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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 9 de abril de 1986

 

El hombre, creado imagen de Dios

1. El Símbolo de la fe habla de Dios "Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible"; no habla directamente de la creación del hombre. El hombre, en el contexto soteriológico del Símbolo, aparece con referencia a la Encarnación, lo que es evidente de modo particular en el Símbolo niceno-constantinopolitano, cuando se profesa la fe en Jesucristo, Hijo de Dios, que "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo... y se hizo hombre".

Sin embargo, debemos recordar que el orden de la salvación no sólo presupone la creación, sino, más aún, toma origen de ella.

El Símbolo de la fe nos remite, en su concisión, al conjunto de la verdad revelada sobre la creación, para descubrir la posición realmente singular y excelsa que se le ha dado al hombre.

2. Como ya hemos recordado en las catequesis anteriores, el libro del Génesis contiene dos narraciones de la creación del hombre. Desde el punto de vista cronológico es anterior la descripción contenida en el segundo capítulo del Génesis, en cambio, es posterior la del primer capítulo.

En conjunto las dos descripciones se integran mutuamente, conteniendo ambas elementos teológicamente muy ricos y preciosos.

3. En el libro del Génesis 1, 26, leemos que el sexto día dijo Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre todos los animales que se mueven sobre ella".

Es significativo que la creación del hombre esté precedida por esta especie de declaración con la que Dios expresa la intención de crear al hombre a su imagen, mejor, a "nuestra imagen", en plural (sintonizando con el verbo "hagamos"). Según algunos intérpretes, el plural indicaría el "Nosotros" divino del único Creador. Esto sería, pues, de algún modo, una primera lejana señal trinitaria. En todo caso, la creación del hombre, según la descripción del Génesis 1, va precedida de un particular "dirigirse" a Sí mismo, "ad intra", de Dios que crea.

4. Sigue luego el acto creador. "Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer" (Gen 1, 27). En esta frase impresiona el triple uso del verbo "creó" (bará), que parece dar testimonio de una especial importancia e "intensidad" del acto creador. Esta misma indicación parece que debe deducirse del hecho de que, mientras cada uno de los días de la creación se concluye con la anotación: "Vio Dios ser bueno" (cf. Gen 1, 3. 10. 12. 18. 21. 25), después de la creación del hombre, el sexto día, se dice que "vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho" (Gen 1, 31).

5. La descripción más antigua, la "yahvista" del Génesis 2, no utiliza la expresión "imagen de Dios". Esta pertenece exclusivamente al texto posterior, que es más "teológico".

A pesar de esto, la descripción yahvista presenta, si bien de modo indirecto, la misma verdad. Efectivamente, se dice que el hombre, creado por Dios-Yavé, al mismo tiempo que tiene poder para "poner nombre" a los animales (cf. Gen 2, 19-20), no encuentra entre todas las criaturas del mundo visible "una ayuda semejante a él", es decir, constata su singularidad. Aunque no hable directamente de la "imagen" de Dios, el relato del Génesis 2 presenta algunos de sus elementos esenciales: la capacidad de autoconocerse, la experiencia del propio ser en el mundo, la necesidad de colmar su soledad, la dependencia de Dios.

6. Entre estos elementos, está también la indicación de que hombre y mujer son iguales en cuanto naturaleza y dignidad. Efectivamente, mientras que ninguna criatura podía ser para el hombre "una ayuda semejante a él", encuentra tal "ayuda" en la mujer creada por Dios-Yavé. Según el Génesis 2, 21-22, Dios llama a la mujer a la existencia, sacándola del cuerpo del hombre: de "una de las costillas" del hombre. Esto indica su identidad en la humanidad, su semejanza esencial, aun dentro de la distinción. Puesto que los dos participan de la misma naturaleza, ambos tienen la misma dignidad de persona.

7. La verdad acerca del hombre creado a "imagen de Dios" retorna también en otros pasajes de la Sagrada Escritura, tanto en el mismo Génesis ("el hombre ha sido hecho a imagen de Dios": Gen 9, 6), como en otros libros Sapienciales. En el libro de la Sabiduría se dice: "Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su propia naturaleza" (2, 23). Y en el libro del Sirácida leemos: "El Señor formó al hombre de la tierra y de nuevo le hará volver a ella... Le vistió de la fortaleza a él conveniente y le hizo según su propia imagen" (17, 1. 3).

