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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTECIPANTES EN LA REUNIÓN ORGANIZADA POR
LA OFICINA NACIONAL DE CATEQUESIS
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA

Sala Clementina
Sábado, 30 de enero de 2021

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Queridos hermanos y hermanas

Os doy la bienvenida y agradezco al cardenal Bassetti sus amables palabras. Se ha recuperado. ¡Gracias! Saludo al secretario general, monseñor Russo, y a todos vosotros que sostenéis el compromiso de la Iglesia italiana en el ámbito de la catequesis. Me alegra compartir con vosotros el recuerdo del 60º aniversario del nacimiento de la Oficina Nacional de Catequesis. Establecida incluso antes de la configuración de la Conferencia Episcopal, fue un instrumento indispensable para la renovación catequética después del Concilio Vaticano II. Este aniversario es una excelente ocasión para hacer memoria, dar gracias por los dones recibidos y renovar el espíritu de anuncio. Para ello, me gustaría compartir tres puntos que espero os ayuden en vuestros trabajos durante los próximos años.

El primero: catequesis y kerygma. La catequesis es el eco de la Palabra de Dios. En la transmisión de la fe, la Escritura —como recuerda el documento fundamental— es «el Libro; no un subsidio aunque sea el primero» (CEI, Il rinnovamento della catechesi, n. 107). La catequesis es, por tanto, la onda larga de la Palabra de Dios para transmitir en la vida la alegría del Evangelio. Gracias a la narración de la catequesis, la Sagrada Escritura se convierte en “el ambiente” en el que sentirse parte de la misma historia de la salvación, encontrando a los primeros testigos de la fe. La catequesis es tomar de la mano y acompañar en esta historia. Suscita un camino, en el que cada uno encuentra su propio ritmo, porque la vida cristiana no aplana ni homologa, sino que realza la unicidad de cada hijo de Dios. La catequesis es también un itinerario mistagógico, que procede en constante diálogo con la liturgia, ámbito en el que resplandecen símbolos que, sin imponerse, hablan a la vida y la marcan con la huella de la gracia.

El corazón del misterio es el kerygma, y el kerygma es una persona: Jesucristo. La catequesis es un espacio privilegiado para favorecer el encuentro personal con Él. Por lo tanto, debe estar entrelazada de relaciones personales. No hay verdadera catequesis sin el testimonio de hombres y mujeres de carne y hueso. ¿Quién de nosotros no recuerda al menos a uno de sus catequistas? Yo lo recuerdo. Me acuerdo de la monja que me preparó para la primera comunión y me hizo tanto bien. Los primeros protagonistas de la catequesis son ellos, mensajeros del Evangelio, a menudo laicos, que entran en juego con generosidad para compartir la belleza de haber encontrado a Jesús. «¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y – es un memorioso de la historia de la salvación — y sabe despertarla en los demás... Es un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad» (Homilía de la Jornada de Catequistas en el Año de la Fe, 29 de septiembre de 2013).

Para ello, es bueno recordar «ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa: Tu eres amado, tu eres amada, esto es lo primero, esta es la puerta; que no imponga la verdad y que apele a la libertad, como hacía Jesús que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio. ¿Y cuáles son estas actitudes que cada catequista debe tener? cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena» (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 165). Jesús las tenía. Es toda la geografía de la humanidad la que el kerygma, la brújula infalible de la fe, ayuda a explorar.

Y sobre este punto —el catequista— retomo algo que también debe decirse a los padres, a los abuelos... la fe se transmite “en dialecto”. Un catequista que no sabe explicar en el dialecto de los jóvenes, de los niños, de los que... Pero con el dialecto no me refiero al lingüístico, del que Italia es tan rica: no, al dialecto de la cercanía, al dialecto que se puede entender, al dialecto de la intimidad. A mí me conmueve ese pasaje de los Macabeos, de los siete hermanos (2M, 7). Se dice dos o tres veces que su madre les sostenía hablándoles en dialecto [«en la lengua de los padres»]. Es importante: la verdadera fe se transmite en dialecto. Los catequistas deben aprender a transmitirla en dialecto, es decir, ese lenguaje que sale del corazón, que nace, que es el más familiar, el más cercano a todos. Si no hay dialecto, la fe no se transmite totalmente ni bien.

