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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 3 de julio de 1991

 

El Espíritu Santo, prenda de la esperanza escatológica y fuente de la perseverancia final

1. Entre los dones mayores que, según escribe san Pablo en la primera carta a los Corintios, son permanentes, está la esperanza (cf. 1 Co 12, 31). Desempeña un papel fundamental en la vida cristiana, al igual que la fe y la caridad, aunque “la mayor de todas ellas es la caridad” (cf. 1 Co 13, 13). Es evidente que no se ha de entender la esperanza en el sentido restrictivo de don particular o extraordinario, concedido a algunos para el bien de la comunidad, sino como don del Espíritu Santo ofrecido a todo hombre que en la fe se abre a Cristo. A este don hay que prestarle una atención particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos hombres, y no pocos cristianos, se debaten entre la ilusión y el mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización de sí mismos, y la tentación del pesimismo al sufrir frecuentes decepciones y derrotas.

La esperanza cristiana, aunque incluye el movimiento psicológico del alma que tiende al bien arduo, se coloca en el nivel sobrenatural de las virtudes que derivan de la gracia (cf. Summa Theologica, III, q. 7, a. 2), como don que Dios hace al creyente para la vida eterna. Es, por tanto, una virtud típica del homo viator, el hombre peregrino que, aunque conoce a Dios y la vocación eterna por medio de la fe, no ha llegado aún a la visión. La esperanza, en cierto modo, le hace “penetrar más allá del velo”, como dice la carta a los Hebreos (cf. 6, 19).

2. De aquí que la dimensión escatológica sea esencial en esa virtud. El Espíritu Santo vino en Pentecostés para cumplir las promesas contenidas en el anuncio de la salvación, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: “Y exaltado [Jesús] por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (2, 33). Pero este cumplimiento de la promesa se proyecta hacia toda la historia, hasta los últimos tiempos. Para quienes tienen fe en la palabra de Dios que Cristo reveló y predicaron los Apóstoles, la escatología ha comenzado a realizarse; es más, puede decirse que ya se ha realizado en su aspecto fundamental: la presencia del Espíritu Santo en la historia humana, cuyo significado e impulso vital brota del acontecimiento de Pentecostés, con vistas a la meta divina de cada hombre y de toda la humanidad. En el Antiguo Testamento la esperanza tenía como fundamento la promesa de la presencia permanente y providencial de Dios, que se manifestaría en el Mesías; en el Nuevo Testamento, la esperanza, por la gracia del Espíritu Santo, que es su origen, implica ya una posesión anticipada de la gloria futura.

En esta perspectiva, san Pablo afirma que el don del Espíritu Santo es como prenda de la felicidad futura: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria” (Ef 1, 13-14; cf. 4, 30; 2 Co 1, 22).

Se puede decir que la vida cristiana en la tierra es como una iniciación en la participación plena de la gloria de Dios; y el Espíritu Santo es la garantía de alcanzar la plenitud de la vida eterna cuando, por efecto de la Redención, sean vencidos también los restos del pecado, como el dolor y la muerte. Así, la esperanza cristiana no sólo es garantía, sino también anticipación de la realidad futura.

3. La esperanza que el Espíritu Santo enciende en el cristiano tiene, asimismo, una dimensión que se podría llamar cósmica, pues incluye la tierra y el cielo, lo experimentable y lo inaccesible, lo conocido y lo desconocido. “La ansiosa espera de la creación” ―escribe san Pablo― desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rm 8, 19-23). El cristiano, consciente de la vocación del hombre y del destino del universo, capta el sentido de esa gestación universal y descubre que se trata de la adopción divina para todos los hombres, llamados a participar en la gloria de Dios que se refleja en toda la creación. El cristiano sabe que ya posee las primicias de esta adopción en el Espíritu Santo y, por eso, mira con esperanza serena el destino del mundo, aún en medio de las tribulaciones del tiempo.

Iluminado por la fe, comprende el significado y casi experimenta la verdad del pasaje sucesivo de la carta a los Romanos, en el que el Apóstol nos asegura que “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios. Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman; de aquellos que han sido llamados según su designio” (Rm 8, 26-28).

4. Como se puede ver, el Espíritu Santo vive, ora y obra en el sagrario del alma, y nos hace entrar cada vez más en la perspectiva del fin último, que es Dios, conformando toda nuestra vida a su plan salvífico. Por eso, él mismo, orando en nosotros, nos hace orar con sentimientos y palabras de hijos de Dios (cf. Rm 8, 15. 26-27; Gal 4, 6; Ef 6, 18), en íntima relación espiritual y escatológica con Cristo, quien está sentado a la diestra de Dios, desde donde intercede por nosotros (cf. Rm 8, 34; Hb 7, 25; 1 Jn 2, 1). Así nos salva de las ilusiones y de los falsos caminos de salvación; moviendo nuestro corazón hacia el objetivo auténtico de nuestra vida, nos libera del pesimismo y del nihilismo, tentaciones particularmente insidiosas para quien no parte de premisas de fe o, por lo menos, de una búsqueda sincera de Dios.

