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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE JAPÓN ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 5 de noviembre de 1990

 

Señor Embajador:

Con alegría lo recibo a usted en el Vaticano en calidad de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Japón ante la Santa Sede. ¡Sea bienvenido aquí!

Le agradezco vivamente los deseos que me ha trasmitido de parte de su majestad el Emperador. Le ruego que a su regreso tenga a bien presentarle mi saludo deferente y expresarle mis sentimientos de estima y mis mejores deseos para su persona, así como para el pueblo japonés.

El país que usted representa aquí mantiene desde hace muchos años relaciones cordiales con la Santa Sede, y no dudo de que su misión, que se inaugura oficialmente este día, contribuirá a estrechar aún más los lazos de amistad que nos unen.

Usted ha querido destacar en su saludo los esfuerzos de la Sede Apostólica a favor de la instauración de una paz mundial fundada en la libertad y la justicia, su aliento por el respeto de la tierra, ambiente que hay que conservar para las generaciones futuras, y sus llamamientos para promover activa y generosamente el desarrollo de todas las naciones. Le estoy reconocido por haber recordado con términos muy amables estas diversas iniciativas, que procuran dar una respuesta a las aspiraciones comunes de los miembros de la gran familia humana.

Su presencia aquí, Señor Embajador, demuestra que su país aprecia la actividad de la Iglesia Católica en las diferentes partes del mundo. En razón de su mandato evangélico, la Santa Sede se esfuerza por promover siempre un clima de confianza y de diálogo con las fuerzas vivas de la sociedad. Quiere estar al servicio de la humanidad entera y respaldar, basándose en el respeto mutuo, el progreso de los pueblos.

Colocado en el corazón mismo de la Creación, el ser humano posee una dignidad sin igual. Así pues, la Iglesia Católica, que proclama a todo el mundo la obra de la redención realizada por Cristo, desea ardientemente defender al hombre, hacerle tomar conciencia de su dignidad incomparable, alentarlo a respetar la vida de todo ser humano desde su concepción y a rechazar lo que lo lleva a su autodestrucción. Frente al ambiente materialista busca ofrecer, principalmente a las jóvenes generaciones, razones para vivir y esperar, ayudándolas a responder a sus aspiraciones a la felicidad verdadera.

Además, aspirando a ser siempre defensora del carácter trascendente de la persona humana, la Iglesia se afana por establecer una sana cooperación con la comunidad política para la construcción justa de este mundo. Ella solicita para los creyentes la libertad y la posibilidad efectiva de edificar también en la tierra el templo de Dios, pues considera que su mensaje presta un servicio al progreso, irradiando su luz.

Mi viaje pastoral a Japón en 1981 quedó grabado en mi memoria: me dio la alegría de conocer a sus compatriotas y me permitió también darme cuenta de que, en su país el Cristianismo constituye un punto de referencia. Permítame, Señor Embajador, saludar cordialmente por su intermedio a los miembros de la Iglesia Católica en Japón. Les renuevo mi solicitud afectuosa y los aliento a crecer en su fe. Deseo que sigan prestando su colaboración, según sus medios, al progreso de la vida nacional. ¡Quiera Dios que, junto con sus compatriotas, contribuyan a la educación armoniosa e integral de las generaciones jóvenes y sean testigos auténticos de la dimensión espiritual del hombre! El ser humano tiene necesidad de relacionarse con Dios, el único que puede dar sentido a su vida, colmar su esperanza y su amor. En todos estos aspectos, los católicos pretenden dar como aportación su testimonio evangélico.

Por último, el hombre tiene necesidad de paz, que no es algo estático, sino un dinamismo que implica un esfuerzo por parte de todos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5, 9), dijo Cristo. ¡Ojalá que juntos triunfemos sobre el mal multiforme que arrastra al hombre por los caminos del odio, la guerra y la destrucción! ¡Ojalá que seamos mensajeros de la universalidad, constructores de la comprensión serena entre los pueblos y promotores de un mundo más armonioso! Hoy Japón se ha convertido en el defensor de estos nobles ideales en el contexto de las naciones, especialmente en Extremo Oriente y en el Pacífico. Espero que las iniciativas de sus compatriotas al servicio del bien común de la humanidad produzcan frutos cada vez más abundantes.

En el momento en que usted comienza su misión, Señor Embajador, le formulo mis votos más fervientes por el éxito de su tarea. Tenga la seguridad de que aquí hallará una acogida atenta y una comprensión cordial.

Invoco sobre usted, sobre Su Majestad el Emperador, así como sobre el Gobierno y el pueblo de Japón, la abundancia de las bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.49, p.20 (p.704).



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