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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS OBISPOS PARTICIPANTES EN UN CURSO
ORGANIZADO POR LA CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS

Sala del Consistorio
Jueves, 13 de septiembre de 2018

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Queridos hermanos, ¡buenos días!

Con alegría os recibo hoy al concluir vuestra peregrinación de nuevos obispos a las fuentes espirituales de esta antigua y siempre nueva Roma de Pedro y Pablo. Mientras os abrazo como nuevos pastores de la Iglesia, quizás todavía atravesados ​​por la maravilla de estar llamados a esta misión nunca proporcionada y conforme a nuestras fuerzas, quisiera como hablar con vosotros aparte, con vosotros y con cada una de vuestras Iglesias; me gustaría acercarme a vosotros con el toque de Cristo, Evangelio de Dios, que calienta el corazón, abre los oídos y suelta la lengua a la alegría que no se estropea y no se apaga, porque nunca se compra o se merece, sino que es pura gracia.

En la perspectiva de la alegría del Evangelio habéis tratado de leer el misterio de vuestra identidad apenas recibida como don de Dios. Habéis elegido el punto de vista acertado para sumergiros en el ministerio episcopal, para el que no podemos presumir de ningún crédito y donde no hay derechos de propiedad o títulos adquiridos. Hemos encontrado casi “por casualidad” el tesoro de nuestra vida y, por lo tanto, estamos llamados a vender todo para preservar el campo en el que se esconde esta mina inagotable (ver Mt 13.44). Todos los días es necesario retomar este precioso don, en su luz buscar la luz (ver Sal 35,10) y dejarse transfigurar por su rostro.

Os hablo de la tarea más urgente como pastores: la de la santidad. Como dice la oración de la Iglesia acerca de vosotros, fuisteis elegidos por el Padre, que conoce los secretos de los corazones, para servirlo día y noche, y atraer sus favores sobre vuestro pueblo (cf. Pontifical Romano, Oración de Ordenación de los Obispos).

No sois el fruto de un escrutinio meramente humano, sino de una elección desde Arriba. Por eso no se os pide una dedicación intermitente, una fidelidad alternada, una obediencia selectiva, no: estáis llamados a consumiros noche y día.

Permanecer alerta, incluso cuando la luz desaparece, o cuando Dios mismo se oculta en la oscuridad, cuando la tentación de retirarse se insinúa y el maligno, que siempre está al acecho sugiere sutilmente que el amanecer ya no llegará. Justo en ese momento, caer rostro en tierra (véase Gn 17, 3), para escuchar a Dios que habla y renueva su promesa nunca desmentida. Y luego permanecer fieles incluso cuando, en el calor del día, desfallecen las fuerzas de la perseverancia y el resultado de la fatiga ya no depende de los recursos que tenemos.

Y todo esto no para nutrir la pretensión narcisista de ser esenciales, sino para hacer que el Padre sea favorable a vuestro Pueblo. Dios ya está a favor del hombre. Su ser divino, que podría existir también sin nosotros, en su Hijo Jesús, se revela para nosotros. En él, se ofrece la paternidad de Dios que nunca se resigna; en Él conocemos el corazón divino que nada y nadie da por perdido. Este es el mensaje que los fieles tienen el derecho de encontrar en vuestros labios, en vuestros corazones y en vuestra vida.

Cuando comienza vuestro ministerio, os pido que pongáis a Dios en el centro: Él es quien pide todo, pero a cambio ofrece la vida en plenitud. No esa vida aguada y mediocre, vacía de significado, porque está llena de soledad y de soberbia, sino la vida que fluye de su compañía que nunca falla, de la fuerza humilde de la Cruz de su Hijo, de la seguridad serena del amor victorioso que nos habita.

