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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Vidas a medias

Jueves 6 de octubre de 2016

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 41, viernes 14 de octubre de 2016

 

Nuestra vida, «¿es una vida a medias?». ¿Es una vida que ignora la fuerza del Espíritu Santo? ¿O somos capaces de abrirnos a este «gran don del Padre»? Son las preguntas formuladas por el Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el jueves 6 de octubre. El hilo conductor fue, precisamente, una reflexión sobre el Espíritu Santo sugerida por las lecturas del día: el pasaje de la Carta a los Gálatas (3, 1-5), donde en las palabras de san Pablo se encuentra una «discusión teológica» dedicada al Espíritu, que es «difícil de seguir»; y el pasaje del Evangelio de Lucas (11, 5-13), en la cual está la que el Pontífice ha definido una «sorpresa»: una parábola, en la cual Jesús «habla de la oración y al final dice: Pedid y se os dará. Se os dará el Espíritu, el Espíritu Santo como un gran don».

Precisamente de aquí surgió la primera indicación de Francisco, que quiso subrayar cómo el Espíritu Santo sea «la promesa de Jesús» en la Última cena y el «gran don del Padre», como se lee en la parábola: «Vuestro Padre os dará el Espíritu». Un Espíritu que es «también la fuerza de la Iglesia». No por casualidad, hizo notar el Papa, «cuando el Espíritu aún no había venido y Jesús había ascendido al cielo, estaban todos encerrados, en el Cenáculo; tenían un poco de miedo y no sabían qué hacer». En cambio, «desde el momento en el que llega el Espíritu, la Iglesia se abre, sale, sigue adelante y la palabra del Señor llega hasta los confines de la tierra».

Por ello, dijo el Pontífice concluyendo esta primera reflexión, el Espíritu Santo es «el protagonista de la Iglesia», es «el protagonista de este seguir adelante de la Iglesia»: sin Él hay «cerrazón, miedo», con Él hay «valentía».

En el pasaje sucesivo de la meditación se añadió un interrogante para cada cristiano: «¿Cómo es nuestra actitud con el Espíritu, cómo vivimos con el Espíritu»?

El Papa hipotizó tres posibles respuestas. La primera recuerda la actitud de los Gálatas de la cual hablaba san Pablo. «Es verdad —dijo el Pontífice— que todos nosotros hemos recibido la ley, pero después de la ley el Señor nos justifica con la gracia, con su hijo muerto y resucitado». Es decir, nos ha sido dado «algo más que la ley», o sea Jesús «que da sentido a la ley». No obstante, esos Gálatas, si bien habían creído en Jesús crucificado, «luego escucharon a algunos teólogos que les decían: “¡No, no! ¡La ley es la ley! Lo que te justifica es la ley”». Y así «dejaban a Jesucristo de lado». En práctica, eran «demasiado rígidos» y «para ellos lo que más contaba era la ley: se debe hacer esto, se debe hacer lo otro...». Son el mismo tipo de personas que atacaban a Jesús y que Él definía «hipócritas».

¿Qué le ocurre a quien razona de esta manera? «Este apego a la ley hace que se ignore al Espíritu Santo» y no deja «que la fuerza de la redención de Cristo proceda por obra del Espíritu». Ahora bien, dijo el Pontífice, es verdad que «están los mandamientos y que nosotros debemos seguir los mandamientos», pero siempre a partir «de la gracia de este don grande que nos ha dado el Padre». Sólo así se comprende de verdad la ley, y no reduciendo «el Espíritu y el Hijo a la Ley».

Precisamente este, explicó el Papa, «era el problema de esta gente: ignoraban al Espíritu Santo y no sabían seguir adelante. Estaban cerrados, cerrados en las prescripciones: se debe hacer esto, se debe hacer aquello otro». Y es la misma tentación en la cual puede caer cada cristiano: la de «ignorar al Espíritu Santo».

Hay además, continuó Francisco, una segunda actitud, y es la que lleva a «entristecer» al Espíritu Santo. En este sentido «Pablo dice a los Efesios: “Por favor, ¡no entristezcáis al Espíritu Santo!”». Pero, ¿cuándo sucede esto? Cuando, afirmó Papa, «no dejamos que Él nos inspire, nos lleve hacia adelante en la vida cristiana; cuando decimos: “Sí, sí, está el Espíritu que da sentido a mi vida”, pero no dejamos que Él nos diga –y no con la teología de la ley, sino con la libertad del Espíritu– qué debemos hacer». Sucede entonces que «no sabemos con qué inspiración hacemos las cosas y llegamos a ser tibios». En definitiva, esta es «la mediocridad cristiana», que se verifica cuando se impide al Espíritu que realice «la gran obra en nosotros».

Entonces, la primera actitud es la de «ignorar al Espíritu Santo». Es lo de los doctores de la ley que, puso de relieve el Pontífice, «fascinan con las ideas, porque las ideologías fascinan». San Pablo, en efecto, pregunta: «¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros...?». Es una recriminación válida para todos aquellos que se dejan engañar por «los que predican con ideologías» y dejan creer que para ellos está todo claro. En cambio, explicó Francisco, si es verdad que la revelación de Dios «es clarísima», es también verdad que «debemos encontrarla en el camino»; y «los que creen» tener «toda la verdad en sus manos son ignorantes».

En segundo lugar, se corre el peligro de entristecer al Espíritu Santo. Por último está «la tercera actitud», y es la de «abrirse al Espíritu Santo y dejar que el Espíritu nos lleve hacia adelante». Es lo que sucedió a los apóstoles, que en el día de Pentecostés «perdieron el miedo y se abrieron al Espíritu Santo». Es precisamente esto lo que destaca también el versículo del Evangelio de la liturgia del día: «Abre, Señor, nuestro corazón y acogeremos las palabras de tu Hijo». Explicó el Papa: «Para comprender, para acoger las palabras de Jesús es necesario abrirse a la fuerza del Espíritu Santo. Y cuando un hombre, una mujer, se abre al Espíritu Santo, es como una barca a vela que se deja llevar por el viento y sigue adelante, adelante, adelante y ya no se detiene».

Para vivir esta realidad plenamente, sugirió Francisco, es necesario rezar. Es, en efecto, lo que se lee también en la parábola evangélica, donde el hombre pide con insistencia: «Dame el pan. Abre la puerta, dame el pan». Y Jesús recuerda: «Como vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿vuestro Padre no os dará el Espíritu, el gran don, el gran regalo bueno?».

El Pontífice concluyó la meditación sugiriendo a cada uno que se confronte con algunos interrogantes: «¿Ignoro al Espíritu Santo?»; «¿mi vida es una vida a medias, tibia, que entristece al Espíritu Santo y no deja en mí la fuerza para seguir adelante», o «es una oración continua para abrirse al Espíritu Santo, para que Él me lleve hacia adelante con la alegría del Evangelio y me haga entender la doctrina de Jesús, la verdadera doctrina, la que no fascina, la que no nos hace tontos, sino la verdadera», la que enseña «el camino de la salvación?».

 



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