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 INTERVENCIÓN DEL CARD. ANGELO SODANO
EN LA CONFERENCIA SOBRE AMBIENTE Y DESARROLLO
DE RÍO DE JANEIRO
*

Río de Janeiro, 13 de junio de 1992

 

«El cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano»


En un libro sagrado, muy querido para millones de creyentes, se lee que, en el comienzo de los tiempos, Dios creó el universo en todos sus maravillosos aspectos: el cielo, la tierra, el mar y, al final, creó al hombre como rey de este cosmos, confiándolo a sus cuidados. Es la narración del Génesis.

La visión de la Iglesia católica, y de la Santa Sede en particular, sobre los problemas que se debaten aquí, se inspira en esas páginas de la Biblia. Permítanme que, por un breve momento, recordemos estas páginas que pertenecen al patrimonio de la humanidad. Ellas nos dicen que el cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano, que ocupa un lugar central en el mundo, para que lo gobierne con sabiduría y responsabilidad, respetando el orden que Dios ha establecido en su creación (cf. Juan Pablo II Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6). A la luz de esta profunda convicción podemos hacer algunas reflexiones.

1. Crisis ecológica y crisis moral

La crisis ecológica contemporánea es un aspecto preocupante de una más profunda crisis moral y es efecto de una equivocada concepción de un desarrollo desmedido que no tiene en cuenta el ambiente natural, sus límites, sus leyes y su armonía, especialmente en cuanto se refiere al uso-abuso del progreso científico-tecnológico. La tierra sufre a causa del egoísmo del hombre.

2. El destino universal de los bienes de la tierra

«Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos de forma justa, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad» (concilio ecuménico Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo de hoy, 69). Nace de aquí el deber de una solidaridad entre todos que abrace a todos, así como una cooperación para el desarrollo que dé prioridad a los pueblos menos favorecidos (cf. Juan Pablo II, encíclica Sollicitudo rei socialis, 45).

3. El deber de la solidaridad

Se han revelado proféticas las palabras del Papa Pablo VI: «Los pueblos hambrientos interpelan, con acento dramático, a los pueblos opulentos» (Pablo VI, encíclica Populorum progressio, 3). Es evidente la creciente, moralmente inadmisible e injusta, disparidad entre el Norte del planeta, cada vez más rico, y el Sur, cada vez más pobre. A «las indudables, graves omisiones por parte de las mismas naciones en vías de desarrollo, y especialmente por parte de los que detentan su poder económico y político» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 16), se añaden las «formas de aislamiento creciente y egoísta» por parte de los países más desarrollados y el «ignorar por motivos discutibles su deber de cooperación para aliviar la miseria de los pueblos» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 23).

4. Un examen de conciencia frente a los países pobres

Es necesario que la humanidad descubra sus comunes raíces, y que a partir de la conciencia de que todos los hombres son hermanos brote un esfuerzo de imaginación para poner en práctica la solidaridad. «Se debe considerar como normal el que un país desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las necesidades de los países en vías de desarrollo» (Pablo VI, encíclica Populorum progressio, 48). Ya en los primeros siglos de la era cristiana se decía: «Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas» (cf. Gratiani, Decretum c. 21 dist. 86: ed. Friedberg, I 302; cf. Gaudium et spes, 69). No se obtendrá el justo equilibrio ecológico si no se afrontan directamente las formas estructurales de pobreza existentes en el mundo (Juan Pablo II, Mensaje para la jornada mundial de la paz de 1990, «Paz con Dios creador, paz con toda la creación», n. 11) y si las sociedades ricas no revisan seriamente su estilo de vida hedonista y consumista.

5. El problema demográfico y sus soluciones justas

A nadie se esconden tampoco los problemas que podría originar un crecimiento desmesurado de la población mundial. «La Iglesia es consciente de la complejidad del problema... Pero al proponer que se tomen medidas, la urgencia no debe inducir a errores: la aplicación de métodos que no están en sintonía con la verdadera naturaleza del hombre termina, en efecto, por provocar daños dramáticos... que dañan especialmente a los estratos más pobres y débiles, sumando una injusticia a otra» (Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, nn. 4 y 6). No es moralmente justificable la actitud de aquella parte del mundo que, mientras pone de relieve los derechos humanos, pretende pisotear los de aquellas personas que se encuentran en situaciones menos privilegiadas, determinando, con una «dictadura devastadora» (Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6), cuántos hijos pueden o no tener, con la amenaza de someter a esa voluntad las ayudas destinadas al desarrollo.

6. La ayuda a los más pobres

La relación entre pobreza y altas tasas de crecimiento demográfico requiere ciertamente una atención adecuada. En todo caso, «es necesario ayudar a los pobres —a quienes la tierra ha sido confiada como a los demás— a superar su pobreza» (cf. Juan Pablo II, Mensaje para la jornada mundial de la paz de 1990, «Paz con Dios creador, paz con toda la creación», n. 11). Ello exige afrontar las formas estructurales de pobreza, asegurando empleo, educación y asistencia primaria a la salud de la madre y de los hijos, con una especial preocupación por vencer la mortalidad infantil.

La tierra y sus riquezas son suficientes si la humanidad aprende a compartirlas en vez de derrocharlas entre unos pocos. Por otra parte, es obvio que la contaminación ambiental y los riesgos al ecosistema no provienen primariamente de las zonas más pobladas del planeta (cf. Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 4).

7. Por una auténtica ecología

Mientras se concluyen los trabajos de esta gran asamblea mundial debemos recordar que somos solamente administradores del patrimonio común del planeta. La dignidad del hombre de ser la única criatura de este mundo capaz de preocuparse por las diversas especies, por el ambiente que le rodea y por sus hermanos, debe conducirle no sólo a proteger el equilibrio global de la tierra sino a «salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”» (cf. Juan Pablo II, encíclica Centesimus annus, 38), así como de una «ecología social». «No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre —afirma el Papa Juan Pablo II—, incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado» (cf. Juan Pablo II, encíclica Centesimus annus, 38).

¡Quiera Dios que la Conferencia de Río pueda dar a nuestros contemporáneos nuevas razones para esperar, creer y amar!


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°25, p.12.

 

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