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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
DESDE LAS INSTALACIONES DE SANTA MARÍA DE GALERIA
CON OCASIÓN DEL TRIGÉSIMO ANIVERSARIO
DE LA RADIO VATICANA
*

Domingo 1 de octubre de 1961

 

Queridos hijos:

Por fin se realiza hoy un viejo deseo nuestro, y nos proporciona gran alegría estar entre vosotros un poco tiempo en este lugar. El mismo nombre "Santa María", antepuesto al de "Galeria", de suave resonancia, nos invita a visitar esta localidad donde las instalaciones radiofónicas puestas a disposición del Sumo Pontífice, al servicio de su oficio pastoral, ofrecen una utilidad que va creciendo de día en día y se aprecia más su valor.

Hemos venido aquí por diversos motivos.

Ante todo, hemos querido ver este terreno donde grandes antenas, admirables instrumentos de la técnica moderna, constituyen como una especie de selva admirable para elevar al cielo, a la última cúspide, la cruz de Cristo.

Cumpliéndose, además, el trigésimo aniversario de la fundación de la Estación Radiofónica Vaticana, queremos rendir el debido honor a la memoria de nuestros predecesores Pío XI, y Pío XII, que se preocuparon eficazmente de instalar y ampliar estos recientes inventos de nuestra edad como auxiliares para el apostolado.

Pero nos estimula otro motivo: Queremos dar vivas y sinceras gracias a los valiosos colaboradores de esta obra pasados y presentes; en primer lugar, a los religiosos de la compañía de Jesús, nuestros queridos hijos, y a los técnicos que los ayudan; a todos ellos que así «colaboran en el Evangelio» (2 Tim. 1,8), se les debe eximia alabanza ganada con tantos y tan grandes méritos.

Puesto que ahora se presenta ocasión propicia para ello, exhortamos a todos cuantos están interesados en ocuparse con celo de esta oportuna y ya sólida iniciativa a esforzarse por su desarrollo en la medida en que la Divina Providencia lo permita.

Se pudo, en efecto, lograr la realización de esta empresa gracias a la munificencia de los fieles de todo el mundo y especialmente a la clarividencia y generosa liberalidad de los cardenales José Frings, arzobispo de Colonia; Francisco Spellman, arzobispo de Nueva York; Norman Tomás Gilroy, arzobispo de Sydney, y de los obispos de Australia y de Nueva Zelanda, así como de los "Caballeros de Colón".

Vosotros recordáis bien el ardiente deseo por Nos expresado en el último radiomensaje de Navidad: «reinen la paz y la verdad en mis días». Es, por tanto, nuestro vivo deseo que sea retransmitido a todo el mundo el mensaje que de continúo llevamos en el alma Y que ahora se repite a menudo en medio de públicos testimonios que demuestran nuestra solícita vigilancia; el suave y autorizado mensaje expresado en estas palabras: "Paz y verdad; verdad y unidad; unidad y paz".

Los ángeles de Dios, cuya fiesta litúrgica se celebra mañana, sean corteses mensajeros de nuestra voz, que quiere ser habitualmente paternal, exhortativa, persuasiva; que, penetrando en cada casa, pregonen la ansiedad de nuestro espíritu, la solicitud por la concordia civil, por la integridad de las costumbres, por el amplio ejercicio de la caridad, por una efectiva y justa paz entre las naciones. Estimulen, por último, a fervientes oraciones por la feliz reunión del Concilio Ecuménico a fin de que éste sea de máximo beneficio y provecho para la Iglesia y para la humanidad entera.

Dentro de poco se celebrará en todo el orbe católico la jornada misionera. Nada nos ha preocupado más nunca que esto, que la palabra de Dios sé difunda por todo el mundo y le ilumine y que la salvación que nos trajo Cristo llegue a todas las gentes. Todo lo que se da a las misiones se da a Cristo y constituye un precioso y seguro tesoro para el cielo. En este ofrecimiento para las misiones, si las posibilidades no son iguales, que sea igual el espíritu y la piedad de cada uno. La generosidad de los fieles no se mide por la cantidad, sino por el espíritu con que se ofrece. Den, pues, también los pobres según sus posibilidades para una causa tan grande y será oferta no menos suave y acepta a Dios y les procurará las riquezas de la divina misericordia.

Como final de esta paternal exhortación, y en prenda de todo saludable deseo, damos de corazón a vosotros aquí presente y a todos aquellos que en el mundo nos escuchan la bendición apostólica.

Bendición, paz, alegría en el Espíritu Santo, inconcusa esperanza, abundancia de los bienes celestiales, vengan sobre vosotros y permanezcan eternamente.


* AAS LIII (1961) 682-683;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 448-450.



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