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CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
EN EL 30 ANIVERSARIO DEL FORO INTERNACIONAL DE ACCIÓN CATÓLICA

Ciudad del Vaticano, 9 de noviembre de 2021

Queridos hermanos:

Esta celebración, que mira hacia un momento fundacional, nos hace inevitablemente mirar hacia el pasado en contemplación agradecida. En ese mirar hacia atrás nos encontrarnos con soñadores que se atrevieron a mirar hacia a adelante con esperanza. Por eso hoy ustedes están aquí.

En esa mirada, no podemos olvidar a un soñador profundo que dio el inicio y el aliento a la creación de este foro; y que hoy goza al verlos celebrando estos 30 años: El cardenal Eduardo Pironio; aquel que con un amor muy grande a la Acción Católica y una confianza plena en su misión dijo: “En el camino de la Acción Católica ha habido luces y sombras, desorientación y cansancio, el temor por ser tal vez superada por los nuevos tiempos y necesidades de la Iglesia. Creo que ahora es el momento providencial del Espíritu para una profunda renovación de su compromiso espiritual, doctrinal, apostólico y misionero. A esto sin duda ayudará la celebración de este Foro que quiere abrir a otros países la fertilidad de una experiencia asociativa muy rica en sus frutos y tan llena de esperanza”.

Pironio fue un hombre de raíces profundas, de memoria anclada en el dinamismo de la historia como un Kairos, tiempo fuerte de salvación, tiempo de trabajo, prueba, purificación y esperanza. Amó la Acción Católica y creyó en su vocación laical misionera. La Iglesia puede dar testimonio de que la Acción Católica abrió nuevas perspectivas en el campo de la responsabilidad del laico en la Evangelización. Muchos evangelizados y formados por la Acción Católica pusieron verdad, profundidad y Evangelio en ámbitos civiles, muchas veces vedados a la fe. Los santos y beatos laicos de la Acción Católica son una riqueza para la Iglesia. Esos que fueron “los santos de la puerta de al lado” de tantas comunidades.

Sin embargo, la historia no es lineal: en el camino de la Acción Católica, como en el de la misma Iglesia, hubo, hay y habrá luces y sombras, momentos de profunda desorientación, de cansancio, de indiferencia, de temor de haber quedado superados por las exigencias de los nuevos tiempos. La gran tentación en los momentos de crisis o dificultad es encerrarse para cuidar lo poco que se tiene, esperando, escondidos y acariciando recuerdos, la llegada de tiempos mejores. La parábola de los talentos es un fiel reflejo de lo que sucede cuando esta tentación se instala y se transforma en un modo de ser, de estar en el mundo viviendo la realidad de una irrealidad.

Para no sucumbir a la tentación, para no olvidarnos de quienes somos y hacia dónde vamos: se nos hace imprescindible recordar una y otra vez —como lo hacía el pueblo de Dios en el desierto con la promesa que el mismo Yahveh le había hecho— de dónde venimos, cuál es nuestro origen, conocer el corazón de la madre que un día nos dio a luz.

Y la Acción Católica tiene su origen en el mismo seno de la Iglesia Católica. No tiene ningún fundador ni carisma particularísimo. Su finalidad es la de la misma Iglesia: la evangelización. No asume como propio uno u otro campo de apostolado particular, sino la finalidad de la Iglesia: el anuncio del Evangelio, a todos los hombres y ambientes. De modo que el “carisma propio” es no tener nada propio sino prestar disponibilidad a todas las necesidades de la Iglesia en cada lugar. Como Iglesia, experimentamos que, con la fuerza del Espíritu necesitamos dar una respuesta aquí y ahora a los gritos del mundo. Para escucharlos tenemos que salir, ser Iglesia en salida que se acerca samaritanamente a cada hombre y a cada mujer que sufre en su carne o en su espíritu el dolor de este tiempo.

Todavía seguimos atravesando la primera pandemia global en la historia de la humanidad, que afectó sin diferencia a todos los países de nuestro mundo. Con la pandemia, ha quedado desvelado el estado de vulnerabilidad que padecen cientos de millones de hombres y mujeres en nuestro planeta que no tienen posibilidad de tener posibilidades. La vulnerabilidad puso delante nuestro, el riesgo morir sin ningún tipo de previsión e independientemente del lugar donde vivamos, la condición moral, creencia religiosa o la posición socio-económica. Toda la humanidad está afectada por igual. La vulnerabilidad ha logrado superar todo aquello que nos dividía y hacía desiguales. Nos descubrimos iguales en la necesidad, aunque distintos en las posibilidades.

