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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de enero de 1986

 

1. "El movimiento ecuménico se fomenta especialmente mediante las oraciones mutuas". En estos términos el Sínodo Extraordinario de los Obispos, reunido en el XX aniversario del Concilio Vaticano II, ha vuelto a afirmar (cf. Relación final II, C, 7) la importancia totalmente especial que tiene la oración para la promoción de la plena unidad de todos los cristianos.

Esta semana (18-25 de enero) está dedicada en particular a la oración por la unidad. En todo el mundo, católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, tanto en sus iglesias, como juntos, en reuniones comunes, elevan fervientes plegarias al único Señor común para implorar esa unidad que Él mismo pidió al Padre para todos sus discípulos (cf. Jn 17, 21).

Hoy os invito también a uniros, con corazón sincero y ardiente deseo, a este inmenso coro de la "comunión ecuménica", como el Sínodo Extraordinario ha definido la nueva situación espiritual que se ha instaurado entre los cristianos de nuestro tiempo.

Estas plegarias en común son sin duda "un medio muy eficaz" para impetrar la gracia de la unidad, son "una genuina manifestación" de los vínculos con los que los católicos están todavía unidos con los otros hermanos cristianos (cf. Unitatis redintegratio, 8).

El rico contenido del Decreto conciliar sobre el ecumenismo mantiene toda su validez, corroborada por una experiencia de veinte años que la hace aún más consistente. Alimenta la confianza común en el Señor, que dirige las vicisitudes humanas hacia su fin último; sostiene y anima el esfuerzo ecuménico que tiende hacia la unidad, pero sin dejarla jamás dormir en los positivos resultados intermedios alcanzados por las relaciones fraternas y por el diálogo en marcha.

La oración común, ante todo, se funda en la fe que existe entre los cristianos y en el común bautismo, vínculo sacramental que actualiza y expresa el don gratuito de la redención realizada por el Señor. La oración común emana del único bautismo, que "tiende a conseguir la plenitud de la vida en Cristo"; así, pues, por su naturaleza se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación a la economía de la salvación tal como Cristo en persona la estableció y, finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística " (Unitatis redintegratio, 22). Esta exigencia intrínseca constituye el dinamismo más profundo de todo el movimiento ecuménico.

Por consiguiente, la oración se convierte en humilde y consciente impetración de la gracia de la unidad puesto que "este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas y la capacidad humana" (Unitatis redintegratio, 24). La imploración nos hace poner de nuevo nuestra esperanza en el sólido fundamento de la oración que Cristo eleva incesantemente por su Iglesia, en el amor del Padre por nosotros y en la fuerza del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II nos ha recordado que la oración es "un medio muy eficaz" (cf. Unitatis redintegratio, 8) y que la esperanza puesta en el amor de Dios "no defrauda" (Rom 5, 5)

Por todo esto, la anual semana de oraciones por la unidad debe reforzar la fe, enfervorizar la caridad, aumentar la esperanza.

2. A los dos motivos indicados por el Concilio, nosotros tenemos uno nuevo que añadir: la gratitud al Señor por el camino positivo que han recorrido los cristianos hacia la plena unidad. El reciente Sínodo Extraordinario de los Obispos ha afirmado que en estos veinte años: "el ecumenismo está inserto en la conciencia de la Iglesia de modo profundo e indeleble" (Relación final, II, C, 7). Se ha abierto y afirmado el diálogo con todas las otras Iglesias de Oriente y Occidente, aun cuando en formas diversas y con medios y resultados diferentes. La meta común que los diversos diálogos se proponen en su horizonte es la reconciliación y la unidad. Estamos agradecidos al Señor porque se está realizando una purificación de los corazones y está surgiendo la caridad recíproca entre los cristianos.

Además, los diálogos han sido ocasión propicia e instrumento adecuado no sólo para volver a afirmar juntos la fe, que es común entre los católicos y los otros cristianos, sino también para delinear importantes convergencias sobre cuestiones controvertidas en el pasado; y para identificar, con mayor claridad y de modo nuevo, las divergencias que todavía hay que afrontar y resolver de común acuerdo a la luz de las Sagradas Escrituras y de la gran Tradición de la Iglesia. Todo esto es un acontecimiento importante en la vida de los cristianos de nuestro tiempo.

