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CONFERENCIA INTERNACIONAL SOBRE LA REFORMA AGRARIA
Y EL DESARROLLO RURAL (PORTO ALEGRE, BRASIL, 7-10 DE MARZO DE 2006)
NOTA TÉCNICA DE LA SANTA SEDE
1. La Conferencia internacional sobre la reforma agraria y el desarrollo
rural que la FAO, en colaboración con el Gobierno de Brasil, ha convocado en
Porto Alegre, es ocasión para una reflexión atenta sobre la situación del mundo
rural y para corresponder con respuestas adecuadas al anhelo de justicia y al
deseo de desarrollo de cuantos viven en él. Debemos afrontar temas importantes
para la familia humana y que, por eso, interpelan directamente también a la
Santa Sede y a la Iglesia católica, las cuales, de acuerdo con su naturaleza y
su misión, se sienten llamadas a sostener, en todas las circunstancias, la causa
del hombre.
Los responsables de los Estados, de las organizaciones internacionales y de las
que son expresión de la sociedad civil, tienen la posibilidad de hacer un
balance sobre los compromisos asumidos precedentemente y sobre las acciones que
les han seguido, y al mismo tiempo dar orientaciones para el futuro de los más
de novecientos millones de personas que, representando a las tres cuartas partes
de la población mundial pobre, viven en zonas rurales en situaciones de máxima
pobreza (IFAD: "Rural Poverty Report 2001", Oxford University Press,
2001). Un futuro que se vislumbra cada vez más incierto, como lo indican los
informes presentados a la consideración de la Conferencia, y que por tanto exige
intervenciones necesarias tanto mediante la acción de los diversos países como a
través de las diferentes iniciativas ofrecidas por la cooperación internacional.
No sólo se trata de fortalecer la solidaridad internacional para afrontar
conscientemente el gran desafío planteado por el objetivo del desarrollo de los
pueblos y, en este marco, por el compromiso específico de garantizar a la
humanidad una efectiva seguridad alimentaria, sino también de dar respuestas
válidas a las expectativas de cuantos —pequeños agricultores, campesinos,
artesanos y sus familias— viven y trabajan establemente en el mundo rural. En
efecto, hay que evitar el peligro de considerar el mundo rural como una realidad
secundaria, o incluso olvidarlo, favoreciendo así la pérdida de los elementos
fecundos de orden social, económico y espiritual que lo caracterizan.
2. La situación actual del mundo rural muestra cómo el intercambio global, el
uso de las técnicas modernas y los constantes progresos de la investigación
permiten aumentos, incluso rápidos, de la producción, así como de los índices de
desarrollo humano. Ciertamente, se trata de una realidad que no se puede
descuidar o rechazar, sino que hay que acoger y valorar positivamente, con tal
de que se la reconozca como un instrumento ulterior de la creación ofrecido a la
familia humana y no como un elemento que altera el orden natural. "Es preciso
reconocer que el progreso técnico, aun siendo necesario, no lo es todo. Sólo es
verdadero progreso el que salvaguarda íntegramente la dignidad del ser humano y
permite a cada pueblo compartir sus recursos espirituales y materiales en
beneficio de todos" (Benedicto XVI,
Discurso a los participantes en la XXXIII
Conferencia de la FAO, 24 de noviembre de 2005: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 2 de diciembre de 2005, p. 6).
La cuestión está directamente relacionada con los temas tratados por la
Conferencia, especialmente cuando, ante el ideal del destino común de los
bienes, estos, en cambio, están concentrados en las manos de pocos, excluyendo a
cuantos no están en condiciones de poder disfrutar de ellos, o por desgracia se
ven limitados en sus aspiraciones más íntimas o incluso privados de la condición
esencial de dignidad. En efecto, al considerar las numerosas cuestiones
vinculadas a la reforma agraria y al desarrollo rural, conviene recordar el
principio inmutable de que "Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella
contiene para uso de todos los hombres y pueblos" (Gaudium et spes, 69),
como criterio inspirador y común de un orden social y económico capaz de
implicar y motivar a todos los miembros de la familia humana. Basándose en él,
la doctrina social de la Iglesia ha condenado a menudo el latifundio como
intrínsecamente ilegítimo (Pablo VI,
Populorum progressio, 23, 1967;
Consejo pontificio Justicia y paz: "Para una mejor distribución de la tierra.
El reto de la reforma agraria", nn. 32-34, 1997; "Compendio de la doctrina
social de la Iglesia", n. 300, 2004).
Este criterio cobra mayor importancia si se piensa en la distribución
desigual de los bienes dentro de un mismo país, que determina, sobre todo en
las áreas rurales de los países en vías de desarrollo, condiciones de vida que
no satisfacen las necesidades básicas. En el mundo rural las situaciones
de miseria, explotación, falta de acceso al mercado y malestar social se
agudizan cuando, al mismo tiempo, faltan garantías de tutela de los que trabajan
la tierra. En efecto, se encuentran en condiciones de vida precarias, pues su
trabajo está condicionado por situaciones climáticas y naturales adversas, así
como por no contar con recursos para afrontar la escasez o la pérdida de las
cosechas, con el consiguiente abandono gradual de la actividad agrícola,
llevados por la ilusión, con frecuencia errónea, de encontrar en las áreas
urbanas mejores respuestas a la condición de pobreza.
