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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA APERTURA DE LAS CELEBRACIONES DE LOS 150 AÑOS DE ROMA CAPITAL

 

Estimados señores y señoras:

Me complace unirme, como Obispo de Roma, a la inauguración de la celebración del 150º aniversario de Roma Capital que, por iniciativa de la alcaldesa de Roma, la honorable Virginia Raggi, comienzan hoy en presencia del presidente de la República. Recordando el evento de Roma Capital, en vísperas del Concilio Vaticano II, el cardenal Montini dijo: «Parecía un colapso; y para el dominio territorial pontificio lo fue [...]. Pero la Providencia, ahora lo vemos bien, había dispuesto las cosas de manera diferente, jugando casi dramáticamente en los acontecimientos»[1]. La proclamación de Roma como capital fue un acontecimiento providencial, que en ese momento causó controversia y problemas. Pero Roma, Italia y la propia Iglesia cambiaron: empezaba una nueva historia.

En 150 años, Roma ha crecido y cambiado mucho: «De ambiente humano homogéneo a comunidad multiétnica, en la que, junto a la visión católica de la vida, conviven otras inspiradas en diferentes credos religiosos y también en concepciones no religiosas de la existencia» (San Juan Pablo II, Discurso en el Capitolio, 15 de enero de 1998: Insegnamenti XXI, 1 [1998], 115). La Iglesia, en esta vivencia ha compartido las alegrías y las penas de los romanos. Me gustaría, casi como ejemplo, recordar al menos tres momentos de esta rica historia común.

Mis pensamientos se dirigen a los nueve meses de la ocupación nazi de la ciudad, marcados por tanto dolor, entre 1943 y 1944. A partir del 16 de octubre de 1943 comenzó la terrible cacería para deportar a los judíos. Fue la Shoah vivida en Roma. La Iglesia fue entonces un lugar de asilo para los perseguidos: cayeron antiguas barreras y dolorosas distancias. De esos tiempos difíciles, sacamos ante todo la lección de la imperecedera fraternidad entre la Iglesia Católica y la Comunidad Judía, que reafirmé en mi visita al Templo Mayor de Roma. También estamos convencidos, con humildad, de que la Iglesia representa un recurso de humanidad en la ciudad. Y los católicos están llamados a vivir con pasión y responsabilidad la vida de Roma, especialmente sus aspectos más dolorosos.

Me gustaría recordar, en segundo lugar, los años del Concilio Vaticano II, de 1962 a 1965, cuando la ciudad acogió a los Padres del Concilio, a los Observadores ecuménicos y a muchos otros. Roma brilló como un espacio universal, católico y ecuménico. Se convirtió en una ciudad universal de diálogo ecuménico e interreligioso, de paz. Se advirtió cuánto significa la ciudad para la Iglesia y para el mundo entero. Porque, como recordaba el erudito alemán Theodor Mommsen a finales del siglo XIX: «En Roma no se está sin tener intenciones cosmopolitas»[2].

El tercer momento que me gustaría recordar es característicamente diocesano, pero tocó la ciudad: la llamada conferencia sobre los “males de Roma” en febrero de 1974, querida por el entonces cardenal vicario Ugo Poletti. En las asambleas, donde participaba tanta gente, se prestó escucha a las expectativas de los pobres y las periferias. Allí, se trató de universalidad, pero en el sentido de la inclusión de las periferias. La ciudad debe ser el hogar de todos. Es una responsabilidad también hoy en día: las periferias de hoy están marcadas por demasiadas miserias, habitadas por grandes soledades y pobres de redes sociales.

Hay una petición de inclusión escrita en la vida de los pobres y de aquellos que, inmigrantes y refugiados, ven a Roma como un puerto de salvación. A menudo sus ojos, increíblemente, ven la ciudad con más expectación y esperanza que nosotros los romanos que, debido a los muchos problemas cotidianos, la miramos con pesimismo, como si estuviera destinada a la decadencia. No, ¡Roma es un gran recurso de la humanidad! «Roma es una ciudad de belleza única» (Celebración de las Primeras Vísperas de María, Madre de Dios, 31 de diciembre de 2013: Insegnamenti I, 2 [2013], 804). Roma puede y debe renovarse en el doble sentido de apertura al mundo e inclusión de todos. Los jubileos también la estimulan a esto, y el de 2025 ya no está lejos.

No podemos vivir en Roma “con la cabeza baja”, cada uno en sus propios circuitos y compromisos. En este aniversario de Roma Capital, necesitamos una visión común. Roma vivirá su vocación universal, sólo si se convierte cada vez más en una ciudad fraternal. ¡Sí, una ciudad fraternal! Juan Pablo II, que amaba tanto Roma, citaba a menudo a un poeta polaco: «Si tú dices Roma, te responde amor». Es ese amor que no hace que la gente viva para sí misma, sino para los demás y con los demás.

Necesitamos reunirnos alrededor de una visión de ciudad fraternal y universal, que sea un sueño propuesto a las generaciones más jóvenes. Tal visión está escrita en los cromosomas de Roma. Al final de su pontificado, San Pablo VI dijo: «Roma es la unidad no sólo de la gente italiana, sino que es además heredera del ideal típico de la civilización en cuanto tal, y siempre como centro de la Iglesia católica; es decir, universal» (Ángelus 9 de julio de 1978: Insegnamenti XVI [1978], 541). Roma será una promotora de la unidad y la paz en el mundo, en la medida en que sea capaz de construirse como una ciudad fraternal.

Celebramos los 150 años de Roma como capital, una historia larga y significativa A menudo el olvido de la historia va acompañado de poca esperanza en un mañana mejor y de resignación a la hora de construirlo. Asumir la memoria del pasado nos lleva a vivir un futuro común. Roma tendrá un futuro si compartimos la visión de una ciudad fraternal, inclusiva y abierta al mundo. En el escenario internacional, lleno de conflictos, Roma podrá ser una ciudad de encuentro: «Roma habla al mundo de hermandad, de concordia y de paz», decía Pablo VI (ibíd).Con tales sentimientos y esperanzas, expreso mis fervientes mejores deseos para el futuro de la ciudad y de sus habitantes.

Roma, San Juan de Letrán, 3 de febrero de 2020

Francisco

 


[1]Studi Romani”, Año X, septiembre-octubre 1962, n. 5, 502-505.

[2] Q. Sella, Discursos parlamentarios recogidos y publicados por deliberación de la Cámara de los diputados, vol. I, Roma 1887, 292.

 



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