El segundo punto: catequesis y futuro. El año pasado se cumplieron 50 años del documento Il rinnovamento della catechesi, donde la Conferencia Episcopal Italiana recogía las indicaciones del Concilio. A este respecto, hago mías las palabras de san Pablo VI, dirigidas a la primera Asamblea General de la CEI después del Vaticano II: «Debemos mirar al Concilio con gratitud a Dios y con confianza en el futuro de la Iglesia; será el gran catecismo de los nuevos tiempos» (23 de junio de 1966). Y volviendo al tema, con ocasión del primer Congreso Catequético Internacional, añadió: «Es una tarea que incesantemente renace e incesantemente se renueva para la catequesis, comprender estos problemas que surgen del corazón del hombre, para reconducirlos a su fuente oculta: el don del amor que crea y salva» (25 de septiembre de 1971). Por eso, la catequesis inspirada por el Concilio está continuamente a la escucha del corazón del hombre, siempre con un oído atento, siempre buscando renovarse.

Esto es magisterio: el Concilio es magisterio de la Iglesia. O estás con la Iglesia y por tanto sigues el Concilio, y si no sigues el Concilio o lo interpretas a tu manera, como quieres, no estás con la Iglesia. A este respecto tenemos que ser exigentes, severos. No, el Concilio no se negocia para tener más de estos... No, el Concilio es así. Y este problema que estamos viviendo, de selectividad del Concilio, se ha repetido a lo largo de la historia con otros Concilios. A mí me da tanto que pensar un grupo de obispos que después del Vaticano I se fueron, un grupo de laicos, otros grupos, para continuar la “verdadera doctrina” que no era la del Vaticano I. “Nosotros somos los verdaderos católicos”... Hoy ordenan a mujeres. La actitud más severa, para custodiar la fe sin el magisterio de la Iglesia, te lleva a la ruina. Por favor, ninguna concesión a los que intentan presentar una catequesis que no sea concorde con el Magisterio de la Iglesia.

Así como en el período postconciliar la Iglesia italiana fue rápida y capaz a la hora de acoger los signos y las sensibilidades de los tiempos, también hoy está llamada a ofrecer una catequesis renovada que inspire todos los ámbitos de la pastoral: caridad, liturgia, familia, cultura, vida social, economía... De la raíz de la Palabra de Dios, a través del tronco de la sabiduría pastoral, florecen enfoques fructuosos de los diversos aspectos de la vida. La catequesis es, pues, una aventura extraordinaria: como “vanguardia de la Iglesia” tiene la tarea de leer los signos de los tiempos y de acoger los desafíos presentes y futuros. No debemos tener miedo de hablar el lenguaje de las mujeres y los hombres de hoy. De hablar el lenguaje fuera de la Iglesia, si de esto debemos tener miedo. No debemos tener miedo de hablar el lenguaje de la gente. No debemos tener miedo de escuchar las preguntas, cualesquiera que sean, las cuestiones no resueltas, de escuchar las fragilidades, las incertidumbres: de esto no debemos tener miedo. No hay que tener miedo de elaborar nuevos instrumentos: en los años setenta el Catecismo de la Iglesia italiana era original y apreciado; también los tiempos actuales requieren inteligencia y valor para elaborar instrumentos actualizados, que transmitan a los hombres de hoy la riqueza y la alegría del kerygma, y la riqueza y la alegría de la pertenencia a la Iglesia