No os dejéis tentar por cuentos de desastres o profecías de fatalidad, porque lo que realmente importa es perseverar evitando que se enfríe el amor (cf. Mt 24,12) y mantener la cabeza alta y levantada hacia al Señor (cf. Lc 21,28) porque la Iglesia no es nuestra, ¡es de Dios! Él era antes que nosotros y será después de nosotros. El destino de la Iglesia, de la pequeña grey, se esconde victoriosamente en la cruz del Hijo de Dios. Nuestros nombres están grabados en su corazón —¡grabados en su corazón!—; nuestro destino está en sus manos. Por lo tanto, no desperdiciéis vuestras mejores energías contabilizando fracasos y reprochando amarguras, dejando que vuestro corazón se encoja y vuestros horizontes se reduzcan. Cristo sea vuestra alegría, el Evangelio vuestro alimento. Mantened vuestra mirada fija solamente en el Señor Jesús y, acostumbrándoos a su luz, sabed buscarla incesantemente incluso donde se refracta, incluso a través de humildes chispas.

Allí, en las familias de vuestras comunidades donde, en la paciencia tenaz y en la generosidad anónima, el don de la vida se acuna y se nutre.

Allí, donde pervive en los corazones la certeza frágil, pero indestructible de que la verdad prevalece, que el amor no es en vano, que el perdón tiene el poder de cambiar y de reconciliar, que la unidad siempre vence la división, que el valor de olvidarse de uno mismo para el bien del otro es más satisfactorio que la primacía intangible del ego.

Allí, donde tantos consagrados y ministros de Dios, en la entrega silenciosa de sí mismos, perseveran sin importarles el hecho de que a menudo el bien no hace ruido, no es tema de blogs ni llega a las primeras páginas. Siguen creyendo y predicando valientemente el Evangelio de la gracia y de la misericordia a hombres sedientos de razones para vivir, para tener esperanza y para amar. No se asustan de las heridas de la carne de Cristo, siempre infligidas por el pecado y no pocas veces por los hijos de la Iglesia.

Soy muy consciente de que la soledad y el abandono se difunden en nuestro tiempo, de que se expande el individualismo y crece la indiferencia por el destino de los demás. Millones de hombres y mujeres, niños, jóvenes están perdidos en una realidad que ha oscurecido los puntos de referencia, están desestabilizados por la angustia de pertenecer a la nada. Su destino no desafía la conciencia de todos y, a menudo, lamentablemente, aquellos que tendrían la mayor responsabilidad, los evitan culpablemente. Pero a nosotros no se nos permite ignorar la carne de Cristo, que nos ha sido confiada no solo en el Sacramento que partimos, sino también en el Pueblo que hemos heredado.

También sus heridas nos pertenecen. Tenemos el deber de tocarlas, no para hacer manifiestos programáticos de ira real y comprensible, sino lugares donde la Esposa de Cristo aprenda cómo puede desfigurarse cuando de su rostro se desvanecen los rasgos del Esposo. Pero aprenda también de donde volver a empezar, con fidelidad humilde y escrupulosa a la voz de su Señor. Sólo Él puede garantizar que, en las ramas de su viña, los hombres no encuentren simplemente las uvas silvestres (Is 5,4), sino el buen vino (Jn 2,11), el de la vid verdadera, sin la cual nada podemos hacer (Jn 15,5).

Este es el objetivo de la Iglesia: distribuir este vino nuevo que es Cristo en el mundo. Nada puede distraernos de esta misión. Necesitamos constantemente odres nuevos (véase Mc 2,22), y todo lo que hacemos nunca es suficiente para hacerlos merecedores del vino nuevo que están llamados a contener y verter. Pero, precisamente por eso, los contenedores deben saber que sin el vino nuevo serán vasijas de piedra fría, capaces de recordar la falta pero no de dar plenitud. Por favor, ¡que no os distraiga nada de este objetivo: dar plenitud!

Que vuestra santidad no sea fruto del aislamiento, sino que florezca y fructifique en el cuerpo vivo de la Iglesia que el Señor os ha confiado, así como a los pies de la cruz confió su Madre al discípulo amado. Recibidla como novia para amar, virgen para defender, madre para fecundar. Que vuestro corazón no se enamore de otros amores; cuidad de que el terreno de vuestras Iglesias sea fértil para la semilla del Verbo y nunca sea pisoteado por jabalíes (cf. Sal 80,14).

