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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 20 de abril de 1983

 

1. Durante este tiempo pascual vivimos en plenitud la alegría de la reconciliación con Dios, que Cristo resucitado nos anuncia con el saludo lleno de buenos deseos: "La paz sea con vosotros" (Jn 20, 21). Nos lo anuncia "mostrando las manos y el costado" (ib., 20), esto es, invitándonos a mirar hacia el sacrificio que nos ha proporcionado esta reconciliación. Sufriendo y muriendo por nosotros, Cristo mereció el perdón de nuestros pecados y restableció la alianza entre Dios y la humanidad.

Su sacrificio ha sido un sacrificio expiatorio, o sea, un sacrificio que presenta una reparación para obtener la remisión de las culpas. En el culto de la Antigua Alianza se practicaban estos sacrificios de reparación; en el libro de Isaías, el personaje ideal del "Siervo de Dios" se nos describe en una prueba terrible, en la que él ofrece su vida como sacrificio expiatorio (cf. Is 53, 10). Jesús alude a esta figura del Siervo cuando define el sentido de su misión terrena: "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45; Mt 20, 28).

Él sabe perfectamente que va a la muerte: su sacrificio es el precio, el rescate por la liberación de la humanidad. Cuando instituye la Eucaristía, ofrece para beber la sangre destinada a ser derramada por muchos, en remisión de los pecados (cf. Mt 26, 28). Jesús es, pues, consciente de ofrecer un sacrificio expiatorio, sacrificio diverso de los del culto judío, porque consiste en el don de la propia vida y obtiene, de una vez para siempre, la remisión de los pecados de toda la humanidad.

Este sacrificio ha sido expresado más tarde, en la reflexión teológica, mediante los conceptos de satisfacción y de mérito. Cristo ofreció una satisfacción por los pecados y con esto nos mereció la salvación. El Concilio de Trento declara que "Nuestro Señor Jesucristo, mediante su santísima pasión, en el madero de la cruz, nos ha merecido la justificación y ha satisfecho por nosotros a Dios Padre" (DS 1529).

2. El sacrificio expiatorio de la cruz nos hace comprender la gravedad del pecado. A los ojos de Dios el pecado nunca es un hecho sin importancia. El Padre ama a los hombres y le ofenden profundamente sus transgresiones o rebeliones. Aunque está dispuesto a perdonar, Él, por el bien y el honor del hombre mismo, pide una reparación. Pero precisamente en esto la generosidad divina se demuestra del modo más sorprendente. El Padre dona a la humanidad el propio Hijo, para que ofrezca esta reparación. Con esto muestra la abismal gravedad del pecado, puesto que reclama la reparación más alta posible, la que viene de su mismo Hijo. A la vez, revela la grandeza infinita de su amor, ya que Él es el primero que lleva el peso de la reparación con el don del Hijo.

Entonces, ¿Dios castiga al Hijo inocente? ¿No hay en esto una violación manifiesta de la justicia? Tratemos de entender. Es verdad que Cristo sustituye, en cierto modo, a la humanidad pecadora: efectivamente, Él toma sobre sí las consecuencias del pecado, que son el sufrimiento y la muerte. Pero lo que hubiera sido castigo, si este sufrimiento y esta muerte se hubieran infligido a los culpables, adquiere un significado distinto cuando son asumidas libremente por el Hijo de Dios: se convierten en una ofrenda expiatoria por los pecados del mundo. Cristo, inocente, ocupa el lugar de los culpables. La mirada que el Padre le dirige cuando sufre en la cruz, no es una mirada de cólera, ni de justicia punitiva; es una mirada de perfecta complacencia, que acoge su sacrificio heroico.

3. ¿Cómo no admirar la conmovedora solidaridad con la que Cristo ha querido llevar el peso de nuestras culpas? Incluso hoy, cuando nos detenemos a considerar el mal que se manifiesta en el mundo, podemos apreciar el peso inmenso que ha caído sobre los hombros del Salvador. Como Hijo de Dios hecho hombre, Él estaba en disposición de cargar con los pecados de todos los hombres, en todos los tiempos de su historia. Al aceptar esta carga ante el Padre y al ofrecer una reparación perfecta, Él ha transformado el rostro de la humanidad y ha liberado al corazón humano de la esclavitud del pecado.

¿Cómo no estarle agradecidos? Jesús cuenta con nuestra gratitud. Efectivamente, si en el sacrificio expiatorio Él ha ocupado el lugar de todos nosotros, su intención no era la de dispensarnos de toda reparación. Más aún, espera nuestra colaboración activa en su obra redentora.

Esta colaboración reviste una forma litúrgica en la celebración eucarística, donde el sacrificio expiatorio de Cristo se hace presente para comprometer a la comunidad y a los fieles en la ofrenda. Se extiende luego al conjunto de la vida cristiana, que está marcada necesariamente con el signo de la cruz. El cristiano, a lo largo de toda su existencia, está invitado a ofrecerse a sí mismo en oblación espiritual, que se debe presentar al Padre en unión con la de Cristo.

Felices por haber sido reconciliados con Dios por Cristo, sintamos el honor de compartir con Él el sacrificio admirable que nos ha proporcionado la salvación, y aportemos también nuestra parte en la aplicación de los frutos de la reconciliación al universo de hoy.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo cordialmente a todas las personas, familias y pequeños grupos de lengua española que asisten a esta Audiencia del Año Santo.

Una particular palabra de saludo y aliento a ser cada vez más fíele a su vocación, deseo dirigir a las religiosas de Jesús María que están haciendo su tercera probación. También a los miembros de los grupos diocesanos o parroquiales de Gerona, de Jaén, de Mollerusa, Pamplona y Alicante, así como a los oficiales y maniseros aquí presentes, quiero exhortar a vivir en la alegría y esperanza de la pascua. Esa misma paz y esperanza en Cristo resucitado deseo al grupo de viudas de Valencia.

Las palabras con las que el Maestro invitó un día a Pedro a seguirlo, nos las dirige, a cada uno de nosotros. Nos pide fidelidad y perseverancia como cristianos. Nos lo pide de manera especial en este Año Santo, en el que conmemoramos su amor infinito, que le llevó hasta la muerte por nosotros. A todos os bendigo de corazón.

 



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