El hombre, pues, es creado para la inmortalidad, y no cesa de ser imagen de Dios después del pecado, aun cuando esté sometido a la muerte. Lleva en sí el reflejo de la potencia de Dios, que se manifiesta sobre todo en la facultad de la inteligencia y de la libre voluntad. El hombre es sujeto autónomo, fuente de las propias acciones, aunque manteniendo las características de su dependencia de Dios, su Creador (contingencia ontológica).

8. Después de la creación del hombre, varón y mujer, el Creador "los bendijo, diciéndoles: 'Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces... y sobre las aves... y sobre todo cuanto vive' " (Gen 1, 28). La creación a imagen de Dios constituye el fundamento del dominio sobre las otras criaturas en el mundo visible, las cuales fueron llamadas a la existencia con miras al hombre y "para él".

Del dominio del que habla el Génesis 1, 28, participan todos los hombres, a quienes el primer hombre y la primera mujer han dado origen. A ello alude también la redacción jahvista (Gen 2, 24), a la que todavía tendremos ocasión de retornar. Transmitiendo la vida a sus hijos, hombre y mujer les dan en heredad esa "imagen de Dios", que fue conferida al primer hombre en el momento de la creación.

9. De este modo el hombre se convierte en una expresión particular de la gloria del Creador del mundo creado. "Gloria Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei", escribirá San Ireneo (Adv. Haer., IV, 20, 7). El hombre es gloria del Creador en cuanto ha sido creado a imagen de Él y especialmente en cuanto que accede al verdadero conocimiento del Dios viviente.

En esto encuentran fundamento el particular valor de la vida humana, como también todos los derechos humanos (que hoy se ponen tan de relieve).

10. Mediante la creación da imagen de Dios, el hombre es llamado a convertirse entre las criaturas del mundo visible, en un portavoz de la gloria de Dios, y en cierto sentido, en una palabra de su gloria.

La enseñanza sobre el hombre, contenida en las primeras páginas de la Biblia (Gen 1), se encuentra con la revelación del Nuevo Testamento acerca de la verdad de Cristo, que, como Verbo Eterno, es "imagen de Dios invisible", y a la vez "primogénito de toda criatura" (Col 1, 15).

El hombre creado a imagen de Dios adquiere, en el plan de Dios, una relación especial con el Verbo, Eterna Imagen del Padre, que en la plenitud de los tiempos se hará carne. Adán —escribe San Pablo— "es tipo del que había de venir" (Rom 1, 14). En efecto, "a los que de antes conoció (Dios Creador)... los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8, 29).

11. Así, pues, la verdad sobre el hombre creado a imagen de Dios no determina sólo el lugar del hombre en todo el orden de la creación, sino que habla también de su vinculación con el orden de la salvación en Cristo, que es la eterna y consustancial "imagen de Dios" (2 Cor 4, 4): imagen del Padre. La creación del hombre a imagen de Dios, ya desde el principio del libro del Génesis, da testimonio de su llamada. Esta llamada se revela plenamente con la venida de Cristo. Precisamente entonces, gracias a la acción del "Espíritu del Señor", se abre la perspectiva de la plena transformación en la imagen consustancial de Dios, que es Cristo (cf. 2 Cor 3, 18). Así la "imagen" del libro del Génesis (1, 27), alcanza la plenitud de su significado revelado.


Saludos

Me es grato saludar ahora cordialmente a todos los peregrinos procedentes de los diversos países de América Latina y de España.

En particular, a los sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano de Roma. Os exhorto a que el Señor Resucitado sea el centro de vuestra vida sacerdotal y religiosa.

Deseo asimismo dar mi cordial bienvenida a los representantes de los organismos de radiodifusión de Alemania Federal, Austria, España, Francia, Italia, Países Bajos y Reino Unido. Ruego para que el Altísimo os asista siempre en vuestras tareas informativas al servicio del hombre y de la verdad.

Igualmente saludo a los miembros del Colegio de Abogados de Guayaquil (Ecuador) y a los componentes del “Coro Upsala” de Uruguay. Finalmente, vaya mi saludo a los numerosos alumnos y alumnas aquí presentes, provenientes de España.

A todos imparto con afecto la bendición apostólica.



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