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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS DE ESLOVENIA


Jueves 26 de octubre de 2000

 

Queridos peregrinos eslovenos:

1. Os acojo con gran alegría en la basílica de San Pedro, con ocasión de vuestra peregrinación del Año santo a Roma. Saludo ante todo a vuestro arzobispo metropolitano, monseñor Franc Rodé, a quien agradezco las palabras con que ha interpretado vuestros sentimientos. Extiendo mi saludo también a vuestros obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas que os acompañan.

Y os saludo a todos vosotros, que habéis querido expresar con esta peregrinación vuestra devoción al Sucesor de Pedro.

Veo en este encuentro cerca de la tumba del Príncipe de los Apóstoles vuestra respuesta a mis dos inolvidables viajes apostólicos a Eslovenia, durante los cuales pude conocer mejor a vuestra Iglesia y vuestro pueblo. Conservo siempre vivo el recuerdo de la solemne celebración en la que tuve la alegría de inscribir en el catálogo de los beatos al obispo Anton Martin Slomsek, uno de los numerosos frutos de santidad de la Iglesia que está en Eslovenia.

2. Vuestra presencia en la ciudad eterna constituye el coronamiento de las celebraciones jubilares en vuestras catedrales y en las demás iglesias de vuestro país. En estos días estáis visitando las grandes basílicas romanas para lucrar la indulgencia jubilar; hoy tenéis el encuentro con el Obispo de Roma y Sucesor de Pedro.

Me dirijo a vosotros como pastor universal y padre que os acompaña con su amor y su oración, exhortándoos a la fidelidad al santo Evangelio y a la santa Iglesia católica.

Quisiera recordaros lo que escribí en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, al anunciar el Año santo 2000: "Todo deberá mirar al objetivo prioritario del jubileo, que es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos. Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado" (n. 42).

3. Os exhorto también a una mayor valentía y a una sana conciencia de vuestra dignidad, que debe manifestarse también en vuestro compromiso público. Medio siglo de régimen totalitario ha dejado en muchos cristianos un sentimiento de inferioridad y de miedo. Ya es hora de superar esta actitud de timidez. Con empeño y en situación de igualdad, colaborad con todos los hombres de buena voluntad en los campos de la política, la economía, la cultura, la escuela y los medios de comunicación social. Así, contribuiréis a la consolidación de una sociedad más justa y solidaria, que se inspire en los valores del reino de Dios, "reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz" (Prefacio de la fiesta de Jesucristo, Rey del universo).

Por último, os exhorto a poner en práctica con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma las conclusiones del Sínodo de la Iglesia en Eslovenia, que se celebra con el lema: "Escoge la vida" (Dt 30, 19). El Sínodo es una gran gracia y una ocasión histórica, que os da el Señor, para reflexionar serenamente en vuestro pasado y en la situación actual de vuestra Iglesia, y para programar audazmente vuestro futuro.

4. Sobre todo, defended la vida. Aquí radica el problema crucial para la supervivencia del pueblo esloveno. El Sínodo debería infundir en los corazones una nueva confianza y una nueva esperanza en la vida. Esto sólo será posible gracias a un vínculo fuerte con el Dios vivo, que nos defiende de las fuerzas de la muerte, gracias a un contacto personal con Jesucristo, que vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10), y gracias a la fidelidad a su Evangelio.

Como escribí en la encíclica Evangelium vitae, "mantengamos la conciencia humilde y agradecida de ser el pueblo de la vida y para la vida" (n. 78), tanto en el ámbito de la familia como en la vida pública.

5. Con la alegría de este encuentro, en este año de gracia y misericordia, os encomiendo a todos a la protección de la Madre de Dios. Que ella, desde el santuario nacional de Brezje, os sostenga con su intercesión materna y os lleve a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Honor y gloria a él por los siglos de los siglos.

A vosotros aquí presentes, y a vuestras queridas familias, os imparto de corazón la bendición apostólica.

Dios bendiga a la querida Eslovenia.

 



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