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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de marzo de 1986

 

Los acontecimientos centrales de nuestra redención

¡Queridísimos hermanos y hermanas en el Señor!

1. El día de hoy, Miércoles Santo, nos invita a meditar juntos sobre las realidades que vamos a revivir en el curso de esta semana, que se llama "santa" porque en ella conmemoramos los acontecimientos centrales de nuestra redención. En la vida de la humanidad no ha acaecido nada más significativo y de mayor valor. La muerte y la resurrección de Cristo son los acontecimientos más importantes de la historia.

Comienza mañana el triduo de la pasión y de la resurrección del Señor, el cual —como se lee en el Misal Romano— "ya que Jesucristo ha cumplido la obra de la redención de los hombres y de la glorificación perfecta de Dios principalmente por su misterio pascual, por el cual muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida, el triduo santo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico. La preeminencia que tiene el domingo en la semana, la tiene la solemnidad de Pascua en el año litúrgico" (Normas generales, n. 18).

Por tanto deseo exhortaros a vivir intensamente los próximos días para que dejen en vuestro ánimo una huella profunda que oriente vuestra vida. Entrad con empeño en la atmósfera mística del triduo pascual: la mañana del "Jueves Santo" en todas las catedrales del mundo el obispo celebra junto con los sacerdotes de la diócesis la "Misa Crismal", para conmemorar la institución del sacerdocio y para consagrar los sagrados óleos necesarios para el orden, la confirmación y la unción de los enfermos. Después, por la tarde, en la Misa "in Cena Domini", podéis revivir con fe profunda la institución de la Eucaristía, prestando luego vuestro tributo de amor y de adoración al Santísimo Sacramento y respondiendo así a la invitación de Jesús en la dramática noche de su agonía en el Huerto: "Quedaos aquí y velad conmigo" (Mt 26, 38). Luego, el Viernes Santo, es día de gran conmoción, porque la Iglesia nos invita a escuchar de nuevo la narración de la Pasión según Juan, a adorar la Cruz, a orar por toda la Iglesia, a participar con la Virgen Dolorosa en el Sacrificio del Gólgota. Finalmente, las estupendas ceremonias del Sábado Santo llenan el corazón de suave alegría con la bendición del fuego, la procesión del cirio pascual en la penumbra de la iglesia y el encenderse de las velas al canto del "Lumen Christi", el solemne pregón, el canto de las letanías, la bendición del agua bautismal, y por último la "Misa del Aleluya" con el festivo canto del "Gloria" y la comunión eucarística con Cristo resucitado. Todo el triduo, imbuido de profunda tristeza y de mística alegría, desemboca, luego, en la solemnidad central del Domingo de Pascua, en la que los acontecimientos fundamentales de la "historia de la salvación", es decir, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, la Pasión y Muerte en cruz y la resurrección gloriosa prorrumpen en nuestros corazones con el himno de la exultancia y del agradecimiento.

Considerad un deber participar en los ritos de la Semana Santa, dejando de lado otros intereses y otros compromisos, convencidos de que realmente la liturgia purifica los sentimientos, eleva las aspiraciones, hace sentir la belleza de la fe cristiana y el deseo del cielo.

2. El cristiano es aquel que ha comprendido que es Cristo quien salva a la humanidad y, por tanto, no puede vivir sin la Pascua. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se solemnizó de modo eminente la Pascua, la fiesta por "excelencia": en el tercer siglo comenzó a tener su fisonomía típica, con la celebración comunitaria de los bautismos en la noche pascual: era la teología bautismal de San Pablo que estaba emergiendo, entendida como la incorporación a la muerte y a la sepultura de Cristo, para resurgir después con Él a la vida nueva de la "gracia". Celebrar la pascua significa encontrarse con Cristo para resurgir con Él a la vida nueva, buscando las cosas de arriba.... pensando en las cosas de arriba (cf. Col 3, 1).

3. Recordando ahora de modo especial el día de mañana, Jueves Santo, deseo terminar invitándoos de corazón a amar cada vez más a vuestros sacerdotes. La vocación sacerdotal es ciertamente paz y gozo, pero también cruz y martirio. En efecto, el sacerdote está consagrado totalmente a Cristo y actúa con sus mismos poderes y su misma misión: aquí está su grandeza y su dignidad, pero también su pasión y su agonía. Estad, por tanto, unidos a vuestros sacerdotes, amadlos, estimadlos, sostenedlos y sobre todo orad por ellos.

Como sabéis, les he enviado una "Carta", que evoca al Santo Cura de Ars, en este segundo centenario de su nacimiento. Pues bien, precisamente Juan Bautista Vianney decía: "¡Qué grande es un sacerdote! El sacerdote no lo comprenderemos bien más que en el cielo. Si lo comprendiésemos en la tierra, moriríamos no de asombro, sino de amor. Todos los demás beneficios de Dios no nos servirían de nada sin el sacerdote. ¿Para qué serviría una casa llena de oro si no hubiese alguien que nos pueda abrir la puerta? El sacerdote posee la llave de los tesoros celestiales y nos abre la puerta; es el ecónomo del buen Dios; el administrador de sus bienes... Después de Dios el sacerdote lo es todo!" (Alfred Monnin, Spirito del Curato d'Ars, Ares, Roma, 1956, pág. 82).

La Virgen Santísima, que siguió a Jesús en su pasión y estuvo presente al pie de la cruz en su muerte, os acompañe en el camino del triduo hacia la alegría gozosa de la Pascua, para la cual dirijo a todos mis afectuosas felicitaciones.

¡Con mi bendición apostólica!


Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Con estos sentimientos, me es grato presentar un cordial saludo de bienvenida a todos los peregrinos de lengua española, a quienes deseo que su estancia en Roma, centro de la catolicidad, les afiance en la fe y en el amor.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de España y de los diversos países de América Latina imparto con afecto la bendición apostólica.



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