admiten ser violadas.
La delegación de la Santa Sede desea subrayar, por último, la necesidad de
proteger y sostener a la familia rural en la importante función que puede
desempeñar, especialmente para contribuir a un desarrollo respetuoso de la
naturaleza y sobre todo atento a la dignidad fundamental del ser humano.
Muchas gracias, señor presidente.
*