Es necesario añadir que también el cuerpo está implicado en esta dimensión de esperanza que el Espíritu Santo da a la persona humana. Nos lo dice, una vez más, san Pablo: “Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesucristo de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11; 2 Co 5, 5). Por ahora contentémonos con haber presentado este aspecto de la esperanza en su dimensión antropológica y personal, pero también cósmica y escatológica; volveremos a abordarla en las catequesis que, si Dios quiere, dedicaremos, a su debido tiempo, a estos artículos fascinantes y fundamentales del Credo cristiano: la resurrección de los muertos y la vida eterna de todo el hombre, alma y cuerpo.

5. Una última observación: el itinerario terreno de la vida tiene un término que, si se llega a él en la amistad con Dios, coincide con el primer momento de la vida bienaventurada. Aunque en su paso al cielo el alma tenga que sufrir la purificación de sus últimas escorias mediante el purgatorio, ya está llena de luz, de certeza y de gozo, puesto que sabe que pertenece para siempre a Dios. En este punto culminante, el alma es guiada por el Espíritu Santo, autor y dador no sólo de la “primera gracia” justificante y de la gracia santificante a lo largo de toda nuestra vida, sino también de la gracia glorificante in hora mortis. Es la gracia de la perseverancia final, según la doctrina del Concilio de Orange (cf. Denz. 183, 199) y del Concilio de Trento (cf. Denz. 806, 809 y 832), fundada en la enseñanza del Apóstol, según el cual Dios es quien concede “el querer y el obrar” el bien (Fl 2, 13), y el hombre debe orar para obtener la gracia de hacer el bien hasta el final (cf. Rm 14, 4; 1 Co 10, 12; Mt 10, 22; 24, 13).

6. Las palabras del apóstol Pablo nos enseñan a ver en el don de la Tercera Persona divina la garantía del cumplimiento de nuestra aspiración a la salvación: “La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). Y por eso: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. La respuesta es segura: nada “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 35.39). Por tanto, el deseo de Pablo es que rebosemos “de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). Aquí reside el optimismo cristiano: optimismo frente al destino del mundo, frente a la posibilidad de salvación del hombre en todos los tiempos, incluso en los más difíciles y duros, frente al desarrollo de la historia hacia la glorificación perfecta de Cristo (“él me dará gloria”: Jn 16, 14) y la participación plena de los creyentes en la gloria de los hijos de Dios.

Con esta perspectiva, el cristiano puede tener la cabeza erguida y asociarse a la invocación que, según el Apocalipsis, es el suspiro más profundo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia: “El Espíritu y la novia dicen: '¡Ven!'” (22, 17). Esta es la invitación final del Apocalipsis y del Nuevo Testamento: “Y el que oiga diga: '¡Ven!'. Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida (...) ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 17.20).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo saludar ahora a los peregrinos y visitantes de lengua española, procedentes de España y de América Latina.

De modo particular, saludo a la numerosa peregrinación organizada por el Consejo Superior de Hermandades y Cofradías de Sevilla. Que en vuestra vida se refleje el amor misericordioso de Cristo en el misterio de la Redención, que os lleve a realizar obras de solidaridad fraterna en el campo social, dando así un buen testimonio cristiano en la sociedad española.

Saludo igualmente a los sacerdotes de Cuenca (España), que celebran el 25 aniversario de su ordenación, acompañados de sus familiares y de los alumnos del Seminario Menor de esa diócesis.

Del mismo modo, mi saludo se dirige a los Padres Franciscanos procedentes de América Latina, que realizan un curso de formación permanente.

Un saludo también al grupo de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, venidas de diversos países para celebrar su Capítulo General; y un afectuoso saludo a los peregrinos bolivianos de Santa Cruz.

Que los dones del Espíritu Santo os ayuden a todos a ser fieles a la propia vocación y a dar testimonio de la misma en vuestro ambiente de apostolado o de trabajo.

Finalmente, me complace saludar también a los periodistas y personal técnico de la Televisión del Ecuador, que están grabando esta Audiencia como parte de un programa sobre la Ciudad del Vaticano. Esta circunstancia permite sentirme de nuevo entre el querido pueblo ecuatoriano. Al recordar los entrañables encuentros tenidos durante mi visita pastoral a vuestra Nación, os aliento a mantener fielmente los valores mas genuinos de vuestra cultura cristiana. ¡Qué el Señor bendiga siempre al Ecuador y a todos sus hijos!

Al agradecer a todos vuestra presencia aquí os imparto mi bendición apostólica.



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