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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO NACIONAL
DE LA ASOCIACIÓN ITALIANA DE MAESTROS CATÓLICOS


Sábado 21 de enero de 1989

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Estoy contento de acogeros y saludaros a todos vosotros, que habéis venido a Roma para tomar parte en el congreso nacional de vuestra Asociación Italiana de Maestros Católicos (AIMC). Este encuentro me ofrece la oportunidad de volver a tratar con vosotros un tema continuamente presente en mi solicitud pastoral: el de la infancia, niños y muchachos No debemos perder ocasión de llevar este problema tan delicado a la atención y a la conciencia de todos los hombres de buena voluntad.

En efecto, los niños y muchachos están más cercanos al Corazón de Dios, como nos lo ha revelado Jesús: "Os digo que sus ángeles en el cielo ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10). Precisamente me he referido al misterio del niño en Turín, durante la visita en septiembre pasado, para las celebraciones de San Juan Bosco. También he hablado de los niños dirigiéndome a los educadores y responsables de la Federación de las Escuelas Maternas Católicas Italianas (16 de enero de 1988) y, más recientemente, al comité directivo de la UNICEF para América Latina y el Caribe (13 de enero de 1989).

Todo esto porque mi corazón y mis ojos están llenos de la visión de muchos niños y muchachos que han venido a mi encuentro en mis viajes apostólicos como vivas imágenes de la esperanza del mundo, pero a menudo también expresión dolorosa e indecible de las enfermedades de la desnutrición y de las violencias de todo género.

2. Sin entrar en la materia que habéis puesto como tema de estudio para vuestra asamblea, deseo, sin embargo, abordar su importancia y relacionarla con el camino realizado por vuestra Asociación en estos años de vida.

Veo con satisfacción que mantenéis en el centro de la atención la persona del maestro, reafirmando, por tanto, la centralidad de la dignidad del hombre, precisamente en el momento en que, afrontando los desafíos educativos del tiempo, os medís con realidades y perspectivas nuevas.

Efectivamente, en esto consisten vuestro carácter específico y vuestra contribución a la evolución necesaria de la profesionalidad del maestro y de las estructuras nuevas dentro de las cuales se puede desarrollar más adecuadamente; El maestro, pues, es lo primero; sólo después vendrán los instrumentos y las estructuras.

Lo primero para el maestro es la adquisición de la sabiduría, es decir, la consecución de una síntesis personal en la que la experiencia de fe y la profesionalidad se encuentran y se transforman en un don que se ofrece diariamente a los niños y a toda la comunidad.

Es menester añadir que el maestro cristiano nunca es un hombre aislado. Siempre es el fruto de una comunidad: de la comunidad humana, en la que está enraizado y con la que comparte las justas solicitudes; y de la comunidad cristiana concreta, en la que encuentra continuamente el apoyo de la fraternidad y el consuelo de la gracia. Además, para poder dar lo mejor de sí, el maestro católico debe ser también expresión de una comunidad profesional y formativa como lo es la Asociación entre los maestros católicos.

3. A vuestra institución, como a todas las demás que actúan en el ámbito de la escuela, quiero, pues, recomendar que mantengan viva la conciencia de la misión propia, mientras me agrada recordar todo lo que la Asociación Italiana de Maestros Católicos ha hecho hasta ahora por la escuela materna y elemental italiana y por la cualificación de los maestros.

Queridos maestros de la Asociación: Tened clara la conciencia de vuestras tradiciones: una identidad antigua y sólida, como la que tiene su origen en las motivaciones iniciales de la misma Asociación, es la garantía más convincente de la eficacia de la acción que debéis desarrollar en los nuevos y arduos contextos en los que estáis llamados a realizar vuestra acción. Habéis nacido en los días de la voluntad generosa del resurgir de Italia, y fuisteis expresión de una fuerte experiencia eclesial; permanecéis como lugar de encuentro entre las legítimas instancias de este país y una conciencia cristiana madura, nutrida de verdad y de caridad.

Continuad trabajando por mantener unidos, tanto en el interior de vuestra Asociación como en la escuela, a cuantos trabajan allí por diverso título como maestros, directores e inspectores. Testimoniad la voluntad de resistir a esas tentaciones que tienden a aislar y a contraponer los diversos papeles y tareas, con resultados a menudo dolorosos. Además, trabajad con particular cuidado por entrar en diálogo con las nuevas generaciones de maestros de la escuela materna y elemental.

4. En cuanto al aspecto pedagógico de vuestra acción, deseo llamar vuestra atención sobre la necesidad de poner como fundamento de la escuela una pedagogía sana que, aun teniendo en cuenta la búsqueda necesaria de nuevos programas y reglamentos, y la exigencia de nuevas tecnologías didácticas, mantenga intacto el primado de la persona sobre los procesos, es decir, de los fines sobre los medios. Esto significa que la innovación y la experimentación deben estar referidas a la persona del educando. Es necesario evitar el peligro de que, en el cuadro de una educación demasiado formal, el muchacho pierda el contacto con la realidad. También es necesario garantizar un auténtico proceso de control en el que el niño se haga cada vez más responsable de las propias opciones y de la propia conducta.

Estos delicados problemas, apenas aludidos aquí, revisten el ejercicio de vuestra profesionalidad de fuertes valores éticos y exigen la especificación de normas seguras, fundadas en la ley de Dios, que definan el perfil moral del docente.

En el ámbito de tales problemáticas importantes tiene un puesto fundamental la experiencia de la enseñanza de la religión católica, según las modalidades previstas por los nuevos Acuerdos concordatarios. Actuando según estas directrices será posible salvaguardar el significado integral de la escuela, de la que la sociedad entera tiene necesidad para mantenerse viva y crecer.

5. Es útil recordaros, maestros cristianos, que la obra educativa, que linda por su naturaleza con el misterio, invita a acoger la presencia decisiva de otro maestro, del único Maestro, Cristo.

A Él os encomiendo, pidiéndole que os haga partícipes de su Espíritu de discernimiento y de amor por los pequeños, de modo que vuestra enseñanza adquiera la fuerza simbólica del gesto, realizado por Él tantas veces, de poner al niño en el centro (cf. Mt 18, 2).

El mundo de hoy tiene necesidad de este gesto; lo espera de vosotros, maestros cristianos, como un signo de esperanza.

A usted, señor presidente nacional, al asistente, a los componentes del consejo, a los congresistas y a todos los miembros de la Asociación Italiana de Maestros Católicos se dirige de corazón mi bendición, que quiere alcanzar también a vuestros seres queridos y a todos los pequeños alumnos de vuestras clases.



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