Tercer punto: catequesis y comunidad. En este año marcado por el aislamiento y el sentimiento de soledad causados por la pandemia, hemos reflexionado varias veces sobre el sentido de pertenencia que está en la base de una comunidad. El virus ha excavado en el tejido vivo de nuestros territorios, especialmente en los existenciales, alimentando miedos, recelos, desconfianza e incertidumbre. Ha puesto en jaque prácticas y hábitos consolidados y, así nos lleva a replantearnos nuestro ser comunidad. Hemos comprendido, en efecto, que no podemos avanzar solos y que la única manera de salir mejor de la crisis es salir juntos —nadie se salva solo, salir juntos—, volviendo a abrazar con más convicción la comunidad en la que vivimos. Porque la comunidad no es una aglomeración de individuos, sino la familia en la que nos integramos, el lugar donde nos cuidamos los unos a los otros, los jóvenes a los mayores y los mayores a los jóvenes, los de hoy a los que vendrán mañana. Sólo redescubriendo el sentido de la comunidad puede cada uno encontrar su propia dignidad en plenitud.

La catequesis y el anuncio no pueden dejar de poner en el centro esta dimensión comunitaria. No es el momento de estrategias elitistas. La gran comunidad: ¿cuál es la gran comunidad? El santo pueblo fiel de Dios. No se puede avanzar fuera del santo pueblo fiel de Dios, que —como dice el Concilio— es infalible in credendo. Siempre con el santo pueblo de Dios. En cambio, buscar pertenencias elitistas te aleja del pueblo de Dios quizás con fórmulas sofisticadas; pero pierdes esa pertenencia a la Iglesia que es el santo pueblo fiel de Dios. Es el tiempo de ser artesanos de comunidades abiertas que sepan valorar los talentos de cada uno. Es el tiempo de comunidades misioneras, libres y desinteresadas, que no busquen protagonismo y ventaja, sino que caminen por los senderos de la gente de nuestro tiempo, inclinándose hacia los marginados. Es el tiempo de comunidades que miren a los ojos a los jóvenes decepcionados, que acojan a los forasteros y den esperanza a los desencantados. Es el tiempo de comunidades que dialoguen sin miedo con los que tienen ideas diferentes. Es el tiempo de comunidades que, como el buen samaritano, sepan acercarse a los que la vida ha herido, para vendar sus llagas con compasión. No os olvidéis de esta palabra, compasión. Cuántas veces en el evangelio se dice de Jesús: “Y tuvo compasión”, “tuvo compasión”. Como dije en la Conferencia Eclesial de Florencia, deseo una Iglesia «cada vez más cercana a los abandonados, los olvidados, los imperfectos. [...] Una Iglesia alegre con rostro de madre, que comprenda, acompañe, acaricie». Lo que refería entonces al humanismo cristiano vale también para la catequesis: «Afirma radicalmente la dignidad de cada persona como hijo de Dios, establece entre cada ser humano una fraternidad fundamental, enseña a comprender el trabajo, a habitar la creación como una casa común, ofrece razones para la alegría y el humorismo, incluso en medio de una vida muchas veces muy dura» (Discurso a la V Conferencia Nacional de la Iglesia Italiana, Florencia, 10 de noviembre de 2015).

He mencionado la Conferencia de Florencia. Después de cinco años, la Iglesia italiana debe volver a la Conferencia de Florencia, e iniciar un proceso de Sínodo nacional, comunidad por comunidad, diócesis por diócesis: también este proceso será una catequesis. En la Conferencia de Florencia se intuye precisamente el camino a seguir en este Sínodo. Retomarlo, ahora. Es el momento. Y empezar a caminar.

Queridos hermanos y hermanas, os doy las gracias por todo lo que hacéis. Os invito a seguir rezando y a pensar con creatividad en una catequesis centrada en el kerygma, que mire al futuro de nuestras comunidades, para que estén cada vez más enraizadas en el Evangelio, comunidades fraternas e inclusivas. Os bendigo y os acompaño. Y vosotros, por favor, rezad por mí: lo necesito. Gracias.


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 30 de enero de 2021.

 



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