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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 1 de febrero de 1984

 

1. "Todos los que creían vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común" (Act 2, 44). En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado y en otros análogos (cf. Act 4, 32-36; 5, 12-16), se expresa visiblemente una realidad fundamental de nuestra fe. La novedad cristiana impregna la totalidad de la persona e implica recíprocamente a los hombres que la encuentran, sugiriéndoles un nuevo modo de plantear la propia existencia cotidiana.

De este modo, la comunidad cristiana se convierte, desde los primeros tiempos, en un hecho público bien identificable dentro de la sociedad: "Estaban todos reunidos en el pórtico de Salomón" (Act 5, 12), nos dice el libro de los Hechos. Los aspectos más comunes de la existencia humana se afrontan de acuerdo con una nueva lógica, la de la comunión, y cada uno, con libertad, es llamado a socorrer la necesidad, incluso material, de todos.

El libro de los Hechos más de una vez se preocupa de poner de relieve cómo la conversión implica la pertenencia de manera pública a la comunidad de los creyentes: "Cada día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvados" (Act 2, 48). Esta dimensión social es la consecuencia inevitable de la presencia de los cristianos en el mundo como hombres nuevos, que engendran una sociedad renovada. Efectivamente, el encuentro con Cristo toca al hombre en la raíz y determina en él una nueva identidad religiosa, que no puede dejar de influir también en la Esfera cultural y social.

2. La Iglesia, en su estructura de comunión, se sitúa así como signo eficaz de la redención de Cristo que se realiza en el mundo. Ella "es para todo el género humano —según las palabras del Concilio Vaticano II— un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación" (Lumen gentium, 9). Este germen es el conjunto del Pueblo de Dios que, como comunión sensiblemente manifestada, afronta la existencia. La obra de la Iglesia en el mundo es, pues, obra de salvación inaugurada por Cristo y que de Él espera la plenitud. Se realiza a través de la difusión del reino al que está unida indisolublemente la tarea de perfeccionamiento y de animación de la realidad del mundo mediante el espíritu del Evangelio.

Por esto, la participación en la vida de la sociedad, mirando a la edificación del bien común, encuentra en el cristiano, consciente del significado profundo de su pertenencia eclesial, un actor lúcido e infatigable. Al sentirse profundamente transformado por la novedad de la redención, dará testimonio, con todas las energías de que dispone, de que Cristo fermenta la historia y da a los creyentes la capacidad de construir la civilización de la verdad y del amor. El cristiano, que es verdaderamente tal, jamás se sustrae a la fascinante misión de demostrar al hombre de hoy la posibilidad de una convivencia humana más verdadera, más justa, más impregnada por el espíritu de paz.

3. El vehículo normal con el que la Iglesia, fiel a su naturaleza sacramental de signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium 1) da testimonio de la redención que actúa en la sociedad, es la misión del cristiano en el mundo. Corresponde al cristiano, y en particular al laico protagonista del compromiso eclesial, gracias a la índole secular de su vocación, hacer presente en todos los ambientes el acontecimiento salvífico de Cristo. Tarea esencial de la misión, aparece, pues, el deber de manifestar de modo sensible la unidad de los cristianos en las diversas situaciones existenciales, presentando la experiencia de hombres nuevos capaces de colaborar en la construcción de sectores de sociedad más verdadera y más justa.

El Concilio destaca con vigor este gran deber en el cristiano: "El divorcio entre la fe y la vida cotidiana de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época... Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios" (Gaudium et spes, 43). La invitación a convertirse en constructores de la civilización de la verdad y del amor no puede menos de extenderse a todos los hombres sinceramente comprometidos con el propio destino. Este es el sentido de la llamada incesante a la necesidad de la paz, tan amenazada hoy, llamada que la Iglesia no se cansa de repetir y por la que no deja de trabajar todo lo que puede.

Pero para que venza la paz es necesario un cambio de lógica dentro de nuestra civilización. Es preciso que se imponga la verdad sobre la mentira. Esto únicamente podrá suceder si prevalece el amor en el corazón de cada hombre, en los pequeños y en los grandes. Entonces la sociedad podrá tener como apoyo la dignidad de la persona, despuntará en su horizonte la perspectiva de días mejores.


Saludos

Ahora mi cordial saludo a cada persona de lengua española; en especial a los jóvenes y profesores del Colegio Internacional de Caracas y la grupo venido de Paraguay en la víspera de san Blas, patrono del país, tan venerado en él junto con el beato Roque González de Santa Cruz. A todos os aliento en vuestra vida cristiana y os bendigo de corazón.

 



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