¿Cómo lo lograreis? Recordando que no somos el origen de nuestra “porción de santidad”, sino que siempre es Dios. Es una santidad pequeñita, que se nutre del abandono en sus manos como un niño destetado que no necesita pedir una prueba de la cercanía materna (ver Sal 131,2). Es una santidad consciente de que no hay nada más efectivo, más grande, más precioso, más necesario que podáis ofrecer al mundo que la paternidad que está en vosotros. Que cuando os conozcan, cada persona pueda al menos rozar la belleza de Dios, la seguridad de su compañía y la plenitud de su cercanía. Es una santidad que crece mientras se descubre que Dios no es domesticable, no necesita recintos para defender su libertad, y no se contamina mientras se acerca, al contrario, santifica lo que toca.

No nos sirve la contabilidad de nuestras virtudes, ni un programa de ascetismo, un gimnasio de esfuerzo personal o una dieta que se renueve de lunes a lunes, como si la santidad fuera solamente el fruto de la voluntad. La fuente de la santidad es la gracia de acercarnos a la alegría del Evangelio y dejar que sea ella la que invade nuestra vida, para que ya no podamos vivir de otra forma.

Ya antes de que existiéramos, Dios ya estaba y nos amaba. La santidad es tocar esta carne de Dios que nos precede. Es entrar en contacto con su bondad. Mirad a los pastores llamados en la noche de Belén: ¡encontraron en ese Niño la bondad de Dios! Es una alegría que nadie puede robarles. Mirad la gente que desde lejos observaba el Calvario: regresaba a casa golpeándose el pecho porque había visto el cuerpo sangrante del Verbo de Dios. La visión de la carne de Dios se adentra en el corazón y prepara el lugar donde poco a poco hace su morada la divina plenitud.

Por eso os recomiendo que no os avergoncéis de la carne de vuestras Iglesias. Entrad en diálogo con sus preguntas. Os recomiendo una atención especial al clero y a los seminarios. No podemos responder a los retos que nos plantean sin actualizar nuestros procesos de selección, acompañamiento y evaluación. Pero nuestras respuestas no tendrán futuro si no llegasen a la sima espiritual que, en muchos casos, permitió debilidades escandalosas, si no pusieran al desnudo el vacío existencial que han alimentado, si no revelasen por qué se ha enmudecido tanto a Dios, por qué se le ha silenciado tanto, por qué se le ha alejado de una determinada forma de vida, como si no existiera.

Y aquí, cada uno de nosotros debe entrar con humildad en lo más profundo de su ser y preguntarse qué puede hacer para que sea más santo el rostro de la Iglesia que gobernamos en nombre del Pastor Supremo. No sirve solo señalar con el dedo a los otros, fabricar chivos expiatorios, rasgarse las vestiduras, excavar en la debilidad de los demás como les gusta hacer a los hijos que han vivido en la casa como si fueran siervos (cf. Lc 15,30-31). Aquí es necesario trabajar juntos y en comunión, convencidos, sin embargo, de que la santidad auténtica es la que Dios hace en nosotros, cuando dóciles a su Espíritu regresamos a la alegría sencilla del Evangelio, para que su beatitud se haga carne para los demás en nuestras decisiones y en nuestras vidas.

Os invito, pues, a seguir adelante, alegres y no amargados, tranquilos y no ansiosos, consolados y no desolados —buscad el consuelo del Señor— conservando el corazón de corderos que, aunque rodeados de lobos, saben que ganarán porque cuentan con la ayuda del pastor (cf. San Juan Crisóstomo, Hom 33,1: PG 57,389).

María, que nos lleva en sus brazos sin juzgar, sea la estrella luminosa que guía vuestro camino.

Mientras doy las gracias al cardenal Marc Ouellet y al cardenal Leonardo Sandri y a sus respectivas congregaciones por el generoso trabajo realizado, imparto la bendición apostólica a cada uno de vosotros y a las Iglesias que habéis sido llamados a servir.

¡Gracias!


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 13 de septiembre de 2018.

 



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