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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA, RONALD REAGAN

Sábato 6 de junio de 1987

 

Señor Presidente:

Ésta es la segunda vez que tengo el placer de darle la bienvenida en el Vaticano. Aunque esta visita es un poco breve, agradezco la oportunidad que se me ofrece de expresarle una vez más mi gran estima por todos los ciudadanos de los Estados Unidos de América.

Con ocasión de su anterior visita, hablé de la importancia de construir una sociedad basada en «los sólidos cimientos de los valores espirituales y morales», y expresé la esperanza de que la paz mundial pueda mantenerse mediante una mayor confianza entre los pueblos y naciones, «una confianza manifestada y demostrada a través de constructivas negociaciones dirigidas a poner punto final a la guerra racial, y a liberar inmensos recursos que puedan ser utilizados para aliviar la miseria y alimentar a millones de seres humanos hambrientos».

Estoy seguro, Señor Presidente, de que usted comparte mis permanentes preocupaciones sobre esos principios. Siempre que se rechazan los valores morales y espirituales, o no se tienen suficientemente en cuenta con actitud sincera, o realmente no se integran en la vida cotidiana, nosotros, como individuos o grupos, como comunidades o naciones, fallamos quedando cortos en lo que debe ser nuestra concepción de hombres y mujeres creados a imagen de Dios. Al mismo tiempo, la falta de confianza, y una ausencia de voluntad para trabajar juntos por el bien de todos, crea división en el mundo y se convierte en una gran piedra de tropiezo para la consecución de la verdadera justicia y de la auténtica paz.

Para lograr un futuro más claro y superar los obstáculos de cara a una coexistencia pacífica en el mundo, hemos de tener presente una verdad fundamental sobre la vida humana: y es que juntos formamos una única familia humana. Somos hijos e hijas del único y mismo Dios, hermanos y hermanas en una humanidad común. Como dije en mi Mensaje para la Jornada mundial de la Paz del presente año 1987: «Por el hecho de venir a este mundo somos partícipes de la misma heredad y somos miembros de la estirpe común a todos los seres humanos. Dicha unidad se expresa en la diversidad y riqueza de la familia humana. Todos estamos llamados a reconocer esta solidaridad básica de la familia humana como condición fundamental de nuestra vida sobre la Tierra» (n. 1: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 21 de diciembre, 1986, pág. 1).

Las consecuencias de esta importante verdad son muchas y profundas. Esta verdad, si se toma en serio, conformará las actitudes de mente y de espíritu que harán posible el que pueblos y naciones colaboren eficazmente por el bien de todos: para superar la rivalidad y el conflicto, promover un auténtico desarrollo integral y ayudar a los refugiados y a las víctimas de los desastres naturales. El origen común de la Humanidad ha de producir un impacto en las políticas y en las acciones de los Gobiernos, proporcionando un fundamento sólido a la cooperación internacional que sepa superar barreras políticas, raciales, geográficas e ideológicas y pueda forjar nuevas fronteras de confianza y mutuo servicio: de forma que los que han sido previamente considerados como enemigos puedan ser vistos, desde una nueva perspectiva, como hermanos y hermanas de la única y misma familia humana.

No hace mucho tiempo fue posible establecer plenas relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y los Estados Unidos. Usted ve dichas relaciones como una manera importante de fomentar el entendimiento mutuo y la colaboración constructiva. La Santa Sede no tiene ambiciones políticas, pero tiene conciencia de que forma parte integrante de su misión en el mundo el estar vitalmente comprometida por los Derechos Humanos y por la dignidad de todos, especialmente de los pobres y de los que sufren. Teniendo como guía e inspirándose en el Evangelio de Jesucristo, que vino «para evangelizar a los pobres» (Lc 4, 18), la Santa Sede trata de promover los más altos valores espirituales y los principios éticos. A este respecto, las relaciones diplomáticas tienen como finalidad facilitar un diálogo más fructuoso sobre las cuestiones básicas de cara a la comunidad internacional.

Al compartir hoy estos pensamientos con usted, deseo decir también que tengo la mirada puesta en mi próxima visita a los Estados Unidos. Los recuerdos de mi anterior visita son para mí fuente de alegría. Agradezco esta nueva oportunidad de visitar a un buen número de ciudades de vuestro País, y de estar una vez más en medio del pueblo americano, así como de unir mi corazón y mi voz a las suyas para alabar al Dios vivo. Que el Señor le asista, Señor Presidente, en todas sus altas responsabilidades y que sus bendiciones desciendan sobre usted y sobre todo el pueblo de los Estados Unidos de América.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 24, p.11.



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