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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LAS FRANCISCANAS MÍNIMAS DEL SAGRADO CORAZÓN

 

Queridas hermanas:

El 8 de agosto de 2021 será el centenario del nacimiento en el cielo de la beata María Margarita Caiani, que en 1902 dio vida al Instituto de las Franciscanas Mínimas del Sagrado Corazón. Me alegro de que vosotras, sus hijas espirituales, queráis prepararos para este aniversario con el año jubilar que comienza hoy, en la memoria litúrgica de la Beata.

Mi deseo es que este año sea una ocasión para que toda la Congregación recuerde la vida y las enseñanzas de la Fundadora, así como estos casi ciento veinte años de camino, mirando también a los desafíos del futuro. Es una gracia tener un corazón agradecido y reconciliado con el ayer y los ojos llenos de esperanza en el mañana; ay de refugiarse en un pasado que ya no es o en un mañana que aún no es, huyendo del hoy en el que estamos llamados a vivir y a obrar. Este aniversario os llama a encarnar en nuestro tiempo las especificidades de vuestro carisma. Que el Espíritu Santo, que lo despertó a principios del siglo pasado, os dé la fuerza para redescubrir su frescura y la capacidad de seguir perfumando el mundo con el don de vuestra vida.

Vosotras sois las Franciscanas Mínimas del Sagrado Corazón. Quisiera detenerme brevemente en este nombre.

La Madre Caiani, llamándoos Mínimas, quiso enfatizar lo que debería ser el estilo de vuestra vida: el estilo de la pequeñez.

Esto se confirmó con el injerto de vuestro Instituto en el árbol de la gran familia franciscana: os pusisteis en la escuela de San Francisco para seguir mejor al Señor, que primero «se hizo pequeño, eligió esta vía. La de humillarse y humillarse hasta la muerte en la cruz» (Homilía de la misa en la Casa Santa Marta, 23 de junio de 2017).

Es un camino que hay que recorrer todos los días. Es un camino estrecho y arduo, pero si uno lo sigue hasta el final, la vida se vuelve fructífera. Como lo fue para la Virgen María, mirada por el Altísimo precisamente por ser humilde, pequeña (cf. Lucas 1,47); y así se convirtió en la Madre de Dios.

Franciscanas, Mínimas, y especificó “del Sagrado Corazón”, para arraigaros en la fuente de la Caridad. El amor que Jesús nos tiene no nos deslumbra con grandes efectos especiales que pronto se desvanecen, sino que es un amor concreto y fiel, hecho de cercanía, de gestos que nos elevan y nos dan dignidad y confianza.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús que, confundidos y entristecidos, volvieron a su casa la noche de Pascua (cf. Lucas 24,13-35). El Señor se hizo cercano a ellos no como un héroe, sino como un compañero de camino; mientras caminaban les explicó «lo que había sobre él en todas las Escrituras» (v. 27) y sus corazones ardieron de alegría; y luego partió el pan, «entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (v. 31).

Podéis amar con el Corazón de Jesús, con gestos ricos en ternura. Y el primer lugar en el que vivir este amor simple y concreto es vuestra comunidad religiosa.

“Del Sagrado Corazón” no es sólo un complemento, sino que dice mucho más: habla de una pertenencia. El Señor os ha dado la vida, os ha generado la fe y os ha llamado a sí en la vida consagrada atrayéndoos a su corazón. Esta pertenencia se manifiesta de una manera particular en la oración. Toda nuestra vida está llamada, con la gracia del Espíritu, a convertirse en oración. Por eso debemos permitir que el Señor permanezca siempre unido a nosotros. Y así nos transforma, día tras día, haciendo nuestros corazones más y más similares al suyo.

Hay momentos en el día que favorecen esta unión con Dios: la Misa, la Liturgia de las Horas, la Adoración, la meditación de la Palabra, el Rosario, la lectura espiritual. Que vuestro acto de ir al Señor esté lleno de alegría, la alegría del niño que corre a sus padres para abrazarlos y besarlos. ¡Esta alegría atrae y es contagiosa! A veces parece que hay mil cosas más necesarias que hacer, o sentimos el cansancio de estar con Jesús; pero, como los discípulos en el Huerto de Getsemaní, Jesús nos invita a permanecer allí, cerca de Él (cf. Marcos 14,38). ¡Dejemos que el Señor permanezca unido a nosotros!

Impulsadas por el Sagrado Corazón, seréis madres de los hermanos y hermanas que conozcáis “desde la cuna hasta la tumba”, como dijo la beata María Margarita. Proclamaréis con alegría que el Señor nos mira siempre con misericordia, tiene un corazón misericordioso.

Vuestro carisma también tiene una dimensión reparadora. Este es un gran servicio para el bien del mundo. El pecado arruina el trabajo que Dios creó hermoso. Vosotras, con vuestras oraciones y vuestros pequeños gestos, sembráis en el campo del mundo la semilla del amor de Dios que hace nuevas todas las cosas. La semilla, cuando cae al suelo, no hace ruido: así son las numerosas obras que realizáis en Italia, Brasil, Egipto, Sri Lanka y Belén, especialmente en favor de los niños y los jóvenes. Gestos capaces de hacer el mundo más bello, de iluminarlo con un rayo de amor de Dios.

Queridas hermanas, os deseo un santo y fructífero centenario. Le aseguro mi recuerdo al Señor, por la intercesión de la Virgen María; y vosotras también, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. A vosotras y a cuantos se confían a vuestra caridad imparto cordialmente la Bendición Apostólica.

Roma, San Juan de Letrán, 8 de agosto de 2020

Francisco

 



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