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JUAN PABLO II

REGINA COELI

Domingo 21 de abril de 1996

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En el período litúrgico que va de Pascua a Pentecostés, la Iglesia está congregada en la contemplación de Cristo resucitado. Revive así la experiencia originaria, en la que se basa su existencia. Se siente invadida del mismo asombro de Magdalena y de las demás mujeres que, habiendo ido al sepulcro de Cristo la mañana de Pascua, lo encontraron vacío. Ese sepulcro se había convertido en seno de vida.

Quienes habían condenado a Jesús, creían haber ahogado su causa bajo una fría losa sepulcral. Los mismos discípulos se habían abandonado a la sensación de un fracaso irreparable. Se comprende, por tanto, su sorpresa, e incluso su desconfianza, ante la noticia del sepulcro vacío. Pero el Resucitado no tardó en manifestarse, y ellos se rindieron ante la realidad. Vieron y creyeron. A dos mil años de distancia, vibra todavía la emoción inefable que los embargó, cuando escucharon el saludo del Maestro: «¡Paz a vosotros!».

2. En su extraordinaria experiencia se funda la Iglesia. El primer anuncio del Evangelio fue sólo el testimonio de este acontecimiento: «A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2, 32). La fe cristiana está tan íntimamente vinculada con esta verdad, que Pablo no duda en declarar: «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1 Co 15, 14). Y en la misma línea se sitúa el Catecismo de la Iglesia católica cuando enseña: «La resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento y predicada como parte esencial del misterio pascual al mismo tiempo que la cruz» (n. 638).

La resurrección de Cristo es la fuerza y el secreto del cristianismo. No se trata de mitología o de mero simbolismo, sino de un acontecimiento concreto. Lo confirman pruebas ciertas y convincentes. La acogida de esta verdad, aunque es fruto de la gracia del Espíritu Santo, se apoya asimismo en una sólida base histórica. En el umbral del tercer milenio el nuevo impulso de la evangelización sólo puede comenzar de una experiencia renovada de este misterio, acogido en la fe y testimoniado en la vida.

3. Regina coeli, laetare! ¡Alégrate, Virgen santa, porque aquel a quien llevaste en tu seno ha resucitado! Tratemos de revivir, amadísimos hermanos y hermanos, la alegría de la Resurrección con el corazón de María que, también a través de la oscuridad del Viernes santo, se preparó para acoger la luz de la mañana de Pascua.

Pidámosle que nos obtenga una fe profunda en este acontecimiento extraordinario, que es salvación y esperanza para el mundo.

* * *

Después del Regina caeli

Saludo con, afecto a los peregrinos de lengua española aquí congregados. En especial, a los beles de la diócesis de Málaga y a los alumnos del colegio «Jesús, María y José» de Barcelona. Os agradezco vuestra presencia y os deseo que la peregrinación a Roma, en este tiempo pascual, os ayude a testimoniar con las palabras y las obras la resurrección del Señor.

 

Llamamiento del Papa Juan Pablo II en favor de la paz para Oriente Medio

Por desgracia, la semana pasada ha estado marcada por una increíble violencia que, una vez más, ha conmovido a Oriente Medio. Nuevamente la población civil, en especial la libanesa, ha pagado el precio de acciones de guerra, para las cuales es difícil encontrar justificaciones aceptables.

A los combatientes de todas las partes y a quienes comparten su actitud les repito que la verdadera paz y la verdadera justicia no pueden alcanzarse a través del odio y la violencia de las armas.

En este contexto de sufrimiento, quisiera recordar también que, mañana, en Ginebra, en la sede de las Naciones Unidas, comenzará una importante reunión para la eliminación de las armas convencionales particularmente dañosas, sobre todo de las minas antipersona. Se trata de decenas de millones de armas diseminadas en muchas partes del mundo, especialmente en Camboya, Angola, Afganistán y Bosnia-Herzegovina. Esas armas causan daños devastadores a la población civil y, principalmente, a los niños.

Siento la necesidad de dirigir a todos los responsables un apremiante llamamiento: renunciad a esos instrumentos de muerte y decidid la prohibición definitiva de su producción, de su comercio y de su empleo.

Además, el jueves próximo se celebra el décimo aniversario del terrible accidente nuclear de la central de Chernobil, en Ucrania. En este momento quisiera recordar la solidaridad internacional, que surgió entonces y que aún sigue manifestándose, hacia las numerosas familias afectadas y, de modo especial, hacia los más pequeños. Muchas instituciones católicas, en Italia, en Polonia y en otros países, han acogido y ayudado a esos niños. Les expreso mi viva estima.

Que Dios, en su omnipotencia y misericordia, consuele a quienes sufren e inspire la responsabilidad a quienes tienen el poder de decisión, para que esas tragedias no se repitan nunca más.



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