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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA PONTIFICIA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS

[7-9 de octubre de 2020]

 

A los distinguidos miembros
de la Pontificia Academia de las Ciencias
reunidos en sesión plenaria

Os saludo cordialmente y expreso mi gratitud a la Pontificia Academia de las Ciencias por dedicar la sesión plenaria de este año a la tarea de poner la investigación científica básica al servicio de la salud de nuestro planeta y de sus habitantes, especialmente los más pobres y desfavorecidos. Asimismo, saludo a los expertos y dirigentes invitados, todos ellos con importantes responsabilidades internacionales, y espero con interés su contribución.

En primer lugar, expreso mi apoyo a la labor de la Academia, promovida activamente por su presidente, el profesor Joachim von Braun, y por el Consejo. En estos días, mi interés en vuestro trabajo es aún más intenso, porque habéis dedicado esta sesión plenaria a lo que es, con razón, un tema de profunda preocupación para toda la humanidad. Os estáis centrando en la noción de la ciencia al servicio de las personas para la supervivencia de la humanidad a la luz de la pandemia del SARS-CoV-2/COVID-19 y otros problemas mundiales.

En efecto, la pandemia ha revelado no sólo nuestras falsas seguridades, sino también la incapacidad de los países del mundo para trabajar juntos. A pesar de nuestra hiperconectividad, hemos sido testigos de una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos (cf. Fratelli tutti, 7). Es significativo, por lo tanto, que esta sesión plenaria virtual de la Academia agrupe varias disciplinas científicas diferentes; en este sentido, ofrece un ejemplo de cómo los desafíos de la crisis de COVID-19 deberían abordarse a través de esfuerzos coordinados al servicio de toda la familia humana.

Vuestros esfuerzos se concentran en gran medida en el estudio de nuevas vías inmunológicas e inmunoquímicas para activar los mecanismos de defensa propios del organismo o detener la proliferación de células infectadas. También estáis estudiando otros tratamientos específicos, incluyendo vacunas que están siendo probadas en ensayos clínicos. Como sabemos, el virus, al afectar a la salud de las personas, también ha afectado a todo el tejido social, económico y espiritual de la sociedad, paralizando las relaciones humanas, el trabajo, la manufactura, el comercio e incluso muchas actividades espirituales. Tiene una enorme repercusión en la educación. En muchas partes del mundo, un gran número de niños no pueden volver a la escuela, y esta situación hace que se corra el riesgo de que aumente el trabajo, la explotación, el abuso y la malnutrición infantil. En resumen, el hecho de no poder ver el rostro de una persona y de considerar a otras personas como posibles portadoras del virus es una terrible metáfora de una crisis social mundial que debe interesar a todos a quienes les importa el futuro de la humanidad.

A este respecto, ninguno de nosotros puede dejar de preocuparse por el impacto de la crisis en los pobres del mundo. Para muchos de ellos, la cuestión es, en efecto, la supervivencia misma. Junto con la contribución de las ciencias, las necesidades de los miembros más pobres de nuestra familia humana claman por soluciones equitativas por parte de los gobiernos y de todos los responsables de la toma de decisiones. Los sistemas sanitarios, por ejemplo, deben ser mucho más inclusivos y accesibles para los desfavorecidos y los que viven en países de bajos ingresos. Si hay que dar preferencia a alguien, que sea el más necesitado y vulnerable de todos nosotros. Del mismo modo, cuando se disponga de vacunas, debe garantizarse un acceso equitativo a ellas, independientemente de los ingresos, empezando siempre por los que menos tienen. Los problemas mundiales a los que nos enfrentamos exigen respuestas cooperativas y multilaterales. Las organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, la OMS, la FAO y otras, instituidas para fomentar la cooperación y la coordinación mundiales, deben ser respetadas y sostenidas para que alcancen sus objetivos en pro del bien común universal.

El estallido de la pandemia, en el contexto más amplio del calentamiento global, la crisis ecológica y la dramática pérdida de la biodiversidad, representa una llamada a nuestra familia humana para que se replantee su curso, se arrepienta y emprenda una conversión ecológica (cf. Laudato si', 216-221). Una conversión que aproveche todos los dones y talentos que Dios nos ha dado para promover una "ecología humana" digna de nuestra dignidad innata y nuestro destino común. Esta es la esperanza que expresé en mi reciente encíclica Fratelli tutti sobre la fraternidad y la amistad social. «¡Qué bonito sería si al crecimiento de las innovaciones científicas y tecnológicas correspondiera también una equidad y una inclusión social cada vez mayores! ¡Qué bonito sería que a medida que descubrimos nuevos planetas lejanos, volviéramos a descubrir las necesidades del hermano o de la hermana en órbita alrededor de mí!» (No. 31).

Las reflexiones de vuestra sesión plenaria sobre las ciencias y la supervivencia de la humanidad también plantean la cuestión de escenarios similares que podrían originarse en los laboratorios más avanzados de ciencias físicas y biológicas. ¿Podemos permanecer callados ante tales perspectivas? Por muy grande que sea la responsabilidad de los políticos, no exime a los científicos de reconocer sus propias responsabilidades éticas en el esfuerzo por detener no sólo la fabricación, la posesión y el uso de armas nucleares, sino también el desarrollo de armas biológicas, con su potencial de devastación de civiles inocentes y, de hecho, de pueblos enteros.

Queridos amigos, una vez más, os doy las gracias por vuestras investigaciones y vuestros esfuerzos para hacer frente a estas graves cuestiones en un espíritu de cooperación y responsabilidad compartida por el futuro de nuestras sociedades. En estos meses, el mundo entero ha dependido de vosotros y de vuestros colegas para proporcionar información, infundir esperanza y, en el caso de innumerables profesionales de la medicina, atender a los enfermos y a los que sufren, a menudo arriesgando sus propias vidas. Al renovar mi propia gratitud y ofrecer mis más sinceras oraciones por las deliberaciones de vuestra sesión plenaria, invoco sobre vosotros, vuestras familias y vuestros asociados las bendiciones divinas de sabiduría, fuerza y paz. Y os pido, por favor, que me recordéis en vuestras oraciones.

Roma, desde San Juan de Letrán, 7 de octubre de 2020

Francisco


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 7 de octubre de 2020.

 



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