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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
CON OCASIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL SENEGAL

 

Nuestro celoso arzobispo, nuestro venerable y querido F. Marcelo Lefebvre y los otros obispos del Senegal, nos han anunciado que celebráis solemnemente hoy el acceso de vuestro noble país a la independencia, y nos sentimos llenos de alegría. Todos vosotros conocéis nuestra constante solicitud por el continente africano. Desde que fuimos elevados a la Cátedra de San. Pedro hemos querido multiplicar los gestos en favor de África: creación de un cardenal negro, erección de nuevas delegaciones apostólicas, nombramiento de numerosos arzobispos y obispos, de los cuales muchos consagrados con nuestras propias manos en nuestra Basílica Vaticana.

Pero hoy honramos al Senegal. En efecto, hemos nombrado para asistir a las fiestas oficiales de Dakar a un representante que nos es querido, a nuestro venerable F. Juan María Maury, que hará nuestras veces en medio de vosotros y será testigo de nuestro paternal afecto y de la participación que tomamos en vuestra alegría.

Por este Mensaje saludamos, en primer lugar, a vuestra fervorosa comunidad, fundada por los valerosos hijos del venerable Libermann y unida estrechamente en torno a su arzobispo, sus obispos y sacerdotes africanos y europeos. Apreciamos la fe que os anima, el celo de cada uno, especialmente de las casas religiosas, catequistas, militantes de Acción Católica. Hace más de un siglo, lo sabemos, que vuestro país dio a la Iglesia sus primeros sacerdotes, a cuya vocación no fue ajena la clarividente santidad de la Madre María Javouhey. Y desde entonces la llamada del Señor se ha dejado oír con frecuencia entre los vuestros. ¿Acaso no es la mejor prueba de ello el seminario de Sébikotane, que acoge al clero de mañana y del que cuida con tanto acierto el arzobispo de Dakar? Por lo demás, las obras educativas, sociales y benéficas son florecientes; la Prensa católica, tan indispensable, ocupa un puesto de honor; cristianos ocupan incluso escogidos cargos en importantes organismos del país. Por todo esto felicitamos a nuestros hijos católicos y deseamos vivamente sigan siendo por sus virtudes personales, familiares, profesionales y cívicas verdaderos testigos de Jesucristo entre sus compatriotas.

Lejos de ser extraños a la vida nacional los católicos, no lo ignoráis, deben ser, por el contrario, su más firme y activo apoyo. Nos mismo seguimos, por otra parte, con benévola atención, los esfuerzos culturales y económicos de vuestro "viejo pueblo, amable y civilizado", como se le ha querido definir en un reciente discurso. ¿Cómo no apreciar, pues, la preocupación manifestada por las autoridades senegalesas por favorecer un desarrollo humano, fundado en los valores enraizados en el suelo africano? Con ello el Senegal se muestra precursor, y es nuestro deseo que los católicos contribuyan en esta empresa cuyo éxito asegurará la prosperidad del país y el desarrollo de individuos.

Por otra parte, no es sólo de ayer que una élite intelectual se preocupe entre vosotros por unir las valiosas cualidades de la tierra africana, especialmente un agudo sentido religioso y la atención que se presta a las realidades concretas, a lo que puede proporcionar las relaciones habituales con el mundo político y cultural del Occidente. Así, puede surgir una cultura particular en la que prevalecen la dignidad de las personas, el sentido de la fraternidad y también un arte rico en símbolos, ritmos y evocadoras imágenes. Y los católicos ¿cómo no habrían de contribuir en semejante elaboración, si poseen las "insondables riquezas de Jesucristo"? (Eph. 3, 8).

Nos complacemos en añadir que estos esfuerzos, con miras a instaurar una economía humana y a desarrollar una cultura auténticamente senegalesa, favorecen en gran medida la paz interior, fundada en la justicia social y la concordia entre las diversas comunidades; esta paz que constituye la nobleza y el prestigio verdaderos de un pueblo en el concierto de las naciones civilizadas. Por lo cual hacemos nuestras y repetimos a nuestros queridos hijos del Senegal y a todos sus compatriotas las palabras tan oportunas de la Escritura: "Por lo demás, hermanos, seguid cuanto hay de verdadero, noble, justo, puro, amable, honroso, todo  lo que puede haber de bueno en la virtud y prestigio humanos... Entonces el Dios de la paz estará con vosotros" (Phil. 4,8-9).

Confiando en que cada senegalés se preocupará por conseguir estos bienes ciertos de que habla el Apóstol y que los católicos se distinguirán en buscarlos, invocamos de corazón sobre el Senegal, los jefes civiles y religiosos, sobre cada familia, una copiosa efusión de los divinos favores, en prenda de los cuales os impartimos una paternal Bendición Apostólica.

Del Vaticano, 4 de abril de 1961.

JUAN PP XXIII



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