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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de febrero de 1990

 

La acción renovadora del Espíritu divino
en la purificación del corazón

1. En la catequesis anterior mencionaba un versículo del salmo 50/51, donde el salmista, arrepentido por el grave pecado cometido, implora la misericordia divina y, a la vez, pide al Señor: “No retires de mí tu santo espíritu” (v. 13). Se trata del Miserere, salmo muy conocido, que se repite con frecuencia no sólo en la liturgia, sino también en la piedad y en la práctica penitencial del pueblo cristiano, por ser manifestación de los sentimientos de arrepentimiento, de confianza y de humildad que fácilmente se encuentran en un “corazón contrito y humillado” (Sal 50/51, 19) tras el pecado. Vale la pena seguir estudiando y meditando este salmo, siguiendo las huellas de los Padres y de los escritores de espiritualidad cristiana, pues nos ofrece nuevos aspectos de la concepción del “espíritu divino” del Antiguo Testamento y nos ayuda a traducir la doctrina a la práctica espiritual y ascética.

2. A quien haya seguido las referencias a los profetas que he hecho en la catequesis anterior, le resultará fácil descubrir el parentesco profundo del Miserere con esos textos, especialmente con los de Isaías y Ezequiel. El sentido de la presencia delante de Dios en la propia condición de pecado, que se encuentra en el pasaje penitencial de Isaías (59, 12: cf. Ez 6, 9), y el sentido de la responsabilidad personal inculcado por Ezequiel (18, 1-32) se hallan ya presentes en este salmo que, en un contexto de experiencia de pecado y de necesidad profundamente sentida de conversión, pide a Dios la purificación del corazón, juntamente con un espíritu renovado. La acción del espíritu divino adquiere así aspectos de mayor concreción y de más preciso empeño con vistas a la condición existencial de la persona.

3. “Tenme piedad, oh Dios”. El salmista implora la divina misericordia para obtener la purificación del pecado: “borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame” (Sal 50/51, 3-4). “Rocíame con el hisopo, y seré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve” (v. 9). Pero él sabe que el perdón de Dios no puede reducirse a una pura no-imputación del exterior, sin que se dé una renovación interior: y el hombre, por sí mismo, no es capaz de realizar esta renovación. Por eso pide: “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; un espíritu firme dentro de mí renueva; no me rechaces lejos de tu rostro; no retires de mí tu santo espíritu. Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame” (vv. 12-14).

4. El lenguaje del salmista es muy expresivo: pide una creación, es decir, el ejercicio de la omnipotencia divina para dar origen a un ser nuevo. Sólo Dios puede crear (bara), esto es, poner en la existencia algo nuevo (cf. Gn 1, 1; Ex 34, 10; Is 48, 7; 65, 17; Jr 31, 21-22). Sólo Dios puede dar un corazón puro, un corazón que tenga la plena transparencia de un querer totalmente de acuerdo con el querer divino. Sólo Dios puede renovar el ser íntimo, cambiarlo desde dentro, rectificar el movimiento fundamental de su vida consciente, religiosa y moral. Sólo Dios puede justificar al pecador, según el lenguaje de la teología y del mismo dogma (cf. DS 1521-1522; 1560), que traduce de ese modo el “dar un corazón nuevo” del profeta (Ez 36, 26), el “crear un corazón puro” del salmista (Sal 50/51, 12).

5. Se pide, luego, “un espíritu firme” (Sal 50/51, 12), o sea, la inserción de la fuerza de Dios en el espíritu del hombre, librado de la debilidad moral experimentada y manifestada en el pecado. Esta fuerza, esta firmeza, puede venir sólo de la presencia operante del espíritu de Dios, y por eso el salmista implora: “no retires de mí tu santo espíritu”. Es la única vez que en los salmos se encuentra esta expresión: “el espíritu santo de Dios”. En la Biblia hebrea se usa sólo en el texto de Isaías en que, meditando en la historia de Israel, lamenta la rebelión contra Dios por la que ellos “contristaron a su espíritu santo” (Is 63, 10), y recuerda a Moisés, en el que Dios “puso su espíritu santo” (Is 63, 11). El salmista ya tiene conciencia de la presencia íntima del espíritu de Dios como fuente permanente de santidad, y por eso suplica: “No retires de mí”. Al poner esa petición juntamente con la otra: “No me rechaces lejos de tu rostro”, el salmista quiere dar a entender su convicción de que la posesión del espíritu santo de Dios está vinculada a la presencia divina en lo íntimo de su ser. La verdadera desgracia sería quedar privado de esta presencia. Si el espíritu santo permanece en él, el hombre está en una relación con Dios ya no sólo de “cara a cara” como ante un rostro que se contempla, sino que posee en sí una fuerza divina que anima su comportamiento.

