Index   Back Top Print

[ DE  - ES  - IT  - PT ]

VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE OTRAS CONFESIONES CRISTIANAS


Museo de la catedral de Maguncia
Lunes 17 de noviembre de 1980

 

¡Venerados hermanos en Cristo!

"Ved cuán bueno y deleitoso es convivir juntos los hermanos (Sal 133, 1). ¿Cómo podríamos todos nosotros, en este momento, no vivir nuevamente la verdad de este Salmo? Nos hemos reunido como hermanos en el Señor. Fraternidad no es para nosotros una palabra vacía ni tampoco un sueño fugaz; es una feliz realidad —aquí, hoy y en cualquier parte donde los cristianos obedecen y siguen a su Señor—. La gracia de Dios nos une con El y entre nosotros. Con el Concilio Vaticano II podemos tener la confianza de que esta unión fraterna que existe entre todos los cristianos" es la "que lleva a la plena y perfecta unidad según Dios" (Unitatis redintegratio, 5). Todos nosotros estamos resueltos a encontrarnos unidos en la única "Familia Dei"; estamos llamados "a la obra de la salvación y renovación de toda creatura, para que todas las cosas sean instauradas en Cristo y en El formen los hombres una sola familia y un único Pueblo de Dios" (Ad gentes, 1).

Toda la alegría suscitada por nuestro encuentro, por nuestra vocación y nuestra misión no nos debe hacer olvidar cuán poco hemos correspondido y correspondemos a la gracia de Dios. A pesar de nuestra profunda unión estamos, de hecho, separados en muchas cosas.

Nuestro encuentro en vuestra patria alemana nos confronta con el evento de la Reforma. Tenemos que pensar en aquello que la precedió y en lo que sucedió después. Si no suprimimos los hechos, nos daremos cuenta de que es la culpa humana la que ha conducido a la desgraciada separación de los cristianos y de que nuestros fallos dificultan siempre de nuevo el progreso hacia la unidad, que es posible y necesario. Quiero expresamente apropiarme lo que mi predecesor Adriano VI, en 1523, reconoció a la Dieta de Nuremberg: "Ciertamente no se ha acortado la mano del Señor, como si El no pudiera salvarnos: es nuestro pecado que nos separa de El... Todos nosotros, prelados y clérigos, nos hemos apartado del camino recto, y hace mucho tiempo que nadie practica el bien" (cf. Sal 14, 3). Por eso, todos debemos dar gloria a Dios, y humillarnos ante El. Cada uno de nosotros debe examinar por qué ha caído y juzgarse gustosamente a sí mismo antes de que sea juzgado por Dios en el día de su ira. Con el último Papa alemán, o más bien, holandés, digo: "La enfermedad está profundamente arraigada, y es múltiple; por eso hay que adelantar paso a paso y tratar, primero, con remedios adecuados los males peores y más peligrosos, para no empeorar las cosas más, con una reforma precipitada". Hoy, como entonces, la renovación de la vida cristiana es el primer y más importante paso hacia la unidad. "El auténtico ecumenismo no se da sin la conversión interior" (Unitatis redintegratio, 7).

Mucho de lo que ha sucedido en vuestra patria, en el orden ecuménico, puede contribuir a este esfuerzo por la renovación y unificación. En ello se cuenta el que los separados se encontraran juntos durante los años de comunes sufrimientos y angustias, el martirio de los que ofrecieron su vida por la unidad en Cristo, el prolongado y en buena parte común esfuerzo de estudio, por la unidad cristiana, la preparación conjunta de la versión común de la Sagrada Escritura, los contactos oficiales regulares, los siempre renovados esfuerzos para hacer frente unidos a las exigencias de nuestro tiempo, la reflexión, ecuménicamente inspirada, sobre la intención y el testimonio de la Confessio Augustana y la celebración del 450 aniversario de la misma, el encuentro en la comunidad de trabajo de las Iglesias cristianas "para el testimonio y servicio común" (par. 1, del estatuto de la ACK).

¡Gracias a Dios, de corazón, por todo ello! ¡Que El conceda a todos fuerza y ánimo para no desfallecer en los múltiples esfuerzos por la completa unidad! ¡Que El conceda que la buena semilla crezca y dé abundantes frutos!

Ciertamente lo decisivo dependerá de que nos unamos siempre más "en el testimonio y servicio común". La unidad de la Iglesia pertenece indiscutiblemente a su esencia. Ella no es ningún fin en sí misma. El Señor la da "para que el mundo crea" (Jn 17, 21). No escatimemos medios para testimoniar juntos lo que se nos ha dado en Cristo. El es el único "mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2, 5). "En ningún otro hay salvación" (Act 4, 12). Todos los pasos dados hacia el centro nos comprometen y, a la vez, nos fortalecen para atrevernos a dar los pasos necesarios en dirección de nuestras hermanas y hermanos. Como el amor del Señor, tampoco el recto servicio en su seguimiento conoce límites. Toca a todas las dimensiones de la existencia humana y a todos los ámbitos de nuestro tiempo. Comprometámonos conjuntamente en pro "de la recta estimación de la dignidad de la persona humana, de la formación del bien de la paz, en la aplicación social continuada del Evangelio, en el desarrollo de las ciencias y de las artes con espíritu cristiano, y también en el uso de toda clase de remedios contra las desgracias de nuestra época, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de viviendas y la injusta distribución de los bienes" (Unitatis redintegratio, 12).

Al traer a la memoria estos requerimientos del decreto sobre el Ecumenismo, quisiera remitir al mismo tiempo a sus últimas palabras. Reconociendo que la "reconciliación de todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas y la capacidad humana", el Concilio pone "toda su esperanza en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en la virtud del Espíritu Santo. 'Y la esperanza no quedará fallida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado' (Rom 5, 5)" (Unitatis redintegratio, 24).

Oremos: ¡Señor, danos la fuerza de la esperanza, el fuego del amor, la luz de la fe! Oremos todos juntos como el Señor nos enseñó a orar:

"Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria por siempre. Amén".

 



Copyright © Dicastero per la Comunicazione - Libreria Editrice Vaticana