Como dije al comienzo de la pandemia: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras   agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos sí de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”. Todos, incluso yo mismo, hemos sentido esta experiencia de impotencia.

Veníamos de un tiempo fuertemente marcado por la globalización; globalización económica, cultural, etc. ...con sus aciertos, pero también con las estructuras de pecado que de ella han emergido. Todo es global, ¡hasta el virus se ha hecho global!

Ustedes como foro tienen una misión global y al cumplir sus primeros treinta años; celebrarlos es un desafío y una invitación. Desafío a descubrir cada vez más y de un modo más fuerte por dónde pasa la vida y la historia de nuestros pueblos, sin prejuicios, sin miedos, sin clasificaciones y sin sentirnos reguladores de la fe de nadie. Invitación a estar allí, por dónde van sus intereses, sus preocupaciones, sus heridas más profundas y sus angustias más grandes.  Sabemos que no hay mayor pobreza que no tener a Dios, es decir vivir sin la fe que da sentido a la vida, sin esperanza que nos dé fuerza para trabajar, sin sentirnos amados por alguien que no defrauda. Ese es el lugar y el pueblo donde la Acción Católica debe realizar su misión.

Frente a la globalización de la indiferencia, sientan que el trabajo de tender puentes y crear comunión es la llamada profunda que les está haciendo Dios. La Iglesia es Comunión para la misión. La Comunión no es una idea, es una realización y la misión no es una actividad más, es la esencia de la vida eclesial. Esto supone, para la Acción Católica comunión con la pastoral diocesana y sus pastores, una formación que se experimente en clave misionera. La Acción Católica no debe formar para el cristiano futuro, sino que debe y necesita acompañar el proceso de fe del cristiano presente, de acuerdo a las características propias de la etapa de la vida en la que se encuentra.

La comunión no es instalación sino certeza de la presencia del Señor para la misión. Evangelizar debe ser la pasión de cada bautizado, de cada miembro de la Acción Católica, Vivir en una permanente salida para poder permanecer fieles a nuestra identidad. "La Acción Católica tiene que descubrir de nuevo la pasión por el anuncio del Evangelio, única salvación posible para un mundo que de otro modo caería en la desesperación"(Pablo VI). La Acción Católica necesita ir creando espacios de presencia, de testimonio, de evangelización misionera. De este modo vive la misión de la Iglesia que es: ser servidora de la humanidad insertada en la Iglesia de Cristo que se realiza en nuestra Diócesis y en nuestra Parroquia, en comunión perfecta con la Iglesia Universal.

Doy gracias a Dios por todo el trabajo que han realizado en estos treinta años, que sin lugar a dudas ha sido con mucho esfuerzo. Sobre todo, en los primeros tiempos, cuando la tecnología no les permitía llegar con tanta facilidad a los distintos lugares del mundo y todo había que “hacerlo a pulmón”. Le doy las gracias por todas las iniciativas solidarias y de acompañamiento a las diócesis más periféricas, especialmente las del tercer mundo donde soy consciente que la presencia de la Acción Católica es fuertemente misionera y sostiene el trabajo de las iglesias locales.

Antes de terminar quiero pedirles tres cosas:

—  Que el foro sienta muy profundamente la urgencia de trabajar por la fraternidad y la amistad social como medios de reconstrucción de un mundo herido.

—  Que siembren en los corazones de todos que la auténtica espiritualidad cristiana es la que se hunde en el deseo de santidad y este es un camino que arranca en las bienaventuranzas y que se realiza desde Mateo 25; amando y trabajando por nuestros hermanos más sufrientes.

—  Que el espíritu que anime todos sus proyectos y trabajos sea, el de ser una Iglesia en salida que vive la dulce y confortadora alegría de evangelizar; y que se note.

Gracias por todo lo que hacen y por todo los lo que harán. No se olviden de rezar por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santo los cuide.

 

Francisco



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