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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE UGANDA ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 5 de junio de 1987
 

 

Señor Embajador:

1. Es un placer para mí dar la bienvenida a Vuestra Excelencia al presentar sus Cartas Credenciales como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Uganda ante la Santa Sede.

Le agradezco los saludos que usted me ha transmitido de parte de su Presidente, Su Excelencia Yoweri Kaguta Museveni, y le ruego que le asegure mis oraciones por la paz y el bienestar de todo el pueblo de Uganda. También recuerdo con satisfacción mi encuentro con Su Excelencia aquí en el Vaticano, y aprovecho esta oportunidad para decirle una vez más que acepto con agrado su amable invitación para visitar Uganda en el futuro.

Le agradezco profundamente sus amables palabras sobre mi persona. Usted menciona específicamente iniciativas que se han emprendido para afrontar algunos de los problemas más importantes para la humanidad: es decir, las necesidades urgentes de aquellos que viven en la miseria, la discriminación, que experimentan los que están gobernados por regímenes racistas y totalitarios, la difícil condición de quienes están en los campos de refugiados y el inmenso sufrimiento de las personas inocentes atrapadas en zonas de conflicto armado. No podemos dejar de estar apenados por estas cuestiones, cada una de las cuales plantea amenazas ahora y en el futuro. Sin embargo, tenemos la esperanza de que la solidaridad y la colaboración triunfarán finalmente sobre estos males.

2. Con relación al problema de la discriminación, basada en el prejuicio racial, en mi Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de este año dije que, «explotación, amenazas, sumisión forzada, negación de oportunidades por parte de un sector de la sociedad respecto a otro, son cosas inaceptables que contradicen la noción misma de solidaridad humana». Las tácticas discriminatorias se usan a veces como un medio para restringir las manifestaciones públicas de protesta y para mantener una apariencia de orden social. Pero son injustas y llevan necesariamente a métodos de represión cada vez más violentos. La posibilidad del conflicto trágico es inherente a todas las formas de injusticia institucionalizada. El camino seguro hacia la solución del problema de la opresión y del racismo se encuentra en un esfuerzo generoso por trabajar juntos con el fin de promover y defender la legítima libertad y dignidad de cada persona. Sólo por medio de un elevado sentido de solidaridad humana, la justicia superará finalmente todas las formas de egoísmo y discriminación.

Me satisface observar la referencia de Vuestra Excelencia a la contribución material y espiritual realizada por la Iglesia en la recuperación y reconstrucción de su País. La Iglesia en Uganda está ciertamente convencida de la necesidad urgente de construir estructuras sociales que sean más justas y más respetuosas de la dignidad y los Derechos Humanos.

3. La tarea de la promoción humana es un deber que incumbe a todos, y la Iglesia lo ve como parte de su misión fundamental. Cree que puede dar una contribución importante para mejorar la calidad de vida de la familia humana. Como expresa el Concilio Vaticano II, la Iglesia realiza su auténtica misión de la promoción humana «cuidando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más profunda» (Gaudium et spes, 40). Teniendo presente la singularidad y dignidad de cada persona, la Iglesia suplica que se le permita realizar su misión de revelar el amor de Dios a cada hombre. Especialmente lucha por superar con la reconciliación las divisiones entre las personas y los grupos, porque como enseña el mismo Concilio, «la promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia» (ib., 42). Por este motivo, la Iglesia no puede dejar de aprobar los esfuerzos que se llevan a cabo tanto por parte de las autoridades gubernamentales como por parte de los grupos sociales y los ciudadanos, con el fin de superar la división y el conflicto por medio del diálogo. Tales esfuerzos pueden efectivamente conducir a la consolidación de la paz y de la armonía social en todo el País.

Confío, Señor Embajador, en que la visión que la Iglesia tiene del mundo más humano es compartida también por cada persona de buena voluntad en Uganda y en todas partes. Esta visión común constituye la base de las buenas relaciones que existen entre su País y la Santa Sede. Al inicio de su misión, le quiero asegurar la plena cooperación de la Santa Sede para fomentar esas relaciones y para ayudarle a cumplir con sus responsabilidades.

Que sea usted favorecido con abundantes bendiciones divinas en el ejercicio de la alta y noble misión que le ha sido confiada.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.36, p.22.



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