Sobre esta situación de precariedad de las áreas rurales de los países en vías
de desarrollo influye también el apoyo generalizado de los países con mayor
bienestar a la producción agrícola, al comercio de los productos de la tierra y
al consumo de alimentos. Cambiar esta situación significa también recurrir a un
concepto concreto de justicia capaz de realizarse con políticas, reglas, normas
y acciones solidarias.
3. Existe, además, otro elemento que condiciona el futuro de las áreas rurales y
que atañe a la responsabilidad de las generaciones actuales con respecto a la
conservación y protección de la naturaleza y de sus recursos, así como de
los diversos ecosistemas que pertenecen al mundo rural (agrícola, forestal,
fáunico, hídrico, atmosférico). Muchas veces la falta de una relación correcta
entre la tierra y quien la cultiva, la incertidumbre relacionada con el título
de propiedad o con las posesiones, y la imposibilidad de acceder al crédito, así
como otras situaciones que afectan a los pequeños agricultores, son la causa de
una excesiva explotación de los recursos naturales con el único objetivo de la
rentabilidad inmediata. Y todo esto en detrimento de una fertilidad duradera de
las tierras, del respeto de los ciclos de las estaciones y, por tanto, de una
conservación de las superficies cultivables para uso de las generaciones
futuras.
Sin embargo, la experiencia madurada hasta ahora muestra que el único criterio
de sostenimiento ambiental, puesto en el centro de las estrategias de desarrollo
durante los últimos decenios, no podrá constituir una respuesta eficaz si no se
funda en una auténtica ecología humana que, apelando a la responsabilidad
del ser humano consigo mismo, con el prójimo, con la creación y con el Creador,
sea capaz de reconocer que "El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad
y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un diálogo continuo que implica a
las generaciones pasadas y futuras" (Centesimus annus, 49; cf. también n.
38).
4. "La primera estructura fundamental a favor de la "ecología humana" es la
familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones, determinantes,
sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por
consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona" (ib., 39).
También en las áreas rurales, una arraigada y sana concepción de las relaciones
humanas comprende la importancia de la familia: en efecto, la familia
rural está "llamada a gestionar con su trabajo la pequeña empresa familiar, pero
también a transmitir la idea de relaciones basadas en el intercambio de
conocimientos recíprocos, valores, ayuda pronta y respeto" (Discurso del
cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, con ocasión de las celebraciones
del LX aniversario de la FAO, Roma, 17 de octubre de 2005, n. 4:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de octubre de 2005, p.
6). Esto significa que si la familia encuentra obstáculos, o ya no está en
condiciones de cumplir su función, la comunidad rural en su conjunto sufre
consecuencias graves y penosas: es lo que sucede cuando la concepción del
matrimonio y de la vida familiar se separa del orden de los valores que son
propios de ellos, o cuando en las relaciones del núcleo familiar se insinúan o
prevalecen consideraciones de carácter egoísta, hedonista o, más simplemente,
materialista.
Así pues, una aplicación correcta de esta realidad a las exigencias del
desarrollo rural exige reconocer que la familia, como los demás grupos y
agregaciones sociales primarios, precede al aparato institucional estatal y ha
de ser debidamente respetada y valorada en su esencia y en su organización de
los regímenes de propiedad, de la actividad productiva y del uso de las técnicas
de trabajo.
Al examinar la imagen que una auténtica realidad de familia puede imprimir en el
orden social, encontramos una aplicación del principio de subsidiariedad
que hoy también la comunidad internacional considera un instrumento regulador de
toda relación y que, por tanto, contribuye a la definición de las formas
institucionales y de las leyes económicas. A través de una correcta
subsidiariedad, los mismos poderes públicos, desde el nivel local hasta la más
amplia dimensión internacional, pueden contribuir realmente al desarrollo de las
áreas rurales, preocupándose al mismo tiempo por el bien común, pero sabiendo
que esto sólo podrá realizarse si se presta atención de modo proporcionalmente
más intenso a cuantos se encuentran en situación de mayor necesidad. En este
sentido, los campesinos sin tierra y los pequeños agricultores son los primeros
a quienes se debe prestar atención en el marco de programas orgánicos de
cooperación, funcionales, en los que ha de participar también la sociedad civil
local, para garantizar un desarrollo concreto que valore su misma realidad
social, cultural, religiosa, económica e institucional.