La presencia fraterna y atenta de los Observadores de las otras Iglesias y Comuniones cristianas mundiales, así como del Consejo Ecuménico de las Iglesias, en los trabajos del Sínodo Extraordinario de los Obispos, ha ofrecido el testimonio de estas nuevas relaciones que se han instaurado. Se ha manifestado así la común voluntad de proseguir el esfuerzo conjunto a fin de que. con la gracia de Dios, se llegue a la plena comunión para dar un testimonio de unidad en nuestro mundo, donde parecen aumentar tentaciones de disgregación y conflictos.

3. "El testimonio es, por tanto, un imperativo del Evangelio", nos recuerda oportunamente la introducción a los textos de esta "Semana de oración", preparados conjuntamente por el Secretariado para la Unión de los Cristianos y por la Comisión "Fe y Constitución" del Consejo Ecuménico de las Iglesias.

"Vosotros seréis mis testigos" (Act 1, 8) es el tema propuesto para este año. Se trata de un tema comprometido: proviene de un mandamiento explícito que Jesús resucitado dio a sus discípulos. Es un tema denso de perspectivas, que aprovecha todos los recursos del movimiento ecuménico. Es un tema actual y urgente, porque el mundo de hoy necesita coherencia, testimonio verdadero, vida auténtica.

Es posible cierto testimonio común entre los cristianos en varios campos; se funda en la fe común que existe entre ellos y que la confrontación, a través del diálogo en marcha, ha dado nuevo relieve. Sin embargo, este testimonio es todavía frágil, porque las divergencias existentes no permiten una plena concordia. De aquí surge el impulso para nuevos progresos en el campo ecuménico. El testimonio común que se puede dar hoy impulsa a la búsqueda de la plena unidad: pero sólo la plena unidad hará finalmente posible que este testimonio sea auténtico.

El reciente Sínodo Extraordinario de los Obispos ha hecho importantes afirmaciones: "Nosotros, obispos, deseamos ardientemente que la comunión incompleta existente ya con las Iglesias y con las Comunidades no católicas llegue por la gracia de Dios a la plena comunión...." Además: "la comunión entre los católicos y otros cristianos, aunque sea incompleta, llama también a todos a la colaboración en muchos campos y así hace posible, de alguna manera, un testimonio común del amor salvífico de Dios hacia el mundo necesitado de salvación" (Relación final, II, C, 7).

4. En este proceso se comprende la importancia insustituible de la oración. El Sínodo ha citado la oración mutua. Para promover la restauración de la plena unidad de todos los cristianos es necesaria la oración: no sólo la que se eleva por la unidad de nuestras Iglesias; no sólo la común, que hacen juntos los católicos y otros cristianos; sino también la oración recíproca, expresión de la solidaridad cristiana que brota del bautismo. La oración de unos por otros crea una nueva comunión.

Por lo tanto, concluyamos esta audiencia orando juntos por la restauración de la plena unidad de todos los cristianos:

El Santo Padre: Roguemos al Señor para que los cristianos, a pesar de sus divisiones, se esfuercen cada vez más en dar juntos testimonio de su fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a fin de que el mundo crea.

Todos: Que sean uno, para que el mundo crea.

El Santo Padre: Roguemos para que los cristianos, de modo particular los que sufren a causa del nombre de Jesús, den testimonio de fe viva y progresen hacia la plena profesión de fe común.

Todos: Que sean uno, para que el mundo crea.

El Santo Padre: Roguemos para que los cristianos se unan a fin de realizar la justicia y la paz en el mundo.

Todos: Que sean uno, para que el mundo crea.

El Santo Padre: Padre nuestro, que estás en los cielos, mira las aspiraciones del corazón de tus hijos, escucha nuestras peticiones y haz que todos los cristianos se unan en tu Iglesia, una y única. Por tu Hijo Jesucristo que contigo vive y reina, en la comunión del Espíritu Santo por todos los siglos.

Todos: Amén.


Saludos

Vaya ahora mi más cordial saludo a todos los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos países de América Latina y de España.

Me es grato saludar de modo particular a los sacerdotes, religiosos y religiosas que con su testimonio de caridad y servicio construyen el Reino de Dios.

Saludo a los participantes en el curso para directores de centros profesionales organizado por el “Centro ELIS” de Roma. Igualmente al grupo de estudiantes de la Escuela de la Sociedad “Dante Alighieri” de Córdoba (Argentina) y a los alumnos de la “Scuola Italiana” de Santiago de Chile.

A todos imparto de corazón mi bendición apostólica.



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