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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE ARGELIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 4 de junio de 1987

 

Señor Embajador:

1. Le agradezco sus amables palabras y el aprecio que ellas expresan para con la Santa Sede, por su testimonio y por su acción.

Por mi parte, saludo en Vuestra Excelencia al representante de una gran Nación, de una nación joven, que pronto celebrará el vigésimo quinto aniversario de su independencia, que ocupa un puesto especial en el mundo mediterráneo –y está por tanto estrechamente unida a Europa– hallándose situada en el corazón de Magreb y siendo por ello parte integrante del continente africano. Su país ha tejido una gran red de relaciones internacionales, en la que se buscan sus consejos y su colaboración.

La República Argelina Democrática y Popular ha querido establecer también relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Usted se coloca en la línea de sus Embajadores Extraordinarios y Plenipotenciarios ante la Santa Sede. Su Presidente, el Excelentísimo Señor Chadli Bendjedid, ha venido personalmente a visitarnos. Le agradecería que tuviera a bien expresarle mi reconocimiento por los atentos saludos que ha querido renovarme por medio de usted, y mis mejores deseos para la realización de su altísimo cargo al servicio de todo el pueblo argelino.

2. Usted ha subrayado varias veces los ideales que son esenciales para su Gobierno y que éste se esfuerza por poner en práctica, no sólo en Argelia, sino también en los pueblos con quienes se siente solidario. Usted ha citado en primer lugar la dignidad de vida de los hombres y de los pueblos en las condiciones normales de libertad, de justicia, de seguridad, de paz, de fraternidad y de progreso. Ha insistido sobre la tolerancia, sobre el respeto recíproco entre los hombres y entre las naciones, sobre los esfuerzos necesarios para el diálogo y la comprensión, sobre el recurso a medios pacíficos para apaciguar las tensiones y solucionar las controversias.

3. Todos estos puntos son también importantes para la Santa Sede, como usted mismo lo ha reconocido. Son además familiares en el lenguaje de casi todos los países y jefes políticos, porque corresponden cada vez más ampliamente a la conciencia de los pueblos, cuya perspectiva se ha hecho más universal, o corresponden por lo menos a los deseos de la humanidad. Pero a menudo existe una gran distancia entre las palabras y la realidad. En ciertos países, lo que se reivindica para ellos mismos, se rechaza para los otros pueblos, porque barreras de prejuicios raciales, de intereses económicos, o de sistemas ideológicos impiden el reconocimiento de la plena humanidad de los demás. Los ideales generosos, de los cuales hemos hablado, para ser beneficiosos y eficaces deben estar basados en el respeto auténtico del hombre, de lo que es de hecho y de lo que quiere ser libremente, sin atentar contra la dignidad del otro – es decir con tolerancia –, y también de lo que es en su ser más profundo, en lo que debe ser, en su vocación humana, con sus derechos y deberes.

4. Desde nuestro punto de vista, este respeto recíproco y fraterno está tanto mejor asegurado cuanto más se enraíza en el respeto de Dios, en la fe en Dios que ha creado al hombre, que lo ha hecho, en cierto sentido, su imagen y su representante, y que le exige obediencia por medio de la conciencia iluminada por lo que Él mismo ha revelado. Ciertamente, los Derechos del hombre son, pues, la expresión de la voluntad de Dios y la exigencia de la naturaleza humana tal como Dios la ha creado. Nadie debe utilizar a su semejante; nadie debe explotar a su igual; nadie debe menospreciar a su hermano. Dios ha dado la tierra al conjunto del género humano para que los hombres saquen de ella su subsistencia en la solidaridad. El respeto y la solidaridad determinan los caminos de la justicia. La paz es el fruto normal de la justicia. El medio para promover la paz y defenderla, el más digno del hombre y de Dios, el menos costoso también para la vida de los hombres y especialmente de los inocentes, es la búsqueda del acuerdo y del diálogo, eliminando la violencia, la escalada de la violencia, y con mayor razón el terrorismo.

Tal es la convicción, el mensaje de la Iglesia Católica. Ella sabe que los creyentes musulmanes encuentran en su auténtica tradición religiosa principios que fundamentan y estimulan estas actitudes verdaderamente humanas.

Yo añado que Dios no quiere que los hombres permanezcan pasivos. Él les ha confiado la Tierra para que la dominen y la hagan fructificar juntos, a fin de que ejerzan su responsabilidad para su propio crecimiento y para el servicio a los demás. Por su parte, el pueblo argelino, que está formado por un gran número de jóvenes, ¿no se halla determinado a enfrentar su futuro con gran ánimo, desarrollando todos los recursos de su suelo y de su subsuelo, y más aún las posibilidades de su creatividad, de su espíritu, de sus talentos, de su trabajo aplicado?

5 ¡Que todos los pueblos puedan animarse mutuamente en la búsqueda de la prosperidad querida y bendecida por Dios! Esta prosperidad incluye ante todo la eliminación del hambre, de la mala nutrición, de las graves amenazas para la salud de los pueblos; y Argelia, que ha luchado y lucha por su desarrollo, es ciertamente sensible a este problema en lo que se refiere a otros países. Pero el hombre no vive solamente de pan. Quiere ser reconocido con sus valores, su patrimonio y sus aspiraciones legítimas. Tiene sed de dignidad. Tiene necesidad de paz. Esto no podrá realizarse más que eliminando el desprecio y el odio. El hombre debe también poder desarrollar los valores espirituales y morales que dan el sentido más alto a su vida en la Tierra y en el más allá. Debe poder hacerlo protegido de las amenazas exteriores que no respetan la libertad más fundamental que está en él, es decir, la de su conciencia.

En estos caminos exigentes situamos nosotros la paz y la esperanza que usted ha tenido la amabilidad de subrayar en el testimonio de la Santa Sede.

6. Finalmente, si el pueblo argelino es en su gran mayoría musulmán, no puedo olvidar a las modestas comunidades de cristianos que viven en su seno. Son generalmente personas que han asumido libremente la nacionalidad argelina o que residen permanentemente en Argelia por su trabajo y para contribuir al desarrollo del País bajo sus diversos aspectos. Usted mismo ha subrayado la lealtad de estos cristianos que no tienen otro objetivo más que la felicidad y el progreso del pueblo argelino. No dudan que, dentro del diálogo recíproco entre las religiones, las culturas y las civilizaciones que usted ha elogiado, el Gobierno argelino se cuidará de asegurar siempre las condiciones para su participación desinteresada en el desarrollo de la Nación y las posibilidades para vivir su fe en privado y en público, así como para practicar el culto, según su conciencia. De esto, tuve la ocasión de conversar el pasado mes de octubre con los obispos de África del Norte. Sé que usted desea la misma confianza y el mismo respeto para sus compatriotas que van a trabajar a los países de tradición cristiana.

7. Para terminar, hago votos para que la misión inaugurada hoy por Vuestra Excelencia ante la Santa Sede, no sólo refuerce las buenas relaciones entre ésta y la República Argelina Democrática y Popular, sino que también contribuya a promover diálogos y soluciones de paz en el mundo, especialmente allí donde los dramas humanos siguen vivos, allí donde las injusticias son flagrantes y fuentes de vejaciones, allí donde las controversias, más aún los conflictos, comportan todavía masacres o ruinas.

Y renuevo de todo corazón los votos que hago, en la oración al Altísimo, para la felicidad de todo el pueblo argelino.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.33, p.11.



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