5. La reflexión solicitada a los Estados que participan en la Conferencia
comprende, entre otros temas, la cuestión de la propiedad de la tierra,
elemento de fundamental importancia en las políticas económicas y agrarias
capaces de promover eficazmente el desarrollo rural y, a la vez, de garantizar
justicia social, estabilidad política y coexistencia pacífica. En efecto, es
sabido que, como muestran numerosos análisis económicos, el no tener acceso a la
tierra (insicure access to land) es una de las principales causas de la
pobreza rural.
Se trata de una realidad compleja, que implica a menudo la exigencia de
reformas agrarias orgánicas que no pueden reducirse a una simple repartición
y asignación de la tierra, sino que es necesario insertar en estrategias de
desarrollo rural que, además de prever las inversiones necesarias en
infraestructuras públicas y servicios sociales, consideren las demandas del
sector agrícola, la profesionalidad al proyectar los planos de reforma, su
organización y gestión. La cuestión resulta aún más preocupante cuando
situaciones de conflicto, epidemias y migraciones forzadas hacen que la
responsabilidad del núcleo familiar rural recaiga exclusivamente en la mujer. Muchas veces costumbres y reglas tradicionales impiden a la mujer el acceso a
regímenes de propiedad inmobiliaria; por tanto, se necesitan intervenciones
destinadas a dar a la mujer sobre la que recaen responsabilidades familiares y
sociales un justo reconocimiento jurídico de su papel y de su capacidad.
La reducción de la concentración de la tierra debe orientarse a "que aumenten
las remuneraciones, se corrijan las condiciones de trabajo, aumente la seguridad
en el empleo y se dé el estímulo para actuar por iniciativa propia; más aún, a
que se distribuyan las propiedades no suficientemente cultivadas a aquellos que
sean capaces de hacer fructíferas esas tierras" (Gaudium et spes, 71).
Esto puede significar la promoción de formas de empresa, entre las que la
empresa agrícola familiar es muy importante, y de estructuras cooperativas
capaces de trabajar de modo autónomo y eficaz, de posibilidades de acceso al
crédito para los pequeños agricultores y, por último, de formación para
responder a las concepciones modernas vinculadas a tecnologías adecuadas y a la
producción y comercialización agrícola (cf. Consejo pontificio Justicia y paz:
"Para una mejor distribución de la tierra. El reto de la reforma agraria"). Al
obrar así, ante todo se podrán evitar repercusiones en los niveles de producción
y en las dinámicas migratorias de la población, por las cuales se produce a
menudo el abandono de las tierras y una excesiva presión demográfica en torno a
las grandes ciudades o en áreas desprovistas de las infraestructuras necesarias.
En este ámbito, también hace falta examinar la importancia de sostener la
peculiaridad de las comunidades indígenas, que fundan su identidad, su
cultura y su espiritualidad en su relación ancestral con la tierra, y cuya
estructura social considera el uso de la tierra como consecuencia de una
propiedad común. Con demasiada frecuencia situaciones vinculadas a la actividad
económica, a la explotación de los recursos naturales y a la construcción de
edificios han interrumpido esta relación impidiendo el uso de las tierras, con
el consiguiente abandono de los métodos de producción vinculados al conocimiento
tradicional. Toda acción de reforma agraria en favor de las comunidades
indígenas no sólo deberá garantizar una efectiva protección de sus derechos
sobre la tierra, sino también promover un adecuado desarrollo global, que ante
todo no los discrimine con respecto a los demás componentes de la población.
6. La Santa Sede siempre ha prestado atención particular al mundo rural y a sus
valores, consciente de que sus principales características —dimensión a medida
del hombre, conocimiento inmediato del orden, de la armonía y de la belleza del
cosmos, satisfacción del esfuerzo, intercambio generoso de servicios en
comportamientos individuales y relaciones recíprocas rectos, por citar sólo
algunas— se encuentran en todos los tiempos y lugares del planeta. Además, es
consciente de cuánta importancia atribuye la sociedad rural al aspecto
religioso, presente en la vida individual y comunitaria, en la vida laboral y
familiar, y sobre todo como fundamento de principios morales capaces de
impregnar la realidad social haciéndola estable e íntegra frente a las
adversidades y a los obstáculos de todos los días.
La Conferencia internacional sobre la reforma agraria y el desarrollo rural
puede constituir un momento fundamental para reconocer la auténtica identidad
del mundo rural y la realidad de quienes viven en él, si en el centro de toda
preocupación se sitúan la persona humana, la protección de su dignidad y la
defensa de sus derechos fundamentales. Se trata de un presupuesto que no sólo
puede salvaguardar los valores que posee el mundo rural, evitando que se
consoliden modelos vinculados a opciones egoístas o inspiradas únicamente por
leyes económicas, sino también garantizar la realización de las diversas
políticas nacionales, así como dar a la acción internacional la eficacia
duradera anhelada. Las soluciones técnicas, por más complejas y útiles que sean,
no resultan eficaces si les falta la necesaria referencia al carácter central de
la persona humana que, en su inseparable dimensión espiritual y material, es
origen y fin de toda decisión y acción realizada por los diversos Estados y las
instituciones de la comunidad internacional.
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