6. Después de haber pedido a Dios que no retire de él su santo espíritu, el salmista pide que le devuelva la alegría. Ya antes había hecho la misma oración, cuando imploraba a Dios su purificación, esperando quedar “más blanco que la nieve”: “Devuélveme el son del gozo y la alegría; exulten los huesos que machacaste tú” (Sal 50/51, 10). Pero en el proceso psicológico-reflexivo de donde nace la oración, el salmista siente que, para gozar plenamente de esta alegría, no basta la eliminación de todas las culpas; es necesaria la creación de un corazón nuevo, con un espíritu firme, vinculado a la presencia del espíritu santo de Dios. Sólo entonces puede pedir: “Vuélveme la alegría de tu salvación.”

La alegría forma parte de la renovación incluida en la “creación de un corazón puro”. Es el resultado del nacimiento a una nueva vida, como Jesús explicará en la parábola del hijo pródigo, en la que el padre que perdona es el primero en alegrarse y quiere comunicar a todos la alegría de su corazón (cf. Lc 15, 20-32).

7. Con la alegría, el salmista pide un “espíritu generoso”, esto es, un espíritu de compromiso valiente. Lo pide a aquel que, según el libro de Isaías, había prometido la salvación a los débiles: “En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados” (Is 57, 15).

Conviene notar que, una vez hecha esta petición, el salmista añade en seguida la declaración de su compromiso con Dios en favor de los pecadores, para su conversión: “Enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti” (Sal 50/51, 15). Se trata de otro elemento característico del proceso interior de un corazón sincero que ha obtenido el perdón de los propios pecados: desea obtener el mismo don para los demás, suscitando su conversión, y a este objetivo promete encaminar su actuación. Este “espíritu de compromiso” que se da en él deriva de la presencia del “santo espíritu de Dios” y es su signo. En el entusiasmo de la conversión y en el fervor del compromiso, el salmista expresa a Dios la convicción de la eficacia de la propia acción: a él le parece cierto que “los pecadores volverán a ti”. Pero también aquí entra la conciencia de la presencia operante de una potencia interior, la del “espíritu santo”.

Después, tiene un valor universal la deducción que el salmista enuncia así: “El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (Sal 50/51. 19). Proféticamente ve que llegará el día en que, en una Jerusalén reconstituida, los sacrificios celebrados en el altar del templo según las prescripciones de la ley serán gratos (cf. vv. 20-21). La reconstrucción de las murallas de Jerusalén será la señal del perdón divino, como dirán también los profetas: Isaías (60, 1 ss.; 62. 1 ss.), Jeremías (30, 15-18) y Ezequiel (36, 33). Pero queda establecido que lo que más vale es aquel “sacrificio del espíritu” del hombre que pide humildemente perdón, movido por el espíritu divino que, gracias al arrepentimiento y a la oración, no le ha sido retirado (cf. Sal 50/51, 13).

8. Como se puede ver por esta sucinta presentación de sus temas esenciales, el salmo Miserere es para nosotros no sólo un buen texto de oración y una indicación para la ascesis del arrepentimiento, sino también un testimonio acerca del grado de desarrollo alcanzado por el Antiguo Testamento en la concepción del “espíritu divino”, que conlleva un acercamiento progresivo a lo que será la revelación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento.

El salmo constituye, por tanto, una gran página en la historia de la espiritualidad del Antiguo Testamento, en camino, aunque sea entre sombras, hacia la nueva Jerusalén que será la sede del Espíritu Santo.


Saludos

Me es grato saludar cordialmente a las personas y grupos de peregrinos de América Latina y España presentes en esta Audiencia. De modo especial, saludo a las profesoras y alumnas del Colegio “ Dulce Nombre de Jesús ”, de Oviedo, ciudad que con tanto cariño me acogió durante mi visita pastoral al Principado de Asturias. Asimismo saludo a los jóvenes chilenos de origen palestino, a la representación de la Coordinación de Investigación y Acción Social de Chile, así como a la delegación de la Unión Nacional de Padres de Familia de México.

Por ultimo, tengo el gusto también de dirigir mi más afectuoso saludo al grupo de alumnas de varios colegios católicos de Panamá, nación que ha estado constantemente viva en la plegaria del papa a lo largo de los recientes acontecimientos. Como recuerdo de vuestra presencia en este encuentro os invito a todos, jóvenes y mayores, a tratar de descubrir más auténticamente el rostro vivificador de Cristo para ser sus fieles testigos en la sociedad durante este tiempo favorable de cuaresma y de vuestra vida.

A todos, en prenda de la constante asistencia divina, imparto mi bendición apostólica, que extiendo a vuestros seres queridos.



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